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miércoles 14 enero 2026
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Ausencia de serotonina

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(Foto: partido socialista)   Ausencia de serotonina   En un mundo que avanza tecnológicamente mientras, en relación inversa, retrocede en los aspectos esenciales para nuestro desarrollo como seres humanos, la investigación sobre el funcionamiento de esas 'máquinas' que somos ha experimentado en estos últimos años un muy significativo avance. Y si hemos advertido que nuestro genoma es muy similar al de la mosca del vinagre, también hemos logrado establecer que la producción de serotonina está ligada de manera directa a la violencia de nuestro comportamiento.   Las mentes mas simples y primitivas, educadas por la Televisión 'de los sucesos', creen que la violencia está limitada al campo de lo físico y el derramamiento de sangre. Obviamente, no es así. La violencia abarca numerosos aspectos de nuestra vida en común que van desde la agresión, al sometimiento o a la polución acústica, por ejemplo. Y qué tiene esto que ver con la política, la oligarquía, la partitocracia, la República y todo aquello que trae ahora mi palabra a este diario. A ello voy.   Está absolutamente demostrado que una clase política inoperante y corrupta, la falseada labor de las instituciones, un sistema injusto, el sibilino yugo y la manipulación del lenguaje encaminado al sometimiento de las conciencias, ejerce una fuerte presión psicológica sobre la ciudadanía que, en función de su formación y capacidad de análisis, la siente claramente o la asume de manera inconsciente. El tono vital resulta gravemente agredido en sus cimientos.   La división, la separación, el cortocircuito, el río revuelto, han sido siempre armas del poder para mantener en calma los escenarios donde vierte anzuelos y carnada y obtiene abundantes     beneficios     económicos.     No obstante, aún a pesar de la crisis, que sentimos en nuestras necesidades más básicas como una vuelta a las cavernas, el sistema oligárquico, la partitocracia y las mentiras repartidas por doquier, no se detienen en nuestros bolsillos. Van mucho más allá. Penetran hasta el alma colocando minas y alambradas en el camino hacia la felicidad. Camino utópico, si quieren, pero la utopía no es un destino sino un sendero y un motor.   La necesidad de acabar con nuestro cada vez más demenciado y esperpéntico sistema político no se circunscribe, a mi juicio, y tampoco incidirá solamente en la consecución de una real democracia con verdadera capacidad del ciudadano, que hoy no lo es, para decidir su destino a través de una representatividad efectiva. La ya obligada implantación en España de una República Constitucional va a llevarnos también hacia una convivencia enriquecedora. Va a procurarnos una sonrisa que sustituya en nuestro rostro el siniestro rictus que provoca el yugo que soportamos.   La lamentable ausencia de serotonina o/y la falta de ética, honestidad y vergüenza de partidos y sindicatos es una violencia que nos atraviesa de manera subliminal y convierte nuestro vivir en un gratuito sufrimiento. Más aún para los débiles y para los que practicamos la reflexión y el pensamiento. No es casualidad que se denomine 'liberación' a sacudirse de encima la dictadura, que la hay, no militar pero sí oligárquica. A veces los seres humanos tienen que dar un paso adelante, desterrando acogotadores miedos tendenciosamente alimentados. Creo que ahora estamos ante uno de esos históricos momentos. La cobardía ante la injusticia es la anulación de la dignidad y de la insondable esencia que nos hace personas.

