Uno de los escollos principales que impiden el vergonzante consenso de los Magistrados del Tribunal Constitucional (TC) sobre la legalidad el estatuto catalán, está siendo la previsión expresa en el texto a examen de la culminación procesal en el ámbito de esa Comunidad Autónoma del alcance jurisdiccional de Juzgados y Tribunales, limitándolo a la competencia territorial de su Tribunal Superior de Justicia (TSJ). Según el documento original, la organización judicial catalana acabaría en el TSJ de Cataluña como tribunal casacional máximo y último, asumiendo las competencias que hasta ahora correspondían al Tribunal Supremo (TS). Es decir y en suma, mientras los recursos de casación ordinario, en interés de ley o para unificación de doctrina y extraordinario de revisión del resto del territorio nacional serían competencia del TS, en los asuntos tramitados en el ámbito de organización de planta judicial catalana, sería el TSJ de Cataluña el encargado de su conocimiento en última instancia. Torpemente, los Magistrados que se oponen a tal conceptuación de la organización judicial que implanta el nuevo estatuto autonómico denuncian la ruptura del principio de unidad jurisdiccional. Según este posicionamiento, la diversidad de atribución de funciones competenciales objetivas para conocimiento de idénticos trámites procesales por razones de ubicación territorial quebraría tal principio unitario. La simplicidad intelectual de los miembros del TC y su propia autoconsideración como órgano judicial cuando realmente es político, les impiden darse cuenta de que la razón aducida para deslegitimar esta previsión es errónea, ya que es el principio de igualdad el que se ve afectado por la norma examinada y no el de unidad jurisdiccional. El principio de unidad jurisdiccional significa ni más ni menos la indivisibilidad de la potestas, de tal forma que residencia exactamente la misma autoridad estatal para juzgar y hacer ejecutar lo juzgado en el más modesto Juzgado de Paz, que en el propio Tribunal Supremo. La autoridad de todos los juzgados es idéntica por unitaria y la fuerza ejecutiva de sus resoluciones, por tanto, la misma. Cosa distinta es la atribución de la competencia objetiva para resolver por razón de materia, cuantía, o por los efectos devolutivos del sistema de recursos. No existe, como se suele oír, una jurisdicción social, otra penal y otra civil, sino una sola jurisdicción y distintos órdenes jurisdiccionales (penal, civil, social…). Así el nuevo estatuto no destruye el principio de unidad de jurisdicción, sino algo más simple como son los principios de igualdad de trato, derecho a la defensa y acceso a la Justicia y sus órganos por razón de adscripción territorial. Y es que, el principio de unidad de jurisdicción no existe ya desde la promulgación de la constitución de 1.978 y de las Leyes Orgánicas tanto del Poder Judicial como del propio Tribunal Constitucional, siendo la existencia de éste, que se sitúa como jurisdicción especial y fuera de la organización judicial ordinaria, ejemplo máximo de la ruptura de ese principio que ahora se señala que está en peligro. De ahí que el propio TC sea incapaz de articular una respuesta coherente sin incurrir en contradicción interna.
