Aún cuando, a la fecha, no existe pronunciamiento genérico sobre la legalidad del Sistema Integrado de Interceptación Legal de Telecomunicaciones (SITEL), la confirmación de sentencias condenatorias en las que el órgano jurisdiccional ha aceptado su resultado operativo como medio de prueba válido, es una realidad. El triunfo de la voluntad política se impone inexorablemente en el Estado de poderes inseparados cuando la cúspide de los órganos jurisdiccionales (Tribunal Supremo) y parajurisdiccionales (Tribunal Constitucional) se encuentran directamente sometidas al poder político. La Sala de lo Penal del Tribunal Supremo ya ha acogido la validez de la prueba de intervención telefónica a través de SITEL avalándolo jurídicamente. Sólo los Magistrados D. Manuel Marchena y D. José Manuel Maza, en voto particular discrepante en un asunto referido a la condena de cinco imputados por delito contra la salud pública, sostienen que la legalidad de SITEL se desmorona por el carácter incontrolado del volcado de los datos de las escuchas telefónicas en los DVD que han de aportarse materialmente a los autos para ser escuchados por el Tribunal. Los Magistrados divergentes hacen repaso de las últimas resoluciones dictadas en la materia en relación al sistema de escuchas comprado por el gobierno Aznar y puesto en marcha por el del PSOE. “SITEL convierte a los Juzgados y Tribunales en un punto débil, en una tierra de nadie en la que las garantías de seguridad e integridad del documento electrónico se degradan de forma insalvable”, refieren textualmente en su voto particular. Según explican con detalle, las normas reguladoras de SITEL articulan un sistema de garantías en las relaciones entre las operadoras de telefonía y la policía que cede incomprensiblemente a la hora de incorporar las pruebas electrónicas generadas al proceso penal. En su opinión, en ese instante los canales seguros “dejan paso a un incontrolado volcado de datos que, lejos de ser transmitidos por vía telemática, se presentan ante el juzgado de instrucción por un agente de policía que afirma haber seleccionado aquellos fragmentos que considera relevantes para la investigación”. Añaden que tal forma de operar provoca que el Secretario Judicial en su condición de fedatario se vea obligado a “suscribir una acto de adveración a ciegas” ya que no pude dar fe de que el contenido de esos DVD coincida con un original al que no tiene acceso. Consideraciones de orden jurídico en la casuística particular que carecen de eficacia cuando la Razón de Estado se impone y condiciona la política legislativa de la voluntad gubernamental, rectora además de la vida judicial.
Punto débil de la eurozona
La Unión Europea (UE) es un proyecto político inacabado, siempre ha estado en vías de construcción desde que Winston Churchill en 1946 hiciese una llamada para crear los Estados Unidos de Europa. Se ha ido creando mediante círculos concéntricos. Desde 1951 con la Comunidad Europea el Carbón y del Acero hasta el ultimo tratado de Lisboa de 2007 (entró en vigor el 1 de diciembre de 2009) ha tenido muchas tensiones, envidias y desafecciones. A lo largo del tiempo ha ido dando pequeños pasos hacia la unificación: “Mercado común” (1957), Política Agrícola Comunitaria (1962), Arancel Común (1968), ¿elección? directa de los diputados del Parlamento Europeo (1979), creación de la Unión Europea (1993), desaparición del pasaporte, facilidad para que millones de jóvenes estudien en otros países con su ayuda, …. Todos los países que forman esta Unión (actualmente 27 Estados) aceptan las normas que dicta y las políticas que se deriven de ellas (reglamentos, directivas, recomendaciones, distribución de fondos, iniciativas comunitarias, etc.). Otro círculo concéntrico muy importante es el subconjunto de los 17 Estados que forman la Unión Económica y Monetaria (UEM), conocida por Eurozona, cuya pieza fundamental es el Banco Central Europeo (BCE). Para acceder a este círculo hay que comprometerse a cumplir ciertos requisitos: estabilidad de precios, sostenibilidad de las finanzas públicas y respeto a la no devaluación (periodo del ingreso). Todos los que forman parte del grupo renuncian a sus monedas y ceden a la UE la circulación de moneda, los tipos de interés y los tipos de cambio, pero no sus política fiscal, el talón de Aquiles de estas uniones monetarias, al contrario de lo que ocurre en los Estados de EEUU, que pertenecen a una unión monetaria y comparten la política fiscal federal. Por eso, si la política monetaria común no es idónea para cada país miembro, la UE no tiene el contrapeso de la política fiscal que lo arregle, ya que el presupuesto que maneja la UE es muy pequeño (1% aproximadamente del PIB del conjunto de los países) con partidas muy rígidamente establecidas. Para lograr estos objetivos la UE arbitró un procedimiento de vigilancia: el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, guardián del déficit público de los Estados miembros para conocer, advertir y sancionar las desviaciones de las medidas fiscales nacionales. Pero si dos de los grandes (Alemania y Francia) lo incumplieron en situaciones de crisis a pesar de que el BCE puso en marcha una política monetaria expansiva. ¿Qué podía ocurrirles a los más pequeños que hicieron lo mismo? El último circulo concéntrico de poder, núcleo no institucionalizado, está compuesto por Alemania y Francia (47% del PIB de la Eurozona, 60% con sus fieles aliados [Holanda, Bélgica y Austria]) que, en sus encuentros, realizan “recomendaciones” puestas en marcha por los órganos de la UE: Consejo Europeo, Comisión Europea o BCE (la foto de estos cinco personajes plasma esta realidad). Si como consecuencia de esa política expansiva, de dinero barato, algunos Gobiernos endeudaron hasta límites insospechados a sus Administraciones Públicas (y de forma inducida a los particulares, a las empresas y a los bancos) ¿Qué va hacer la UEM o el “núcleo e poder”? Ponerles un plan de ajuste duro con políticas fiscales draconianas, vigiladas de cerca por órganos de la Comisión (y ¿el FMI?).
Soltar el faisán
Faisán común (foto: chausino) Soltar el faisán El recurso y criterio de inimputabilidad de la defensa del Magistrado del Juzgado de Central de Instrucción nº 5, D. Baltasar Garzón Real, contra la admisión a trámite de las dos querellas interpuestas en su contra, han sido apoyados sin vacilación por la Fiscalía oponiéndose al criterio del instructor de la causa y de las acusaciones particulares. Así el fiscal no sólo da soporte a la razonabilidad de su actuación en la particular forma de investigar el franquismo abierta por el juez estrella, sino que también sostiene la ausencia de indicio alguno de actuación ilícita en la solicitud por escrito de la suma de 302.000 € a D. Emilio Botín, a la sazón presidente del banco más importante de España, contra cuyos responsables el propio Juez Garzón tramitó diligencias finalizadas en archivo a raíz de la querella planteada por supuestas cesiones de crédito ilegales. Cabe cuestionarse razonablemente si tan uniforme criterio de irresponsabilidad penal ad personam obedece realmente a cuestiones de orden jurídico, o si por contra la actitud del Ministerio Público, protectora a capa y espada del ilustre encausado, obedece a intereses más profundos. La respuesta es sencilla desde el análisis institucional de la inseparación de poderes que caracteriza el ordenamiento constitucional y definitorio del mal llamado Poder Judicial articulado desde el año 1978, y que tras varias reformas centrípetas para la concentración de poderes han conseguido articular una Fiscalía identificable con la función propia de la Abogacía del Estado. Para entender la postura de un Ministerio Público dirigido jerárquicamente por un Fiscal General del Estado nombrado por el Ejecutivo por simple mérito de docilidad, no hay que perder de vista los aprietos gubernamentales en relación con el supuesto chivatazo de mandos de la cúpula de Interior a terroristas de ETA para evitar su captura durante el tiempo de negociaciones con la banda terrorista. He aquí que precisamente, el Juez encargado de la investigación de dicho asunto no es otro que el perejil de todas las salsas, el ahora incurso doblemente en causa penal Juez Garzón. Garzón y el ejecutivo saben que hacerse daño recíprocamente puede tener consecuencias funestas para cada uno de ellos. Si el Magistrado instructor, hasta ahora hábil contemporizador de la causa y que hace reposar en el cajón de su Juzgado los autos resulta suspendido, deberá “soltar el faisán” entregándolo a su compañero el Magistrado Grande Marlaska, cuya actitud decidida a la investigación profunda de la materia es públicamente conocida. En el Estado de poderes inseparados, las razones de Justicia son secundarias, basta preguntarse por quien resulta beneficiado explicándose cada actuación procesal por el principio del “qui prodest?”.
