Sumergido en una ola de parabienes, al rey del kitsch cinematográfico le molesta la insolencia que despliega Carlos Boyero en las páginas del periódico que más ha ensalzado el arte postizo de un Almodóvar, que ha llamado al director de “El País” para reclamar la cabeza del crítico. Aunque en general la ramplonería y la cursilería están asociadas a ese término que se gesta en Alemania, el artífice de “Mujeres al borde de un ataque de nervios” ejemplifica lo que entendemos por “kitsch”: manifestación pseudoartística, artificiosa, melodramática, carente de toda autenticidad. (fuente: MyCine) Hermann Broch analizó con gran tino un fenómeno que no es minoritario, sino cuya aparición histórica va unida a un declive espiritual que se enseñorea de la vida: hábitos sociales, música (estridente), preferencias gastronómicas, prendas de moda (el mal vestir como emblema de originalidad), relaciones familiares y de trabajo. En este ambiente donde el infantilismo (si en el pasado el niño era vestido como un adulto, hoy sucede justo lo contrario) la afectación, el mimetismo y el mal gusto dictan las normas estéticas y emocionales, se produce un desleimiento de todo poso cultural, una merma de conocimientos generales acerca de lo que es el mundo y lo que es uno mismo, por lo que resulta cada vez más difícil considerar con una mínima coherencia crítica la realidad circundante. Los que manejan los hilos de la publicidad y de los medios de desinformación y deformación cultural son los agentes de la pandemia que convierte lo verdadero en falso, la belleza en fealdad y la búsqueda de la felicidad en aturdimiento consumista y automatismo vital. Marginando la calidad y el buen gusto, a esta industria de la impostura le interesa que la demanda sea amplia y homogénea: prevalece lo más extendido, es decir, lo más vulgar. En el ámbito de la política, no sólo el grotesco Berlusconi personifica el “kitsch”. Con la verbena de tres al cuarto que montan los tramoyistas electorales, un torrente de histrionismo, garrulería, chabacanería e idiotismo inunda los espacios públicos. Es una indignidad comprar una entrada (o votar) para asistir al espectáculo de esta sociedad política de embaucadores.
Segundo asalto
La convocatoria de la segunda jornada de huelga de jueces para el día 26 de Junio sigue en pie a día de hoy. A pesar de la intensa actividad del intelectualmente bruto Caamaño para desactivarla, lo cierto es que su labor ministerial lejos de justificar su desarme, subraya su necesidad. Sin embargo, la ausencia de conciencia de Poder Estatal en la judicatura y los cantos de sirena del Ministro apelando a simples mejoras económicas y de confort parece que están causando mella en cualquier atisbo de actitud rebelde. La oferta de incrementos salariales y de más plazas judiciales para descarga del reparto de asuntos ha calado en la mayoría de partidos judiciales gracias al papel de las principales asociaciones profesionales que han servido de catalizador de las ofertas ministeriales. “A día de hoy no existen motivos para ese paro”, dijo Caamaño en recientes declaraciones a Europa Press, a la vez que insistía en su intención de acometer la reforma procesal del enjuiciamiento criminal sobre el presupuesto de retirar las facultades instructoras al juez para entregárselas a la fiscalía. Huelga de Jueces (foto: infobae) Haciendo gala de buenos modales y actitud aparentemente dialogante, el actual Ministro ha ido más allá que su predecesor proponiendo medidas de politización y burocratización de la Justicia que Fernández Bermejo ni se atrevió a plantear. Su política de miel en lugar de hiel está funcionando en el mundo judicial a pesar de manifestarse en normas restrictivas de las garantías judiciales y de funcionarización del mundo judicial. A la referida reforma procesal que sustrae al Juez la función instructora, pasando por la municipalización de los Registros Civiles, se añaden ahora dos nuevos hitos que reclaman la necesidad de movilización del mundo jurídico: La eliminación de la obligatoriedad de la presencia del Secretario Judicial en las sesiones plenarias para dar fe pública de las actuaciones, y la generalización de la constitución de depósito obligatorio para la presentación de recursos. El retroceso de las garantías jurisdiccionales del justiciable alcanza con Caamaño cotas difícilmente previsibles tras la defenestración de Bermejo, estando ahora la huelga más justificada que nunca. Los jueces tienen la oportunidad de demostrar que son algo más que meros oficinistas judiciales que se mueven por intereses de casta burocrática. Veremos que puede más en este segundo asalto, la aceptación simple de cierta mejora de unas condiciones laborales o la voluntad decidida de adquirir una dignidad más allá de formalismos y ritos externos.