Frutos de incomprensión
El origen del Homo sapiens (foto: lauren poor) Frutos de incomprensión Cualquier intento por explicar la irrupción de homo sapiens pasa, indefectiblemente, por contemplar la implacable estructura social de nuestra especie. Desde esta condición intrínseca, las peculiares dotes cerebrales y comunicativas de los primates antropomorfos sobrevinieron en el habla. El lenguaje-pensamiento comenzó forjándose cual herramienta que permitía manipular el espacio y el tiempo para poder, entonces, anticiparse a los acontecimientos del mundo y/o adaptarlos conforme a la supervivencia del grupo. Y solamente medraron aquellos que así lo hicieron. Es cabal especular que la correspondencia inicial, entre el conjunto de los seres, los objetos, las acciones y los hechos del mundo, y el conjunto de los signos que los anunciaban, constituyera una aplicación biyectiva. Que el conjunto inicial o dominio fueran los elementos de la propia realidad, y que el conjunto de sus imágenes verbales, un codominio cuya extensión probablemente estuviera sujeta a cierta regla de utilidad, se construyera basándose en una relación onomatopéyica, “indicial” o “para-icónica”, según criterios razonables, cuyo posterior desarrollo y transmisión cultural terminaría por trascender, obviando los vínculos iniciales de las voces con su sustrato. Con la expansión de la humanidad y su devenir histórico, el ambiente social fue engordando hasta complicarse en tal medida que se solapó al mundo. La mutación socioeconómica capitalista los fundió, al portar consigo la barbarie ética capaz de justificar la desigualdad extrema a costa de acabar con la verdad. El codominio lingüístico se segregó de lo real para instalarse en lo plausible, alzándose como un referente vicario por el que era imprescindible transitar para poder acceder y moverse en las impersonales relaciones humanas de gran escala, ahora sujetas a tan estricta jerarquía como obligatorias para la propia subsistencia. Ya que es imposible fulminar la realidad, sí que es factible obnubilarla minando la conexión unívoca del logos con el referente real que lo originó. Hoy, se ha dado la vuelta a tal correspondencia, y es el calculado universo simbólico el dominio del que parten las dirigidas flechas, postergando a la verdad-realidad a una mera imagen dependiente para todo aquello que pudiera entrar en conflicto con la indefinición oficial, guardián último del desaforado privilegio del estatus financiero. El lenguaje-pensamiento ha sido despojado de su utilidad para describir el mundo, que ya no es la naturaleza, sino una de las construcciones sociales alternativas consentidas desde el poder; perdiendo la capacidad de concretar la acción colectiva, que ya no puede ser espontánea, sino consecución de lo político. El finiquito de esta herramienta, sostenedora de la aptitud para compartir, convierte en obligada la actitud de los individuos de hablar entre ellos de sí y para sí, limitándose a expresar enunciados de consumo personal, e impotentes para buscar proposiciones cuya validez sea independiente de algún sujeto concreto, esto es verdaderas para todos. Los pocos dotados para discernir la realidad tienen el obstáculo añadido de no poder comunicarla, y, en caso de lograr flanquearlo, la barrera final de no llegar a ser comprendidos.
La mentira política: lugar del paradigma falsario
Convertida en paradigma político la mentira no es un sustituto de la violencia, como mantiene Arendt, ni el contrario metafísico de la verdad, como tantos pensadores creen, ni la necesaria mímesis de la metapolítica, como temen los conspiranoicos, sino, más generalmente, un sustituto de la República, de la Política y de la acción humana, o, lo que es lo mismo, un soslayar el camino natural de la libertad. La acción que no es trascendida de verdad conduce al fracaso, la frustración y la quietud; es decir, en términos políticos, a la servidumbre. Una vez asentado en la mentalidad el paradigma nocivo, la inacción pública implícita en él se convierte en algo que inconscientemente se desea conservar a través de la acción brillantemente privada y, en muchos casos, egotista. Por ese motivo la mentira no es sólo cuestión de quienes mandan, sino de aquellos que obedecen. Establecida como rutina mental de obediencia, la mentira no encubre al poder sino a quienes son gobernados. Arbuthnot y Swift, jocosa y profundamente, caracterizaban la democracia (británica) como aquel sistema en el cual también el pueblo puede mentir. De la misma manera que la verdad la trasciende (a la acción pública), la mentira la cisciende, es decir, la deja en el lado de acá de la realización. A día de hoy el bienestante ciudadano occidental, que tanto viaja empujado por la moda, lleva generaciones a la espera de salir de viaje hacia la verdad. Según Condorcet, “la ebriedad es menos grave que la superstición”. En cualquier caso, el paradigma falsario aplicado a la política es superstición. Sirva como ejmplo el humanismo extrañamente llamado “antiglobalizador”, entendido como acción restringida a la satisfacción de los apetitos egoístas (la llamada “libertad individual”) adornados de caridad planetaria (igualitarismo), que es una forma de superstición purificadora. Superstición porque