El Sello de la Muerte

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Si toda obra literaria verdadera, es decir, que no es un puro centón de literatura universal, nos señala la naturaleza y el perfil espiritual de su autor, cuando uno acaba de escribir una novela a los diecisiete años, como Ramiro Ledesma Ramos, ésta se convierte inevitablemente en una autobiografía del autor y un reflejo de sus últimas lecturas aún sin metabolizar por completo. Leerla es llegar a penetrar en la esencia psicológica y vital de este grande y trágico intelectual zamorano. Porque además Ramiro comenzó a escribir El sello de la muerte con la intención de conjurar de algún modo el infinito dolor que le habían provocado las recientes muertes de sus padres, Isabel, que murió de tuberculosis, y Manuel, que sucumbió ante una cruel enfermedad del corazón provocada por la muerte de su querida esposa. Ramiro encontró un pequeño alivio verbalizando bellísimamente por escrito su desolada orfandad.

Nietzsche y su Así habló Zaratustra, junto a la idea de que “el hombre es algo que debe ser superado”, está muy presente en la novela. El franquismo no permitió que se hicieran nuevas ediciones por considerarla licenciosa: un incesto entre la tía y el sobrino, muy bien contado, por cierto, descuella en la novela, aunque con la psicología penitencial del protagonista: “Aquella mujer mala acogió mis palabras con una satisfacción lujuriosa que insultó groseramente a mis sentimientos puros”. ¿Cómo iba a permitir el nacional-catolicismo de Francisco Franco la publicación de la novela de este fino fascista en ciernes?

El protagonista de esta novela escrita en primera persona se siente un príncipe, un superhombre, un dios rodeado de incómodos homúnculos, vulgares, ligeros, ordinarios, imbéciles, tontos, espíritus dormidos, cerebros atrofiados, almas huecas de entusiasmos propios, y romos. Tanto odiaba su entorno que llegó a pensar en desaparecer, en suicidarse, porque el mundo de los humanos se habría creado para que en él abundaran los incompletos, los idiotizados, los concupiscentes o los tontos. La política alfonsina está perfectamente simbolizada en el cínico jefe de partido a nivel provincial, Miguel Velasco, “el mangoneador de la provincia”, que le da trabajo al protagonista, Antonio de Castro, y éste inmediatamente se da cuenta de que la política está presidida por la rabulería y el engaño. La supresión completa de toda sensibilidad por parte del protagonista nos lo hace verdaderamente odioso. Diríase que su psicología pre-fascista se compone de megalomanía y rencor. A menudo se veía en medio de la ciudad, en donde una corriente de mala fe inundaba todas las caras. Ahora bien, no podemos confundir una pose pre-fascista con el aire neurótico de un adolescente introvertido y genial. Pues que todo adolescente introvertido, según la definición junguiana, y, a la vez, superdotado por su inteligencia, tiende a aislarse, y a verse extraño, y en ocasiones superior en medio del mundo. La edad adulta borra toda megalomanía en los casos normales. Esto es, Ramiro aquí puede no ser ya un fascista in fieri, sino un adolescente genial y, por ende, complicado.

Antonio de Castro aprende a ser hipócrita, a traicionarse a sí mismo, y ese ejercicio abyecto le otorga el triunfo del periodismo político de la mano del reaccionario dinástico Miguel Velasco, su padrino cacique, del que es su tagarote más preciado, porque España sigue viviendo la época de los caciques. Pronto verá la alta política como una sarta continuada de engaños, de trapacerías de asaltos a la buena fe; un arte, pero un arte sin inspiración, el único, pues, asequible a los tunos, a los rábulas, a los huecos, a los grandes caciques sin talento. El realismo cínico de su jefe Miguel Velasco lo aleja cada día más de la política oficial: “Desengañémonos: el mundo siempre será malo. Y como no lo podemos cambiar, al menos gocémoslo”.

No obstante, la novela es dichosa en magníficas descripciones, todas muy bien concebidas y expresadas con un lenguaje variegado y opulento. Magnífica, por ejemplo, es la descripción del viaje en tren; una de las páginas más bellas de la literatura española relacionada con el mundo del ferrocarril, que debería RENFE editar en trípticos muy bien enmaquetados y repartirlos gratuitamente a los pocos viajeros que ya usan el tren.

Toda la novela está nimbada de vaporosas y extrañas divagaciones, soliloquios abstrusos, algunos cercanos a la metafísica, que no llevan a ninguna parte conclusiva, a no ser a constatar el malestar interior, íntimo y turbulento de ese genio adolescente intratable que tuvo que ser Ramiro. Nos llama la atención poderosamente la repugnancia infinita que siente Ramiro hacia la concupiscencia de sus amigos y las pasiones inevitables de la carne, entendiendo con cierto fanatismo estético que esta “parte animal” degrada al hombre; cosa desasosegadoramente extraña en un joven varón cuyo cuerpo empieza a despertarse a la vida gozosa y aleluyática. Frente a los deseos naturales del cuerpo, Ramiro afirma ambicionar la “supervida”, entendida ésta como las solas actividades del cerebro sin las apetencias del cuerpo, sin ninguna apetencia del cuerpo. Es así que en esta novela Ramiro proclama la muerte del cuerpo – que le da asco por las necesidades que exige que le cubran – y la vida del alma. Todos estos pensamientos, unidos a su sentimiento de desamparo cuando no encuentra a Félix Capilla, nos podrían situar a Ramiro Ledesma Ramos en un varón muy cercano al campo de la homosexualidad, tan patente en la estética fascista aunque disfrazada de virilidad y valor.

