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viernes 2 enero 2026
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Frente a la gran mentira

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Sin regulaciones adecuadas y un conjunto institucional de filtros y controles, se amañan “creativamente” las contabilidades de las grandes empresas, cuya refinanciación está sujeta a la evolución de su valor en bolsa, el cual depende de los resultados a corto plazo; los bancos se las ingenian para expandir sus marañas especulativas levantando unos armazones que no soportan el peso real de la economía. Y en España, donde no ha comenzado la historia de la democracia, la conchabanza de los partidócratas, banqueros y empresarios privilegiados, está a la orden del día. Ante la cascada de corruptelas municipales y autonómicas, y la ofensa permanente al discernimiento que perpetra la clase dirigente, cabría pensar que los políticos, esencialmente ineptos y ladrones, sólo esperan el momento de alcanzar el poder para desarrollar o combinar esas dos cualidades. Sin embargo, sabemos que este Régimen genera, irremisiblemente, incompetencia, abuso e impunidad.   La particular agudeza de la crisis económica que sufrimos, hace cada vez más difícil que Zapatero se esponje de vanidad; aun así, en su caso, el más seguro de los mutismos no es callarse sino hablar empleando un lenguaje vacío y una retórica hueca: la langue de bois. Además, la incultura política de los votantes requiere el mayor grado de vaguedad y abstracción en las fórmulas de captación de voto: “una sociedad más justa y solidaria” y cosas por el estilo. Por su parte, Rajoy, como un sobreviviente (representación alegórica del poderoso trazada por Canetti), se mantiene erguido encima de un montón de cadáveres; pero ciertos parientes políticos (Bárcenas, los Costa, Camps Rato, Aguirre, etc.), al igual que los médicos malintencionados, saben dónde hacer más daño al tocar. No obstante, tanto los miembros del PSOE como los del PP, forman parte del mismo gremio y están imbuidos del espíritu de la cofradía: el consenso. Y así, todos los diputados se tratan con el afecto de los actores después de la función.   En los medios de comunicación –ese prodigio de tragaderas- encontramos prohombres que aceptan totalmente las convenciones de la monarquía de los partidos estatales: aman el Poder con tal pasión, que pagarían por venderse. Frente a la gran mentira sostenida por la oligarquía de partidos y el oligopolio financiero y mediático, este Diario de la libertad política continuará su andadura.     "A pure theory of democracy"     Publicada la traducción inglesa de "Frente a la gran mentira"

Remontamos el vuelo

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Espátulas (foto: Manuel Salvador)       Estimados lectores:     El Diario español de la República Constitucional reiniciará su actividad el próximo veintiséis de octubre.   Gracias por continuar junto a nosotros.    

ANALFABETISMO POLÍTICO

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No es cierto que en medios rurales y en sectores de población de edad avanzada se vote con criterios menos racionales que en la ciudad y en las clases activas. Como observó Schumpeter, “el ciudadano normal, tan pronto como entra en la esfera política, desciende a un plano inferior en materia de actuación mental. Argumenta y analiza de una manera que consideraría infantil en el ámbito de sus intereses reales. Se convierte en primitivo”.

Pero tal afirmación no hace justicia al primitivismo de que hace gala el hombre instruido. El “analfabeto natural” suele tener opiniones firmes, imperturbadas por informaciones contradictorias que no le alcanzan. En una tertulia de televisión o de radio puede comprobarse dónde se encuentra el verdadero analfabetismo político. Si a la tertulia asiste algún profano, o algún afectado por el problema de que se habla, éstos son los únicos que se pronuncian con pertinencia.

El sentido común no tiene cabida en un paradigma cultural que nos disuade de entrar en áreas de conocimiento reservadas a los expertos, a la vez que nos persuade a participar en la política, la materia más necesitada de información y de razonamiento. La invitación no resulta ridícula porque la incompetencia general disimula la ignorancia propia.

La raíz del “analfabetismo cultivado”, del alejamiento de la política de la “esfera de intereses vitales” del ciudadano, está en la incongruencia de un sistema que fuerza a escoger un partido por razones sentimentales de identificación social, y a tomar partido, a justificar el voto, por razones intelectuales o morales. El analfabeto natural resuelve, por instinto y desconfianza, la maraña de información de que se valen los analfabetos cultivados para justificar, con razonamientos pueriles, su afición sentimental al poder.

Masaki Kobayashi, un resistente (completo)

