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El riesgo moral

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En economía se habla de mercados perfectos cuando los agentes que intervienen en él tienen un conocimiento igual de la realidad, pero cuando uno sabe demasiado y el otro, muy poco, el acuerdo se hace imposible. A esto se le llama tener “información privilegiada o asimétrica”. Un ejemplo de esto lo encontramos en los mercados de seguros. Como las aseguradoras saben menos que los asegurados tratan de mejorar su información con el fin de conocer mejor los costes de suministro del seguro. Esta asimetría produce otro inconveniente no menos importante: el riesgo moral. El concepto queda ilustrado en la siguiente frase: “si compensas a las personas cuando les sucede algo malo, quizás sean menos cuidadosas”.   Observemos la vida cotidiana. Si el coche está asegurado contra el robo puede que no me importe aparcarlo en cualquier sitio, pero si no lo está, puede que prefiera un parking. Si me quedo en el paro y el Estado me ayuda puede que no busque otro trabajo igual que si no contara con ella. En la sociedad en que vivimos el riesgo moral es un problema inevitable. No obstante, si bien es imposible evitarlo por completo se puede intentar reducir. Aseguradoras y Gobiernos tratan de protegerse contra él.   En el ámbito privado hay varios mecanismos. La búsqueda del beneficio hace que las empresas no ofrezcan seguros contra el embarazo o contra el desempleo, porque resulta evidente que es fácil concertar el despido o quedar embarazada. También opera el seguro de cobertura parcial con franquicia. Esta trabaja como un incentivo para reducir el riesgo moral porque intenta que el asegurado tenga un poco más de cuidado. En el ámbito público, a pesar del riesgo moral, la mayoría de los países occidentales han consolidado la ayuda al desempleo. ¿Están todos los países equivocados? Evidentemente, no.   Si un Gobierno se ahorrase las ayudas, este seguiría teniendo parados porque estos dependen de causas objetivas económicas. Los Gobiernos cuando abonan el subsidio de desempleo piensan que lo hacen con la condición de que los beneficiarios estén buscando activamente trabajo, pero como son conscientes de la dificultad del control, prefieren satisfacer una exigua prestación durante un cierto tiempo. Si los Gobiernos pudieran medir el afán de búsqueda del trabajo podrían mejorar la prestación. Si pudieran condicionar la prestación a la formación, facilitarían la recolocación. Si implantaran severas medidas de control aquélla podría destinarse a quien lo necesitara realmente. Son situaciones que se compensan: es malo fomentar el desempleo, pero es bueno ayudar a quien no tiene ingresos. Un dilema para el que no existen formulas mágicas. Ante tanta incertidumbre hay algo cierto: ayudar a quien no tiene trabajo es algo propio de toda sociedad civilizada, porque si no podemos sufrir la maldición orteguiana: toda realidad que se ignora prepara su venganza.

Amor trascendental

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Gertrud (foto: cinema la superlativ) Los amantes creen que sólo ellos pueden superar las barreras que impiden alcanzar la plena confusión de dos seres, y albergar el sentimiento poético de la eternidad: que “es la mar, que se fue con el sol”, decía Rimbaud. Este anhelo de un imposible empuja al sufrimiento, ya que sólo éste (o su posibilidad) revela la entera significación del ser amado.   En su última película, Carl Theodor Dreyer retrata a una de las más libres, complejas y apasionadas personalidades femeninas de la historia del arte. Gertrud encarna la lucha por un ideal amoroso que no consigue triunfar sobre la realidad y que en su búsqueda del amor entendido como un absoluto asume su condena a la soledad. Esta mujer sincera y coherente, enamorada de la pureza amorosa, rechaza los prejuicios de su época y no hace la menor concesión a las convenciones represivas de la sociedad en la que vive. A su marido no duda en confesarle que jamás le ha amado; si acaso sólo ha llegado a sentir por él “algo parecido al amor”. Atendiendo a la jerarquía de los sentimientos y a la libertad de elección y decisión, ni la inercia de una vieja relación, ni la tiranía de las conveniencias o el miedo a las dificultades, tienen fuerza suficiente para detener el ímpetu del amor correspondido.   La heroína de Dreyer no se enreda en trivialidades sentimentales: acierta a distinguir ese deseo general de agradar que acompaña a la galantería y que no es más que una ilusión del amor; y conoce la inclinación masculina a jactarse de sus conquistas, como el cazador que exhibe las piezas abatidas: “La mujer es la única presa que vale la pena” (Maupassant). Ante la incomprensión de los hombres, Gertrud no se muestra desesperada o resignada; admite sus fracasos y desengaños con una dignidad que el cineasta danés recoge admirablemente en sus planos, sin adherencias melodramáticas.   Gertrud, siendo leal a sí misma, no ha conseguido lo que deseaba: “la vida es una larga cadena de sueños que van desvaneciéndose poco a poco”; y el tiempo, en su fluir implacable, no se detiene para conceder nuevas oportunidades. Esta obra de arte fue despreciada por el público y la crítica. Dreyer no pudo llevar a cabo los proyectos que acariciaba: Medea, una Vida de Jesús, y una adaptación de Luz de Agosto.