Arbitraje fraudulento
“Sois dioses”: decía Bossuet a unos reyes que eran los delegados divinos en los asuntos temporales, y por tanto, en la justicia. La apelación a la divinidad de la monarquía era el último recurso de los que padecían miserias e injusticias. El pueblo, frente a sus opresores, podía, en principio, recurrir al rey. Este majestuoso sentimiento de infantilismo popular era a menudo expresado por franceses y rusos, en los períodos de mayor abatimiento colectivo, con fórmulas similares: “si el rey supiera…”; “si el zar supiera…” Ante las desgracias que la situación económica está provocando entre sus súbditos, Don Juan Carlos, divinizado desde el 23-f, ha enarbolado el cetro del arbitraje supremo, para reclamar a los partidos de la Monarquía “grandes esfuerzos y amplios acuerdos para superar juntos cuanto antes la crisis”. El monarca parece estar al tanto de los efectos de la incompetencia y la corrupción de la clase política, pero sigue apartando la mirada, por la cuenta que le trae, de sus causas institucionales. En realidad, el sucesor de Franco nunca ha ignorado las fechorías y felonías de sus gobiernos (y mucho menos, las de sus próvidos amigos), pero, desde el comienzo de su reinado, ha ejercido su “moderación” con diferente rasero. Ha despreciado soberanamente a Suárez y Aznar, entrometiéndose en sus gobiernos, de los cuales no esperaba otra cosa que el debido vasallaje de la derecha estatal, mientras que no ha ocultado su complicidad con los del PSOE -con la pestilencia “felipista” y con el alelamiento “zapateril”-, guardando hacia ellos una respetuosa distancia. Si González no tuvo reparos en utilizar la Corona como escudo que salvaguardase su impunidad, Zapatero podría, ahora, mantenerse a flote con la ayuda real. Cuando Rajoy y su camarilla se disponen a tomar el relevo gubernamental, suena de nuevo el pitido real para solicitarles árnica. No es de extrañar la negativa del PP y su disgusto ante un fallo arbitral que pretende favorecer de nuevo a su contrincante estatal. El locuaz presidente del Congreso de los diputados ha defendido la parcialidad del rey, dejando claro que éste lo hace bien: “ha moderado cuando tenía que moderar y ha sido árbitro cuando tenía que hacerlo”. José Bono concluye que “ha hecho más por la monarquía que todos sus antepasados juntos”: el deshonor de anteponerse a su padre, para heredar una jefatura del Estado que satisficiera su inmoderada ambición, lo desmiente rotundamente. "A pure theory of democracy" Publicada la traducción inglesa de "Frente a la gran mentira"
La cinta blanca
Al contrario de lo que se cree, la opresión del Antiguo Régimen consiguió hacerse invisible tras su propia administración. Durante el reinado de Luis XIV llegó a popularizarse la siguiente expresión: el despotismo está en todas partes y el déspota en ninguna. Bossuet, teólogo del absolutismo, explicó después que Dios maneja el mundo como si estuviera ausente de él; gobierna permitiendo que pensemos que nos gobernamos a nosotros mismos. Este tipo de sutilezas ocultó en lo más oscuro del oscuro designio la causa de la ausencia de libertad. La Revolución Francesa no supo ahuyentar el fantasma de la servidumbre y, así, la carencia fundamental de la sociedad de Dios y su jerarquía, esa rendición de la iniciativa natural ante la imagen dogmática del orden, consiguió prolongar su sombra hasta la actualidad. La realidad monstruosa generada por nuestra propia conducta tarada de esclavitud ha desembocado en una falsedad infinita, en una rendición ante la deslealtad. Mientras que entre los actuales ciudadanos sin civilidad del mediterráneo la mentira como sucedáneo del compromiso se abre paso haciendo que la palabra dada no valga ni el aliento empleado en su pronunciación, en la Europa reformada la hipocresía es la reina; por eso allí acompaña a las buenas maneras una frialdad escalofriante. El vuelo político del idealismo alemán retorció la cultura europea… Pero mejor ver esta maravillosa película, La cinta blanca. De Dreyer: la tensión plástica en un blanco y negro virado hacia azules y verdes invisibles, la luz resuelta, hermosa acá y allá, pero nunca acogedora. De Bergman: los diálogos en los que el