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Foto: Okinawa Soba Masaki Kobayashi, un resistente A lo largo de la breve y reciente historia del llamado séptimo arte, han aparecido numerosos autores que se han servido del lenguaje cinematográfico para criticar abiertamente al poder establecido, pero, por lo general (Pier Paolo Pasolini, Francesco Rosi, Nagisa Oshima…) lo han hecho totalmente determinados por un ideario político que suele acabar proponiéndose como dogma, puesto que el odio que sus obras destilan contra una clase social concreta, la burguesía, cuya legitimidad de origen se intenta destruir ('Teorema', esa especie de ensayo político-freudiano, acaso sea el ejemplo paradigmático), implica ineludiblemente la defensa de un gobierno proletario.   En la actualidad, es el cineasta escocés Ken Loach quien mejor personifica las ataduras morales que el pensamiento marxista liga sobre los miembros del juicio crítico de la generalidad de este tipo de autores: así, las pretensiones de la colectividad se imponen siempre a la voluntad individual en nombre de la justicia, la libertad u otros esquivos fantasmas. La consecuencia lógica de esta tentativa aleccionadora es un cine panfletario incluso en aquellos casos en los que el arte visual y narrativo no se subordina por completo al discurso político.   Hubo en el pasado siglo, sin embargo, voces independientes del sector que se alzaron contra la tiranía del fascismo y la impostura del capitalismo sin abandonarse a la fe comunista o socialista como un mártir a la abstracción de Dios: sobre todas ellas, destaca la del olvidado (y en concreto en España, ignorado) director japonés Masaki Kobayashi, cuya obra, constituyéndose en conjunto como un rabioso manifiesto político, no abraza otro credo que el de la libertad individual, único norte de la dignidad humana, cuya senda se halla obstruida por los intereses creados y la cobardía moral de todos los espíritus serviles con las oligarquías. Probablemente nadie (a excepción de su coetáneo Akira Kurosawa) haya rendido en el cine homenajes tan sentidos al espíritu de superación y resistencia individualista como Masaki Kobayashi, que en sus principales y más logradas películas, propondrá (a diferencia del director de 'Rashomon', más preocupado en escudriñar la oscura psicología del hombre, independientemente del contexto) como origen de los conflictos dramáticos que las sostienen, los abusos de poder que se derivan de una organización vertical de la sociedad y el poder político.   Así, sus filmes sobre samuráis ('Rebelión' y 'Harakiri'), lejos de presentarse como estudios de arqueología histórica o cuentos filosóficos de acción, suponen una crítica feroz, un ataque frontal, contra los valores socio-culturales derivados de una disposición jerárquica del mundo. El Japón feudal se antojaba, pues, como el espacio y tiempo idóneos para cantar a los hombres que, contra el viento de la tradición y la marea del pensamiento único o colectivo, se resisten a integrar el rebaño de fieles súbditos de la oligarquía de turno, más cuando ésta les exige el sacrificio individual con tal de conservar sus privilegios.   En el primer caso ('Rebelión', 1967), es la explotación sexual de la mujer la que induce al protagonista (un gran Toshiro Mifune) a vengar los agravios de sus superiores, aun a sabiendas de que su desobediencia (se niega a firmar un documento según el cual entregaría voluntariamente a su nuera al gobernador regional) se vislumbra como el primer paso hacia una muerte que será silenciada por las autoridades, preocupadas de que tan subversivo ejemplo pueda calar en el imaginario de la tribu. La ley del silencio se hacía todavía más notoria en el segundo caso ('Harakiri', 1962), memorable filme que evocaba la sangrienta venganza de un guerrero empobrecido (un magnífico Tatsuya Nakadai) cuyo yerno había sido conducido al suicidio  por  la crueldad  arbitraria  del hijo  del   shogun, y cuya trágica acción de desafío a la casta gobernante acababa ocultándose a la población. En ambas historias (filmadas con el temple y maestría de un Kurosawa, un Ozu o un Mizoguchi, pero con definitivas explosiones de violencia que inspirarían a Sam Peckinpah), se concebía el enfrentamiento directo contra la oligarquía como la única vía de escape de la humillación sistemática y como el único camino hacia la reivindicación de la individualidad, o lo que es lo mismo, como el único medio de ser uno mismo.   No obstante, fue en su excelente trilogía 'La condición humana' (para quien firma, la mejor obra de la historia del cine) donde la preservación del yo adquiriría ya una dimensión épica, en tanto que Kobayashi describe en ella los años de resistencia al fascismo, a la barbarie, a la corrupción sexual, a la prisión estalinista… de un joven humanista (Nakadai) cercano a la treintena (que sobrepasará en el frente) cuyos principios se mantendrán permanentemente en jaque en medio del caos bélico y perversión ideológica de la segunda guerra mundial, llegando a desertar de todo credo y por supuesto del ejército para, al modo de Ulises, tratar de volver a su Ítaca particular, con nombre de mujer, nombre que pronunciará como una plegaria en la soledad definitiva de la nieve siberiana, donde hincará finalmente la rodilla, derrotado por los elementos naturales, tras haber vencido a todas las imposiciones humanas.   Es entonces cuando Kobayashi, habiéndose valido hacia el desenlace de antológicos y poéticos monólogos sin parangón en la cinematografía mundial, habrá reivindicado como nadie antes y después en la pantalla la individualidad, la fidelidad a los principios y a la mujer amada (única patria y única bandera), así como la necesidad de negar, rechazar, odiar… toda autoridad vertical (la de los japoneses, la de los americanos, la de los rusos…) con el lirismo de un Tolstoi, la desolación de un Pasternak y la lúcida rebeldía de un Camus.   {!jomcomment}  

Un pirata somalí llamado Moratinos (completo)