Recesión europea

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Con un BCE que se ha quedado sin apenas margen de actuación, tras bajar el precio oficial del dinero hasta un 1%, y con unos gobiernos que han agotado sus reservas presupuestarias en planes de salvamento de la banca y de reactivación del crédito, Europa padece su mayor recesión desde la Segunda Guerra Mundial: desplome de la producción industrial, acusado descenso del comercio minorista y acelerada destrucción de empleos.   La mayor potencia económica de la UE sufrió una contracción del 3´8% respecto al trimestre anterior: en términos anuales, la caída de la actividad alemana es casi del 7%. A pesar de que la crisis no está ocasionando destrozos en su estructura laboral, gracias a las ayudas públicas que permiten reducciones de jornada con la condición de que los trabajadores no sean despedidos (hay 48.000 empleados más que hace un año), se teme que el hundimiento del comercio mundial tenga una enorme repercusión en este país –primer exportador del planeta- provocando despidos masivos en la industria germana. Ante esto, la federación alemana de sindicatos tacha de pasivo al Ejecutivo, y para protestar ha congregado a decenas de miles de personas en las calles de Berlín, exigiendo nuevos planes de estímulo económico.   Asimismo, la recesión está descabalgando las finanzas públicas, lo que, según muchas voces autorizadas, obligaría a un ajuste de los sistemas de pensiones para asegurar su mantenimiento. El comisario de Empleo de la UE cree necesario invertir la tendencia de las prejubilaciones: sólo el 40% de los mayores de 60 años permanecen activos.   Entretanto, Zapatero sigue alentándonos: “los datos buenos no tardarán mucho en volver”; y no para de recordar que la crisis internacional es fruto de la “avaricia de aquellos que tienen mucho y quieren tener más”. Además, se propone cambiar el modelo económico español con la colaboración de los empresarios y los sindicatos (imbuidos de una actitud responsable), creando “más economía productiva y menos especulativa”. Pero si el jefe del Ejecutivo pretende “alumbrar un sistema de mayor control” donde “los intereses ciudadanos estén salvaguardados” debería prescindir de las reglas del régimen actual.   hechos significativos   El servicio de Estudios del BBVA pronostica una tasa española de paro del 20´4% en 2010.   Moratinos, extasiado ante la cúpula de Barceló, de la que dice que “no se ha caído nada”: “es totalmente maravillosa”.