Carta a Pablo Sebastián

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Estimado Sr. Sebastián:   Quedé muy ilusionado cuando le vi reaparecer bajo el estandarte de La República, tras el abandono de La Estrella Digital. Pensé entonces que usted sería amigo por fin de los postulados de la República Constitucional y que habría tomado buena nota de la esencia partidocrática tras las jugarretas y enredos acaecidos en los bastidores digitales de su querida Estrella. Sin embargo, mi ilusión quedó pronto extinguida tras leer el manifiesto fundacional de su nuevo diario digital. A pesar de que en él apuesta por una República Presidencialista como nosotros, la principal virtud de esta forma institucional de Estado queda subvertida, ya que no se ve acompañada de la abolición del sistema proporcional de listas de partido. Pues piénselo por un momento y acuérdese del principio de la separación de poderes y de la advertencia de Max Weber sobre el caudillismo. Qué sería de un Presidente electo que no puede ser controlado por el parlamento debido a su potestad partidista para elegir en una lista a los candidatos futuros integrantes del mismo. Pues la dinámica actual en la conformación de candidaturas no se vería alterada y el jefe de partido sería el candidato a presidente y el último hacedor de listas. Si se diese el caso, hartamente probable, de que el partido del Presidente saliera elegido como la fuerza mayoritaria en el parlamento, a la actual incapacidad de control por el mismo, se le sumaría la potencia de la figura presidencial que además abusaría de la iniciativa legislativa.   Nosotros, los repúblicos, sabemos que sin separación real de poderes no existe democracia y que el sistema proporcional desplaza la polaridad de la lealtad electoral hacia la obediencia perruna al jefe de partido en perjuicio de la lealtad debida al ciudadano elector. Así pues, se hace necesario que el Presidente de la República esté controlado por un parlamento conformado por el sistema mayoritario unipersonal en distritos pequeños para que el elector a través del mandato imperativo pueda controlar la potencia estatal encarnada en los designios del Presidente de la República. Lo que es todavía más llamativo, es que, con el sistema proporcional, la presión nacionalista a través del partido bisagra quedaría intacta, mermando la cualidad unificadora de la figura presidencial.   Desearía por último, que estos pensamientos pudieran ser de su interés ya que la República española no puede permitirse cometer ningún error más, ni repetir el pasado, ni ser una componenda de ambiciones, ni la salida en falso a una situación insostenible.   Atentamente,

Señor y perro

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Un hombre y su perro (foto: Cheng I) Señor y perro Después de todo, tal vez acabe por hacerme con un perro. Nunca he sentido atracción por estas criaturas, que de niño me aburrían y de adolescente se me antojaban demasiado sumisas. Como en el chiste atribuido a Baudelaire (yo no se lo he leído): ¿alguien conoce a un gato policía? Además, la idea de perros educados para vivir en la urbe siempre me pareció algo demencial, sin que ello obste para que determinadas personas deban buena parte de su salud mental a sus amores y coloquios perrunos. Mi relativa animadversión por los perros encuentra una excepción en Zisco, el venerable can de mi abuela, en cuyo gran jardín le cabalgábamos a cambio de parte de nuestra merienda. A Zisco le encantaba el pan. Por cierto que Zisco fue inmortalizado por Víctor Erice en El Sol del Membrillo. Sus ladridos repican aquí allí a lo largo de la cinta, siendo, como era mi abuela, vecina de Antonio López.   Creo que mi percepción de los perros cambió algo tras la lectura de esa pequeña joya literaria que es Señor y Perro, de Thomas Mann. Con estilo ameno y sencillo, Mann cuenta la historia ordinaria de un hombre que saca una tarde su perro a pasear. Es cosa de maestros llenar de emoción y esplendor una experiencia tan aparentemente trivial. Todos los dueños de perros deberían leerla. Recuerdo que poco tiempo después de haberla leído fui con unos amigos de la escuela a la casa de uno de ellos para deglutir los callos madrileños de su madre, su especialidad. El día en la sierra era espectacular. Y por algún resorte insólito en mi interior me vi abocado a darme un paseo de varias horas con un can husmeador de todo tipo de pistas, al que de cuando en cuando tiraba   un   palo   y  todas  esas  cosas.   Una experiencia muy modesta, pero para un urbanita empedernido como yo, excepcional.   Hoy vivo en una pequeña población en las montañas. Mi casa está a pocos cientos de metros del bosque puro, y confieso que no acabo de disfrutarlo porque tengo miedo. En estos bosques los osos son los amos, y habitan entre otras criaturas que sólo ocasionalmente atacan a las personas, como los pumas, y otras que, que yo sepa, no lo hacen nunca pero con las que en todo caso no me gustaría toparme, como los coyotes. También hay lobos, los únicos posibles depredadores de osos; aparte, claro, de los seres humanos. Tengo entendido que en esta región se matan unos sesenta osos al año. Plantígrados atraídos por el olor de la basura urbana, y que tienen que ser eliminados en las inmediaciones de la ciudad.   Existe literatura técnica muy abundante acerca de los ataques de osos a humanos, que todavía no conozco bien. Sí sé que si te encuentras con un grizzly (Ursus arctos horribilis) una de las mejores cosas que puedes hacer es encomendarte al Altísimo. El aquí conocido como ‘oso negro’ suele pintarse de un modo más encantador, pero tampoco hay que confiarse, y mucho menos si se trata de una madre deambulando con sus crías. En todo caso, he descubierto que existe una opción más inteligente que confiar en que no te toque la china: pasear con un perro bien adiestrado. Los perros y los osos son enemigos naturales, y, si el perro no llega a detectar la presencia del oso, en caso de encuentro fortuito éste siempre perseguirá primero al can. ¿Se trata de una especie de astucia de la contrabalanza de poderes en el mundo natural? Sí, tal vez acabe adquiriendo un perro.

