Una de las aportaciones más importante del padre de la Escuela Austriaca de Economía, Carl Menger, fue “el haber desarrollado una teoría económica de las instituciones sociales, de acuerdo con la cuál éstas surgen como resultado de un proceso evolutivo en el que interactúan innumerables seres humanos, cada uno de ellos provisto de un pequeño acervo exclusivo y privativo de conocimientos subjetivos, experiencias prácticas, anhelos, preocupaciones, objetivos, que permite que se creen de manera evolutiva una serie de comportamientos pautados o instituciones que, no sólo en el campo jurídico, sino también en el económico y lingüístico, hacen posible la vida en sociedad”.8   Carl Menger explica el proceso histórico por el cuál el dinero se convierte en una institución social como un hallazgo del ser humano. Con él, se evitó el enorme coste que implica la doble coincidencia de necesidades. Pues, para que se produzca un intercambio en una economía de trueque, sin dinero, es necesario que una persona posea un bien que tiene para ella menos valor de uso que el bien que posee otra persona, y que cabalmente ésta segunda opine lo contrario.9 El número de intercambios con el dinero se multiplicó exponencialmente. Con ellos, las posibilidades de crecimiento económico.   Por medio de un proceso evolutivo, el hombre primitivo descubrió el interés que despertaban en los demás determinados objetos que eran más fácilmente intercambiables (semillas, sal, conchas, flechas) que otros.10 Antes de este descubrimiento, los individuos sólo tenían en cuenta, a la hora de realizar el intercambio, el valor de uso que para ellos tenían los bienes. De esta forma, el hombre primitivo comenzó a atribuir un valor a determinados bienes, no en función del uso inmediato que podían obtener de los mismos, sino en función del valor que los demás le atribuían. Determinados bienes eran demandados y almacenados para usarlos como medio de intercambio.11   Con la llegada del dinero se alcanzó el consenso social del bien económico a usar como medio de pago: los metales nobles. F.A.Hayek llamó leyes a las normas creadas de esta manera; de forma evolutiva, por acumulación inconsciente de conocimiento, para distinguirlas de los mandatos que sí son creados deliberadamente. El nacimiento de las leyes se produce de forma espontánea a través de dilatados procesos de prueba y error, de descubrimiento de la mejor solución a problemas surgidos, así como de aprendizaje y de transmisión de lo aprendido.12 Se alcanza por medio de estas un consenso social en la obediencia a una regla.   Este,   al  contrario  del  consenso  tan repetido y valorado de la Transición Política española, es involuntario. El consenso social o es involuntario o es impostado por la sociedad política. Las cuestiones reservadas a la autonomía de la voluntad, como las del poder en democracia, nunca pueden ser objeto del acuerdo unánime de toda la sociedad sin la impostura de una clase política que lo imponga mediante un pacto de reparto de poder. Estas cuestiones sólo pueden dilucidarse por la regla de las mayorías y minorías. El consenso está reservado a aquellas parcelas de la vida en sociedad que no son fruto de la voluntad humana racional. El dinero no fue creado por nadie, ni impuesto, en sus orígenes, por ninguna autoridad. Su creación no pudo ser concebida por una sola persona. Fue la aportación de innumerables individuos, provistos todos de un pequeño acervo exclusivo y privativo de conocimientos subjetivos y experiencias prácticas,13 los que condujeron, tras un larguísimo periodo de tiempo, al hallazgo del dinero como institución. Descubierta ésta se impone a las generaciones siguientes. En esto coinciden nación y dinero con la identidad de una ecuación matemática.   8 Jesús Huerta de Soto, Dinero, Crédito Bancario y Ciclos económicos, Unión Editorial, Madrid 1998, pp 24. 9 Carl Menguer, Principios de Economía Política, pp 226. 10 Cesar Martínez Meseguer, La Teoría Evolutiva de las Instituciones, pp 274. Unión Editorial 2009. 11 Cesar Martínez Meseguer, Op cit, pp 275. 12 Cesar Martínez Meseguer, Op cit, pp 210. 13 Jesús Huerta de Soto, Dinero, Crédito Bancario y Ciclos económicos, Unión Editorial, Madrid 1998, p 24.

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