Pese a la ficción revolucionaria de la rendición de la Bastilla (14 de julio) y la renuncia al feudalismo de la gran nobleza (4 de agosto), nada había cambiado de sustancial en la relación de fuerzas que sostenía el equilibrio de la monarquía absoluta. La Asamblea Nacional, a pesar de su nombre, “permanecía feudal, no era otra cosa que los antiguos Estados Generales” (Michelet), y tan pronto como dejaba de discutir abstracciones caía en la impotencia cuando no en la reacción.

Luis XVI había expresado sin ambigüedad que no aprobaría la abolición de los derechos feudales ni la declaración de derechos del hombre y que estaba dispuesto a autorizar la Constitución a condición de reservarse el poder ejecutivo, el judicial y un derecho de veto absoluto contra el poder legislativo. La mayoría de la Asamblea apoyaba este tipo de Constitución.

Nada ilustra mejor la disparatada situación en que los representantes del tercer estado habían colocado al movimiento revolucionario que la contradictoria conducta de Mirabeau al decir que prefería vivir entre otomanos bajo un sultán con derecho de veto que en Francia bajo un monarca sin veto, mientras hacía circular en las tribunas populares del Palais Royal el rumor de que había sufrido un atentado mortal perpetrado por los partidarios del veto.

El clima de desconfianza hacia la Asamblea de Versalles no estaba compensado, como sucedió en las jornadas de julio, por la confianza en los electores de distrito. La nueva asamblea de la Comuna de París, a la que habían accedido por elección talentos como Condorcet, Lavoisier y Brissot, se mostraba incapaz de establecer coherencia administrativa y solidaridad con los ayuntamientos rurales para abastecer regularmente a la población de París. El papel impulsor desempeñado en julio por la comisión de electores fue asumido desde finales de agosto por las mujeres de los mercados centrales de la Halle, organizadas en corporación y convertidas en intérpretes y portavoces de todas las amas de casa pobre de París. Ellas difundieron la creencia de que la escasez de pan terminaría si traían a París al rey panadero, a la reina panadera y al príncipe marmitón.

La noticia de la despedida de Necker desencadenó el movimiento de la burguesía de París que llevó a la rendición de la Bastilla y a la constitución de la Comuna democrática de París. La noticia de la ofensa de la reina a la escarapela tricolor, en la cena de gala que ofreció a los oficiales del Regimiento de Flandes, fue la chispa que puso en pie a las mujeres y en marcha el movimiento femenino que consiguió la inmediata aprobación por el rey de la abolición de los derechos feudales y de la declaración de derechos del hombre, junto a la proeza de arrastrar a París a la familia real para poner fin a la escasez de pan y, alterando de verdad el equilibrio político a favor de la causa popular, abrir un período de paz de dos años, roto unilateralmente por la huida del rey a Varennes.

La innovadora columna

A pesar del notable trabajo realizado por la historiografía femenina, especialmente la anglosajona, para establecer la verdad histórica y, con ella, la importancia y dignidad de la participación de la mujer en los acontecimientos de la Revolución francesa, contra la denigración y falseamiento de que ha sido objeto, falta aún por investigar la respuesta a cuestiones esenciales de la primera manifestación pública del movimiento femenino.

La marcha en columna fue una innovación táctica de la mujer respecto a la tradicional barricada masculina. La superioridad de la marcha ofensiva sobre la barricada defensiva fue descubierta por azar el 14 de julio, cuando la columna que regresaba con pólvora y cañones al centro de las barricadas se desvió hacia la Bastilla a instigación de las mujeres del Palais Royal.

La cultura de la barricada fue producto de la época en que el pueblo, para defender sus antiguos derechos ante el avance del absolutismo, no podía concebir otra acción colectiva que la de resistir en su casa, en su calle, en su plaza o en su ciudad. Pero cuando se trató de conquistar nuevos derechos populares, la barricada además de inútil, devino suicida. Al adversario le bastaba cortar el suministro de alimentos, como en la táctica militar de asedio, para aniquilar a los sitiados.

La conquista revolucionaria de nuevos derechos requería necesariamente el hallazgo por el pueblo de una táctica ofensiva adecuada. En un primer momento, la inercia del pensamiento y el recuerdo emotivo de la lucha frondista impulsaron erróneamente a los parisinos a prepararse durante las jornadas de julio para una resistencia de barricadas.