despliega la intención de actuar sobre un reino que no es de este mundo; purificación porque alivia el dolor de no poder actuar libremente dentro de la propia sociedad. El egoísmo autóctono y la solidaridad alóctona delimitan la patria de los siervos. Durante estos días hemos visto cómo el señor Rajoy se sumaba al creciente abucheo dirigido hacia las últimas medidas económicas planteadas por nuestro sonado gobierno. La justificación que ha dado el jefe de la oposición, a saber, que el recorte de las pensiones es inadmisible, ha sido suficiente para que los forjadores de opinión confíen en su buena fe. Ahora bien, los grupos dirigentes, como cualesquier élites sociales homogéneas y conscientes de sí mismas, siempre son oportunistas. Para el poderoso -y en el régimen de la beatífica alternancia tan poderoso es el gobierno activo como la oposición o gobierno latente- es un trabajo prolijo dar explicaciones cada vez que miente y la mentira institucionalizada le evita el esfuerzo de disimular constantemente o de contener el escándalo si llega la hora de faltar a la verdad descaradamente. La mentira constitucional cumple la función de eliminar la crítica y la desconfianza entre la población a costa, claro, de tomar por decentes a la habladuría (opinión) y a la suspicacia (deslealtad). En este sentido el psicoanálisis diría que la mentira paradigmática es una forma de narcisismo colectivo que, transformado en mito nacional, justifica el nacionalismo; en mito igualitario, el estatismo; en mito mercantil, el liberalismo. Todo mentiras. Todo sumisión.
La mentira política: el paradigma
Elena Salgado y otros (foto: bnim) La mentira política: el paradigma Supongamos que es cierto. Ayer nuestro ministro de economía mintió, trató de saltarse la ley de su propio gobierno y engañó a los gobernados para evitar males mayores para su partido. Bien, ¿y qué? ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Si nadie hubiera descubierto esa mentira sería políticamente lícito el hecho que esta encubre?, ¿lo es habiendo sido impunemente descubierta? ¿Por qué todos los gobernantes de la transición han mentido?; es más ¿quién, en nuestra sociedad, puede triunfar sin mentir? ¿Por qué sólo los medios de comunicación ejercen de jueces de la ley? ¿Qué relación guarda la mentira política con la moral?, ¿y con la corrupción, la pobreza cultural y el nacionalismo? Una pequeña serie de artículos intentará dar respuesta a estas y otras preguntas. En política, la acción libre es lo constituyente. Claro que es importante el qué se constituye, qué régimen jurídico explícito resulta del acto de transformarse la comunidad humana en algo más que un agregado más o menos regulado de individuos; también es importante el cómo se constituye esa nueva comunidad, es decir, la forma de la acción constituyente del Estado (aclamación espontánea, decisión asamblearia, golpe de Estado, guerra, revolución, genocidio…); e importa, por supuesto, el quién lleva a cabo ese acto: si son numerosos o escasos dirigentes, elitistas o demagogos, etcétera. Pero en todos estos aspectos intervienen, además de los determinantes físicos inherentes a la vida humana, la capacidad de decisión y la pugna ponderada y contingentemente solidaria entre intereses intra e interpersonales: la libertad. Ahora bien, a pesar de todas estas certidumbres y a efectos políticos, lo verdaderamente importante es el resultado en sí del proceso constituyente, entendiendo este resultado como la presencia sensible de las instituciones, los documentos y las personas del poder. No porque tales fenómenos sean una realidad material y un hito histórico, que lo son, sino porque el aparato que encarnan posee la cualidad de devenir inmediatamente paradigmático. La Política es territorio del paradigma, como lo son la Metafísica, la Epistemología y la Ciencia. Paradigma entendido, al hilo de Agamben, como aquello que una vez alumbrado o descubierto se alimenta a sí mismo; aquello que, sin necesidad de presupuestos o de origen, sólo atiende a su propio desarrollo e incita a ser considerado exclusivamente como objeto de cognoscibilidad y no de crítica intelectual ni, mucho menos, de juicio moral. Aquello que, no siendo arquetípico, origina sin origen; es decir, lo original entre singularidades. Digamos que, así entendido, el paradigma es uno de los manantiales del devenir cultural. Un paradigma de este tipo es políticamente relevante porque orienta a la vez que restringe la libertad de pensamiento y, consecuentemente, de acción. Acaso todo proceso constituyente necesite de esta ontología paradigmática para ser verdaderamente constituyente. Cuando una sociedad se constituye políticamente -formaliza su Estado- vuelve a fundarse como nación. Por su parte, a nuestro cerebro le es fácil adaptarse a cualquier estructura para desarrollar sus funciones; no es necesario que el aparato lógico se corresponda con una entidad real. A fin de cuentas para pensar no es necesario que el pensamiento sea veraz, basta con que sea coherente, aunque se trate de una coherencia sin razón. El paradigma falsario de la transición y la coherencia sin causa posterior son los generadores del gran artificio político dentro del cual los españoles, los europeos, nos revolcamos.