desprecio y el aprecio -por este orden- aparecen desnudos de animalidad, sometidos a la ecuación racional del mundo no católico, incapaces de escapar con sentido del humor frívolo -aquel que se burla a priori, y no a posteriori, de las propias acciones- de la insoportable gravedad del ser. El perfecto conocimiento del recorrido moral que llevó a Europa a la Gran Guerra permite al señor Haneke expresar una vez más su pesimista repugnancia ante las inevitables consecuencias: crueldad y enemistad. La puesta en escena del misterio en segundo plano que hila el argumento enreda el alma; el director ha logrado construir un genuino thriller moral. Es imposible no extraer enseñanzas y paralelismos de lo bien hecho. Desvarían u ocultan intereses espurios quienes piensan que en cualquier actitud política no existen trascendencia moral y antecedencia instintiva. Se engañan a sí mismos quienes mantienen que la ausencia de libertad, situación que obliga a aunar en la Política hipocresía y mentira, no traerá de nuevo aberraciones éticas inimaginables. Todos tratan de soslayar las incongruencias de la grotesca superstición con la que capeamos nuestra servidumbre haciendo concesiones menores a la tolerancia y negando el imperio de la falsedad; la oligocracia se oculta tras la gentil gestión que hace de nuestras libertades dosificadas. Nosotros, la actual generación europea, hemos invertido el sentido de la degeneración que describe don Miguel Haneke: ya no somos esos niños monstruosamente adultos en su sadismo narcisista que alimentarán el tercer Reich, somos adultos infantilizados para seguir siendo irresponsables de nuestras propias vidas. Así ocultamos, no será por mucho tiempo, los efectos de la esclavitud.
Lujo productivo
Lujo (foto: twenty questions) Lujo productivo A pesar de ser anatematizado en todas las épocas, el lujo ha persistido como uno de los más inalienables deseos de la humanidad. Señalado como principal corruptor de las costumbres desde Catón el viejo hasta los antiglobalizadores del presente, pasando por los arbitristas del siglo XVII, la persistencia de tal concepto habría que atribuirla a su constante evolución. El grado de lujo asignado a un producto, y por tanto, su elevado valor, ha dependido de su rareza, constituyendo un elemento representativo de lo reservado a unos pocos privilegiados. De esta manera, los licores, el chocolate, la calefacción central, un refrigerador, etc., han ido perdiendo dicha connotación con la generalización de su consumo o uso. Al margen de las consideraciones moralizadoras, resulta evidente que el comercio o la búsqueda de medios y rutas que condujesen al disfrute del lujo (especies, porcelana, seda, oro) fue una de las fuerzas motrices de la expansión económica europea, como factor esencial de dinamización y transformación sociales, así como de superación innovadora. En la Ilustración empieza a reconocerse la utilidad del lujo en una economía política “bien entendida”, es decir, censurando e impidiendo el consumo de artículos importados, y desarrollando “industrias del lujo” nacionales, lo que implicaba el incremento de los ingresos del erario público y la creación de nuevas fuentes de trabajo, aparte de aureolar de prestigio exterior las denominaciones de origen: al respecto, Francia sigue ocupando un lugar preeminente en la exportación de artículos de lujo. Los economistas ilustrados, lejos de la tentación de prohibir el lujo, recomendaban que se creasen impuestos sobre los perfumes, las telas recamadas de oro, o los diamantes, porque ello suponía un beneficio público que además no perjudicaba al comercio, puesto que el pudiente, en poco tiempo, se acostumbra al impuesto, pero nunca a las privaciones. En definitiva, es más sensato aprovecharse de las locuras de los hombres que tratar de corregirlas. El sentido original de la palabra “luxus” es el de “exceso” en relación a determinada norma de consumo, pero la línea que separa lo indispensable de lo suntuario se ha hecho cada vez más indefinible e inabarcable en un mundo que vive del culto a la productividad, considerada (tanto por el liberalismo como por el marxismo) un bien o un fin en sí misma, y no un medio que podría ser liberador.
