La unidad epistemológica organizará, con la espontaneidad que brota del conocimiento de la verdad, la unidad del conjunto humano que quiera comunicar, a todos los sectores sociales, el descubrimiento de que la verdad política es la libertad colectiva.

Partiendo de la necesidad de dirección consciente de las masas por el partido comunista, Gramsci consideró a la espontaneidad como una ideología reaccionaria del sentido común en las clases subalternas. Pese a este error sobre la función social del sentido común, su análisis supuso una novedad en la filosofia política. Que siempre ha ignorado el valor excepcional de la espontaneidad epistemológica, en tanto que dinamismo mental de formación de unidades activas que operan cambios en los valores sociales.

No es de extrañar que haya sido un economista interdisciplinar, Albert O. Hirschman, quien llamara la atención sobre el valor de la lealtad para consolidar la unidad en las organizaciones económicas, políticas o culturales que, al desviarse de sus fines fundadores, plantean el dilema de salirse de ellas, si el apego no es muy grande, o elevar la voz dentro de ellas para regenerarlas.

Aparte de confundir lealtad y fidelidad, Hirschman no descubre nada original cuando añade, a la motivación económica causante de unidad en el mercado o a la motivación de poder exigente de la unidad de partido y de la clase gobernante, el vínculo del apego para evitar la decadencia de la unidad. Pues no son unidades epistemológicas que generen, por espontaneidad del vínculo sustancial a la verdad, energía unitaria en la empresa acometida.

Marx valoró la unidad del conocimiento de la explotación del trabajo por el capital, cuando basó en la conciencia de clase la liberación socialista de la humanidad. Su error no era de análisis de la realidad, sino de presupuesto antropológico. La liberación de la enajenación económica (parcialitaria), sin la espontaneidad unitaria del conocimiento de la enajenación política, identificaba la verdad del poder con la libertad de esclavitud en lo totalitario.

Lo espontáneo en el mundo político ha de entenderse de manera análoga o paralela al modo de unir lo lógico a lo óntico en la metafísica de Leibniz, donde la espontaneidad interna de la mónada es su propia libertad. Podemos aplicar, así, a la monadología fenoménica de la República Constitucional, la idea leibniziana de espontaneidad como “pasión originada por una fuerza interna, aunque con motivo de algo externo”.

Precisamente por el hecho de que no nacen vocaciones internas sin pro-vocaciones externas, el principio de espontaneidad puede actuar en la vida política, aunque hasta ahora no haya sido observado, excitado ni promovido –pues siempre fue reprimido o despreciado-, como una auténtica provocación de la libertad externa, es decir, la de los demás, sobre la vocación interna de verdad en cada mónada de conciencia personal.

El reconocimiento general de la identidad de verdad y libertad produciría un tipo de armonía unitaria en la sociedad política, emergente de la sociedad civil, compatible con los conflictos de interés o de poder en el interior espontáneo de la mónada electoral o nacional. Los nacionalismos, el liberalismo y el socialismo sacrifican la espontaneidad unitaria derivada del conocimiento de la verdad-libertad, en el altar de las voluntades particulares de poder que escinden en partidismos a la propia sociedad civil

Pero en todo juicio de identificación de lo que parece diferente, como ocurre con el binomio verdad y libertad, hay posibilidades de error de apreciación y de afirmación de las contrariedades ideológicas que niegan tal identificación. Esto afecta del mismo modo a las verdades de hecho percibidas por los sentidos y a las verdades de razón establecidas por el pensamiento.

El error de percepción de la naturaleza oligárquica del Estado de Partidos queda eliminado con la verificación objetiva de que, sin representar a la sociedad, sino a la clase política y mediática, no puede ser verdadero; y de que, sin separar sus poderes para que se controlen mutuamente, evitando la corrupción sistemática como factor de gobierno, no puede ser honesto.

Y la trascendencia de la relación de igualdad entre verdad política y libertad colectiva queda corroborada, como verdad de razón, no en el pensamiento especulativo, sino en la larga experiencia europea de libertades públicas sin libertad colectiva y en la historia suiza de la libertad política.

En un conjunto social que no pretenda la conquista del poder político en el Estado, no tienen cabida ni la hipocresía que tapa con velos de nobleza la vileza de las voluntades particulares de poder; ni el cinismo de la eficacia de la fuerza que justifica la dominación partidista por el solo hecho de su existencia; ni tampoco un oportunismo político sin oportunidades de poder.

Sin peligros de hipocresía, cinismo o luchas personales de la ambición de poder, la organización interna del “Movimiento de Ciudadanos hacia la República Constitucional” (MCRC) no necesita dotarse de inútiles estructuras de organización vertical, pues no existen riesgos de salidas de la propia conciencia, que anularían la autenticidad de la vida personal, ni de elevaciones inestéticas de una voz horizontal, que extiende sin limitación sus ecos en el mundo social, como ondas concéntricas en agua estanca inherida por la gravedad del continuo goteo individual del nuevo mensaje liberador de servidumbres: ¡Verdad-Libertad!

Los riesgos de salida o de elevación de la voz, propios de la adolescencia en el seno de familias patriarcales, carecen de sentido consistente en la agrupación espontánea de conciencias maduradas por el conocimiento de una verdad fundamental.

La espontaneidad unitaria de los sujetos cognoscentes de un mismo conocimiento de la verdad política, engendrará una energía social equiparable al ímpetu de los instintos vitales. La fuerza política irreprimible del aglutinado MCRC no será sentida ni comprendida por los prejuicios ideológicos, ni por el interés ocasional en la Monarquía, hasta que las personas inteligentes, honestas y sensibles, no comprometidas con la situación, pongan a la sociedad civil ante la evidencia de que la única verdad política, en la relación de poder, es la libertad colectiva.

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