¿Para qué sirve?
Parlamento europeo, otra sede en Bruselas (foto: burladero.com) Si en las políticas sensibles (fiscalidad, industrias y agricultura) solo emite dictámenes consultivos, si en los gastos obligatorios (los derivados de la política agraria común y de compromisos internacionales) la última palabra la tiene el Consejo Europeo, si los recursos de su presupuesto (derechos de aduanas, exacciones agrícolas, participación en el IVA y en el PIB) están tasados de antemano, ¿para qué sirve el Parlamento Europeo? Si el monopolio de la iniciativa legislativa está en manos de la Comisión Europea donde se elaboran y negocian las directivas y reglamentos, si las grandes decisiones de política monetaria y fiscal se toman de forma opaca al margen de sus comisiones y de su pleno (en el seno del Banco Central Europeo, en las Direcciones Generales de la Comisión, verdadero núcleo del poder fáctico de la Unión Europea), ¿para qué sirve el Parlamento Europeo? Si los lobbies ocupan más del 90% de las oficinas del barrio europeo de Bruselas, si hay más de 1500 organizaciones y más de 2000 grupos de presión pululando por los alrededores de los edificios de la Comisión (se estima una nómina de 15000 lobbistas [Lobby Watch]) esperando decisiones sobre el futuro de la energía europea, el sector automovilístico o la industria química, ¿para qué sirve el Parlamento Europeo? Algunos europeístas se conforman con que Irlanda y la República Checa digan sí al nuevo Tratado de la Unión, lo que aumentaría el número de materias susceptibles de “codecisión”; con paralizar alguna directiva como la de Bolkestein (el aumento de horario laboral); con aprobar “leyes blandas” que sirvan de pautas para la legislación de los Estados miembros; o con interponer algún recurso ante el Tribunal Europeo. De momento, solo tiene un compendio de poderes subalternos para mantener entretenido a un grupo de dirigentes retirados de la política activa en su país de origen; o para recompensar con fabulosos sueldos y dádivas adyacentes los servicios prestados de manera tan incompetente como la exhibida por la ex ministra de Fomento, doña Magdalena Álvarez.
En el posfranquismo
A mi hija Laura, recién nacida Racionalizar la ecología de la sociedad postindustrial no es algo sencillo. La división detallada del trabajo ha desatado tal complejidad en las relaciones económicas que las actividades intermedias y aledañas superan en más del doble a las estrictamente productivas. La capacidad de sustentación es algo borroso que ya no se refiere unívocamente al medio ambiente. Lo decisivo al respecto hay que buscarlo ahora en la superestructura de las mismas sociedades estatales, fuente inagotable en la creación de las nuevas necesidades que retroalimentan el sistema económico. El apropiado cultivo y cuidado de ellas es labor de los gobiernos. Control social y estabilidad política han extendido las expectativas de beneficio, consiguiendo que las fuentes financieras hayan superado el miedo a invertir en actividades cuyo resultado no se concretaba en una manufactura tangible. El dirigismo estatal y la propaganda han terminado por socavar el proceso de endoculturación de las nuevas generaciones, rompiendo así la inercia diacrónica sobre la infraestructura, que tiende a convertirse en una mera réplica emic de la intencionada comunicación social informadora del nuevo orden. Cuando los citados ajustes ya se habían iniciado en el Primer Mundo, España era el caso único de una economía en desarrollo que acababa de salir de una dictadura. El Estado totalitario se aprovechó como adecuada plataforma para construir la síntesis entre la nueva clase dirigente y la oligarquía financiera en la Monarquía de partidos. El posfranquismo necesitaba aligerar la presión demográfica