Arte de pensar

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El pensador, Rodin Arte de pensar Todos los seres humanos tienen la facultad de pensar; muchos, la de conocer las ideas o pensamientos ajenos; pocos la de transmitirlos a otros con fidelidad; y algunos, la de crear pensamientos que no sean intuiciones inteligentes o meros razonamientos lógicos. Aquellas, no traspasan el umbral de la poesía. Éstos, no avanzan hacia algo nuevo. La conclusión está ya contenida en la premisa. Todo razonamiento es una tautología, con la lógica por instrumento Pensar tampoco es decir pensando, lo que todo el mundo dice sin pensar. Los actos de pensar que conocen su destino no son más que alegatos El proceso de elaboración de pensamientos originales, es decir, críticos y fundadores, es muy parecido al de las grandes obras de arte. Del mismo modo que la obra es el resultado del obrar, el pensamiento lo es del pensar. Y así como el artista creador ha de vencer la resistencia de la materia, el pensador debe enfrentarse con la del lenguaje. La palabra exactamente adecuada es el pequeño ladrillo con el que se construyen los grandes pensamientos. El artista se diferencia del artesano en que no tiene en su cabeza el diseño completo de lo que desea ejecutar. El proceso de ejecución transforma la intuición primera y dicta las reglas para su acabamiento en obra de arte. El pensador se distingue del profesor y del erudito en que no sabe de antemano a qué pensamientos le conducirá su incesante búsqueda de la verdad. El arte de pensar rehúsa las sensaciones, las rutinas mentales, la cultura envolvente. Recorre su camino con el paradójico bastón que le permite pensar con el esfuerzo de no pensar. Aquí no rige la entropía. Deshacer lo pensado mal cuesta más que pensar bien. Sólo construye quien destruye. Y para pensar bien, el proceso del pensamiento ha de ser individual. Si la acción es asunto de muchos, el pensamiento concierne a una sola persona a solas consigo misma. La persecución de la verdad impone sereno equilibrio al proceso de pensar, no necesitado de gozos ni de penas. Si la Naturaleza pensara, rechazaría de su pensamiento todo atisbo de tragedia o frivolidad. Los pensamientos denotan su falsedad cuando son trágicos o frívolos. “Todo pensamiento triste deviene sospechoso” (J. Green).

Disputa española

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En la final de la Copa del Rey buena parte de las aficiones del Athletic de Bilbao y del Barcelona abuchearon la interpretación del himno nacional: algo cuya visión, los responsables de la retransmisión televisiva de ese acontecimiento deportivo, decidieron, con suma torpeza, ahorrarnos. Experiencias de esta clase vuelven a poner de manifiesto el emponzoñamiento nacionalista y la anacrónica figura de un jefe del Estado, que los vascos y los catalanes considerarían también suyo si pudieran, junto al resto de los españoles, elegirlo.   Pitada al himno (foto: Contacto Digital) Ortega, en su “España invertebrada”, reconocía que en varias ocasiones la periferia ha tenido razones sobradas para rebelarse contra el despotismo centralista. En el origen de muchas de las naciones existentes descubrimos pueblos sojuzgados (con sentimientos de identidad y referentes culturales que no comparten los opresores) que emprenden luchas de liberación motivadas por situaciones de sometimiento político y de expolio económico.   En el caso de los actuales movimientos nacionalistas, sería absurdo considerar una imposición la negativa del poder central a conceder el derecho a la autodeterminación a vascos o catalanes: nos vincula un mismo hecho de existencia nacional que no podemos cambiar a voluntad, como haría una pareja desavenida con su “proyecto de vida en común”; eso sí, todos carecemos de una libertad política cuya conquista sería indivisible. Y puestos a establecer comparaciones económicas, los secesionistas no pueden esgrimir agravios, precisamente. ¿Una lengua y algunas costumbres diferentes son motivos suficientes para alegar incompatibilidad de caracteres regionales y pedir la disolución del primer estado-nación propiamente moderno?   En épocas bárbaras, con grupos separados y hostiles, se tiende a la disociación. El Estado nacional se configura merced al fracaso del orden feudal y al hundimiento de los reinos de taifas. Y, ahora, conviviendo en el seno de la misma civilización, cuando se suprimen las fronteras entre las naciones de la Unión Europea, refluyen en éstas los nacionalismos interiores, con su ímpetu disgregador y sus nostalgias de edades medievales.

