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PABLO VILA VAYÁ

A mi entender, el único mérito reseñable del neofranquismo ha sido convencer de que no existe a propios y extraños. Prefijo mediante, bastó con alargar la silueta achaparrada del caudillo, dotarla de una legitimidad «a la carta» y aumentar las competencias de sus adalides para que el régimen perdure casi cuatro décadas después del fallecimiento del titular.

No creo que a nadie se le escape que estos prohombres, presuntos dechados de sabiduría, arrojo y sacrificio, contaron con el absoluto respaldo de todos y cada uno de los poderes fácticos, nacionales e internacionales. La transición iba a hacerse sí o sí y una vez restablecidos de modo obligatorio derechos que deberían ser inherentes a cualquier sociedad desarrollada, lo antiguo se volvió moderno de la noche a la mañana, casi por generación espontánea. La fuerza y el miedo, los diques de contención del franquismo, se sustituyeron por el consenso y el diálogo, términos ambiguos que, si no media el raciocinio, se quedan en poco más que humo de colores. La intención, el método y el resultado los resumió muy bien un exultante Enrique Tierno Galván con esta frase ya mítica:

 

 

Entre colocones y colocaciones, al igual que Franco «trajo la televisión», los próceres de la transición española se arrogaron el progreso y la modernidad con una desfachatez rayana en la tomadura de pelo.

Y así, mientras sus paternales traseros se acomodaban en algo llamado centro, la parte política del asunto, la que debía ser su responsabilidad inmediata e ineludible, seguía y sigue en el mismo punto que antes de la guerra civil. La eterna derecha y «eso» que se da en llamar izquierda, fundamentan sus discursos en frivolidades inocuas, en el mejor de los casos, y anacronismos propios de sociedades tercermundistas, en el peor. En definitiva, el consenso y el concepto socialdemócrata de diálogo solo han servido para tejer modelitos de temporada con los que, legislatura tras legislatura, ir vistiendo de seda a la mona.

Lamentablemente, un simple disfraz no convierte en refinado lo simiesco y los tics del viejo lenguaje siguen ahí, a merced del balanceo de un péndulo oxidado. Buena prueba de ello es la insensatez con la que esos gallardos alcaldes catalanes, pecho henchido, tripa prieta y bastón en alto, jaleaban a Artur Mas a la salida del juzgado. La mamarrachada no pasaría de anecdótica de no ser porque el verdadero franquismo, el facha, el intolerante y violento, jamás desapareció de la sociedad española. También sigue ahí, desorganizado, sin objetivos, vestido de seda, de pana o de cuero, pero igual de embrutecido que siempre. Y no agita palitroques, sino bates de baseball.

La «neo-bestia» sustituyó a la «bestia», que nunca murió y lleva cuarenta años dormida. En mi opinión, aquellos de ustedes que sean creyentes harían bien en rezar para que tanta imbecilidad irresponsable no termine por despertarla.

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