Luis López Silva

LUIS LÓPEZ SILVA.

Los acaecimientos mundiales actuales como crisis financieras, sociales, políticas, levantamientos de las juventudes en el mundo árabe, etc, que mantienen al mundo en perpetua  estupefacción, son la consecuencia de un estado pretérito de servidumbre de las comunidades frente a los poderes políticos y financieros que operan al unísono para legitimar y acoplar sus intereses de poder en las diferentes instituciones estatales. Esta afirmación de rotundidad se constata con un simple análisis de las relaciones de poder entre las élites gobernantes y las gentes gobernadas constituidas en la “realpolitik” internacional que se practicó durante la guerra fría, y trasvasada inmediatamente a la política interna de los países-estados hasta nuestros días.

En el terreno político las crisis público-privadas que fluyen a nivel mundial en multitud de países han macerado durante décadas con unos ingredientes explosivos tales como los Estados de partidos, el clientelismo, la corrupción, el soborno al funcionariado, el nepotismo y la política de salón entre otros (casos de Túnez, Siria, Libia, Egipto y todo el arco mediterráneo). El declive de la política institucional ha llegado en nuestros días a tan lamentable estado, que el ciudadano incorpora cada vez una mayor desafección conductual por todo lo que huele a política oficialista y de partidos. Llevamos tantos años de escándalos políticos que las nuevas generaciones desprecian de modo radical las formas tradicionales de hacer política; e indagan modos nuevos de comunicar sus inquietudes y sentimientos a través de las redes sociales, que en el futuro próximo tendrá una importancia capital para la composición de las nuevas sociedades o telépolis si usamos la terminología de Javier Echeverría. Pero como venía narrando, la servidumbre política del ciudadano es difícil de desenmascarar y comprender por su carácter etéreo dentro de unas sociedades con libertades casi ilimitadas en cuestión de consumo, sexo, empresa, comercio, ocio…, pero que por lo contrario, están muy poco emancipadas en cuanto a las libertades políticas, que son aquellas que permiten operar directamente al sujeto en asuntos públicos. La práctica del bipartidismo político en una mayoría de naciones, es un esclarecedor síntoma  de la inmadurez del ciudadano respecto al bien público; y la rigidez ideológica de los partidos enlazado a unas normas orgánicas internas que propugnan la fidelidad como modo de entrar en las lista para obtener cargos, desvalida absolutamente toda pretensión de abrir los partidos a una pluralidad que contenga mayores deseos de impulsar una verdadera política ciudadana por y para el ciudadano. Sin comerlo ni beberlo, el votante se ha sumergido en un dramático escenario político, en el cual, el Estado de partidos defenestra la infidelidad ideológica, construye y promueve el bipartidismo y se adueña de los resortes e instituciones estatales, convirtiendo al ciudadano crítico e independiente en un huérfano político sin otras alternativas que las de votar forzosamente a unas siglas que no le representan, o la de no votar, anulando así, su derecho y deber de votar. De este modo, la legitimación de la servidumbre ciudadana respecto al Estado de partidos y las políticas de Estado quedan bien ancladas.

El otro tipo de servidumbre de hoy es la financiera, muy interrelacionada con la arriba descrita, constituyendo entre las dos un ente omnímodo que disipa por completo la acción del urbanita en los asuntos de la res-pública. La actividad financiera de nuestro tiempo se ha convertido en una hidra que manipula todo el sistema económico y social a su antojo. Y el antojo más draconiano se evidencia en que los mercados acreedores de los Estados han considerado que ha llegado la hora de doblegar y minimizar a éstos para seguir su depredación social a costa del contribuyente medio; y mientras tanto, con la benevolencia de presidentes y ministros del ramo, los bancos centrales y demás organismos financieros le hacen la cama a los mercados especulativos para que  la nueva servidumbre imponga su voluntad a las generaciones   del siglo XXI.

Si los ciudadanos estimamos cesar estas relaciones de servidumbre en el terreno político y económico para que el presente y futuro de nuestras sociedades puedan tener una garantía de existencia, es necesario adoptar aquellas ideas que John Locke explicó en su segundo ensayo  sobre el gobierno civil, cuando justificaba la resistencia o rebelión cuando se violan los derechos naturales, o el gobierno y el cuerpo legislativo sobrepasan los límites de su autoridad. Las tuercas de las servidumbres de hoy en el mundo  occidental siguen atornillándose gracias a los favores que los ciudadanos les hacemos a las élites gobernantes cuando les votamos mediante sistemas electorales hechos a su medida. Por tanto, en nuestra voluntad se halla el poder de desatornillar la rosca, exigir un cambio de normas que garantice un sistema electoral realmente representativo que elija por separado los poderes del Estado y declarar la libertad política colectiva.

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