Mientras va escribiendo esta novela Ramiro se va haciendo republicano, y perdiendo su admiración por el Rey, heredada de su abuelo, aunque muestra su total rechazo al fariseo y demagogo Alejandro Lerroux, paradigma para él del político consumado, es decir, del hipócrita supremo. Este paulatino distanciamiento de la monarquía explica el elogio que tanto la Falange como las JONS brindaron a la fecha histórica del 14 de abril, efemérides que tantas veces encomió José Antonio Primo de Rivera desde 1933 hasta el día de su muerte.

Por fin la mujer vuelve a aparecer en la vida de Ramiro, esta vez en forma de cupletista cantando en el Teatro Principal, de Zamora, y Ramiro intentará amarla sólo con el cerebro, venciendo a su volcánico corazón. Pero no podrá, porque no es un superhombre. Como no lo es nadie. El protagonista de esta novela se da cuenta de que no puede amar con el cerebro, que es imposible amar con el cerebro, que el cuerpo rotundo y exuberante de la cupletista Lolita Brimé vence sobre toda cultura y moralidad. Que sus labios urentes lo esclavizan, que la Naturaleza ordena y Ramiro Ledesma Ramos sólo puede obedecer. Su posterior sentimiento de derrota ante el amor todopoderoso de la vida humilló su insana soberbia y le llenó de rencor. Acabará llamando a su enamoramiento “sórdida embriaguez”, “muerdo epiléptico”. Y Lola Brimé, mujer cuerda que cometió el error de fijarse unos momentos en él, echará de su lado al lindo fascista en construcción, y acabará diciéndole:

–         Vete, y no vuelvas por aquí, pobre loco.

Como Ramiro Ledesma Ramos es la verdad que se esconde bajo el personaje de Antonio de Castro, el autor tenía que castigar a la mujer que le echó de su lado, y hace que un día su yo-personaje, su heterónimo de ficción, acabe leyendo en un periódico local que Lola Brimé se ha suicidado mediante una inyección con dosis mortal de morfina. Y es que ninguna mujer puede echar de su lado con desprecio impunemente al gran ulema español de la doctrina fascista.

Pero Ramiro/Antonio de Castro parece renacer a una vida mejor, completamente nueva. El protagonista de la novela inicia una nueva era de sendas inéditas. El más profundo Ramiro seguiría prefiriendo la calma espiritualizada de las embriagueces literarias, de los reposos plácidos y evocadores al azaroso vivir de la política, y así lo escribía. Empezaba a querer, como Nietzsche, crear algo infinitamente superior a él, aunque sucumbiese en la empresa.

Nos hace daño en el alma y en la estética de nuestra moralidad la crueldad infinita con que Ramiro trata a los seres humanos más desvalidos, como las prostitutas o los bohemios más pobres. “Las rameras – sostiene este brutal autor adolescente – ofrecen piltrafas y deshacen un cuerpo de suyo nauseabundo”. Pero ningún cuerpo humano es nauseabundo, puede estar gravemente enfermo, puede ser viejo, pero no es nauseabundo.

Fatuo y decididamente megalómano, se presenta el adolescente Ramiro como la única alternativa seria española a aquella literatura decadente que se escribía a la sazón, cuando España estaba viviendo precisamente la Edad de Plata de su Literatura. Esta primera y única novela de Ramiro nos revela un escritor que es un lector voraz, y que aún no ha metabolizado o sedimentado en su capacidad creadora, por completo, las lecturas. A la semana de estar en Madrid Ramiro ya era ateneísta, y se pasaba allí diariamente no menos de tres horas leyendo. Su novela está nimbada de imágenes de Goethe, Balzac, Lamartine, Vigny, Darwin y Nietzsche, y de otras que son desarrollo de aquéllas. Nos encontramos, qué duda cabe, ante un adolescente superdotado. Efectivamente Ramiro era ateneísta, de un Ateneo entonces mucho más vivo y dinámico que el actual, agonizante y esclerotizado por las luchas intestinas de sus viejos próceres. En aquel Ateneo aprendió, antes de entrar en la Universidad, el alemán, o lo que él llamaba, con toda intención, “la lengua de Hegel”.

El ansia por publicar libros le lleva a Ramiro/Antonio de Castro a un dilema ético de conciencia: ¿Es justo adular, servir como flabelífero, hacer la pelota más arrastrada al editor y abdicar de la propia ideología de uno, de la propia conciencia moral, por ver que sale una obra tuya al gran público? ¿Merece la pena publicar diciendo sí a lo que tú espontaneidad moral te dice que no? Ramiro contesta con pros y contras, y deja la respuesta sin concluir.

Lo que sí es El sello de la Muerte, y constituye su esencia, y quizás su único valor estético, es el hecho de ser una novela radicalmente antiburguesa, como lo es en el fondo cualquier novela escrita por un adolescente. Es curioso observar una estratagema de venta muy bien contada en la novela; cómo en aquella época los escritores primerizos que se autoeditaban lograban colocar en las librerías madrileñas sus propias mercancías. Entraba el autor-editor en una librería para proponer al librero que le comprase un lote de libros, y si el librero, con buen olfato comercial, se negaba, un par de amigos en distintas horas preguntaban con gran interés “por esa magnífica novela” que acababa de salir al mercado. Antonio de Castro, como forma de salir de aquella España mediocre que no se daba cuenta del genial habitante que vivía en ella, exquisito y sublime indígena, optó por suicidarse. Final mediocre y ramplón de un adolescente romántico y tonto.

Para terminar, el libro acaba en una autocrítica en la que el inconsciente autor subraya su conciencia de cierta superioridad. Cosa perdonable a los 17 o 18 años. La novela acabó de salir la semana en que Ramiro Ledesma Ramos se matriculaba en la Universidad Central de Madrid para hacer la carrera de Filosofía y Letras. Tendría la inmensa suerte de ser discípulo de Ortega, de quien sería amigo vitalicio.

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