Cuando la libertad de pensamiento no puede acompañar a la libertad de expresión, las opiniones hechas públicas son restrictivas respecto a las que emergen en la sociedad civil. Tal cosa tiende a ocurrir cuando los grupos de comunicación son deudores de la concesión estatal y de la publicidad institucional. El hecho es que, como ocurre en España, la comunicación social se circunscribe al Régimen de poder existente, sin que ningún medio, o tan siquiera comentarista señalado, se atreva a traspasar sus barreras. Los pocos que reconocen tal cosa parecen atribuirlo a la casualidad. Yo soy de la opinión de que semejante recato no es fruto de prudencia alguna por alcanzar una posición relevante en los medios de comunicación, sino más bien al contrario: es el manifiesto compromiso con la actual Monarquía Autonómica de Partidos Estatales el único camino y mérito indispensable que puede proporcionar a alguien un estatus semejante. Toda la producción mediática, desde la selección de las mismas noticias hasta los comentarios editoriales, pasando por la opinión, está concebida para el consumo y fomento de cerebros incapaces de aspirar a algo más que refrendar una lista de partido cada cuatro años. Más allá de esto, carecen de valor. La dirección de la comunicación es siempre vertical, de arriba abajo. Son como Hermes, simples mensajeros del Olimpo estatal de los partidos que se dirigen a los mortales llamados a refrendarlo. Basta observar cómo llenan las páginas e inundan las ondas con la continua narración y reverencia de la actividad institucional del poder, o cómo amoldan su propia estructura a la organización territorial del Estado, o revelan con ternura, humor o familiar acidez el lado humano de nuestros dirigentes. Columnistas y tertulianos, privados de su adscripción partidaria, son idénticos. Denuncian, irritan y se indignan para terminar por ofrecernos la única solución que puede concebirse: votar a un partido estatal. Sólo llegan a diferir a cuál sí y a cuál no. En ello consiste la libertad de expresión y hasta allí penetra su inteligencia. Son como Tiresias, ganaron la capacidad de profetizar el poder a cambio de quedarse ciegos para ver la realidad. Así terminan enredándose entre lo masculino y lo femenino, polémica tan de moda en las instancias olímpicas.   Ciertamente, realizan una labor esencial para la democracia. Pues “La Democracia” es este Régimen y no podría ser otra cosa. La Democracia son ellos, que convierten a los comisarios de lista de partido en representantes de la ciudadanía, que confunden el reparto proporcional con la elección por mayoría, y que dividen metafísicamente un poder ejecutivo y legislativo constitucionalmente unificado en la jefatura del partido estatal dominante. Todo lo que implicaría para la realidad política española que esto no fuera así, no puede pensarse. Por eso hay libertad de expresión.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí