Noche en España desde el espacio Sobre usos y abusos del pasado El actualismo es una teoría geológica. Enunciada por J. Hutton en 1788 y desarrollada por Ch. Lyell en 1833, postula que las leyes físicas que controlan los procesos geológicos no han variado a lo largo de los tiempos. Esto implica que los sucesos que se observan en la actualidad son los mismos que hubieron de haber acontecido en el pasado. Este principio se ha extendido a otros campos de investigación, resultando los que estudian acontecimientos pretéritos los más proclives a recurrir a él. En la cosa humana, algo así no queda tan claro. Las derivaciones culturales y los cambios institucionales no responden a un proceso diacrónico lineal sobre el que básicamente siempre opera la misma vis. Y es la invariabilidad de las fuerzas tectónicas y de la erosión lo que permite comprender lo sucedido en las eras remotas observando los estratos del presente con su carga biológica fosilizada. Por el contrario, tal como se vive y se piensa hoy en día, hay que hacer un complejo esfuerzo intelectual para poder concebir los hechos pasados, generalmente mayor cuanto más lejanos sean éstos. El actualismo en la historia ha de trazarse con sumo cuidado porque puede conducir al anacronismo. En todo caso, solamente es pertinente para discernir los patrones generales que rigen el devenir de las sociedades humanas —pues deben asomar también ahora—, asumidos así como inmutables. Por lo demás, lo común es justamente lo contrario, llamémoslo —por utilizar un antónimo— “primitivismo”; esto es que algunos sucesos pretéritos tienden a volver a producirse aún en el momento actual de una forma equiparable a como antaño ocurrieron. El presente no sirve entonces para desenmarañar el pasado, con lo que la historía conserva su antiguo significado de “búsqueda y averiguación”. En España, la historia aparece despojada de un horizonte universal. No se trazan comparaciones pertinentes, solamente se mira al interior. En los últimos treinta y cinco años, la historiografía de gran difusión responde a una obsesión por la búsqueda ad hoc de los hechos y la exégesis de los textos que justifiquen la existencia, para un bando, o la inexistencia, para el otro, de la nación española. En esta batalla, es el presente de la in-constitución nacional lo que se proyecta anacrónicamente hacia un pasado, así irreal, en el que ésta se diera o contradijera. El vocablo “nación”, en el sentido que se usa hoy —como demos ideal o idealizado que puede, según su instrumentalización, oponerse al Estado o sintetizarse en él— es irremisiblemente político. Tal voz había significado un “mismo lugar de nacimiento”, para tomar posteriormente —cifrado en el Diccionario Etimológico Joan Coromines hacia continúa …
Sobre usos y abusos del pasado (completo)
Noche en España desde el espacio Sobre usos y abusos del pasado El actualismo es una teoría geológica. Enunciada por J. Hutton en 1788 y desarrollada por Ch. Lyell en 1833, postula que las leyes físicas que controlan los procesos geológicos no han variado a lo largo de los tiempos. Esto implica que los sucesos que se observan en la actualidad son los mismos que hubieron de haber acontecido en el pasado. Este principio se ha extendido a otros campos de investigación, resultando los que estudian acontecimientos pretéritos los más proclives a recurrir a él. En la cosa humana, algo así no queda tan claro. Las derivaciones culturales y los cambios institucionales no responden a un proceso diacrónico lineal sobre el que básicamente siempre opera la misma vis. Y es la invariabilidad de las fuerzas tectónicas y de la erosión lo que permite comprender lo sucedido en las eras remotas observando los estratos del presente con su carga biológica fosilizada. Por el contrario, tal como se vive y se piensa hoy en día, hay que hacer un complejo esfuerzo intelectual para poder concebir los hechos pasados, generalmente mayor cuanto más lejanos sean éstos. El actualismo en la historia ha de trazarse con sumo cuidado porque puede conducir al anacronismo. En todo caso, solamente es pertinente para discernir los patrones generales que rigen el devenir de las sociedades humanas —pues deben asomar también ahora—, asumidos así como inmutables. Por lo demás, lo común es justamente lo contrario, llamémoslo —por utilizar un antónimo— “primitivismo”; esto es que algunos sucesos pretéritos tienden a volver a producirse aún en el momento actual de una forma equiparable a como antaño ocurrieron. El presente no sirve entonces para desenmarañar el pasado, con lo que la historía conserva su antiguo significado de “búsqueda y averiguación”. En España, la historia aparece despojada de un horizonte universal. No se trazan comparaciones pertinentes, solamente se mira al interior. En los últimos treinta y cinco años, la historiografía de gran difusión responde a una obsesión por la búsqueda ad hoc de los hechos y la exégesis de los textos que justifiquen la existencia, para un bando, o la inexistencia, para el otro, de la nación española. En esta batalla, es el presente de la in-constitución nacional lo que se proyecta anacrónicamente hacia un pasado, así irreal, en el que ésta se diera o contradijera. El vocablo “nación”, en el sentido que se usa hoy —como demos ideal o idealizado que puede, según su instrumentalización, oponerse al Estado o sintetizarse en él— es irremisiblemente político. Tal voz había significado un “mismo lugar de nacimiento”, para tomar posteriormente —cifrado en el Diccionario Etimológico Joan Coromines hacia el año 1444— el sentido de “raza”. Su semántica actual se fragua durante el siglo XIX —el citado Diccionario la sitúa en el siglo XX, al menos en lo que respecta a sus derivados nacional, nacionalidad, nacionalismo y nacionalista—. Sirva de pista a propósito que el ahora Documento Nacional de Identidad, así denominado desde 1951 (antes Cédula Personal), en la década de los veinte del siglo XIX se refería como “Pasaporte para el Interior”. Todo ello, unido al tan largo como ignorado periplo andaluz de Riego en busca de apoyo popular para la Pepa, arroja una barrera a quienes postulan las Cortes de Cádiz como origen de “la idea nacional”, al menos por lo que respecta a su inmanente divulgación general para poder hablar de una conciencia colectiva de ello. Mucho más descabellado es el iluminado Pío Moa, que en su Nueva historia de España nos retrotrae el origen de la “nación política” española ¡nada menos que al reino visigodo de Toledo! Probablemente para esquivar a los “negacionistas” periféricos, que no se han quedado cortos al fundar la nacionalidad propia, naturalmente para oponerla a la uniformidad españolista, en el rancio abolengo medieval de sublimadas figuras como la del conde Borrell II de Barcelona o la del rey navarro Sancho III “el Mayor”, todo ello aderezado con un largo y continuo historial de resistencia, desde Arrigorriaga al carlismo pasando por la guerra de Sucesión. Si acudiéramos aquí al actualismo —justificado en su versión negativa, lo que podría formularse como: si cierta cosa, en circunstancias tan favorables como las actuales, se puede comprobar que no se da hoy en día, difícilmente pudo haber acontecido en algún momento anterior, donde está probado que las señaladas circunstancias no sucedieron—; es evidente que la “nación española” —ni que decir, a fortiori, de las pretendidas otras—, en el sentido del poder electivo y decisorio de la mayoría de los españoles, en el momento constituyente, o de sus representantes, tanto en aquel como en la posterior acción legislativa, es algo absolutamente inédito en la historia. El MCRC no pretende mayor cosa de que por fin deje de serlo de una manera democrática. {!jomcomment}
La cuestión polaca
La desconfianza entre Polonia y Rusia ha seguido marcando la división en bloques aun tras el fin de la guerra fría con la caída del muro de Berlín. Con la invasión rusa de Georgia tras la agresión de ésta a Osetia del Sur en Agosto de 2008, Condoleezza Rice y el ministro polaco de Asuntos Exteriores, Radoslaw Sikorski, firmaban apresuradamente el acuerdo para desplegar el escudo antimisiles en Polonia. La opinión pública polaca bajo la influencia de los medios Occidentales creyó ser la siguiente tras Georgia, creencia más producto de la historia que de la realidad. Durante la Segunda Guerra mundial, Polonia sufrió el exterminio de su élite militar por orden de Stalin, en la masacre de Katyn. Este incidente marcó toda la estrategia hasta el final de la guerra en campo polaco. La masacre de la armia krajowa (AK) durante el heroico pero fútil levantamiento de Varsovia, con las fuerzas soviéticas a las puertas de la capital contemplando el espectáculo, dejó el campo expedito para el control de Polonia por las unidades polacas formadas por Stalin (armia ludowa). El gobierno polaco en el exilio londinense ya había sido traicionado previamente por Churchill en la conferencia de Teherán, y el resto de los AK fueron deportados a los gulag soviéticos. Katyn Los pasados meses de 2010 vieron la proyección en territorio ruso de la película de Andrei Wajda sobre los acontecimientos de Katyn auspiciada por Moscú. La profunda herida entre Polonia y Rusia, que separa a esta última de Europa, estaba a punto de cerrarse formalmente con la visita de la delegación polaca al bosque de Katyn donde iba a ser recibida por sus homónimos rusos. El Estado Polaco vuelve a quedarse descabezado por un accidente aéreo en las inmediaciones del ya maldito Katyn, y Europa sigue esperando que la historia se decida a hacer las paces consigo misma y pueda alumbrar la esperada libertad política.
Justicia mediata
Juicio (foto: Frodriq) Justicia mediata La progresiva burocratización de la Justicia transformando a sus actores en simples funcionarios dependientes del poder político-administrativo único necesita del sacrificio de los tradicionales y más elementales principios del Derecho Jurisdiccional dirigidos a procurar su independencia y objetividad. A la quiebra del principio de unidad de jurisdicción y a la administrativización de la función instructora y decisoria fruto de las últimas reformas sustantivas y procesales, han de añadirse ahora la quiebra de los principios de inmediación y de atribución competencial al Juez ordinario predeterminado por la ley. La última “caamañada” es la propuesta elaborada por la “comisión de expertos” nombrada al efecto para acabar con el actual sistema de organización judicial en partidos judiciales de demarcación y planta, sustituyéndola por la creación de los denominados “tribunales de base o de primer grado” en que la figura del Juez natural determinado por atribución competencial objetiva, funcional y territorial será remedada por un órgano colegiado de jueces que se ocuparán de todos los asuntos correspondientes a un determinado grado de competencia preestablecido en el que se permita la sustitución entre ellos para resolver las distintas materias de su incumbencia. El objetivo, según el Ministerio de Justicia es la racionalización del trabajo y el establecimiento de la colegiación en la toma de decisiones como regla general de la actuación judicial. El proyecto, que según Caamaño “será un referente inexcusable” de inminentes reformas, se carga de un plumazo tanto la figura del juez natural, sustituyéndolo por la que resulte del consenso ideológico del futuro colegio judicial (que no Tribunal) a imagen y semejanza de la proporcionalidad política del Consejo General de Poder Judicial del momento, como la garantía jurisdiccional de la inmediación, consistente en que sea un mismo Juez el que conozca de un determinado proceso desde el inicio al final del asunto que le corresponda por reparto objetivo. La discrecionalidad administrativa se eleva a la sede judicial, arrasando con la inveterada organización por Demarcación y Planta, modificada a día de hoy en catorce ocasiones y que ha servido para crear 2.557 nuevas unidades judiciales en los últimos veinte años. Otro aspecto “técnico” que pasará sin pena ni gloria en las páginas de la prensa oficial y que añade un nuevo eslabón más a la cadena de inseparación en la centrípeta tendencia de concentración de poderes de esta monarquía de partidos.
Otra corrupción más
Estos días estamos asistiendo a varios espectáculos siniestros del comportamiento de buena parte de nuestra clase política. Son escenas de la tragicomedia a la que nos tienen acostumbrados. Pero las escenas de corrupción que protagonizan muchos municipios apenas salen a la luz, porque un tupido velo jurídico las cubre. De todos es conocido que las empresas, los profesionales y las administraciones públicas están obligados a retener algunos tributos estatales o cuotas sociales en el momento de realizar un pago sujeto a dichos tributos o cuotas. A la hora de pagar los sueldos de sus empleados están obligados a retenerles la parte correspondiente del Impuesto sobre la Renta y de las cotizaciones pertinentes de la Seguridad Social e ingresar esas retenciones en la Agencia Estatal de Administración Tributaria y en la Tesorería de la Seguridad Social competente. Lo mismo ocurre con el Impuesto sobre el Valor Añadido que se incluye en las facturas que pagan a los contratistas de obras y servicios. Si las empresas no ingresan esas retenciones en las instituciones mencionadas los gestores y directores pueden ser acusados de apropiación indebida y acabar con sus huesos en la cárcel. Pero si la omisión de esa obligación la realiza un municipio, al gestor y al responsable último del Ayuntamiento (el concejal competente o el alcalde) no se les suele acusar de mala utilización de unos recursos públicos que no son suyos. Aquellos organismos se limitan a enviar una relación de acreedores al órgano encargado de repartir la participación de los municipios en los ingresos del Estado para que éste les retenga una cantidad módica de la cuantía mensual de esa participación. Lo mismo ocurre y el mismo procedimiento se utiliza con los adelantos del pago que ha proporcionado el Instituto de Crédito Oficial de muchas facturas atrasadas. Algunos gestores municipales, sabedores de este “chollo financiero”, utilizan estos procedimientos para obtener financiación gratuita a costa de los contribuyentes. Corrupción política amparada por las leyes actuales. Pero este tipo de comportamiento ha generado una bola de nieve tan grande que en algunos casos dichas retenciones los están ahogando financieramente. Entonces lloran desconsolados a “papá Estado” directamente o influyendo a través de sus grupos de presión para que elabore una norma de saneamiento de las haciendas locales. ¿Y si eso ocurriese? Pues como muchas veces sucede en este país: se premia a los gestores ineptos y “corruptos” y se castiga a los gestores públicos eficientes y honrados.
España no es cristiana
Sin prójimos (foto: aj1328) España no es cristiana Partiendo del siguiente texto extraído de Works of Love de Kierkegaard: "El objeto tanto del amor erótico como de la amistad posee un sustantivo preferido, 'el amado', 'el amigo' quien es amado en contraposición al resto del mundo. La doctrina Cristiana, por contra, consiste en amar al vecino, amar a toda la raza humana, a todas las personas, incluso al enemigo, y no hacer excepciones, ni de preferencia ni de aversión." Y extrayendo de las sagradas escrituras el mandato divino de amar al vecino, podemos concluir que la cristiandad en España está en serio retroceso, no por los inmigrantes islámicos, sino por la proliferación de nacionalismos que buscan la diferenciación para obtener réditos merecidos por la naturaleza de su origen particular, y no por el mérito de su esfuerzo, llegando a degradar al vecino, por usurpador, charnego, polaco, maketo y demás. Este leimotiv político es puramente español y define la historia del pasado siglo. En Italia se concreta todavía de forma más local en el llamado campanelismo, donde cada campanario hace repicar sus campanas con afinación distinta de acuerdo con la población a la que pertenezcan- compitiendo así por llegar al cielo de forma distinta y a la tierra política de forma preferencial. Tampoco puede definirse Europa como cristiana, pues su origen y su dinámica es la del nacionalismo más atroz y más religioso a su vez, sin haber encontrado todavía la fraternidad en la libertad política de los pueblos que se unen voluntariamente bajo una Constitución que constituya el nuevo poder con forma democrática. La dinámica de la acción-reacción entre nacionalismos, o la expansión, extensión y uniformidad contrarias, y la envidia de Estado, no han sido superadas por el amor a las pequeñas particularidades del otro haciéndolas formar parte natural de todos. En la monarquía de partidos salida de la transición, la dinámica interna del partido, en el que la disputa por el poder no es dirimida de forma democrática por el cuerpo electoral, cada gallo busca su gallinero, incluso aprendiendo a cacarear en lengua extraña, para poder seguir medrando y enfrentando a los españoles entre sí y otorgándose mini Estados ineficientes y corruptos que expoliar.