Dimisión
Al volátil y pusilánime Presidente de Gobierno le han fallado las circunstancias, así que se dispone a cambiar de identidad política. De la pródigas subvenciones a los implacables recortes presupuestarios. Este viraje no acaba de ser asimilado por los compañeros de viaje sindicales, a los que, sintiéndolo mucho, no les va a quedar más remedio que convocar una huelga general. Además, en los ámbitos mediáticos pseudoprogresistas, de tonto útil de izquierda, van a convertir al promotor de la concordia universal en tonto inútil de derecha. El aspirante a ser designado sucesor por su jefe, señor Blanco, no ha tenido empacho en subirse a la noria televisiva para atenuar la conmoción social que están produciendo los ajustes de Zapatero, el cual, para justificar la presencia del ministro de Fomento como mano derecha del poder ejecutivo, podría decir lo mismo que el Caudillo, cuando le pasaron la terna para escoger secretario general del Movimiento y sacó a Fernández Cuesta: “Excelencia, ha elegido usted al más tonto”: “Por eso”. Mientras tanto, desde las bancadas peperas, exigen a voz en cuello la dimisión de Zapatero, para que el jefe de la derecha estatal empiece cuanto antes a cuadrar las cuentas y a poner orden en el desmadre zapateriano. El mal de la corrupción está diagnosticado y su tratamiento prescrito, pero los “matasanos” del PP son inmunes a las bondades de la democracia, y como Kent al rey Lear “Está bien, mata al médico y otorga una recompensa a la repugnante enfermedad”, quieren convocar a la soberana masa votadora para que refrende ahora su ilimitada e impune capacidad de mando en el Estado. La dimisión repentina del gobernante calma el desasosiego social. No como la confesión de la culpa por el reo, sino como evacuación sentimental de una tensión insoportable entre la abundancia de emociones y la escasez de ideas para expresarlas. La catarsis es un atajo que, en momentos de desorientación sentimental, conduce a la ética a través de la estética. La belleza de un relámpago de dignidad ilumina la conciencia de la fealdad moral en la que vivimos, del agobio al que nos conduce el deshonor, de la utilidad de renunciar a las agradables ventajas con que la maldad impide la alegría. Con la dimisión por dignidad se le pide al gobernante que sublime su fracaso político mediante un bello gesto moral. Que calme el malestar de la sociedad, comunicándole su propio dolor en voz alta: dimitiendo. ¿Será capaz Zapatero de entonar semejante canto del cisne?