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Aminetu Haidar y Miguel Ángel Moratinos Un pirata somalí llamado Moratinos Coger a una persona, por la fuerza, llevarla atravesando los mares hasta tierra firme y mantenerla retenida ahí sin posibilidad de salir. A esto, en el Océano Índico, se le llama piratería; y en el Atlántico, se le llama hacer algo normal, lo que cualquier país haría (Moratinos dixit). Coger por la fuerza a una persona, después de haberle requisado el móvil, los objetos personales y el pasaporte, meterla contra su voluntad en un avión, llevarla desde un lejano desierto a una isla en medio del mar. A esto, en el Caribe, se le llama Guantánamo; en el Atlántico, Lanzarote.   Desde luego que hay que tener muchísima habilidad política para, en tan sólo tres días, juntar en el imaginario popular, la imagen de lo peor de la piratería somalí con lo peor de Guantánamo. Y es evidente que para alcanzar semejante proeza es preciso cometer tantos desatinos como kilómetros separan Cuba de Somalia. Aminetu Haidar, la Gandhi saharaui, se pasea por EE.UU. y algunas partes de Europa para cosechar premios por su incansable lucha en favor de los derechos humanos. Pero para Moratinos, no es más que un buque lleno de mercancías cuyo secuestro bien vale una travesía. Y así lo ha hecho. En mitad de la noche, sin luces ni taquígrafos, prescindiendo de las más elementales normas tanto legales como morales, ha pactado con unos corsarios, el secuestro de Aminetu Haidar y su posterior traslado a un minúsculo lugar del nordeste de Somalia, quería decir, de Canarias.   Lo sucedido con Aminetu Haidar es, sencillamente, ignominioso. Un Estado que se dice de Derecho, viola sus propias normas para hacerle el trabajo sucio a una monarquía feudal. El Ministro de Asuntos Exteriores de España ha inducido a un piloto de avión, a una compañía aérea y a las autoridades policiales y aduaneras de Lanzarote a una conducta que raya en la prevaricación, la detención ilegal y el secuestro. Y todo esto, sin que el mayor partido político de la oposición se entere. Aminetu Haidar aterrizó el 13-11-2009 en El Aaiún (Sahara Occidental), un territorio que, con la ley en la mano, su administración corresponde a España. Pensar lo contrario es dar validez a los Acuerdos de Madrid de 1975, cuya nulidad, tanto desde el prisma del derecho español como desde el prisma del derecho internacional, está sobradamente acreditada. Cuando Aminetu Haidar desciende del avión en El Aaiún, unos ‘okupas’ (colonos marroquíes), le impiden quedarse en su ciudad y le obligan a subir en otro avión y abandonar el Sahara Occidental. Para consumar este brutal atropello, los ‘okupas’ cuentan con la inestimable colaboración de Miguel Ángel Moratinos, que les garantiza que, quiera ella o no quiera, pueden mandarla a España. Es decir, colaboración necesaria para la detención ilegal y secuestro de una persona. En El Aaiún y contando con la inestimable colaboración de España, los ‘okupas’ llevan, a Aminetu Haidar, a un avión de una compañía española, la obligan a subir en esa aeronave sin sus objetos personales y sin pasaporte alguno. Las normas internacionales de la aviación civil estipulan que en caso de pasajeros indocumentados, la responsabilidad recae en la compañía aérea. Toda la legislación española en materia de extranjería exige la tenencia de un pasaporte para atravesar los puestos fronterizos. La figura penal de la prevaricación castiga a la autoridad o funcionario que realice una acción a sabiendas de su ilegalidad. Puede ser que haya algún piloto que, después de tanto viajar, ya no sepa que el pasaporte es un documento necesario para salir o entrar en un país, pero que lo ignore un ministro…   Ese mismo sábado y ya en Lanzarote, Aminetu Haidar, es obligada a descender del avión y a abandonar la zona internacional del aeropuerto de Lanzarote, donde quería permanecer para intentar regresar al Sahara Occidental. Cuando los muy profesionales cuerpos de seguridad del aeropuerto, curtidos en mil batallas, se enteran de que una mujer ha venido a España, engañada y obligada por   otros, lo primero que piensan es que están sobre las pista de alguna mafia que trafica con personas. Cuando, además, esa mujer les dice que no quiere quedarse en Lanzarote, que lo que quiere es volver a su tierra, ello les reconfirma en la idea de que esa persona ha sido engañada y obligada a realizar el viaje. Pero cuando las fuerzas policiales, obedeciendo órdenes de la Superioridad, en lugar de evitar el delito, emplean la fuerza para abundar en ello, francamente, deberían saltar todas las alarmas en cualquier sociedad que se precie.   La tarde del sábado 14-11-2009, Aminetu Haidar, intenta embarcar en un vuelo con destino a El Aaiún, pero entonces llega un agente de la autoridad y le dice que tiene órdenes para impedir que Aminetu Haidar pueda salir de España. Llegados a este punto de la historia, si el lector de este artículo aún no había nacido cuando Bush montó lo de Guantánamo, aún le queda la opción de escuchar la justificación dada por Moratinos el mismo sábado 14 de noviembre: Aminetu Haidar tiene Tarjeta de Residencia legal en España, por lo que puede entrar en España sin necesidad de pasaporte. Y el domingo, día 15, Moratinos añade: Se le ha prohibido salir de España a, Aminetu Haidar, porque no tiene pasaporte. Si Usted, estimado lector, insiste en que no sabe nada de lo de Bush y Guantánamo, convendrá conmigo en que esto, como mínimo, es un secuestro. Y convendrá conmigo, también, en que eso de que el pasaporte no hace falta para entrar en España, pero sí para salir de España, constituye el último desatino que desde Somalia le lleva a Guantánamo. ¿Verdad que ahora comprende, usted, lo de Guantánamo? Entonces, grite conmigo: ¡MORATINOS, DIMISIÓN!   {!jomcomment}  

LAS NUEVAS TABLAS DE LA LEY

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Hace doscientos veinte años una generación de ilustrados se embarcó en la odisea de hacer, con una teoría filosófica, una revolución política. Más completa que la monoteísta de Moisés. Se propuso dar un giro de noventa grados a la única relación de poder conocida entre los hombres. Transformar la verticalidad del mando en horizontal obediencia. Cambiar la sociedad entre desiguales, con relaciones personales de poder sobre el inferior, en una sociedad de iguales sin relaciones personales de poder. Desnudar al individuo de todas sus herencias, condicionamientos y ataduras sociales, salvo las de propiedad. Descubrirlo como sujeto de razón y de voluntad capaz de buscar y encontrar la felicidad a través de leyes universales que expresaran, con su concurso particular, la voluntad general.

Newton (1686) había revolucionado la comprensión de los movimientos de las individualidades físicas de la materia descubriendo la ley universal que los gobierna. Adam Smith (1776) acababa de revolucionar la comprensión de los movimientos de las individualidades económicas con el descubrimiento de la ley universal que los regula en el mercado. ¿Por qué no poner en práctica la teoría que permite comprender los movimientos de las individualidades políticas descubriendo la ley universal de la voluntad general que los gobierne?

La nueva mecánica había logrado el consenso de la comunidad científica por la evidencia de la fuerza de gravedad que equilibra y ordena el mundo físico. La nueva economía escocesa alcanzaba el rango de ciencia entre sus cultivadores, independizándose de la política, porque la ley universal de la oferta y la demanda regula, con “mano invisible”, el equilibrio y el orden del mundo económico. ¿Por qué dudar de que un mismo consenso no se produciría entre seres racionales tan pronto como se acertara a codificar, en verdades evidentes por sí mismas, los derechos naturales del hombre y la ley universal de la voluntad general que, preservándolos con cabeza y corazón invisibles, ordene y equilibre el mundo político?

La experiencia americana (1776) no era, para los ilustrados, un ejemplo a seguir. Un pueblo colonial de pequeños propietarios agrícolas y granjeros no podía percibir el carácter científico de las fórmulas cuáqueras incorporadas a su Declaración de Independencia. No las utilizaron como primeros axiomas de los que la Constitución sería su inevitable desarrollo lógico. Las evidencias morales de sus fórmulas habían legitimado universalmente su insurrección frente a la Corona, pero no la constitución interna del poder político.

El derrotero constitucional americano había equivocado su rumbo y su fuerza motriz. Siguió la anticuada ruta de Montesquieu, balanceada por los suaves aires liberales de Locke, en lugar de la moderna corriente democrática de Rousseau, impulsada por el viento de la libertad y no por el interés de la propiedad, que no era un derecho natural anterior al Estado y a la sociedad civil, como creía el filósofo del parlamentarismo.

A pesar de la ardiente defensa del “grupo americano”, dirigido por Lafayette, la mayoría de la Asamblea francesa no estimó apropiado el antecedente republicano y federal para un Reino nacional cargado de complejidades históricas, ni para el propósito de hacer una Declaración de validez universal, centrada en la soberanía absoluta del poder legislativo como expresión de la voluntad general.

Tampoco era imitable el modelo ingles idealizado por Montesquieu. La nueva teoría científica de la ley, la necesidad lógica de una deliberación común para extraer de ella la voluntad general, excluía la posibilidad de dividir la potencia legislativa en dos cámaras. El requisito indispensable de la igualdad de los individuos era incompatible, además, con el establecimiento de una segunda cámara para los privilegiados. Por último, la revolución “gloriosa”, la reforma parlamentaria de la monarquía inglesa (1688), precedida de una decapitación regicida y de una república dictatorial, tuvo que ir acompañada de un cambio de dinastía que nadie, salvo el duque de Orléans, deseaba en Francia. El “grupo inglés” de la Asamblea, dirigido por Mounier, Lally-Tollendal y Malouet, se debatió en la impotencia. Su recalcitrante insistencia tuvo que ser finalmente aplastada (10 de septiembre del 89) por 849 votos en contra, 122 abstenciones y 89 votos favorables.

Los representantes del estado llano francés estaban condenados a innovar los fines y los medios revolucionarios, a realizar una revolución universal que se consumara, sin ruptura de la legalidad, por consenso de los representantes del tercer estado, que no era políticamente nada y aspiraba a serlo todo, y el monarca absoluto. Un reconocimiento mutuo entre dos soberanías. La nacional, fuente de la ley, y la monárquica, limitada a brazo ejecutor. En definitiva, una revolución dirigida por Luis XVI que pudiera servir de modelo universal, de imperativo categórico a todos los pueblos.

La virtud de sus principios filosóficos y la necesidad lógica de sus aplicaciones prácticas daban a la mayoría “rusoísta”, dirigida intelectualmente por Sièyes, la confianza de vencer todas las resistencias poniendo en evidencia ante la opinión pública, que emergía como tribunal constituyente, la mala fe de los que negaran su consentimiento.

La verdad científica de lo que “debía ser” tenía que transformar, por consenso de la comunidad política, la sociedad entre desiguales en una sociedad de iguales. La fraternidad, fundamento de la ética, volvería a unir la moral a la política, separadas teóricamente desde Maquiavelo. Los gobernados no acatarían otro poder que el impersonal de su voluntad general. La nueva concepción de la ley, como expresión de esa voluntad transubjetiva, haría de la obediencia libre y recíproca auto-obediencia. La política no sería ya arte, sino proceso técnico. Extraer de cualquier comunidad de individuos, por un método científico ultimado por Sièyes, la voluntad general.

El método requiere la estricta observancia de las mismas fases y condiciones que conducen mentalmente a un individuo, aislado de toda presión exterior, a tomar y ejecutar una decisión inteligente. Sólo que sustituyendo la reflexión individual por la deliberación común. No hay que dividir y separar poderes distintos, sino fases o funciones de un solo poder. Proponer, deliberar, votar y ejecutar la ley. Las únicas funciones inseparables, para extraer la voluntad general y no sumas contrapuestas de voluntades particulares, son la deliberación y la votación. La Constitución debe garantizar el aislamiento social de los individuos, para no condicionar su libertad, y la observancia de este método de producción de leyes que sean exacta expresión de la voluntad general.
Esta forma de gobierno es sustancialmente el gobierno de la forma. La democracia es el método científico de extraer con pureza la voluntad general. El contenido de esa voluntad soberana es indiferente para esta forma de gobierno. La distinción entre democracia formal y material carece de sentido.

Surge, sin embargo, un escollo. El rey absoluto se niega a ponerse al frente de esta excelsa revolución. La Iglesia y la nobleza feudal la combaten. La razón universal del tercer estado, en su primera confrontación con la realidad, demuestra que por sí sola no es suficiente. El arte tradicional de la política acude en su ayuda.

