El dictador Francisco Franco saludando.

Esto pretende ser sólo un breve apunte sobre un tema tan complejo y polimórfico como es el de la libertad. Considerada como el bien más preciado para el hombre desde que éste existe, ha sido cantada por la literatura y anhelada por el esclavo. El primer objetivo de los pueblos y el primer desacato en los niños.

Ciñéndome a nuestro tiempo y especialmente a nuestro país, intentaré abordar algunas cuestiones y situaciones paradójicas que tienen como resultado el desprestigio tanto de la palabra como de su significado. En mi recuerdo se agolpan las imágenes del franquismo; de cuando Franco vivía y detentaba su poder brutal de tirano; de cuando mi madre, con miedo, advertía a mi padre: «habla más bajo, que te van a oír». ¿De qué se hablaba? ¿Por qué había que bajar la voz? Se hablaba de libertad. ¿De qué se hablaba a la muerte del dictador? Se hablaba de libertad. Pero hoy ya no, al parecer no hace tanta falta. Nadie habla de libertad. Ésta se ha sustituido por el acomodo ocioso de una sociedad anestesiada, exangüe y cada vez más sibilinamente dirigida.


La confianza en el Estado asistencial de la última etapa del franquismo y heredada por la monarquía de partidos ha dejado inermes a los luchadores por la libertad. Cierto que durante la dictadura el enemigo estaba muy bien definido: libertad vs dictadura. Hoy ha transmutado en pequeñas libertades individuales, propias del más rancio liberalismo decimonónico.


Libertades o, más bien, unos derechos otorgados que nos permite la ley. Una ley que no ha sido impulsada por la sociedad civil. Por ello, no puede ser la ley heredada de la dictadura quien nos tenga que conceder la libertad. Es nuestra libertad la que tiene que crear la Ley. El robo de nuestra libertad colectiva tras la muerte del dictador —a quien dejamos morir en la cama, esto no hay que olvidarlo— nos privó de la libertad constituyente necesaria para decidir, de manera colectiva, la forma de Estado y de Gobierno para nuestro país.


Los grandes conceptos clásicos, quizás eternos en el espíritu humano, como es el de la libertad, se han transformado, mediante un grotesco juego de espejos, en esperpento. Libertad para consumir. Una libertad que tiene su origen en lo político, en la exclusión del ciudadano de toda actuación política.

La libertad de expresión, artimaña cicatera para anular la libertad de pensamiento, ha devenido en una repetición constante, más propia del papagayo, de los mensajes emitidos por los que, a modo de gracia, nos concedieron esas libertades.

La libertad de voto con un sistema electoral proporcional no es ninguna libertad de actuación política, sino un pequeño derecho otorgado para perpetuar el engaño. Un engaño que consiste en que ni puedes elegir a tu representante político de forma uninominal ni te puedes postular tú como tal.

Tras el letargo de cuarenta años de dictadura, se anhelaba, se respiraba casi, el fresco aroma de la libertad. Pero no, a esos cuarenta odiosos años de golpes y miedo le siguieron otros cuarenta de pacto y consenso entre antiguos enemigos para repartirse el poder y el botín del Estado. Gobierno de las nuevas élites con los mismos modos groseros y autoritarios que tuvo el franquismo de detentar su poder, sólo que esta vez envuelto en los oropeles de la apariencia de una democracia que no existe.

¿Qué fue de nuestra libertad, la de todos, la colectiva que nos corresponde y merecemos? La verdadera libertad es algo distinto a la libertad individual. Estas pequeñas libertades otorgadas —porque no nacen de aquella— tienen realmente poca importancia, toda vez que no manan de la voluntad de la sociedad civil, sino del Estado, que al igual que se muestra generoso con estas dádivas, tiene el poder para anularlas o restringirlas.

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