Incoherencia económica
La crisis económica actual se agrava en España por varias incoherencias políticas fruto del consenso de una provinciana monarquía de partidos admitida por el club europeo. Basten dos ejemplos para señalar las contradicciones de quien desea pertenecer a un club por razones de clase y status político aun en perjuicio de sus conciudadanos. La Unión Europea no cumple con los criterios propuestos por la teoría de Mundell acerca de las áreas monetarias óptimas (A theory of Optimun Currency Areas (OCA)). La primera condición, la movilidad laboral, necesaria para colocar grandes bolsas de parados, consecuencia de la pérdida de soberanía monetaria y una heterogénea estructura económica y política, en aquellos países de la UE con mayor capacidad productiva no se cumple. A pesar de la libre circulación de personas en la UE, la movilidad laboral entre distintas regiones es tres veces inferior si la comparamos con EEUU. Esto puede ser explicado fácilmente por razones culturales, pero el caso español refleja la incoherencia y el interés oligárquico: la participación de la clase política en el desarrollo de una economía financiera basada en préstamos hipotecarios sobre viviendas que endeuda a las familias y las retiene en el territorio ante la explosión de la burbuja inmobiliaria y la imposibilidad de venta de sus inmuebles. La pobreza productiva del país se ve agravada por la movilidad laboral que sí obedece una pequeña y precaria élite, marca de la casa, conocida en Europa por su fuga de cerebros, fuga debida a un capital inepto para invertir a largo plazo en innovación cuando puede obtener pelotazos urbanísticos y a una universidad en manos del consenso partidista. La segunda incoherencia refleja la crítica Keynesiana a la UME y el tratado de Maastrich (aumento del déficit público a través de incentivos fiscales para reactivar el empleo y el consumo) en la estrambótica, infantiloide e ideológica política social de Zapatero. Este se llama socialista y mantiene una bolsa de parados superior al 20%, no tiene soberanía monetaria y quiere a través de la subida de impuestos financiar una cobertura social mediante la creación exponencial de deuda que tendrán que pagar sus ciudadanos, ¡con más paro! El círculo vicioso podría acabar por romper la Unidad Monetaria Europea al obligar al rescate indeseado y permanente de los P.I.G.S. por parte de los privilegiados (Alemania y Francia) mediante la creación de nuevos subclubs con un euro devaluado o podría llevar a la bancarrota de España a través de la especulación financiera basada en la compra de deuda de alto riesgo cubierta por el mercadeo de unos CDS al alza. En cualquier caso, los rescates financieros no podrán obviar la inexistencia de los principios para que se dé un Área Monetaria Óptima.
Depravación editorial
El señor Ramírez comenzaba su penúltima pastoral -pues mayoral de opiniones es- con un símil cinematográfico comparativo de la situación gubernamental española y el cúmulo de circunstancias meteorológicas y éticas que conducen a naufragar en mitad de una descomunal tormenta a la embarcación de un patrón obstinado. Y ahí deja la cosa, en aventura necia. Pero cabe observar que si el símil fuera acertado y continuara adelante, la solución que el gran similador propone sería la siguiente: los marineros deberían ser convocados a un plebiscito. En esta consulta habría de decidirse si el gobierno de la nave permanecería en manos del patrón inepto o si el suplente tomaría el mando . Todo a condición de que el armador siguiera nombrando a los dos únicos candidatos a capitán y de que el rumbo de la nave no variara. Así pues, plural y elocuentísimamente, el director de El Mundo nos insta a seguir navegando hacia la borrasca y, con cinismo teológico, llama a este bogar a ciegas de sus compatriotas, “mal menor”. Don Pedro J. sólo es una de las muchas voces que de nuevo claman por la regeneración de la vida pública merced a un cambio en el ejecutivo. Pero después de treinta años de razón de Estado y mentira de gobierno, ¿quién puede seguir prefiriendo un mal menor teniendo ante sí la posibilidad de un bien mayor? Sólo aquellos que desean que las elecciones anticipadas signifiquen, una vez más, lecciones postergadas. Las elecciones pseudo-políticas, pues la política se haya reducida al capricho de unos pocos individuos, ocultan tras el cambio de gestores la inercia autoperpetuadora de intereses concretos y suponen una nueva renuncia a profundizar en la