Los comunes se constituyen ellos solos en Asamblea nacional (17 de junio). Tienen conciencia de estar usurpando la soberanía y de carecer de poderes constituyentes de sus electores. Pero vencida la resistencia del rey y reunida en una sola Asamblea toda la representación nacional (27 de junio), deciden convertirla en constituyente (9 de julio) porque su imperativo categórico es moralmente superior a cualquier especie de mandato imperativo del cuerpo electoral. Como siervos de la Razón Universal escribirán a su dictado, sin conciencia de usurpación, los nuevos mandamientos de la ley natural, los derechos que cada hombre puede hacer valer frente a todos. Luego, como desarrollo de estos principios fundacionales, establecerán en la constitución del poder político los derechos que todos podrán hacer valer contra cada hombre.

Para redactar este “catecismo”, como lo llamó Barnave, los diputados se alejan, como Moisés, del pueblo. Tan imbuidos están de su doctrina, que empiezan a practicarla antes de que entre en vigor. Una y otra vez rechazan las ansiosas peticiones del pueblo para que calmen y orienten o dirijan la turbulencia insurreccional de París. Su argumentación es impecable. El poder legislativo, que todavía no tienen, no debe interferir los asuntos del poder ejecutivo.

Sólo descienden del Sinaí cuando les invita por sorpresa el supremo soberano (15 de julio) a legitimar y santificar conjuntamente los horribles crímenes de la Bastilla (14 de julio), cometidos por un pueblo abandonado a su espontánea desesperanza, y cuando la gran nobleza renuncia inteligentemente al feudalismo para capitalizar sus “manos muertas” (4 de agosto) y poner fin al vandálico espontaneísmo de unas masas campesinas abandonadas al “gran pánico” de terribles infundios de venganza y saqueo.

Por fin, después de sesenta días y sesenta noches deciden dar por terminada, inacabadamente (27 de agosto), la Declaración de Derechos, que sólo se convertirá en texto legal cuando una espontánea y nutrida columna de seis mil mujeres llega a Versalles (5 de octubre) para arrancar al rey su consentimiento. Una usurpación del poder constituyente por parte de los diputados y tres movimientos violentamente espontáneos del instinto popular convirtieron un debate entre “mil doscientos metafísicos”, como llamó Condorcet a los diputados, en una Declaración de Derechos espectacularmente revolucionaria, por el efecto que produjo a todo el mundo, y, antes que nadie, al pueblo francés.

Los diputados creyeron haber terminado, con esta Declaración, una Revolución que realmente se iniciaba con ella. La religión, la filosofía y la ciencia, unidas como en tiempo de Moisés, reclaman la fundación de un nuevo orden político en la tierra prometida de la ley, vislumbrada para toda la humanidad por los derechos naturales del ser humano.

La ley de la voluntad general, tan universal como la de la gravedad y la del mercado, tan exacta como un teorema, conducirá a la felicidad prometida del mismo modo que las leyes de la naturaleza llevan al conocimiento de la verdad. Para Condorcet, “una buena ley lo es para todos los hombres como una proposición es verdadera para todos”.

El debate sobre los derechos del hombre se clausura el día 26 de agosto con esta frase de Barère: “El principio de distinción y distribución de poderes es para la Constitución pública lo que la gravitación newtoniana al sistema del mundo”. Más tarde, un día antes de 9 de Termidor, Robespierre dirá en la convención que la francesa ha sido “la primera revolución fundada sobre la teoría de los derechos de la humanidad”. La primera, no la última. Lenin y Trotsky emprenderán en 1917 la también desventurada odisea de hacer una revolución política, universal y permanente, para demostrar la validez científica de la teoría humanista del socialismo marxista y acelerar el curso de la historia adelantando el ineluctable acceso al poder de la clase obrera.

Dolorosamente para la humanidad, el cruel laboratorio de la historia ha tenido que rebatir y “falsar” las dos teorías científicas de la revolución, cuyo fracaso se ha disimulado con la eficiencia del subproducto engendrado: la oligocracia de la clase política, al Oeste, y la dictadura de la clase burocrática, al Este.

Afortunadamente, las otras dos “modestas” revoluciones locales, empíricas y pragmáticas, continúan manteniendo la buena salud de los cuerpos políticos anglosajones. Únicas sociedades civiles que permanecieron inmunes al virus totalitario y que producen el “rechazo orgánico” del virus oligárquico que conllevan las listas de partido al sistema electoral con criterios de proporcionalidad.

Vacaciones 2009

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Vacación trimestral de los escritores del MCRC para preparar libros y proyectos   El Diario no se editará durante los tres próximos meses. Varios escritores del MCRC necesitan ese tiempo para preparar sus libros y poner en marcha algunos proyectos. La insensibilidad general ante la continua agresión de la partidocracia a la conciencia moral y a la verdad hace que sea imprescindible la continuidad de la revolucionaria conjunción de sensatez e idealismo ético que logran, con la ejemplaridad de lo auténtico, los articulistas de la República Constitucional.   No es preciso escoger entre la soledad y la vulgaridad cuando se tiene una verdadera pasión por el sentido común. Sean o no científicos o filósofos, los hombres tienen capacidad de juicio para decidir, si se les exponen con claridad los datos y los argumentos en sus contextos, el eventual valor de verdad de una teoría que concierna a sus intereses básicos. Y lo que hay ahora es un poder ajeno al interés de los gobernados.   Buena parte de los españoles puede dejar de estar sumida en la bruma mental, y con el orgullo de las inteligencias que se emancipan, comprender que sin control institucional del poder ejecutivo, sin separación real de los poderes de Estado, la democracia es imposible; y que por tanto es necesario desenvolverse en la esfera de la acción que conquiste la libertad política.   Gracias a nuestros lectores, a los que deseamos un grato verano.   Hasta octubre.

