Foto: Okinawa Soba Masaki Kobayashi, un resistente A lo largo de la breve y reciente historia del llamado séptimo arte, han aparecido numerosos autores que se han servido del lenguaje cinematográfico para criticar abiertamente al poder establecido, pero, por lo general (Pier Paolo Pasolini, Francesco Rosi, Nagisa Oshima…) lo han hecho totalmente determinados por un ideario político que suele acabar proponiéndose como dogma, puesto que el odio que sus obras destilan contra una clase social concreta, la burguesía, cuya legitimidad de origen se intenta destruir ('Teorema', esa especie de ensayo político-freudiano, acaso sea el ejemplo paradigmático), implica ineludiblemente la defensa de un gobierno proletario.   En la actualidad, es el cineasta escocés Ken Loach quien mejor personifica las ataduras morales que el pensamiento marxista liga sobre los miembros del juicio crítico de la generalidad de este tipo de autores: así, las pretensiones de la colectividad se imponen siempre a la voluntad individual en nombre de la justicia, la libertad u otros esquivos fantasmas. La consecuencia lógica de esta tentativa aleccionadora es un cine panfletario incluso en aquellos casos en los que el arte visual y narrativo no se subordina por completo al discurso político.   Hubo en el pasado siglo, sin embargo, voces independientes del sector que se alzaron contra la tiranía del fascismo y la impostura del capitalismo sin abandonarse a la fe comunista o socialista como un mártir a la abstracción de Dios: sobre todas ellas, destaca la del olvidado (y en concreto en España, ignorado) director japonés Masaki Kobayashi, cuya obra, constituyéndose en conjunto como un rabioso manifiesto político, no abraza otro credo que el de la libertad individual, único norte de la dignidad humana, cuya senda se halla obstruida por los intereses creados y la cobardía moral de todos los espíritus serviles con las oligarquías. Probablemente nadie (a excepción de su coetáneo Akira Kurosawa) haya rendido en el cine homenajes tan sentidos al espíritu de superación y resistencia individualista como Masaki Kobayashi, que en sus principales y más logradas películas, propondrá (a diferencia del director de 'Rashomon', más preocupado en escudriñar la oscura psicología del hombre, independientemente del contexto) como origen de los conflictos dramáticos que las sostienen, los abusos de poder que se derivan de una organización vertical de la sociedad y el poder político.   Así, sus filmes sobre samuráis ('Rebelión' y 'Harakiri'), lejos de presentarse como estudios de arqueología histórica o cuentos filosóficos de acción, suponen una crítica feroz, un ataque frontal, contra los valores socio-culturales derivados de una disposición jerárquica del mundo. El Japón feudal se antojaba, pues, como el espacio y tiempo idóneos para cantar a los hombres que, contra el viento de la tradición y la marea del pensamiento único o colectivo, se resisten a integrar el rebaño de fieles súbditos de la oligarquía de turno, más cuando ésta les exige el sacrificio individual con tal de conservar sus privilegios.   En el primer caso ('Rebelión', 1967), es la explotación sexual de la mujer la que induce al protagonista (un gran Toshiro Mifune) a vengar los agravios de sus superiores, aun a sabiendas de que su desobediencia (se niega a firmar un documento según el cual entregaría voluntariamente a su nuera al gobernador regional) se vislumbra como el primer paso hacia una muerte que será silenciada por las autoridades, preocupadas de que tan subversivo ejemplo pueda calar en el imaginario de la tribu. La ley del silencio se hacía todavía más notoria en el segundo caso ('Harakiri', 1962), memorable filme que evocaba la sangrienta venganza de un guerrero empobrecido (un magnífico Tatsuya Nakadai) cuyo yerno había sido conducido al suicidio  por  la crueldad  arbitraria  del hijo  del   shogun, y cuya trágica acción de desafío a la casta gobernante acababa ocultándose a la población. En ambas historias (filmadas con el temple y maestría de un Kurosawa, un Ozu o un Mizoguchi, pero con definitivas explosiones de violencia que inspirarían a Sam Peckinpah), se concebía el enfrentamiento directo contra la oligarquía como la única vía de escape de la humillación sistemática y como el único camino hacia la reivindicación de la individualidad, o lo que es lo mismo, como el único medio de ser uno mismo.   No obstante, fue en su excelente trilogía 'La condición humana' (para quien firma, la mejor obra de la historia del cine) donde la preservación del yo adquiriría ya una dimensión épica, en tanto que Kobayashi describe en ella los años de resistencia al fascismo, a la barbarie, a la corrupción sexual, a la prisión estalinista… de un joven humanista (Nakadai) cercano a la treintena (que sobrepasará en el frente) cuyos principios se mantendrán permanentemente en jaque en medio del caos bélico y perversión ideológica de la segunda guerra mundial, llegando a desertar de todo credo y por supuesto del ejército para, al modo de Ulises, tratar de volver a su Ítaca particular, con nombre de mujer, nombre que pronunciará como una plegaria en la soledad definitiva de la nieve siberiana, donde hincará finalmente la rodilla, derrotado por los elementos naturales, tras haber vencido a todas las imposiciones humanas.   Es entonces cuando Kobayashi, habiéndose valido hacia el desenlace de antológicos y poéticos monólogos sin parangón en la cinematografía mundial, habrá reivindicado como nadie antes y después en la pantalla la individualidad, la fidelidad a los principios y a la mujer amada (única patria y única bandera), así como la necesidad de negar, rechazar, odiar… toda autoridad vertical (la de los japoneses, la de los americanos, la de los rusos…) con el lirismo de un Tolstoi, la desolación de un Pasternak y la lúcida rebeldía de un Camus.   {!jomcomment}  

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