materia social de la que estamos hechos. Acción francesa, la agrupación de intelectuales defensora de la colaboración con el invasor nazi, clamaba por una inteligencia que no excediera las barreras del orden. Pero, como decía Benda, el orden -ese concepto tan manoseado, y por tantos- no tiene estatua porque quizá no sea tan deseable recordarlo. Es muy difícil que un estadio político utópico -ese “orden” no es otra cosa- que sólo puede ser un efecto efímero (musical) de la inteligencia institucional -no su meta-, y que está históricamente asociado a la represión cruenta de la población, sea sinceramente admirado por sí mismo. En España, tantos años de orden metafísico y sufrimiento material han hecho innecesario más jarabe de palo. Además, el moderno catecismo ideológico -que si se lee de izquierda a derecha convierte al liberalismo y si se lee de derecha a izquierda convierte al progresismo- no lo recomienda para tiempos de mansedumbre. La represión de moda es de otra índole. Ahora el orden no es público, sino editorial. Se puede decir y hacer lo que se quiera mientras no se rebasen las fronteras intelectuales del régimen. Y los medios de comunicación, prácticamente todos, ejercen de canes Cerbero. La corrupción no terminó con el gobierno de González, así que mejor el mal menor del belicoso Aznar; la impunidad no cesó con la guerra mentirosa de don José María y sus desastrosas consecuencias, así que intentemos con Zapatero; la ineptitud no se agotará con los proyectos naif del actual presidente, así que ¿por qué no probar con Rajoy? Quienes en forma de posición social han obtenido el privilegio del poder durante este régimen de ejecutivo oscilante pretenden que todo siga igual. Han decidido que la libertad política de nuestro país puede esperar y reducen conscientemente la opinión pública a un grotesco balanceo mental. Algo verdaderamente depravado y, sin embargo, comprensible. Lo que de verdad sorprende es la actitud de los otros, los súbditos del poder y de la información, aquellos que nada tienen que decir y nada pueden hacer sino degenerar poco a poco en su impotencia política. ¿Qué privilegio les es tan necesario proteger como para tener que llegar a este grado de servidumbre descabalada? ¿Acaso agradecen la muerte de su propia ciudadanía?, ¿velan por el olvido de sí mismos? Ante el sonoro desprecio de quienes pretenden que nunca contemos para la vida pública y de quienes lo aceptan, nuestro consuelo de tontos es saber que si lo naturalmente repugnante termina por ignorarse, jamás habrá una estatua para los prohombres de este apestoso pantano editorial ni para sus idiotizados clientes.
El axioma de la razón de Estado
Uróboro con lámpara (foto: Leo Reynolds) El axioma de la razón de Estado Todo intento por confinar, dentro de límites calculables, el concepto de razón de Estado, va a dar en aporías y se estrella en el fracaso. Y ello es así porque la razón de Estado no necesita ser justificada, le basta con ser invocada. Es notable el intento de Friedrich Meinecke, en su ensayo “La idea de la razón de Estado en la Edad Moderna”, de remediar esta dificultad. Y el callejón sin salida al que se halla abocado es insoslayable. “La razón de Estado dice al político lo que tiene que hacer para mantener al Estado sano y robusto”, y dado que “el Estado es un organismo, cuya fuerza no se mantiene plenamente más que si le es posible desenvolverse y crecer, la razón de Estado indica también los caminos y metas de este crecimiento”. Meinecke delata, así, la naturaleza indefinible de la razón de Estado: no pudiendo confinar su sentido en márgenes identificables para el conocimiento, no puede más que apelar a los servicios que ésta presta. Todo aquello que sirva a la conservación del poder entra, pues, en este abstruso e intrincado concepto. Pero la honestidad intelectual de Meinecke no podía conformarse con esta indefinición, y por eso, más adelante, lejos de resolverla, la plantea en toda su crudeza: “La razón de Estado es una máxima del obrar de enorme ambivalencia y escisión: posee un lado vuelto hacia la naturaleza y otro vuelto hacia el espíritu”. Es decir, es un puente entre la moral y el poder, o mejor dicho, entre la moral y la conservación del poder. Pero el Estado tiene su propia deontología, es decir, su propia moral particular. De otro modo, el propio concepto de razón de Estado jamás hubiera surgido. Si surge, es porque el Estado tiene como primera finalidad su propia autoconservación. La agudeza de Carl