Tarde, pero te encontré. No soy partidario de creer en el destino,
pero si nuestros caminos se cruzaron, algo inexplicable debió de
unirnos.

Jamás había leído nada de lo que habías escrito. Tus artículos, tus
libros, nada acerca de tu vida, de lo que habías hecho por nuestra
nación. Eras un autor más para mí, ahora el más grande de la historia,
y mi maestro.

El error estuvo en creer que era libre, que podía elegir. Que podía
decidir sobre el futuro de mi nación, pero jamás cambiaba nada. Todo
seguía igual. Me sentía ignorado por quien me gobernaba.

Ahora que te has ido, y algo antes de tu marcha, me doy cuenta de que
no soy libre, porque nadie de España lo es. Vivimos en una mentira
impuesta por unas personas que se hacen llamar intelectuales, que nos
hicieron creer que lo eramos, pero el verdadero intelectual y sabio
eres tú. Dejo claro que si ellos se repartieron un tesoro, yo encontré
un botín mucho más grande: tu sabiduría, tu amistad, la verdad y tu
lealtad.

Ojalá algún día pueda escribir como tú, que alguien lea mi obra y sea
inmortal, que perdure en el tiempo para siempre.  Te tuteo, porque
aunque no nos conociéramos personalmente, y con todo un camino de
conocimiento por delante, estoy seguro que te conocía de toda una
vida.

Mi ignorancia política me permitió querer saber, querer dejar de ser
un iluso, despertar a la verdad, evitar ser engañado de nuevo, y
todavía no se los motivos, de que gracias a ti, pude definirme
políticamente. Soy Repúblico y un revolucionario de la libertad, y
como tú, moriré en la acción y sin miedo, porque la libertad, siempre
viene en nuestra busca.

Y gracias a ti, La Voz, existe.

 

*Imagen destacada: Alejandro Maestre Gasteazi.

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