para ensanchar los márgenes de la capacidad de sustentación del nuevo modelo económico previsto, lo que no es un fenómeno inédito en el mundo occidental. Sin embargo, la contundencia con la que ha sucedido en España no tiene parangón, porque a ello se ha añadido la imperiosa necesidad de expansión e intensificación del propio mercado interno. Con tal destino, la cacareada cultura de la nivelación sexual y de la “ampliación de los derechos” es la versión propagandística emic de la necesidad etic de los efectos de incorporar a la mujer al mundo laboral: asegurar el descenso en el número de vástagos que se puedan criar, haciendo posible un diferencial positivo, con la renta liberada de aquel destino, que incremente el consumo familiar y pueda duplicar el privado al disponer los dos cónyuges de ingresos, multiplicando así las áreas de actividad por oferta-demanda de nuevos servicios, todo ello compatible con la caída de los salarios. Como la presión laboral multiplica el estrés cotidiano (a principios de los ochenta aparece el fantasma del paro), se favorece el ansia de evasión, que termina proyectándose en un ocio también basado en el consumo; y tiende a desatenderse la educación de los hijos, que quedan expuestos a la infame programación de los medios masivos y a la idiotez de los planes de estudio estatales, de esta forma se les induce al consumo aunque carezcan de la oportunidad de emanciparse.
Diagramas mnemónicos
Ars Magna de Raimundo Llull Carl G. Jung diferenciaba entre fantasía e imaginación en tanto que fantasía tenemos todos como producto natural del juego entre la conciencia personal, la colectiva, y el mundo externo. Pero la imaginación es una actividad consciente asociada a toda empresa creativa. Mientras que la fantasía va un paso por detrás de lo ya dado, la imaginación se adelanta y abalanza hacia lo nuevo. La fantasía a menudo peca de irrealidad; la imaginación arranca de lo real para escudriñar lo posible. Nada hay nada más característico en la imaginación que el orden. Aunque la fantasía sea su fundamento, la fantasía vive de conexiones azarosas y casi siempre infructuosas. Las tradiciones culturales son, así, acumulaciones de ordenamientos de la fantasía. Y sus individuos más sobresalientes efectuaron, gracias a una comprensión cabal de lo acaecido, un reordenamiento conceptual que permitía una transformación del mundo acorde con sus necesidades reales, anticipadas por la imaginación. La constatación de este fenómeno ha conducido desde tiempos inmemoriales a un mapeo visual de la realidad cuya sofisticación llega a ser en algunos casos prodigiosa. Ignacio Gómez de Liaño, en su portentoso estudio sobre los diagramas de la imaginación, toma a Metrodoro de Escepsis (s. I a.C.) como punto de partida de una tradición de ejercicio imaginativo y mnemónico que viaja desde el reino de Mitríades I hasta el gnosticismo cristiano, y desde aquí al maniqueísmo para llegar –vía Padmasambhava (s. VIII d.C.)– hasta el budismo tibetano, cuyos mandalas son considerados hoy como una cristalización paradigmática de tal ordenamiento del saber. Los rastros de esta tradición mnemónica son evidentes en genios como el mallorquín Raimundo Llull, Giordano Bruno o Salvador Dalí. Mas los mapas contemporáneos del saber no pueden pasar por alto todo lo sucedido desde el comienzo de la era moderna. Ello requeriría una actualización del mapa también en el dominio político, sobre todo de cara a la historia. Nuestro mundo no permite ya sostener la visión arquetípica, entendida como algo fijo emanado de la eternidad de lo Uno, de los diagramas mnemónicos. Pero el recuerdo activo y la reconstrucción imaginativa de lo nuevo permanecen para no olvidar ni la historia de nuestros fracasos ni el potencial liberador del saber.
DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA
Cuatro grandes revoluciones pretendieron cambiar el “antiguo régimen” por nuevas concepciones racionales de mando y obediencia. El banco de pruebas de la historia ha emitido su veredicto. La americana ha conseguido su propósito inicial. La primera en el tiempo, la inglesa, lo ha logrado en gran parte. Pero las dos últimas se han saldado con un fracaso de sus ilusorias pretensiones.
No se muda la naturaleza del poder cambiando de soberano y dejando intacta la soberanía. La Revolución francesa permutó al Rey absoluto por la Nación o Pueblo, es decir, por la oligarquía de la clase política que asumió la soberanía absoluta de su representación. La Revolución rusa trocó al Zar autócrata por el Partido Único, que asumió la soberanía autocrática del Estado totalitario.
Norteamérica y Gran Bretaña, en contraste con los países influidos por la Revolución francesa, han resistido durante dos siglos formidables embates de guerras civiles y mundiales, depresiones económicas, bárbaros nacionalismos, y hasta de sus propios imperialismos, sin merma de las libertades individuales ni de la independencia de la sociedad civil.
La profunda diferencia entre la autenticidad formal de la democracia norteamericana y la ficción representativa de los regímenes europeos deriva del diverso modo en que una y otros han resuelto el problema de la legitimación de la Autoridad.
Para conseguir la probabilidad de obediencia entre seres iguales, allí se ha puesto el énfasis en el consentimiento de los gobernados. Aquí, en el carácter impersonal y metafísico de la soberanía. Para facilitar ese consentimiento, allí se configura el poder en personas singulares responsables de sus actos políticos. Aquí se desfigura en ficticios entes individuales o colectivos, políticamente irresponsables en tanto que soberanos.
El sistema norteamericano legitima el ejercicio del poder. Los regímenes europeos, su constitución. Cuanto más dividido, controlado, personalizado y responsabilizado esté el poder del Estado americano, mayor será la probabilidad de que consiga una general aquiescencia. Cuanto más unido, sacralizado y despersonalizado sea el poder del Estado europeo, más fácilmente obtendrá la obediencia ciudadana.
Los individuos son voluntariamente ciudadanos en Norteamérica. En Europa, forzosamente. La situación ideal sería allí la compleja autonomía de la sociedad civil. Aquí, su absorción por la sociedad política. El voto electoral allí es un derecho. Aquí un deber.
El proceso constituyente de los Estados Unidos conoció tres momentos de inspiración legitimadora de la autoridad que ningún otro pueblo, en ninguna época, ha sabido igualar. La legitimación moral de la ruptura con la Corona británica mediante la Declaración de Independencia de 4 de Julio de 1776. La legitimación republicana de la constitución de poder, personalizado y electivo, mediante la segunda Constitución de 1789, redactada por un comité presidido por Washington, tras el insólito hecho, que tanto impresionó a Tocqueville, de la autosuspensión del poder colegiado que estableció la primera Constitución. Y la legitimación democrática del ejercicio del poder mediante las Enmiendas constitucionales de 1791, presentadas por Madison como “barreras contra el poder en todas las formas y en todos los comportamientos del gobierno”. Es en ese momento final del proceso revolucionario, y no al comienzo como hicieron los franceses con su Declaración de Derechos, cuando los principios morales pueden operar como cautelas de la libertad personal.
Los revolucionarios de ultramar encontraron su inspiración en la interpretación igualitaria de la Biblia de los sermones cuáqueros, en la interpretación liberal que hizo Locke de la “Bill of Rights” de 1689; en la balanza de poderes de Montesquieu; en el “Common Sense” de Paine, de donde Jefferson tomó la idea de sustituir el derecho a la propiedad por el de búsqueda de la felicidad.
Pero el factor decisivo, y diferenciador de las otras tres revoluciones, fue la circunstancia de que el enemigo a batir era un poder parlamentario.