Crisis recrudecida

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La entrada en el euro desató una espiral de inflación en el ajuste de los precios que no ha sido registrada. En no pocos artículos y servicios se llegó a un porcentaje escandaloso de subidas. Tampoco se ha estudiado con exactitud el impacto en los precios de la vivienda, que se acercaron a un incremento del 50% apenas un año después. Como siempre, las clases medias asalariadas vieron mermado su poder adquisitivo y disparado su endeudamiento. Desde el segundo año del nuevo siglo, el paro y los precios de la vivienda ya hacen imposible que los jóvenes puedan emanciparse del hogar paterno.   El crecimiento económico continuó en los primeros dos mil. La moderación salarial disparó el beneficio, a pesar de que el consumo interno era el auténtico motor de aquel, pero siempre gracias a unos tipos de interés bajos, cosa que tendría que terminar en algún momento. El superávit que debieron acumular las cuentas públicas no fue suficiente ante el despilfarro autonómico. La puntilla vendría del crack financiero internacional.   Treinta y dos años después, en una crisis que cuestiona el valor de las cosas, carecemos precisamente del valor seguro de sectores productivos en la economía. Es la premeditada transformación de España por el posfranquismo lo que nos ha traído hasta aquí, sólo que lo que para los potentados es ahora un ligero soplo en la frente, para los demás supone un devastador huracán. Y es imposible que las clases medias podamos escapar a la crisis perpetua mientras continúe esta Monarquía de partidos, impermeable por su diseño institucional al interés de la mayoría.   Fijándonos en el lapso 1977-2007 (efeméride redonda de los treinta años desde las consideradas primeras elecciones democráticas), los ocupados en agricultura e industria, los dos sectores productivos, han pasado de ser el 48,6% a solamente el 20,56% (4,54%+16,02% respectivamente) del total, disparándose los servicios del 41,7% al 66,17% de los ocupados. El segmento de población infantil, entre 0 y 15 años, se ha reducido en 13 puntos porcentuales y 4.337,1 miles de almas. Ello a pesar de que las personas que aportan algún ingreso a sus familias han pasado de un 41,4% a un 63,7% de la población. De entre éstos, las rentas del 24,5% provenían de los organismos públicos en el año 1977.   En 2007, hasta el 38,2% de todos los que aportan ingresos a sus familias dependían del Estado, lo que son más de 10 millones de españoles. Algo —por supuesto que combinado con el rígido control de un espacio público sometido a la propagación de la mentira oficial (la mejor demostración de ello está, justamente ahora, en que, a pesar de la que está cayendo, el Régimen de poder es lo único que no se cuestiona)— que facilitará que ellos y sus familias siempre voten.

Sciascia-Montanelli

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Cuando el interés suscitado por un dilema viene motivado no por el escrúpulo de contar la verdad o por el puro interés de observar sin miramientos la realidad, sino por la previa necesidad de defender aquello que se tiene por plausible o conveniente, es decir, por el llamado pomposamente “compromiso intelectual”, la honestidad es siempre sacrificada en aras de la Causa. El “compromiso intelectual” se convierte así en coartada de la más servil cobardía ante uno mismo y ante los demás. La Guerra Fría llevó al paroxismo esta tendencia; la denuncia de las brutalidades perpetradas en la Patria el Proletariado era sospechosa de connivencia con las fuerzas del “imperialismo capitalista”; las reservas intelectuales hacia los atropellos perpetrados por los estados occidentales en el ámbito de una política exterior dictada por la nefasta política de potencias eran inmediatamente descalificadas por su complicidad con los “enemigos de la libertad”. Y los crímenes perpetrados por los “nuestros” eran apuntados en el capítulo de los “abusos inevitables de toda gran empresa histórica”. La corrupción y el descontrol del poder no son producto de los abusos de unos partidos políticos empeñados en la violación sistemática de la legalidad, sino la consecuencia propia de una legalidad que ha suprimido la separación de poderes y por tanto toda posibilidad de control y contrapeso entre estos. Hace 30 años, esta crítica sería descalificada por su procedencia de fuentes filocomunistas, bien que disfrazadas de democráticas.   No fue otra cosa que el “compromiso intelectual” en defensa de una “democracia” en peligro lo que llevó a Indro Montanelli a defender públicamente la postura de la Democracia Cristiana frente al feroz ataque recibido por las Brigadas Rojas en la persona de Aldo Moro. Pero su compromiso enseguida dejó traslucir la profunda cobardía que subyacía en aquella toma de postura: no bien las terribles cartas de Aldo Moro comenzaron a publicarse, y con ellas la polémica agitada por el jurista y político secuestrado, en las cuales él se cuestionaba la procedencia de negarse a toda transacción con una banda criminal que amenaza la vida de un rehén, Indro Montanelli, en lugar de aceptar a Aldo Moro en toda su dignidad de hombre cuerdo y responsable, aun discrepando de sus planteamientos, prefirió negarle hasta la condición de sujeto dotado de raciocinio: estaba perturbado, aterrorizado, por lo tanto escribía al dictado de sus raptores. Afortunadamente, la honestidad intelectual del hombre libre que era Leonardo Sciascia, plantó cara a aquel atropello perpetrado por hombres tan respetados como Montanelli, sin más que acudir a los archivos y recordar que aquella postura de Aldo Moro no era ni mucho menos nueva: respondía a un contexto en el cual la idea de un Estado cuya legitimidad está fuera de toda duda y por lo tanto lo inaceptable de toda transacción también, era desconocida en Italia. Hoy, el enfrentamiento entre ambos periodistas ha de figurar, por derecho propio, en toda antología que se precie sobre las nefastas consecuencias del llamado “compromiso intelectual”.

Policía del pensamiento

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1984 Que un nauseabundo programa televisivo haya difuminado las siniestras connotaciones que “Gran Hermano” tiene desde la publicación de “1984”, muestra el impúdico analfabetismo del que hacen gala los programadores de los medios de manipulación masivos. Pero la obscenidad y el regusto por lo morboso de ese inmundo “éxito” de audiencia gregaria, son insignificantes al lado de los rasgos de la actual sociedad política y mediática, semejantes a los anunciados por Orwell: el empobrecimiento del lenguaje hasta alcanzar una perfecta simpleza; la técnica del desdoblamiento mental o el encomio de la incoherencia; y una continua reescritura del pasado que borre los errores y los crímenes de los estadistas. La perpetuación del “bloque constitucional” se basa en la represión de la libertad de pensamiento, y para ello se necesita un nuevo lenguaje en el que “democracia” signifique: régimen del abuso y de la impunidad del poder.   En uno de sus ensayos menos conocidos, La política y la lengua inglesa, Orwell señala el espurio sentido que se atribuye al término “político”, asociándolo al hábil engaño, cuando decir la verdad, aparte de un deber político, es también lo más útil, especialmente en situaciones de crisis. La subordinación de la verdad a la razón del Estado de partidos y autonomías implica la suplantación de la libertad por la necesidad de mentir.   La honestidad intelectual de Orwell no deja de ser una rareza o una extravagancia en esa normalidad trufada de oportunismo y conformismo en la que medran tertulianos covachuelistas e intelectuales cortesanos, con su idolatría del éxito (sin buena causa) y del poder. Con alma de censores, todos defenderán con alharacas la libertad de expresión, pero nadie la empuñará para “decirle a la gente lo que no quiere oír”, quizás porque para ellos liberty significa el derecho a defender los negocios de sus patrones, a enarbolar los sectarismos ideológicos y a reforzar los prejuicios oligárquicos.   El declinante imperio prisaico –apoyado por la vieja guardia felipista- ha estado sosteniendo una feroz lucha contra los advenedizos de Mediapro – protegidos por Zapatero-, que acabará en un cierre de filas. En el otro lado mediático de la partidocracia, con la salida de Jiménez Losantos de la COPE, también se atisban reagrupamientos de fuerzas.

