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RAÚL CEJUDO GONZÁLEZ

La palabra democracia ha devenido en un cajón de sastre (y en un desastroso cajón también) donde cabe todo. Como lo que hay en Europa no es democracia, pero se denomina así, muchos piensan, con la lógica del que no va a la raíz de los conceptos, que la dichosa democracia ha traído a nuestras sociedades la indecencia, lo indecoroso, lo feo, la cobardía, la disolución de la personalidad y de lo singular en el rebaño indistinguible. No les falta razón en que esto que tenemos, este inmundo y vil régimen, ha traído todo eso y mucho más.

Hay que tener cuidado con llamar democrático a aquello que no lo es. Si la palabra griega demos es pueblo; si krátos es gobierno y el sufijo “-ia” hace referencia a cualidad, tenemos que democracia, etimológicamente, solo puede significar el gobierno del pueblo. Por lo tanto, ¿a qué viene denominar democráticos a los gobiernos de Europa si no es el pueblo el que gobierna? Está muy claro que el gobierno está en manos de los jefes o dueños de partidos políticos, que se turnan, o pueden llegar a turnarse, dentro de los gobiernos de esos países. Si son los partidos los que efectivamente ostentan el poder en Europa, y son ellos los que gobiernan, sin que los ciudadanos tengan nada que decir en la toma de decisiones, ¿cuándo vamos a llamar a las cosas por su nombre auténtico? Vivimos en la partitocracia, que es un sistema caracterizado por el gobiern,o de los partidos.

Y es la partitocracia la que ha degenerado las costumbres, la que ha institucionalizado la corrupción, la que ha creado, a su medida, unos medios de comunicación de masas estupidizantes y alienantes. Es la partitocracia, mas jamás la democracia, ya que aún no ha llegado a Europa, la que ha desculturizado la cultura, encumbrando lo mediocre y a los mediocres en detrimento de personas y obras brillantes, que son a menudo desprestigiados en público y relegados al olvido. La belleza es también enemiga de la partitocracia; el régimen político partitócrata necesita una estética y un sistema de valores que lo encumbren y lo justifiquen ante la sociedad. Como se intenta hacer pasar partitocracia por democracia, de la misma manera se intenta (y se consigue casi siempre) hacer pasar lo feo por bello, lo mediocre por valioso, al caradura por artista, al mero contador de anécdotas por novelista, a un programa de sucesos por un noticiario serio, a un ignorante arribista y ambicioso por una persona preparada y decente, que busca el bien de su pueblo.

El engaño que más trascendencia tiene es el que permite hacer pasar servidumbre por libertad. Un pueblo engañado y servil cree vivir en unas sociedades modernas, avanzadas, libres y con iguales derechos para todos. En realidad vive en sociedades neofeudales, con abundante tecnología al servicio de una mejor esclavización y control de masas. Y respecto a los derechos y obligaciones iguales para todos, ya solo lo creen los que adoran engañarse a sí mismos. Los códigos penales europeos, como dijo don Antonio García-Trevijano, “son la protección permanente de la clase política, sea esta de la ideología política que sea. El código penal es un código político, dirigido a la protección de la clase poderosa”.

Hace tiempo que me niego a llamar a los países de Europa occidental democráticos. Son países partitocráticos. Y si no nos gusta reconocer esto, porque no amamos la verdad, empecemos a llamar a las cosas por lo que no son y digamos que una gallina es un toro, que un huevo es una cuchara, que un coche es un triciclo o que un lapicero es un teléfono móvil. ¡Vamos a contar mentiras, tralará!

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