La naturaleza mezquina de interés, y degenerada de intelecto, de este poder representativo se evidenció al rechazar el generoso proyecto de Franklin, propuesto por su amigo, Edmundo Burke, de que la Corona conservara las colonias a cambio de una misma libertad y una misma igualdad para todos los ciudadanos de un gran imperio atlántico.
Sólo 49 diputados sobre más de 600 comprendieron, como Franklin, que todo había terminado. La lucha de la libertad contra el principio de la soberanía, tapadera de los monopolios coloniales, tenía que cambiar de escenario.
Cuando Franklin desembarca del Pennsylvania Packet, ante una muchedumbre que coreaba “América para los americanos”, había tenido lugar en Lexington la primera batalla de la guerra de la Independencia.
El pueblo americano, para quien Washington buscaba dinero y un ejército, va a recibir el día 4 de Julio de 1776 el maravilloso regalo de un arma, hasta entonces desconocida, que pone en pie de guerra a toda la nación. En la vinculación de la idea de patria a la libertad de los individuos está el llamamiento a filas que hace, sin decirlo, la Declaración.
El pueblo tiene el derecho de cambiar o de abolir toda forma de gobierno que devenga destructora de la única finalidad que lo fundamenta: asegurar el disfrute de los derechos individuales, y en primer lugar la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. “Tal ha sido la paciencia de estas colonias en sus males y tal es hoy la necesidad que las fuerza a cambiar su antiguo sistema de gobierno”.
En el salón de Carpenter´s Hall de Filadelfia, sin solemnidad ni espectáculo, los delegados de las Colonias Unidas comienzan a estampar sus firmas al pie del bello pergamino caligrafiado con el texto de Jefferson, apenas corregido por Adams, Franklin, Sherman y Livinston.
La antefirma dice: “Nos comprometemos mutuamente a sostener esta Declaración con nuestra vida, nuestros bienes y nuestro honor”. Jefferson verá en este compromiso de lealtad el secreto de la autenticidad democrática.
La Declaración de Independencia desempeñó una doble función, inicial y final, en la Revolución Americana. Inicialmente, fundó el patriotismo nacional sobre evidencias morales de libertad y de igualdad de derechos por encima del egoísmo de los Estados de la Unión. Finalmente, preservó una esfera de derechos y libertades individuales fuera del alcance del propio poder representativo.
Con el tiempo y el éxito, aquel primitivo patriotismo moral ha degenerado en nacionalismo imperialista. Pero todavía conserva su vigorosa lozanía la separación entre sociedad civil y sociedad política, y sobre todo, la garantía constitucional contra el abuso de poder de las autoridades representativas.
Impunidad bancaria
Durante la última década, las entidades financieras inflaron la mayor burbuja inmobiliaria del mundo; al comenzar el siglo, el grueso de los préstamos concedidos a los promotores era de 33.500 millones de euros; en el 2008 esa cifra asciende a 318.000 millones. Ante el volumen de activos tóxicos o de muy dudoso cobro que hay en esa masa crediticia, las pérdidas que tendrá que soportar el sistema bancario español serán de cientos de miles de millones. Y con una morosidad que alcanzará el 9% a finales de este año, previsiones como las efectuadas por el FMI, indican que hasta veinte bancos y cajas de ahorro tendrán serios problemas de solvencia. Pese a ello, Miguel Martín, presidente de la Asociación Española de la Banca (AIB), sigue asegurando que el sistema financiero español se mantiene “sano”, aunque no puede dejar de reconocer que en los años del boom inmobiliario aquél “ganó mucha frondosidad” y que ahora “ese árbol necesita cuidados y una cierta poda” que pasa por una urgente reestructuración del sector. Don Miguel nos descubre la clave para que vuelva a fluir el crédito: recuperar la confianza; ¿cómo? Pues con más demanda y precios estabilizados o sin miedo a que se derrumben. Mientras tanto, ha emergido Enrique Múgica para recordar en el último informe anual de la institución que regenta, la “total impunidad” con la que los bancos cometen sus abusos. Pero este ex ministro de Justicia no se refiere a embargos de viviendas o fraudulentas cesiones de créditos, sino a las comisiones con las que, en forma de “ imposición arbitraria”, estas entidades acribillan a sus clientes. Además, el Servicio de Reclamaciones del Banco de España no cumple con la finalidad tutelar que tiene asignada, resultando inoperante en la resolución de conflictos entre bancos y particulares, por lo que éstos, con los tribunales como única salida, acaban por renunciar a sus derechos permitiendo las tropelías bancarias. La extraña figura de un defensor del pueblo en una supuesta democracia, obliga a que los indefensos “usuarios de los servicios financieros” se pregunten dónde están sus representantes políticos. hechos significativos El Washington Post critica la “afición a las relaciones públicas” y el aventurerismo judicial de Baltasar Garzón. El Santander se aviene a pagar 235 millones de dólares para cubrir el agujero que le ha causado la estafa de Madoff.
Oratoria de cifras
Demóstenes, de Nouÿ (siglo XIX) Oratoria de cifras En un mundo sin humanidad en la política carece por completo de sentido el arte de la oratoria. Con micrófonos y cifras nadie necesita educar su voz para potenciarla, como Demóstenes a la orilla de las olas, ni usar la palabra para vehicular dignos sentimientos, como exigía Catón a la pericia en bien decir, propia de los hombres buenos (“vir bonus dicendi peritus”). A partir de Nixon, los personajes públicos se enmarcan en televisores caseros y se meten de medio cuerpo parlante en nuestros hogares, para que la antigua elocuencia de ideas perennes, conocimientos nuevos e ideales realizables sea sustituida por esa “verborrea, huera y ridícula filigrana” (Cicerón), que rellena los espacios de la perorata compartida, con gráficos de cifras sobre el estado de la economía, la sanidad, la educación o la nación, no cuantificable ni mesurable, que cada cual interpreta a su modo caprichoso en sentido contrario al de su contrincante. Como la que se escenifica en los Parlamentos europeos, esta vulgaridad galopante no es oratoria, ni retórica. Ha tenido que transcurrir casi medio siglo para que un orador se presente ante el mundo. El gran candidato Obama recuperó la oratoria ciceroniana junto con la eclesiástica. Y cuando el ex presidente Clinton le advirtió de que “si las campañas se hacen en verso, se gobierna en prosa”, le pudo replicar con Catón que “a quien se atiene a los hechos le fluyen las palabras”, o con el precepto del Arte de la poética de Horacio, “lo que se concibe bien se enuncia claramente, y las palabras para decirlo llegan fácilmente”. El arte de gobernar es inseparable del arte de hablar. Pero cada época cultural tiene su oratoria adecuada. Hoy sería ridículo retornar a los tenores de la grandilocuencia romántica que, sin radio ni televisión, llevaron a todos los pueblos del mundo el encanto sonoro de la palabra revolucionaria. Pero siguen estando en vigor los axiomas latinos de que bien decir algo es bendecirlo, y decirlo mal, maldecirlo. Tal como lo emplean los políticos, profesores, novelistas y periodistas, salvo excepcionales escritores que por eso no triunfan, hoy se dice mal lo que no es maldito y se dice bien lo que no es bendito. No se gobierna bien con palabras mal-ditas. La escala de valores es inversa a la del idioma de uso corriente. Y no es revolucionario quien no se subleva contra la degeneración de su propia lengua.