FRACASO REVOLUCIONARIO

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La idea no era nueva. Utopistas y filósofos habían imaginado cosas parecidas. La Declaración Americana decía casi lo mismo. Pero en la francesa del 89 hubo algo radicalmente original en el modo y espectacularmente revolucionario en el efecto.
En el modo, la soberanía real se maridaba con la hegemonía intelectual. Telémaco y Emilio, para pregonar con altavoz que todos los seres humanos eran iguales en derechos, y para limitar el fin del Estado y la preservación de esos derechos individuales, especialmente los de libertad y resistencia a la opresión.
Poco importaban las circunstancias, nada edificantes, de la génesis de esa Declaración que, como Revolución anunciada, ponía el énfasis en el fin y no en el medio de realizarla. Lo decisivo fue el resultado. El descubrimiento repentino del lado oculto de la luna. La relación de poder contemplada desde el punto de vista de los gobernados.
En el efecto, la onda expansiva de este explosivo descubrimiento conmovió de terror a todas las jerarquías y cancillerías de Europa, y de esperanza, que aún perdura, a todos los pueblos del mundo. Francia no anunciaba una simple revolución histórica, como la inglesa y la americana, donde la sociedad civil impregnaría con su sello liberal o igualitario a la Constitución del Estado, sino la revolución de la Historia. La entrada del estado de naturaleza en la sociedad civil y la salida del hombre del estado de minoría.
Cualquiera que fuese el resultado francés, triunfase o fracasase en su propósito constituyente, el efecto revolucionario de esta Declaración universal estaba irreversiblemente producido, y legitimado, con el entusiasmo moral levantado en los espectadores, que tanto impresionó a Kant. Pero el fracaso no fue indiferente para la suerte política de las futuras generaciones del continente europeo, como no lo es para las actuales, el conocimiento de la causa de aquella tragedia que malogró, en el teatro de los acontecimientos, la esperanza de emancipación.
Lo que hoy reconocemos, lo que realizamos de aquella promesa revolucionaria son los desechos termidorianos y napoleónicos, cuidadosamente seleccionados por Constant y los doctrinarios franceses. Con ellos, el sindicato de los profesionales del poder ha reconstruido la moderna oligarquía, el oligopolio del mercado político. No hay, por eso, empresa intelectual de mayor interés que la de indagar la causa primordial del fracaso constituyente de aquella Declaración, efectivamente revolucionaria.

¿Dónde estuvo el defecto? ¿En la abstracción metafísica de su contenido? ¿En el uso de materiales inadecuados para la construcción política proyectada? ¿En la ignorancia y tenebrosa violencia de las masas? ¿En haber seguido la estrategia reformista de Necker en lugar de la rupturista de Condorcet? ¿En la falta de talento y de moralidad de los tenores constituyentes? ¿En la doblez y traición de Luis XVI?
La primera crítica, la de la abstracción metafísica, partió curiosamente de los propios diputados de la Asamblea. El día 27 de agosto del 89, cuando todos esperaban continuar el debate sobre los puntos pendientes de la Declaración, Bouche señaló la contradicción entre “el orden del día y el orden de las necesidades”, proponiendo “salir de la vasta región de las abstracciones del mundo intelectual” para volver al mundo real de la Constitución. Lo paradójico fue que esos “mil doscientos metafísicos”, que habían perdido sesenta días en la bizantina discusión de si primero debía ser la Constitución o la Declaración, aprobaran esa moción con unánime diligencia.
La metafísica y utopía nunca habían sido, sin embargo, cargas de profundidad que pudieran hacer naufragar a las constituciones revolucionarias de un nuevo orden político, sino más bien sus habituales compañeras de viaje. Desde la primera de Moisés a las últimas de Lenin o Mao. ¿Hay algo más abstracto y gratuito que la idea de un Dios pactando personalmente una alianza con el autoritario representante de una tribu elegida? ¿Existe cuestión metafísica más elevada que la de una Historia que determina, para su propio desarrollo y cumplimiento, a una clase social elegida?
Ldemás, los conceptos metafísicos de soberanía nacional y voluntad general eran armas apropiadas para superar, o al menos equilibrar, la no menos metafísica idea de la “encarnación” de la soberanía en la persona del Rey por la gracia divina. También sirvieron para ocultar con velos filosóficos la usurpación del poder constituyente por los diputados.
La segunda objeción contrarrevolucionaria, la de haber empleado materiales inadecuados, porque no se trataba de construir sobre un solar, como los americanos, sino de reformar un valioso y antiguo palacio, tampoco es pertinente.
La influencia de la Declaración americana fue más aparente que real, más formal que sustancial. Las ideas de Versalles parecían literalmente las mismas que las de Virginia y Filadelfia. Pero su sentido, su empleo estratégico y su función política divergieron profundamente.