Schmitt lo sentencia en un pasaje que no deja lugar a la mínima duda: “El Estado Moderno ha nacido como resultado de una técnica política. Con él comienza, como un reflejo teorético suyo, la teoría de la razón de Estado, una máxima que se levanta por encima de la oposición de derecho y agravio y se deriva tan sólo de las necesidades de afirmación y ampliación del poder político” (La Dictadura. De los orígenes del pensamiento moderno de la soberanía a la lucha de clases proletaria). Ergo, el Estado no conoce más moral que la de su propia supervivencia. El propio Meinecke no deja de citar al jurista italiano Pietro Andrea Canonhiero, cuya descripción de la razón de Estado le condujo a una circularidad insuperable: “Son acciones amparadas en la razón de Estado aquellas para cuya justificación no cabe apelar más que a la propia razón de Estado”. La imagen de una serpiente que se muerde la cola hasta la mutua anulación de lo comiente y lo comido no puede encontrar mejor ejemplo. Si otros principios se incorporan a la acción del Estado, limitándola, dándole forma, ello solo puede venir de la sociedad civil, inseparable del Estado pero sustancialmente distinta. “La naturaleza del Estado, monopolizador de la violencia legal, hace difícil que su relación con la Sociedad pueda ser inteligente”, sostiene Antonio García-Trevijano. Solamente donde la autoconservación pueda darse la mano con la autocontención, cabe abordar esta relación de forma inteligente; solamente allí donde la propia supervivencia del poder aconseje limitar el ámbito de su dominación, puede la Sociedad frenar la marcha implacable de la razón de Estado. Porque la razón de Estado, si de algo puede dar razón, es de la congénita maldición a la que no puede escapar el poder: sustento del Derecho pero siempre abocado a vulnerar el Derecho.
Sic transit
Sic transit Garzón no comprende lo que le está pasando. Su engolamiento no le permite alcanzar a entender que ha dejado de ser útil. Sería insultar a la magnífica Gloria Swanson de “El crepúsculo de los Dioses”, pero el alejamiento de la realidad, el enrocamiento frente a un mundo que la situó en lo más alto para luego dejarla caer, y la imposible aceptación del final sin perder nunca la pose, tienen algo de parecido con la actitud del Magistrado. Los GAL han pasado y el caso Gürtel se ha convertido en un asunto de segundo grado político. Nuevos astros amanecen en el panorama judicial como promesas juveniles. Si el magistrado lograra atisbar si quiera que investigar al régimen anterior le llevaría irremisiblemente a inculpar penalmente a los máximos responsables del presente, protagonistas de la Santa Transición, e incluso al propio rey, de no haber protegido su responsabilidad penal por vía constitucional, quizá conseguiría tocar tierra su elevada persona. Todo se conjura contra el en un instante. El Tribunal Supremo (TS) acuerda, a la par de rechazar el recurso de Garzón contra su imputación por prevaricación al abrir causa general contra el franquismo, investigarle por el dinero que recibió del Banco de Santander durante su estancia en Nueva York entre 2.005 y 2.006. En el recurso contra su imputación en este último asunto por la querella presentada por prevaricación, cohecho y estafa, se defiende diciendo que le han tratado peor que a cualquier ciudadano por ser miembro del Poder Judicial. “Bien está que se pretenda que los jueces sean tratados igual que los demás ciudadanos, pero no que sean tratados peor que ellos (…) El TS haría un flaco favor al respeto debido al Poder Judicial si permitiera que la presión mediática y el uso abusivo y fraudulento de la acción popular consiguiese abrir una causa ya resuelta”, explica en su escrito. Abandonado a su suerte, hasta los abogados se meten con él. Le han perdido el respeto, o mejor dicho, el miedo. Cuando en este país te caes al suelo, los golpes no sabes ni de dónde te vienen. El Colegio de Abogados de Madrid, mantiene su intención de querellarse contra D. Baltasar por ordenar la intervención de las comunicaciones entre imputados del “caso Gürtel” en prisión y sus letrados según ha asegurado su Decano D. Antonio Hernández-Gil. Puede que el juego no haya acabado, pero la situación es delicada. Al mismo tiempo Dña. Gabriela Bravo y sus amigos del CGPJ se repartían en frente del Palacio de las Salesas los nombramientos de nuevos Presidentes de Sala de varios Tribunales Superiores de Justicia “concitando voluntades suficientes”. Sic transit gloria mundi.