Pero si es por vuestro bien

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Mientras los españoles estaban dispuestos a extasiarse ante un nuevo despliegue de belleza futbolística sin imaginar siquiera que los suizos pudieran derribar a la “Roja” del pedestal donde la han situado, el Gobierno ponía en marcha la tramitación de la reforma laboral reclamada por las fuerzas vivas de la corrección económica internacional.   No hace mucho, Zapatero seguía entonando la oración socialdemócrata de la protección de los más vulnerables en época de crisis, ya que cuando hay disputa de intereses entre débiles y poderosos, la libertad económica oprime y la ley libera, sobre todo la que en épocas de desempleo protege a los asalariados de los dictados de los empleadores. Sin embargo ahora, el presidente, capaz de empaparse de los fundamentos de la economía en un par de tardes, recibe una clase de asesoramiento que le induce a abaratar y facilitar el despido (33 días de indemnización por año trabajado en lugar de 45 y despido procedente en las empresas que atraviesen dificultades) con el fin de fomentar el empleo. Otro de los objetivos de esta reforma, según la señora vicepresidenta Fernández de la Vega, es reducir la excesiva temporalidad de la que adolece el mercado laboral español, fomentando los contratos indefinidos. Además, el Gobierno pretende hacer compatible semejante intención con el salvoconducto que se le proporciona a las Empresas de Trabajo Temporal (ETT) para que puedan maniobrar también en el sector público. Esta última medida ha acabado por soliviantar a los sindicatos estatales, que anuncian la convocatoria de una huelga general después de las vacaciones veraniegas.   Así pues, la cultura financiera de un endeudamiento disimulado a conciencia por medio de un sistema fraudulento basado en malversaciones contables, beneficios ficticios y pirámides complejas de sociedades offshore ensambladas unas con otras de modo tal que el rastreo de dinero y el análisis de las cuentas sea imposible, desemboca en la necesidad, perentoria en el caso español, de una nueva cultura laboral en la que el Gobierno cumple su deber “progresista” de favorecer la productividad (o trabajar más cobrando lo mismo o menos, como indicaba hace unos días el gatazo de González: “gato negro o gato blanco, lo importante es que cace ratones”) y donde los sindicatos, en lugar de anacrónicas movilizaciones reivindicativas, deberían sacrificar el egoísmo de los trabajadores en el altar de los lucros empresariales. Como se echa en falta alguna medida para combatir la precariedad laboral de los jóvenes, el Gobierno podría incentivar su contratación de esta manera: en vez de pagar a sus becarios, deje que ellos le paguen a usted ¡Organice un Máster subvencionado!

