Salvo la palabra “guerrilla” y el apelativo “liberales”, España ha sido incapaz de crear, en dos siglos, una sola idea original sobre Estado, sociedad, libertad, igualdad, democracia, Constitución, liberalismo, anarquismo, socialismo, comunismo, partidos, sindicatos, sistema electoral, o cualquier otra materia política, como la base filosófica de la oposición derecha-izquierda. Todo lo malaprendió la izquierda española, de agitadores europeos que venían aquí como apóstoles de las buenas nuevas.

Pero las ideas extranjeras, que no son consumibles directamente como la Coca-Cola, ni aplicables con un manual de instrucciones como las invenciones tecnológicas, necesitan ser asimiladas mediante un proceso cultural de adaptación a la circunstancia nacional. Solo el anarquismo español realizó ese proceso. Por eso fue la mayor fuerza política en la II República. Ni siquiera la doctrina derechista de mayor solvencia puede ser comparada, en la figuras de Balmes y Donoso Cortés, con los creadores del reaccionarismo intelectual francés, De Maistre y Bonald.

Asentada en los bancos de la Iglesia y en las salas de banderas del Ejército, la derecha despreció la necesidad de inteligencia y cultura para mantenerse en el poder. Se puede comprender. Lo incomprensible fue que la izquierda, imitándola, creyera que le bastaba sustituir a la Iglesia por un ateismo de tipógrafo, y al Ejército por una masa de campesinos y obreros sin cultura común, para instalarse en el Estado. ¡ Al fin, lo logró por otros medios, ilícitos!

Sin teoría política propia, la historia de las izquierdas españolas ha sido tan oportunista como trágica. Desde el colaboracionismo con la dictadura de Primo, hasta su autoliquidación en la guerra civil; desde el aventurerismo armado de Asturias, hasta la adjuración del marxismo y repudio de la República, en aras de su estatalización con la Monarquía de Franco. Aunque esto se sabe, pocos conocen la causa de que la izquierda española no haya tenido dirigentes de la talla intelectual y la preparación cultural que tuvieron los fundadores de las izquierdas europeas.

La desgracia cultural de la izquierda española estuvo causada por la influencia de un filósofo de segunda fila, Krauss, cuyo pensamiento metafísico fue difundido por Sanz del Río. El triunfo del krausismo, una izquierda ética y humanista en la que participaron los hombres de la I República, motivó el movimiento de los neocatólicos y la oposición de Menéndez Pelayo. La falta de contenido práctico del krausismo hizo que la segunda generación cultural de krausistas lo transformara en un ambicioso plan educativo, del que nació el Instituto Libre de Enseñanza, donde se formaron los hombres de la II República.

La explicación de que circunstancias menores pudieran causar la desgracia de la izquierda es muy simple. Ellas impidieron que llegara a España el eco cultural y político de la izquierda hegeliana, donde estaban los hombres que fundaron el socialismo. La influencia mundial de Hegel no se dejó sentir en España. Y Ortega, que pudo hacer lo que no hizo Sanz del Río, ignoró la dialéctica derecha-izquierda, no quiso ser maestro de republicanos y dejó huérfanas de ideas-fuerza a la derecha liberal y a la izquierda socialista. Pudo ser el Croce español. Pero su enfermiza vanidad y su pobre vocación por la verdad, en historia de la Revolución francesa y en filosofía política, lo anularon.

La izquierda española no ha visto, sentido, ni pensado, los fundamentos de su necesidad histórica. No ha conocido la dialéctica de la razón ni la de la materia. Oyó campanas lejanas y confundió sus sonidos con los de toque a rebato para aventuras revolucionarias o repartos de botín del Estado. El PSOE pudo renunciar impunemente a Marx porque, para su modernismo estatal, solo era un nombre anticuado. Y el PC, su apéndice del cinco por ciento en el Estado, ni osa llamarse por su nombre.

Por eso, llamo “citraizquierda” a la que está más acá de los Pirineos; más acá de cualquier justificación en la razón histórica; más acá de la frontera donde comienza el reinado de la ética, la dignidad y la inteligencia; más acá de todo ideal de justicia; más acá de patria y libertad; pero más allá del bien y del mal en sentido moral, o sea, allí donde el poder solo cuenta con el poder.

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