Nuevo modelo económico

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Durante el último “Debate de la nación” se lanzo una bonita idea: la solución de nuestros males está en el cambio de nuestro modelo económico. Ayer mismo, en un mitin de la precampaña para la votación de su “Lista electoral” al Parlamento Europeo, Rodríguez Zapatero, anunció que en las próximas semanas firmará con sindicatos y empresarios un “acuerdo” sobre un nuevo modelo económico para salir de la crisis, que se centrará en las energías renovables, el ahorro y la eficiencia energética, en sectores de alta tecnología y en el desarrollo de la Ley de Dependencia; y les aseguró que lo conseguiría pese al escepticismo de los promotores de otra “Lista electoral” oponente. Y los fieles embelesados aplauden con delirio. Esta clase de predicadores de poca monta confunden el deseo con la realidad y sus posiciones de poder con el devenir complejo de la sociedad española. Piensan que cambiar de modelo económico es tan fácil como cambiar de traje cuando se dispone de varios para elegir y hacen creer a la gente que es posible tener un modelo económico con una agricultura selecta, una industria tecnológicamente impecable con escasos costes medioambientales y con gran proyección exterior y unos servicios de muy alto valor añadido (Manuel Lagares Calvo). Y se quedan tan campantes.   Un viejo artículo de R.G Lipsey y D.D. Purvis (Financial Post, 1994) relata el declive de la principal industria nacional, la industria X, que daba empleo a casi el 50% de la población activa, y que dentro de una generación solo ocuparía al 3%. Pronosticaba que más del 40% del empleo nacional sería destruido en el espacio de una generación. ¿De dónde vendrán los nuevos empleos? (pregunta un sindicalista). El Gobierno debe proteger la industria X para que no desaparezcan tantos puestos de trabajo (responde un empresario). Deberíamos promocionar nuevas industrias (dijo un alto funcionario). Y todos pensaron en el nuevo producto de alta tecnología, el producto Z, para el que pedían toda clase de subvenciones y deducciones tributarias. Quizás el nuevo producto Y, que algunos individuos fabrican actualmente en los cobertizos de sus casas, pueda generar un número significativo de puestos de trabajo (dijo un economista subalterno). ¡El producto Y! Hace mucho ruido, huele muy mal y es un juguete para los ricos y no generará tantos puestos de trabajo (exclamaron varios pensadores realistas). Datos reales de la historia: Estados Unidos, año 1900; producto X: la agricultura; producto Z: el zeppelin; producto Y: el automóvil. Muchos dirigentes y sus asesores, expertos en rendibú, no saben que la economía cambia constantemente; los productos nacen, se desarrollan y mueren; apuntalar industrias en declive es como apoyar la agricultura de 1900 y que la creación de empleo está en la fabricación de aquellos productos en los que la sociedad civil arriesga su fortuna y su vida, no en aquellos ideados por tecnócratas a modo de planes quinquenales. La función de un Gobierno representativo de esa sociedad civil será apoyar a estos emprendedores no a los vendedores de elixires económicos.

Ultrasensacionalismo

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Todos al quiosco (foto: raiworld) En grados menores o mayores dependientes de un pudor al fin decretado por el mercado, el más fiel –por neutro– organizador de apetitos serviles, la inmensa mayoría de la prensa actual es sensacionalista. Y, ya puestos –habrá pensado algún astuto oligarca–, ¿por qué no hacerla gratuita y repartirla por todos los rincones, como sucedió con la prensa propandística de los regímenes totalitarios? Es incuestionable que hacer ruido es la mejor manera de no dejar oír las voces que podrían tener algo que decir de verdad.   No se trata ya de la omnipresente intromisión de la bendita publicidad, a la que incluso nuestra gloriosa universidad ha otorgado Facultad de estudios propia (cuyo origen sospecho que fue una especie de subcomité de propaganda –fascista o comunista– que el capitalismo después adoptó al apercibirse de su tremendo potencial). No. Tampoco se trata del discurso que, aunque conferido de cierto acento de seriedad, patina sin querer hacia lo vano y se coloca dentro de un cuadro aderezado de noticias más “light”, para solaz del aburrido. No.   Más bien se trata de que el falso emocionalismo es el alimento indispensable de la sociedad fantasma. ¿Quién puede decir algo recto, decente, serio, NORMAL, en medio de esta loca orquestación de zafiedad, medias verdades, mentiras puras y duras, y bagatelas? La sociedad que lo consume no tiene ni una sola oportunidad ni de generarlo ni de escucharlo. Y ella tiene culpa de permitir la situción, pues en lugar de prestar oídos al ruido podría, si no ya denunciarlo, meterse en la biblioteca a leer poesía. Pero no. Opta por asistir al vociferio, que alimenta pasiones vacuas. El sistema nervioso reptiliano adquiere su dosis y a dormir.   Así la civilidad de la conversación racional, del afecto mutuo y de los ideales morales compartidos se deteriora inexorablemente; se hunde en abismos cada vez más profundos de ignominia. Y aunque el potencial de recuperación humano es extraordinario, no podemos pasar nunca por alto que la vileza deja siempre huella. Algún día conquistaremos la libertad, y no sin compasión nos zafaremos de la inmundicia que ellos (nosotros hoy) dejamos a nuestros descendientes. Y durante la obra nos acordaremos del coste. Plega a Dios que garanticemos institucionalmente su permanencia.

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