Ilegitimidad electoral
La abstención generalizada plantea un problema cuya naturaleza, conocida por la ciencia política, suele ser desconocida por las creencias de la mayor parte de los opinadores. Cuando la abstención supera la mitad del censo electoral, sobran las explicaciones basadas en una supuesta indiferencia de los electores virtuales. Si el pueblo no es indiferente al votar, tampoco lo será al no votar. Así como los electores reales determinan la legalidad de los elegidos, sea cual sea el número de votantes, la mitad más uno de los que estando censados no votan determina la ilegitimidad del sistema electoral. Si la totalidad de los votantes crea la legalidad de los resultados, como producto jurídico de la voluntad general salida de las urnas, la mayoría absoluta de censados que se abstienen de votar crea la ilegitimidad del sistema, como producto político de la voluntad general expresada con la determinación de no entrar en las urnas. El problema que esta situación anormal ocasiona es el mismo que el de todas las elecciones en las dictaduras. Son legales, pero ilegítimas. Sus resultados obligan en las leyes, pero no en las conciencias. Lo profundo, la ilegitimidad social, exige que lo superficial, la legalidad jurídica, se fundamente pronto, cuanto antes mejor, en la legitimidad de una nueva ley electoral. Ante las elecciones europeas, los pueblos han descubierto, con la práctica de su experiencia, lo que la ciencia política sabía sin experimentarlo. Esto es, que el sistema proporcional de listas de partido jamás puede ser legítimo por no ser representativo de los intereses de las sociedades o de los electores. La mayoría ya no vota porque sabe que su voto no tendrá más utilidad que la de afianzar a partidos estatales que, una y otra vez, sirven a sus propios intereses en el Estado, en lugar de promover los intereses sociales, esperados por electores legalmente incapacitados para exigir cuentas y responsabilidades a los elegidos. En otro artículo analizaremos por qué, siendo el mismo sistema electoral, la abstención no alcanza todavía en las elecciones nacionales la misma dimensión que en las europeas. En éstas, el efecto deslegitimador de la abstención no puede ser camuflado. En Budapest se ha celebrado un seminario de tecnócratas para orientar el voto en estas elecciones europeas, en Internet, hacia los partidos más europeístas. Uno de los participantes, el español José Ignacio Torreblanca, dice (El País, 25-6) que estas elecciones “marcarán un punto álgido porque el nivel de participación será tan bajo que la legitimidad democrática de la Unión Europea saldrá muy mal parada”. florilegio "La legalidad sin legitimidad puede hacer grandes cosas. Nunca las mejores ni las adecuadas."
La república y el toreo
A Olivier, torero y amigo. Muchos conocedores del arte del toreo recordarán que uno de los primeros rejoneadores y picadores en el mundo lo fue Julio César, el emperador romano conquistador de las Galias e Inglaterra. El origen del toreo puede remontarse a los juegos sagrados y circenses de Grecia y Roma, pero el toreo moderno tiene su origen en las ideas que provocaron la República Francesa a finales del siglo XVIII. La Revolución republicana de 1789 significó, más aún, la difusión por Europa y España de las ideas de igualdad y libertad. ¿Por qué no podía lidiar un toro un miembro del pueblo? ¿Por qué tenía que estar limitada la participación en el toreo al “caballero”, en definitiva, al aristócrata o noble? Intentando no contagiar a la nobleza española con costumbres democráticas plebeyas, el rey Felipe V prohibió a sus cortesanos las corridas de toros en 1723, y el Conde de Aranda se atrevió a prohibirlas en 1771. Estos reyes ya veían la peligrosidad democrática de la fiesta popular. En cambio el pueblo español, revolucionario sin teoría y por natural anarquista (¿no es amigo José Tomás de Joaquín Sabina?), siguió corriendo a los toros y “ con permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impedía” llegó a construir la empresa española más eficiente y conocida en todo el mundo: el toreo. Que tradicionalmente la clase gobernante española ha tenido querencia por ser un partido ajeno a la voluntad del pueblo lo prueba que se levantaban plazas monumentales al aire de la libertad a pesar de sus dirigentes, como si fueran espacios libres de la coacción estatal. La revolución republicana que no llegaba a cuajar en la política española se construía, sin teoría, en el espíritu del pueblo español, en las plazas de toros, entre lances vasconavarros y lienzos andaluces. Joaquín Sabina y José Tomás La libertad del pueblo español consigue mantener la revolución de las corridas de toros como símbolo de rebeldía y arte. Esa es la razón de que todos los pueblos libres ( USA, Francia, etc..,) amen la fiesta de las corridas de toros.