Ruina política
Stalin (foto: saquayo) Ruina política El placer abyecto de obedecer a un Amo o a un Poder despóticos sigue siendo sentido por millones de seres humanos. La sumisión voluntaria de la mayoría a la minoría que manda (da igual por qué), dejándose imponer penurias, sufrimientos, humillaciones y, hasta la propia muerte, más que de fenómeno social parece tener visos de maldición histórica. Un solo hombre, la mediocridad más notable del Partido encaramada a la jefatura del régimen soviético, desangró a varias generaciones de un país que ocupaba la sexta parte del globo. Y lo atroz es que semejante exterminio se produjo durante la plácida administración de la servidumbre que ejercía el “padrecito de todas las Rusias”. Abruma hacerse una idea de la idolatría que provoca Castro, así como de la veneración que rodeaba a la figura de Franco. El Poder está sacralizado, y desde el primer momento, los que están bajo su influjo se inclinan a reverenciarlo. Sea cual sea el origen del poder o la forma de establecerlo, (con golpes de fuerza o mediante pactos de oligarcas), su simple duración, a pesar de su ilegitimidad, ya le otorga reputación en el interior y reconocimiento en el exterior. En mayor o menor medida, todos los regímenes políticos descansan en la opinión que se tenga de ellos: en la adhesión que susciten o en la falta de oposición que provoquen. El crédito no se obtiene solamente por el hecho de ostentar (casi siempre, detentar) el poder: la creencia social en los beneficios y seguridades que reporta ha de ser reafirmada constantemente ante los ojos crédulos de una opinión pública manipulada. La Monarquía de los partidos estatales debe su crédito a la propaganda, es decir, al sistemático engaño acerca de su creación y funcionamiento. Todos los gobernantes de la partidocracia agotaron el abundante crédito que se les concedió al inicio de sus jefaturas, sin que todavía el Régimen que ha hecho posible sus distintas felonías haya entrado en quiebra. Aunque la dimensión de la crisis financiera no se podía augurar, la flecha prevista viene más despacio, y por tanto, a nadie que conozca la naturaleza del Estado de Partidos y Autonomías, le habrá cogido por sorpresa cómo la corrupción, el despilfarro y la incompetencia inherentes al mismo, han atravesado la economía nacional. En una total desorientación, siempre es lo que más falta hace aquello en que menos se piensa. De lo contrario, naturalmente, no se trataría de una total desorientación. Que España desafine en el concierto de las naciones más poderosas y que no tengamos crédito en el circuito financiero internacional, reviste mucha menor gravedad que el hecho de que, a estas alturas o bajuras, el régimen vigente no esté lo bastante desacreditado como para proceder a su inmediata disolución. Si los votantes dan cheques en blanco, los oligarcas acaban extendiendo cheques sin fondo.
Marx en el haber de Habermas
Habermas y Marx Marx en el haber de Habermas El establecimiento del fondo de rescate común para salvar al euro, realizado el pasado 8 de mayo en Bruselas, ha sido presentado, varios días después, por Jürgen Habermas (el filósofo actual más importante de Alemania) como un nuevo y gran logro democrático de la Unión al conseguir que la Comisión represente a toda Europa por primera vez en la Historia. Así opina Habermas en su artículo En el euro se decide el destino de la UE y, en un sentido análogo, así opinan los medios de comunicación; pero, en realidad, ¿no ha conseguido Alemania, simplemente, la imposición de sus intereses a toda Europa olvidando los principios de la democracia? Alemania es, precisamente, el Estado más poderoso económicamente de la Unión e interesa salvar su moneda -aunque sea a costa de la disminución de la calidad de vida en la mayoría de los europeos. Ahora queda claro, por el contrario, que el Estado de partidos teutón gobierna al resto de los partidos europeos que se encuentran en los respectivos gobiernos nacionales, quizás con la única excepción de los partidos ingleses, y, a través de esos partidos estatalizados, a todos los europeos. La Comisión representará ahora a toda la UE al suscribir los créditos, sí, pero a una Unión dominada por los partidos, y sus jefes, que servilmente obedecen, a su vez, a una oligarquía predominantemente financiera y que no tiene en cuenta las repercusiones