Contra la utopía

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Escaleras a Ningúnsitio (foto: roel1943) Contra la utopía La utopía es un recurso literario. La filosofía política de carácter utópico, como la ciencia ficción o la novela histórica, de cuyos ingredientes futuristas o románticos participa, sólo se justifica, al margen de sus valores estéticos, en el propósito de criticar la realidad. Huxley y Orwell son ejemplos de este brillante género platónico que hizo famosos a Moro y Campanella.   “Confieso fácilmente que hay muchísimas cosas en la república de los utopienses que, a la verdad, en muchas ciudades más estaría yo en desear que en esperar”. Tomás Moro desea, pero no espera que sea realizable “La mejor República y la nueva isla de Utopía” (1518). El nombre del librito, poco antes de enviarlo a la imprenta era “Nusguana”, del vocablo latino “nusquam”, en ninguna parte. Pero prefirió al final “utopía”, no-lugar en griego.   Su amigo Erasmo, tras dedicarle el “Elogio de la locura”, le pedía que ensalzara la sabiduría. ¿Dónde podía observar esta virtud un conocedor de la realidad, un abogado de los poderosos, un sheriff de Londres? En ninguna parte, en Utopía. Escuchando la voz de la experiencia y del sentido común, Moro escribe “Utopía” para hacer patente a los humanistas la inutilidad de aconsejar a un Poder ajeno al interés de los gobernados, que sólo tiende por naturaleza a cuidar de sí mismo. Creyendo en la existencia separada de las Ideas, Platón ideó repúblicas perfectas con la esperanza de que las pálidas sombras del poder establecido imitarían, torpemente, el modelo luminoso del rey-filósofo. Esta insensatez le condujo a ser vendido como esclavo cuando trataba de llevar a cabo su idea constitucional en Sicilia. Por cierto, el mito que ha hecho fabular a tantos poetas, el de la Atlántida, es una carga de profundidad contra la democracia ateniense, asimilada al despotismo oriental.   La creencia de que los sabios pueden, por su conocimiento de las verdades ideales, influir en el poder, para acercarlo a la justicia, aunque jamás lo consiguen, sigue siendo compartida por la mayoría de los intelectuales. Eso sí, ya no son vendidos: se venden o se alquilan ellos mismos, como prestigiosas cabezas sin conciencia.   De la Utopía del Renacimiento, que fue la secularización del cielo de la época medieval, se pasó a vislumbrar el paraíso de la sociedad sin clases. Sin embargo, en su momento, Carlos Marx comprendió el peligro de tomar las utopías al pie de la letra, de considerarlas realizables o de acogerlas como criterios de inspiración para la acción. Combatió al socialismo utópico para no dispersar la fuerza del movimiento obrero, que discurría por senderos sentimentales propensos  a caer  en la reacción, y atraerla al camino de la razón que el propio desarrollo del capitalismo desbrozaba. Pero la experiencia de la Comuna de París alteró gravemente la obra intelectual de su vida. Creyó encontrar en aquélla la solución a la teoría del Estado que andaba buscando. Y, sin caer en la cuenta de que contradecía su propio método dialéctico, adoptó la utopía anarquista de la eliminación del Estado, bajo el engañoso disfraz de una etapa transitoria de Estado socialista. En el código genético del marxismo está inscrita la conversión de la dictadura provisional del proletariado -que Gramsci intentó definir como simple hegemonía- en despotismo permanente de una nueva clase burocrática constituida en Estado. Aunque haya sido la única justificación de los sacrificios exigidos en nombre del marxismo a la humanidad, no hay razón alguna para imaginar un final feliz de la historia, sino más bien el comienzo de lo arbitrario y del terror cuando introducimos en la corriente histórica un valor ajeno a ésta: su acabamiento.   La utopía socialista ha sido el reducto donde millones de seres refugiaron su deseo, más que su esperanza, de un cambio completo del mundo. Pero el reino de la utopía ha servido en el mundo moderno, como el de Dios en el antiguo, para consolidar el valle de lágrimas del Estado real. No fue, sin embargo, la desintegración del imperio soviético, sino la frustración del 68, la que marcó el final de estos sueños infantiles, de estos opios intelectuales, de estas ilusiones utópicas revestidas con el cinismo de Oscar Wilde “el progreso es la realización de utopías”, o con el romanticismo de Lamartine “es posible que las utopías se conviertan en las realidades de mañana”, o consideradas, erróneamente, “sólo verdades prematuras” (Mannheim). Las utopías están fuera de la realidad histórica. Aunque no son, por definición, realizables, pueden ser, como la inmortalidad, deseables. Pero sería suicida poner en ese deseo la esperanza de realización de la humanidad.   Muchos escritores lamentan, de buena fe, el descrédito actual de las utopías ideológicas. Pero la eliminación de la comunista, como la de toda utopía concebida como programa, ha de ser recibida como una bendición por los que quieran mejorar de verdad las cosas públicas. Sin miedo a la reacción fascista, concentrarse en la transformación pacífica de la oligarquía política en auténtica democracia parecía una tarea más fácil; y sin temor a un comunismo imposible, nos preguntábamos ingenuamente para qué necesitan los propietarios mantener en el Estado una banda de partidos que los proteja. Ha quedado bien claro que las oligarquías políticas, financieras y mediáticas tienen privilegios comunes e intereses ajenos a los de los gobernados, que sólo podrán ser desbaratados por la acción de la libertad política colectiva.   A pesar de todo, en esta nueva primavera rebrotan las ilusiones utópicas y la cegadora luz de la justicia universal: Garzón, que ha dejado de ser juez en la Audiencia Nacional para estar en Babia, se constituye en “defensor de la utopía”. {!jomcomment}

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