Sabemos desde Darwin que los rasgos propios de una especie son producto de mutaciones que, a lo largo de un larguísimo proceso, se insertan en su haber genético cuando éstas permiten una mejor adaptación al medio. La evolución natural no opera directamente sobre las especies sino a través de los individuos1.   Del mismo modo, la evolución que experimentan las naciones no se lleva a cabo sino por medio de las aportaciones de quienes la integran.   En las especies, las pequeñas aportaciones de sus individuos (me refiero a las mutaciones individuales que, heredadas, permiten una mejor adaptación al medio), verdadero factor de su evolución, no son fruto de la voluntad de sus miembros. Los individuos no pueden influir en el factor que los determina. Ningún ser es dueño de su proceso de individuación. Y en las naciones, la aportación individual que se incorpora al acervo colectivo que las distingue deja un margen estrechísimo al poder configurador de la voluntad humana racional, pues en último término depende del resto el modo en que lo particular se incorpora a la colectividad. La nación es una creación del hombre pero no es voluntaria.   La moderna teoría de la selección orgánica, heredera de James Mark Baldwin, sostiene que cada nuevo comportamiento individual da lugar a un nuevo nicho ecológico del cuál surge un nuevo medio al que adaptarse. Esto provoca que las decisiones del individuo y su comunidad les conduzcan a la influencia de un entorno diferente. El individuo se sitúa así en otra posición dentro del proceso evolutivo que hará de guía del proceso genético con adaptaciones al medio distintas a las habidas hasta ese momento. De esta forma, la propia conducta influye en el desarrollo filogenético de los genes2.   La actuación individual de los innumerables individuos ha sido necesariamente factor de la evolución biológica y de la evolución de las naciones. Pero, que la actuación de los individuos influya de forma indirecta en la especie o en el acervo nacional no implica que esta influencia sea consciente. El individuo puede planear sus acciones, no los efectos que éstas puedan tener en el desarrollo filogenético de los genes ni en el acervo nacional de su pueblo. He aquí que la nación no pueda ser un proyecto sugestivo de vida en común, como los rasgos biológicos de una especie no son fruto de la concertación voluntaria de sus miembros.   El hecho de que la actuación individual influya en la evolución de las especies y de las naciones lo que sí implica es que el proceso histórico no esté predeterminado. Las acciones individuales condicionan la evolución, son factor de la historia. Muy bien; pues si las ideas que surgen en la mente de los individuos son la causa de sus acciones, y siendo su aparición imposible de predecir ex ante, por ser las ideas datos últimos, no analizables e irreductibles3, podemos concluir que no hay predeterminación histórica. La libertad actuante en el proceso de la individualización personal$, orientado por la cultura, no se explica con el proceso de individuación, determinado por la genética”5.   Si la evolución sólo se explicase con el principio de individuación, y no se complementara con el principio de individualización, la especie estaría predeterminada y donde hay determinismo no hay libertad6.   He aquí que la nación no pueda ser una unidad de destino en lo universal7.   1 Antonio García-Trevijano, Teoría Pura de la República, pp 225, El Buey Mudo, 2010, 2 Cesar Martínez Meseguer Teoría Evolutiva de las Instituciones, pp 129, Unión Editorial 2009 3 Ludwig von Mises, Teoría e Historia. 4 Con todo, familia y nación son hechos dados con los que opera el principio de individualización. La libertad actuante en este principio no puede determinar aquellas. Que la libertad del individuo opere en su proceso de individualización no quiere decir que no haya en él condicionamiento alguno, ni que este proceso, que crea mujeres y hombres diferentes entre sí, permita escoger la historia que se hereda ni el entorno en que se nace. La nación es un hecho de existencia dado. 5 Antonio García-Trevijano, Op cit, pp 225 6 Antonio García- Trevijano, Op cit, pp 226 7 Ludwig von Mises, Teoría e Historía, pp 211.

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