sociales colaterales de sus “apuestas en el gran casino financiero global”. El logro del que se felicita Habermas no es tal porque la Comisión sigue sin ser elegida por la mayoría de los ciudadanos europeos en unas elecciones al efecto. El instrumento de comunidad, al que, con entusiasmo, hace referencia Habermas como una creación surgida de la crisis del euro no transforma gran cosa de las bases económicas ni políticas de la Unión Europea. En primer lugar porque el papel del Banco Central se ha reforzado de tal forma que llega incluso hasta vulnerar el Tratado de la Unión y fiscalizar, posiblemente, las Leyes de Presupuesto de los Estados miembros, y, en segundo lugar, porque la participación del electorado y su representación en las instituciones de gobierno europeo es mínima, por no decir nula. Habermas cree que se ha producido un cambio de paradigma en la política de partidos de Europa porque desde la noche a la mañana del 8 de mayo todos los europeos, como contribuyentes que son en la zona euro, avalan en forma solidaria (¿contra quién y contra qué moneda?) los peligros y riesgos presupuestarios del resto de los Estados miembros. Es una ilusión de la acción comunicativa. Los ciudadanos europeos no han tomado conciencia de lo que es una democracia ni de la necesaria separación de poderes en la unión, tan sólo se disminuye la calidad de vida a un número mayor de ciudadanos europeos para salvar los intereses, ligados al euro, de determinados negocios financieros. Sin embargo Habermas piensa que una política económica común es legítima si son medidas normativas que coordinen los presupuestos de los Estados miembros. Ello supone para él un cambio de paradigma porque aprovechando la crisis del euro la UE puede dotarse de una política económica común o gobierno económico común, al igual que en la política exterior. Toda Europa –piensa Habermas- se ha hecho consciente, por encima de las fronteras nacionales, de que comparten un destino europeo común. Habermas es consciente del déficit democrático de la Unión y, sin embargo, lo cifra, sorprendentemente, tan sólo en aspectos materiales: en la ausencia de elecciones europeas con temas totalmente europeos y en la falta de una labor pedagógica ofensiva de ilustración europeísta a la opinión pública. Ahora bien, el déficit democrático es total por la triple ausencia de la S.E.R, es decir, de la Separación de poderes, Elección directa y por mayoría de un Gobierno Europeo, y la Representatividad del poder legislativo donde estuvieran representados todos los electores europeos. Son aspectos formales de un régimen político en el que existiría la libertad política. Habermas se olvida de ellos cuando es perfectamente consciente de la necesaria coordinación de los miembros de la Unión o la renuncia al euro. Confunde la Unión Europea con el establecimiento de la Democracia Europea. Habermas se percata, muy marxistamente, de que el capitalismo (el “asilvestrado capitalismo financiero”) ya no puede reproducirse por sus propias fuerzas, pero no de la necesidad de una República Constitucional Europea.
Justicia mendicante
Sin excepción, todas las asociaciones de jueces y fiscales españoles han presentado conjuntamente al Ministro de Justicia un manifiesto consensuado en el que previenen del peligro de deterioro de Justicia ante el plan de ajuste presupuestario del gobierno de Rodríguez Zapatero. Los firmantes muestran su “máxima preocupación” ante la “incertidumbre” que el anuncio hecho el pasado día doce por el Presidente del Ejecutivo “ha generado en el seno de las carreras judicial y fiscal”. En el escrito trasladado a la prensa también exigen de Caamaño “la convocatoria urgente de las asociaciones judiciales a fin de obtener una cumplida y concreta información sobre la incidencia de las medidas previstas en el ámbito de la Justicia”. Poco han tardado los togados en ir a mendigar a su patrón. Subrayando su rol burocrático y dependiente propio de este Estado de poderes inseparados, han sido los primeros funcionarios en solicitar la gracia del mendicante a su principal. El apenas tímido despertar de las aún recientes movilizaciones judiciales parece lejano en el tiempo. Tras los acuerdos económicos y vacacionales alcanzados por los Jueces tras una huelga que el ejecutivo les negaba como derecho, el recorte les deja poco más o menos