Los americanos utilizaron la elevación moral para vencer. Los franceses, la elevación intelectual para convencer. Los primeros pronunciaron arengas para entrar, sin compromiso, en un combate decisivo. Los segundos emitieron discursos retóricos para salir comprometidos de un debate indeciso. Los colonos hicieron un llamamiento a la movilización popular. Los intelectuales “invocaron más altamente a la razón” para alejarse del pueblo. Los americanos “sabían” que la Constitución tenía que ser el reflejo de la modificación de la relación de fuerzas, una vez derrotada y expulsada la soberanía del monarca inglés. Los franceses “creían” que la realidad sería reflejo de la Declaración, y de su consecuente Constitución.
Los derechos naturales del hombre fueron, para los americanos, un medio de corregir los defectos de su primera Constitución. La segunda y las Enmiendas de 1791 introdujeron el mando y la responsabilidad personal del sistema presidencial, junto con la idea realista de que todo poder abusa si no está frenado por otro poder. Para los franceses, los derechos naturales fueron el fin constitucional del poder legislativo, bajo la idea optimista de que, por definición, la Asamblea no podía abusar de su poder.
La más injusta objeción contrarrevolucionaria, que todavía conserva amplia vigencia, atribuye el fracaso revolucionario a la falta de madurez y de experiencia liberal del pueblo. Quien contesta es Kant. “Confieso no poder hacerme muy bien a esta expresión que usan los hombres sensatos: un cierto pueblo tratando de elaborar su libertad legal no está maduro para la libertad. Los siervos de la tierra no están maduros para la libertad, y tampoco los hombres están todavía maduros para la libertad de conciencia. En una hipótesis de este género la libertad no se producirá jamás, porque no se puede madurar para la libertad si no se ha sido puesto previamente en libertad”.
La misma hipótesis contrarrevolucionaria fue empleada luego contra el sufragio de los no propietarios, de los no contribuyentes y de las mujeres, contra la emancipación de los esclavos, contra la independencia de las colonias; y, todavía hoy, contra la auténtica democracia formal, contra el sistema electoral de libres mayorías sin censo previo de elegibles. La Constitución española, al imponer el sistema electoral de listas, elaboradas por una docena de personas, demuestra el grado de confianza que la clase política tiene en la “madurez” del pueblo.
Los hechos históricos tampoco favorecen esta interpretación reaccionaria. Antes de la huida de Luis XVI a Varennes la masa popular había tenido más instinto de la libertad y más sentido político que la Asamblea. Sin la Bastilla, sin los amotinamientos campesinos del “gran miedo” y sin la marcha de las mujeres parisinas a Versalles no es posible imaginar siquiera la abolición del feudalismo, que no estaba en el programa de la Asamblea, ni la aprobación Real de la Declaración de Derechos. Lo verdaderamente odioso de los crímenes que acompañaron a estos tres espontáneos movimientos populares, lo profundamente inmaduro no estuvo en el delito ocasional, sino en su legitimación por el Rey y los diputados que lo santificaban.
No puede ser históricamente probado que el fracaso constituyente de la Declaración se debió a que la revolución fue metida a la defensiva dentro de la iniciativa reformista de Necker, dirigida desde el Estado, y a que no surgió de un movimiento consciente de ruptura desde la sociedad civil, como pudo haber ocurrido si hubiera prosperado la iniciativa de Condorcet contra la convocatoria de los Estados Generales, a través de una pirámide nacional de asambleas de propietarios.
Las dos últimas hipótesis, el defecto de “condiciones subjetivas”, se reducen en realidad a la falta de talento de los constituyentes. La simulación de Luis XVI estuvo siempre fomentada por la “táctica de la ficción” de la Asamblea, empeñada en salvar la Monarquía creando ante la opinión pública la imagen de un Rey cuyo corazón deseaba regenerar su reino, pero cuya cabeza seguía los perversos consejos de la corte y la aristocracia. Como diseñador de esta imagen alcanzó Mirabeau su genialidad.
El talento político se distingue por su capacidad para tomar y no perder la iniciativa en la dirección del movimiento constituyente. Basta un conocimiento somero de la historia para saber que la Asamblea, salvo en los seis días siguientes al golpe de mano de Sièyes (17 de junio), usurpando la soberanía nacional, jamás tuvo la iniciativa. Aunque sí el oportunismo de rentabilizar políticamente, junto con el Rey, las explosiones de violencia y las iniciativas espontáneas de unas masas abandonadas a su suerte.
Esto no quiere decir que la Asamblea no contase con hombres extraordinariamente dotados. Pero sí que no lo estaban para dirigir una revolución. Nadie tuvo instinto “militar” para calibrar en cada momento la situación de las fuerzas sociales en presencia. Barnave, el primer intelectual que pensó en términos de clases sociales y que descubrió en la burguesía el factor social determinante de la situación revolucionaria, perdió sus posibilidades dirigentes cuando justificó demagógicamente los asesinatos del ministro Foulon y del intendente Bertier (22 de julio) con la famosa frase: “¿es que su sangre era tan pura?”.
La Asamblea fue víctima de la profunda inmoralidad política de Mirabeau, aplaudido y no seguido; de la enfermiza vanidad, pavor al pueblo, dogmatismo intelectual y oportunismo personal de Sièyes, seguido y no aplaudido; de las intrigas del Duque de Orleans, ni aplaudido ni seguido; del formalismo jurídico de Mounier, respetado y abandonado; y de la manía de grandeza y mediocre inteligencia de Lafayette, querido y no escuchado.

La comparación entre los tenores políticos de la Asamblea y los grandes talentos de la Revolución americana, Washington, Jefferson, Adams, Hamilton, Madison, o de la soviética, Lenin y Trotsky, aconseja pensar en una causa social que explique el defecto evidente de condiciones subjetivas en la etapa constituyente de la Revolución.
Los prohombres del 89 revelaron la misma clase de insensibilidad para percibir las relaciones sociales de fuerza, la misma dificultad de adaptación de la nueva situación que la ostentosamente mostrada por la típica figura del “indiano”, en contraste con el dominio de las situaciones que caracteriza al “criollo”.
Los autores de la Declaración de Derechos actuaron como el indiano que vuelve a los suyos para entrar en sociedad con un estatuto social adecuado a su reciente riqueza. Renegaron de la condición social heredada. Emigraron a un supuesto estado de naturaleza donde todos los seres tenían iguales derechos a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la felicidad. Volvieron cargados con ese tesoro individual a la civilización de donde salieron. Llegaron al mismo punto de partida, pero revestidos de los ricos atributos recogidos en tan original excursión. Utilizaron su tesoro de valores universales para anudar nuevas relaciones sociales (sociedad civil) y para construir un nuevo edificio familiar (Estado) que preservara la riqueza de sus derechos individuales.
El triunfo de la revolución “criolla” de la Declaración de Filadelfia pone de relieve la causa social de los defectos subjetivos que causaron el fracaso de la Revolución “indiana” de la Declaración de Versalles: la educación ilustrada de los miembros de la Asamblea, su fe en la Razón como única arma de convicción revolucionaria, su impermeable insensibilidad para percibir las relaciones sociales de fuerza, su confianza en el acuerdo de los poderes constituidos con la nueva riqueza moral del poder constituyente. El fracaso revolucionario de la Declaración expresa la imposibilidad histórica de una Revolución por consenso.

