Elena Salgado y otros (foto: bnim) La mentira política: el paradigma Supongamos que es cierto. Ayer nuestro ministro de economía mintió, trató de saltarse la ley de su propio gobierno y engañó a los gobernados para evitar males mayores para su partido. Bien, ¿y qué? ¿Por qué no habría de hacerlo? ¿Si nadie hubiera descubierto esa mentira sería políticamente lícito el hecho que esta encubre?, ¿lo es habiendo sido impunemente descubierta? ¿Por qué todos los gobernantes de la transición han mentido?; es más ¿quién, en nuestra sociedad, puede triunfar sin mentir? ¿Por qué sólo los medios de comunicación ejercen de jueces de la ley? ¿Qué relación guarda la mentira política con la moral?, ¿y con la corrupción, la pobreza cultural y el nacionalismo? Una pequeña serie de artículos intentará dar respuesta a estas y otras preguntas.   En política, la acción libre es lo constituyente. Claro que es importante el qué se constituye, qué régimen jurídico explícito resulta del acto de transformarse la comunidad humana en algo más que un agregado más o menos regulado de individuos; también es importante el cómo se constituye esa nueva comunidad, es decir, la forma de la acción constituyente del Estado (aclamación espontánea, decisión asamblearia, golpe de Estado, guerra, revolución, genocidio…); e importa, por supuesto, el quién lleva a cabo ese acto: si son numerosos o escasos dirigentes, elitistas o demagogos, etcétera. Pero en todos estos aspectos intervienen, además de los determinantes físicos inherentes a la vida humana, la capacidad de decisión y la pugna ponderada y contingentemente solidaria entre intereses intra e interpersonales: la libertad.   Ahora bien, a pesar de todas estas certidumbres y a efectos políticos, lo verdaderamente importante es el resultado en sí del proceso constituyente,  entendiendo este resultado como la presencia sensible de las instituciones, los documentos y las personas del poder. No porque tales fenómenos sean una realidad material y un hito histórico, que lo son, sino porque el aparato que encarnan posee la cualidad de devenir inmediatamente paradigmático. La Política es territorio del paradigma, como lo son la Metafísica, la Epistemología y la Ciencia. Paradigma entendido, al hilo de Agamben, como aquello que una vez alumbrado o descubierto se alimenta a sí mismo; aquello que, sin necesidad de presupuestos o de origen, sólo atiende a su propio desarrollo e incita a ser considerado exclusivamente como objeto de cognoscibilidad y no de crítica intelectual ni, mucho menos, de juicio moral. Aquello que, no siendo arquetípico, origina sin origen; es decir, lo original entre singularidades. Digamos que, así entendido, el paradigma es uno de los manantiales del devenir cultural.   Un paradigma de este tipo es políticamente relevante porque orienta a la vez que restringe la libertad de pensamiento y, consecuentemente, de acción. Acaso todo proceso constituyente necesite de esta ontología paradigmática para ser verdaderamente constituyente. Cuando una sociedad se constituye políticamente -formaliza su Estado- vuelve a fundarse como nación. Por su parte, a nuestro cerebro le es fácil adaptarse a cualquier estructura para desarrollar sus funciones; no es necesario que el aparato lógico se corresponda con una entidad real. A fin de cuentas para pensar no es necesario que el pensamiento sea veraz, basta con que sea coherente, aunque se trate de una coherencia sin razón. El paradigma falsario de la transición y la coherencia sin causa posterior son los generadores del gran artificio político dentro del cual los españoles, los europeos, nos revolcamos.

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