igual que estaban antes de la movilización, conservando las conquistas “sociales” de su vacación y jornada servidas entonces por el Ministerio. La dependencia económica de la Justicia del ejecutivo es otro lazo de dominación que se suma a los de carácter orgánico y funcional. Sin independencia económica para el desarrollo de la función jurisdiccional, no puede existir separación más que del encargo ejecutivo de juzgar y hacer cumplir lo juzgado conforme se ordena, con sometimiento último a decisiones de orden político, en esta ocasión en cuanto afecta al imprescindible aporte presupuestario para el ejercicio de la labor judicial. La escenificación de la mendicidad al patrón, es signo de su vasallaje. ¿Cuál es el precio de la independencia y de la dignidad de la Justicia? ¿Cuánto costaría a los jueces y fiscales reclamar la separación e independencia de la función judicial estatal respecto del poder político? Francisco Caamaño (foto: rtve)
Contra la utopía
Escaleras a Ningúnsitio (foto: roel1943) Contra la utopía La utopía es un recurso literario. La filosofía política de carácter utópico, como la ciencia ficción o la novela histórica, de cuyos ingredientes futuristas o románticos participa, sólo se justifica, al margen de sus valores estéticos, en el propósito de criticar la realidad. Huxley y Orwell son ejemplos de este brillante género platónico que hizo famosos a Moro y Campanella. “Confieso fácilmente que hay muchísimas cosas en la república de los utopienses que, a la verdad, en muchas ciudades más estaría yo en desear que en esperar”. Tomás Moro desea, pero no espera que sea realizable “La mejor República y la nueva isla de Utopía” (1518). El nombre del librito, poco antes de enviarlo a la imprenta era “Nusguana”, del vocablo latino “nusquam”, en ninguna parte. Pero prefirió al final “utopía”, no-lugar en griego. Su amigo Erasmo, tras dedicarle el “Elogio de la locura”, le pedía que ensalzara la sabiduría. ¿Dónde podía observar esta virtud un conocedor de la realidad, un abogado de los poderosos, un sheriff de Londres? En ninguna parte, en Utopía. Escuchando la voz de la experiencia y del sentido común, Moro escribe “Utopía” para hacer patente a los humanistas la inutilidad de aconsejar a un Poder ajeno al interés de los gobernados, que sólo tiende por naturaleza a cuidar de sí mismo. Creyendo en la existencia separada de las Ideas, Platón ideó repúblicas perfectas con la esperanza de que las pálidas sombras del poder establecido imitarían, torpemente, el modelo luminoso del rey-filósofo. Esta insensatez le condujo a ser vendido como esclavo cuando trataba de llevar a cabo su idea constitucional en Sicilia. Por cierto, el mito que ha hecho fabular a tantos poetas, el de la Atlántida, es una carga de profundidad contra la democracia ateniense, asimilada al despotismo oriental. La creencia de que los sabios pueden, por su conocimiento de las verdades ideales, influir en el poder, para acercarlo a la justicia, aunque jamás lo consiguen, sigue siendo compartida por la mayoría de los intelectuales. Eso sí, ya no son vendidos: se venden o se alquilan ellos mismos, como prestigiosas cabezas sin conciencia. De la Utopía del Renacimiento, que fue la secularización del cielo de la época medieval, se pasó a vislumbrar el paraíso de la sociedad sin clases. Sin embargo, en su momento, Carlos Marx comprendió el peligro de tomar las utopías al pie de la letra, de considerarlas realizables o de acogerlas como criterios de inspiración para la acción. Combatió al socialismo utópico para no dispersar la fuerza del movimiento obrero, que discurría por senderos sentimentales propensos a caer en la reacción, y atraerla al camino de la razón que el propio desarrollo del capitalismo desbrozaba. Pero la experiencia de la Comuna de París alteró gravemente la obra intelectual de su vida. Creyó encontrar en aquélla la solución a la teoría del Estado que andaba buscando. Y, sin caer en la cuenta de que contradecía su propio método dialéctico, adoptó la utopía anarquista de la eliminación del Estado, bajo el engañoso disfraz de una etapa transitoria de Estado socialista. En el código genético del marxismo está inscrita la conversión de la dictadura provisional del proletariado -que Gramsci intentó definir como simple hegemonía- en despotismo permanente de una nueva clase burocrática