Panorama nacional

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Las entidades de cuya solidez debemos vanagloriarnos ante todo el mundo, son reacias a trasladar las bajadas del Euribor a las nuevas hipotecas. El tipo de interés medio a finales del pasado mayo fue del 3´36 por ciento: el triple del precio oficial del dinero. Tampoco se les da un respiro a los que adquieren viviendas de protección oficial; al contrario, éstos pagarán intereses más altos que los aplicados a la vivienda libre: un 4%, que junto a las subidas de la luz y la gasolina, harán todavía más difícil –pese a que Zapatero dice estar a su lado- la vida de los “económicamente débiles”.   Y Aznar, como un hechicero capaz de exorcizar el paro y la recesión, rechaza las apolilladas recetas de los socialistas –más impuestos y subvenciones-, e invoca a sus dioses tutelares: Reagan y Thatcher. El sucesor de tan preclaro líder ya puede contar, como no podía ser de otra manera, con el respaldo y la confianza del Comité de Dirección del PP. Las decisiones que tome Rajoy respecto al tesorero Bárcenas, serán consagradas por el aparato del partido. Mientras tanto, en el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, Felisa Jordán, ex administradora de tres empresas incluidas en el “caso Gürtel”, ha confirmado que distintos políticos del PP recibieron dinero y regalos del “conglomerado empresarial” montado por Francisco Correa.   Pero el predicamento del mejor amigo bélico de Bush no sólo alcanza a los fieles de la derecha estatal. El santón de PRISA y gurú mediático del régimen, Iñaki Gabilondo, ha confesado estar escarmentado por su reiterado apoyo al dialogo con ETA como salida más razonable y factible al “conflicto vasco”, inclinándose ahora por la pendiente de la represión policial y judicial preconizada por Aznar, que sólo en esto “tenía razón”. Algunos analistas sostienen que ni siquiera en eso la tenía, puesto que tampoco abordó la cuestión esencial: el presunto derecho a la autodeterminación.   En la agradable conversación acerca de la crisis que mantuvo con cuatro españoles invitados a la Moncloa, Zapatero recordó que las televisiones privadas están muy contentas con el nuevo reparto de la tarta publicitaria: “o sea, que ahora ya no tienen excusas”. En efecto, ya no las tienen para la más obscena propaganda del Poder.   hechos significativos   Mientras se celebraba el inicio de la retirada militar de EEUU, un nuevo atentado causa decenas de muertos en Irak.   La AN desiste: no seguirá investigando el ataque de Israel a Gaza en 2002.

Carácter

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JP Morgan, 1903 (foto: Steichen) Carácter Filósofos y literatos lo tratan, según su etimología griega (marca o sello), como rasgo distintivo de la personalidad que se adquiere con la edad, se delata con la conducta previsible y se retrata con el rostro de la madurez. Sello que hace parecer bueno o malo el carácter, pero no la personalidad a la que está pegado. El carácter sería así el criterio de valoración social de la personalidad. Pero eso no es lo que quiere decir “persona de carácter”. La ironía puede considerar que una persona sin carácter es menos que una cosa, aunque “bien necio sería no tener ninguno” (La Bruyère). En tanto que voluntad dirigida y desarrollada por una intención práctica, Emerson trató el carácter como el orden moral visto a través de la naturaleza individual. Idea bella pero irreal. Mientras que el talento se cultiva en soledad, el carácter se forja en los violentos embates del mundo, con la fuerza sorda de una permanente y orientada voluntad de vencer todo lo que se opone al logro de un propósito prolongado. El carácter no es cualidad exclusiva de la acción inspirada en finalidades éticas, ni puede separarse del temperamento. Es frecuente tropezar con personas de mucho carácter que, careciendo de principios, lo han desarrollado con las impulsiones de su temperamento instintivo. Pero no hay carácter grande que no haya sido construido sobre los desengaños y desgracias de la vida. Tampoco el carácter es producto preferente de la inteligencia. Aunque se ha dicho, erróneamente, que sin la empuñadura del carácter la espada de la inteligencia carece de punta penetrante, la historia de las ideas está llena de pensadores sin carácter personal, y la historia de las gestas, repleta de hombres valerosos, de voluntad indomable, que la ocasión y no la inteligencia hizo famosos. En realidad, nadie nace sin un carácter determinado por la genética, ni muere sin un carácter labrado por su vida. La persona de carácter no se reconoce en la fórmula anarquista, copiada por Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”. Tener poco carácter no es tanto tener poca voluntad como demasiada variabilidad de objetivos y mayor inclinación a adaptarse a las circunstancias que a modificarlas. El hombre de carácter es heterodoxo en alguna parcela de lo actual. Lo que al carácter común parece imposible, el hombre de carácter lo realiza. Para el carácter creador, la realidad realizada no es interesante ni merece la pena de ser vivida.

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