En esta tradición la mujer ayuda al varón realizando, como en la vida cotidiana, las labores de intendencia. El maestro, el oficial y el aprendiz permanecen en casa mientras la mujer sale a buscar alimentos, leña, candelas, jabón, noticias del mercado, rumores de la calle y, cuando se trata de defender su casa, armas de fuego y pólvora. En tiempos de crisis los mercados se convierten en lugares donde circulan los rumores y los propósitos colectivos de las masas femeninas. Fue natural que la decisión de marchar sobre la Asamblea Nacional en manifestación por las calles y en columna por la ruta de Versalles surgiera de las mujeres del mercado de la Halle para resolver de una vez por todas el abastecimiento de pan, obligando al rey a vivir en el Louvre.

En solitario

Las mujeres deciden ir solas, sin hombres y contra los hombres. Ellas mismas formaron una guardia armada de orden para impedir que éstos se incorporasen. Los historiadores explican esta originalidad por la razón táctica de asegurar que la columna llegara a Versalles sin ser ametrallada. Absurda y superficial explicación que no tiene en cuenta la evidencia. Para tal táctica no habrían marchado en columna militar con armas de fuego, ni habrían admitido en sus filas a unos centenares de hombres disfrazados de mujer para ayudarlas en el transporte de carruajes y armas pesadas.

Deciden ir como mujeres para poder actuar como mujeres. Para resolver femeninamente un problema práctico de intendencia y poder reparar ellas mismas la ofensa de una mujer a sus héroes de la Bastilla. Habían perdido su confianza en la voluntad masculina de resolver la situación con algo más que palabras. Tenían que dar una lección y una advertencia. Marcharán contra la Asamblea Nacional y si fuera necesaria contra el castillo en Versalles. Obligarán al rey a que garantice personalmente el abastecimiento de pan y a que retire el veto, y a los oficiales de la reina a que pisoteen la escarapela negra de la austriaca y se pongan la tricolor.

A diferencia de las acciones colectivas de los hombres, ellas no reconocen ningún liderazgo. Piden al héroe de la Bastilla Maillard que las acompañe para que las presente formalmente en la Asamblea. Allí se expresa éste con rudeza y las mujeres amenazan al presidente Mounier por defender el veto del rey. Pero lo aplauden cuando responde que lo hace por conciencia sin temor a perder la vida por ello.

Designan como portavoz de la comisión de doce mujeres que hablará con el rey a la joven Louisse Chably, quien sale emocionada de la entrevista, con su promesa verbal de abastecer de pan a París, dando vivas al rey. Las mujeres la obligan, bajo una lluvia de insultos y amenazas, a volver a entrar y no salir sin la orden escrita y firmada por el propio rey.

Amanecer

Cuando todos pensaban que la crisis política provocada por el levantamiento femenino estaba resuelta por la concesión del rey a todas sus peticiones de pan, de retirada del veto a los acuerdos de la Asamblea y de restitución del honor nacional a la escarapela de la Revolución, el alba sorprende al castillo con una invasión de las mujeres, que llegan hasta el mismo aposento de la reina, para conseguir el último y más firme de sus propósitos. Devolver al Louvre la familia que lo había abandonado, por los placeres de Versalles, más de cien años antes.

El día 6 de octubre, fecha en que entra en París toda la familia real, escoltada por una inmensa muchedumbre, seguida horas después por la Asamblea Nacional, tiene lugar la Revolución Francesa. Ni antes ni después de esta fecha se produce un acontecimiento revolucionario de tal envergadura, hasta la ejecución de Luis Capeto y María Antonieta en la guillotina.

Las mujeres, como masa femenina, volverán a estar presentes en todos los movimientos populares, junto con los hombres. Primero contra las Tullerías para deponer al rey. Luego contra la Asamblea para deponer a la Gironda.

Pero a ellas solas corresponderá otra vez el mérito histórico de haber sido las creadoras de las primeras medidas intervencionistas del Estado para limitar el precio del pan, azúcar, café, velas y jabón, mediante la famosa ley del “máximo” que la Convención de Robespierre tuvo que conceder a la marcha de las mujeres.

Esta táctica de la marcha urbana sobre la Convención terminó bajo el Directorio cuando Bonaparte empleó la artillería en la célebre masacre de Vendimiario. Una vez Emperador, encargó al arquitecto Petit el diseño urbanístico de París, que hoy conocemos, con la finalidad contrarrevolucionaria de ofrecer espacios abiertos y grandes arterias que permitieran reprimir con facilidad las marchas o barricadas de la población.

(El Independiente, 8-10-1989)

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