constituida en Estado. Aunque haya sido la única justificación de los sacrificios exigidos en nombre del marxismo a la humanidad, no hay razón alguna para imaginar un final feliz de la historia, sino más bien el comienzo de lo arbitrario y del terror cuando introducimos en la corriente histórica un valor ajeno a ésta: su acabamiento. La utopía socialista ha sido el reducto donde millones de seres refugiaron su deseo, más que su esperanza, de un cambio completo del mundo. Pero el reino de la utopía ha servido en el mundo moderno, como el de Dios en el antiguo, para consolidar el valle de lágrimas del Estado real. No fue, sin embargo, la desintegración del imperio soviético, sino la frustración del 68, la que marcó el final de estos sueños infantiles, de estos opios intelectuales, de estas ilusiones utópicas revestidas con el cinismo de Oscar Wilde “el progreso es la realización de utopías”, o con el romanticismo de Lamartine “es posible que las utopías se conviertan en las realidades de mañana”, o consideradas, erróneamente, “sólo verdades prematuras” (Mannheim). Las utopías están fuera de la realidad histórica. Aunque no son, por definición, realizables, pueden ser, como la inmortalidad, deseables. Pero sería suicida poner en ese deseo la esperanza de realización de la humanidad. Muchos escritores lamentan, de buena fe, el descrédito actual de las utopías ideológicas. Pero la eliminación de la comunista, como la de toda utopía concebida como programa, ha de ser recibida como una bendición por los que quieran mejorar de verdad las cosas públicas. Sin miedo a la reacción fascista, concentrarse en la transformación pacífica de la oligarquía política en auténtica democracia parecía una tarea más fácil; y sin temor a un comunismo imposible, nos preguntábamos ingenuamente para qué necesitan los propietarios mantener en el Estado una banda de partidos que los proteja. Ha quedado bien claro que las oligarquías políticas, financieras y mediáticas tienen privilegios comunes e intereses ajenos a los de los gobernados, que sólo podrán ser desbaratados por la acción de la libertad política colectiva. A pesar de todo, en esta nueva primavera rebrotan las ilusiones utópicas y la cegadora luz de la justicia universal: Garzón, que ha dejado de ser juez en la Audiencia Nacional para estar en Babia, se constituye en “defensor de la utopía”. {!jomcomment}
Consenso de dependientes
A la taurina hora de las cinco de la tarde, después de que los diez Magistrados del Tribunal Constitucional (TC) acordaran realizar una parada para comer, se reanudó una deliberación que dura ya cuatro años sobre la constitucionalidad del estatuto catalán, nombrando como último ponente a su Presidente Dña. María Emilia Casas. El bloqueo de la situación por falta de acuerdo consensuado sobre la redacción de la sentencia entre jueces “progresistas” y “conservadores” designados a propuesta de los grupos parlamentarios, ha llevado finalmente a que sea la Presidente, quien cuenta con voto de calidad, la que ahora asuma la redacción del texto definitivo. El Pleno se había reunido a las once de la mañana, pero no fue hasta la una y cuarto cuando comenzó a tratarse el último borrador de sentencia, ya que la sesión plenaria no era monográfica e incluía otros asuntos en el orden del día. El texto que estaba sobre la mesa era el redactado por el Vicepresidente del TC, D. Guillermo Jiménez, integrado en el “bloque conservador”, es decir designado por el Partido Popular. Ante la nueva falta de acuerdo para su aprobación, la Presidente Sra. Casas Baamonde, designada por el PSOE, toma las riendas. La única duda está ahora en si Dña. Emilia se atreverá a hacer valer su voto de calidad para romper el empate, o si, como al menos públicamente pretende, intentará servir de moderadora de las simpatías y antipatías de los delegados de los partidos en el TC. En cualquiera de los casos, la escenificación del fracaso institucional de un tribunal de garantías de origen y finalidad política diseñado como filtro último de control y dependencia queda en evidencia. Transar sobre la juridicidad de una norma como un elemento más del consenso político de esta parademocracia, es sólo equiparable a pactar sobre un hecho dado, objetivo y ajeno a la voluntad propia o contraria como es el hecho nacional. Tribunal Constitucional (foto: Jaume d'Urgell)