En la cumbre de la montaña mágica
Thomas Mann no fue inmune al impacto de los soviets y el aura de justicia universal que los envolvía. Arraigado en una cultura de la que se enorgullecía, y en la que el romanticismo estetecista ejercía un influjo esencial, Mann fantaseó con una “revolución conservadora” que aunase a “Hölderlin y Marx”. Desencantado con el comunismo también confiesa en su diario que “el parlamentarismo a secas” es algo que no puede aprobar: se trata, concluye, de “inventar algo nuevo en política” y “tiene que ser alemán”. Por supuesto, Mann, no aludía a la incipiente monstruosidad del nazismo, al que combatió públicamente desde horas muy tempranas, aquellas en las que la vacilación, la tibieza y la inercia dominaban la escena europea. El autor de Doktor Faustus no tuvo que pactar con los nazis para alcanzar la gloria literaria. Sobre los escombros humeantes del Tercer Reich la potencia vencedora planeó la edificación del Estado de Partidos, o la integración de las masas en el Estado a través de los Partidos, como se encargarán de dictaminar o “inventar” los juristas autóctonos, en un prodigio de sofistería alemana. No podemos dejar de relacionar la prudencia intelectual y la sensatez moral de Thomas Mann con la creación de Settembrini, cuyo oponente en “La montaña mágica”, Leo Nafta, remeda al crítico húngaro Lukács, que en su encorsetamiento ideológico, definía a Mann como progresista por su “realismo”, es decir, su sentido de la historia, etiquetando a Kafka de reaccionario por la trama alegórica (deshistorizada) de sus escritos. Pero aunque tenga la tentación de ello, el arte nunca puede ser completamente realista, salvo que se condene a una descripción indefinida: ¡cómo no va a ser ésta la estética oficial del totalitarismo! Jaspers subrayaba la imposibilidad humana de abarcar la totalidad, puesto que el mismo hombre se halla inmerso en ella. La historia como un todo sólo puede concebirse a través de los ojos de un observador divino exterior a ella misma y al mundo. En definitiva, resulta imposible obrar siguiendo los planes que comprenden la totalidad de la historia universal. El filisteísmo de la novelería actual, que perpetúa una estética anticuada, no anuncia ningún apocalipsis cultural. Las sequías creadoras, que a veces duran siglos, son realidades históricas intermitentes. Si nos remontamos a Horacio, comprobaremos cómo éste ya pensaba en su “Arte poética” que los romanos no eran capaces de escribir como los griegos porque desde niños eran adiestrados en la consecución de riquezas en lugar de la obtención de gloria literaria.
Principio de autoridad
Intimidación (foto: TW Collins) Principio de autoridad El policía me para porque estoy haciendo un giro a la izquierda por encima de una línea continua. Pero, al detenerme, me obliga a cruzar tres carriles en circulación y me hace aparcar en una esquina que interrumpe tanto el paso de los peatones como el de los autobuses, que no pueden tomar la curva. Y, tras despedirse con una multa “leve” –que podía haber sido “grave”, agregó– detiene el tráfico entero del cruce, en pleno centro de la ciudad, para, en un arrebato de compasión y para demostrar su buen ánimo, dejarme dar una vuelta de doscientos setenta grados, violando todas las normas del tráfico, ¡y así entrar en la calle que deseaba! El episodio nos deja atónitos. La lógica es apabullante: para hacer cumplir una ley, se infringen otras quince. Me pregunto: ¿cuál es el motor de un mecanismo tan irracional como inefectivo? No hay duda: el principio de autoridad. Un principio que se palpa no ya sólo donde es hasta cierto punto esperable (el cuerpo de policía), sino en ámbitos que deberían ser tan ajenos a él como la universidad o el comercio. Se diría que lo que más interesa es demostrar que aún, a pesar de todo, se tiene poder, sin importar cómo se despliegue y qué consecuencias tenga. El dueño de un establecimiento, dominado por este principio, opta por perder a un cliente antes que demorarse a escuchar, o sin mostrar disposición alguna a adaptarse a una situación novedosa. Y el profesor paraliza la iniciativa de un estudiante porque su libertad hace temblar su posición de autoridad. Estas demostraciones de poder vacías, pero tan dañinas, señalan una evidente frustración: la del ciudadano sin más salidas que amargar la vida del vecino como único posible golpe visible de efecto. Teniendo presente nuestra larga historia de convivencia basada en este principio de autoridad, es cuando menos irónico que hayamos sido condenados por la UE a servir a los más poderosos. La relación sadomasoquista perfecta. Y, perpetuando el mundo de lo meramente aparente, oculta lo esencial: la posibilidad de la libertad, el dominio del poder. Poder, pues, no para atizar a diestro y siniestro de acuerdo con nuestros peculiares antojos o gracias a la posibilidad que ofrece el azar de una posición social, sino poder para construir.
Legalizar la corrupción
Además de ciertas retribuciones en dinero, perfectamente lícitas, el vocablo latino “merces” (merced) designaba la de recompensar la “providencial” intervención de un político para desatascar o hacer fluir algún negocio. De esta raíz derivan “mercenario” y nuestro proverbial “entre merced y señoría” referido a los hombres públicos que realizaban, ocasionalmente, tráfico de influencias. Hasta que el ennoblecimiento tardío de la actividad comercial rebajó a innoble bastardía el comercio de favores. Así, una nueva voz, designó al nuevo concepto, socialmente ilícito. El traficante de influencias pasa a ser un vendehúmos (“persona que ostenta o simula valimiento o privanza con un poderoso, para vender su favor a los pretendientes”). Antes de proceder a la tipificación legal de algo con fronteras tan extensas y borrosas, semejante tráfago ya está tipificado en la conciencia social. El legislador sólo tiene que reconocer, en términos jurídicos sancionadores, la ilicitud social definida como tráfico de influencias, facilitando la identificación de la “especie” que la sociedad demanda reprimir penalmente. Sin embargo, la sociedad civil está indefensa cuando no tiene la posibilidad de elegir representantes que tengan verdaderas facultades legislativas, aparte de la función de controlar al poder ejecutivo. La transición no ha conducido a una Monarquía basada en el honor ni a una democracia que garantice la libertad política, sino a una oligocracia de partidos juancarlistas. Y que no se diga que el pueblo es siempre responsable del tipo y de la calidad de su gobierno, porque el valor de este juicio depende de que aquél haya tenido la oportunidad de elegir, sin temor y con información, otra forma de gobierno. Y es bien sabido que la Constitución española fue impuesta, desde arriba, por una oligarquía que usurpó el poder constituyente de la sociedad civil para autoperpetuarse, como clase cerrada, con un plebiscito de ilusiones. Estamos, pues, a merced de la corrupción económica de un poder político que se ampara en la corrupción intelectual de los grandes medios de comunicación. Las ilusiones reformistas o los hipócritas anhelos regeneradores (El Mundo y compañía) deberían acoplarse con la degeneración cínica representada por El País, para reclamar la legalización de la corrupción en la que se fundamenta El Estado de Partidos. Luis Bárcenas, ese “ejemplar” tesorero, y toda la galería de personajes “gürtelianos”, como antes los de Filesa, sostienen el tinglado de la farsa partidocrática.
La búsqueda
Solo pero no aislado (foto: wanderinghome) La búsqueda Fabián quería dejar de cometer el pecado de soñar en lugar de ser, de relacionarse con el bien y la verdad a través de la fantasía en vez de ser -o al menos, esforzarse en ello- personalmente bueno y auténtico. No siendo un escéptico, estaba a merced de sus justas pasiones, y aunque prevalecía en su naturaleza la perplejidad ante el misterio del universo, experimentaba el consuelo de albergar en un espíritu que se iba desangrando momentos de confianza en los poderes organizados de la tierra. Observó que en eso que llamaban, con suma impropiedad, política, reinaba un afán extraordinario de simplificación intelectual en una atmósfera de mendacidad. Toda idea era triturada y reducida a puro cliché. Eso sí, reconocía en los penosos actores que interpretaban la farsa pública, una gentil intención de enterrar la torpeza de sus fracasos bajo un montón de palabras. La gaviota y el cuervo vuelan sobre la carroña y se juntan igual que los hombres, mientras que un rebelde pasa por la vida, hendiéndola como un águila, le decía un amigo poseído por la fiebre de la insurrección individualista, el cual creía que someterse a la humanidad no era mejor que reclinarse ante Dios: “la fraternidad es la manera de ver el domingo de los comunistas; los días laborables los hermanos se vuelven esclavos”. Pero al sostener que estaba legítimamente autorizado a todo aquello de lo que fuese capaz, desembocaba en la justificación del crimen, cuando la rebeldía más elemental expresa cierta aspiración a un orden común justo ante el desorden criminal que impera en el mundo. Recordaba que ante la afirmación de Séneca: “cosa vil y abyecta es el hombre si no se eleva por encima de la humanidad” Montaigne contestaba “he aquí una frase aguda y un deseo tan inútil como absurdo; hacer el puño más grande que la mano, el paso más largo que la pierna, es imposible y monstruoso. El hombre no puede elevarse por encima de sí mismo y de la humanidad, ya que no puede ver más que con sus ojos ni sujetar nada que huya de ser su presa”. Reconfortado con esta aceptación serena de la condición humana, tan alejada de la exaltación como del desaliento, Fabián intuía que los “locos normales” no pueden concebir que un hombre se mueva por motivos más elevados que los suyos, declarándolo demente porque saben que en toda su vida ellos mismos no podrían nunca comportarse como él. Si su alma pudiese tomar pie, ya no se experimentaría sino que se resolvería; aquélla permanecería siempre a prueba y en período de aprendizaje.