Paraciencia política

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Metralla estelar tras la explosión de una supernova (foto: nasa1fanMSFC) Paraciencia política Con los “Principios matemáticos de filosofía natural” Isaac Newton asentó los fundamentos de la ciencia moderna introduciendo la noción de gravedad como fuerza universal imprescindible para calcular el movimiento de los planetas, satélites y cometas. Pero Newton se hizo famoso cuando ejerció el cargo de Maestro de la Moneda, supervisando la producción monetaria de Gran Bretaña y diseñando sistemas de seguridad contra el fraude. En ese momento, el gigantesco proyecto de los Principia que había concluido en 18 meses (tres libros y cientos de pruebas y teoremas basados en complejos cálculos) empezó a concitar la atención pública.   Aunque en la teoría general de la relatividad Einstein señalaría que la gravedad es una consecuencia de la curvatura que experimenta el espacio alrededor de un objeto masivo y que por tanto, el análisis newtoniano sólo era una aproximación, el autor de los Principia dejó claras sus intenciones: calcular el resultado de la gravedad, no explicar la naturaleza de ésta, lo que, por cierto, sigue siendo un gran misterio. A estas alturas, sólo se ha observado un diez por ciento de la masa de un universo invadido de materia oscura o de algo, hasta ahora invisible, que pudiera explicar las fuerzas gravitacionales que conforman las galaxias y sus agrupaciones.   En el campo de los asuntos políticos no es que la ignorancia sea sideral, es que simplemente no se admite que la ciencia los ilumine. Así, nadie, en el planeta oligárquico y en sus satélites mediáticos (la universidad ya no cuenta: es un paisaje lunar), sostiene que decir la verdad sea un imperativo político. Esta falta de refinamiento intelectual deriva de la situación en que se encuentra la “ciencia política” desde que Maquiavelo tuvo el acierto de separarla de la moral y de la religión, y desde que Vico cometió el error de concentrar en el Estado el momento de la ética política. Tan arraigada está la opinión de que es esencial el arte de mentir que si un político se atreviera a decir la verdad no sería creído.   El relativismo moral de decir la verdad en política según criterios de utilidad no fue resuelto por los dos pensadores que trataron de superarlo a través de la estadolatría. El deber de veracidad fue limitado por Croce a los momentos de necesidad histórica, y por Gramsci, a los de necesidad política para las masas. La subordinación de la verdad a la razón de Estado implica la suplantación de la libertad por la necesidad de engañar, precisamente en las situaciones de crisis donde más útil sería afrontar las cosas tal como son.   Para fundar el deber político de decir la verdad podemos atender a la correlación que guarda con la estructura íntima del poder político. La ciencia política cometió el mismo error que la física cuando creyó haber encontrado en el átomo el cuerpo irreductible que le permitió independizarse como ciencia. La estructura del poder político es divisible en un elemento de fuerza (Estado) donde radica el monopolio legal de la violencia, y un elemento de razón (Gobierno) en el que reside la hegemonía de la sociedad civil. La estructura del deber político reproduce esta dualidad. A la fuerza del Estado corresponde la responsabilidad objetiva. A la razón del Gobierno, el débito de la veracidad.   La separación de poderes, es decir la responsabilidad política (con la consiguiente defenestración del que ha hecho mal uso del poder conferido), es la materia de la democracia. Sin embargo, soportamos la carga de la antimateria oligárquica (la antimateria no puede existir en presencia de materia, puesto que se aniquilarían entre sí) que consagra la irresponsabilidad e impunidad del gobernante mendaz: “el Estado se defiende también en las cloacas, y en todo caso, no hay pruebas ni las habrá”; “las armas de destrucción masiva que posee Irak nos obligan a participar en la guerra”; “no habrá crisis económica, y si la hay, no será para tanto porque tenemos el mejor sistema financiero del mundo”.   La era de la exploración del espacio, de los microprocesadores y de la biotecnología, sigue siendo también la de la astrología y los curanderos. Así, los medios informativos ponen su potencia difusora al servicio del ocultismo político: el espiritismo de la soberanía popular, los jefes/hechiceros de los partidos estatales, la cartomancia ideológica y la superchería financiera.   No obstante, el Régimen comienza a emitir esa clase de rayos, los gamma, que son el producto de las colisiones y colapsos masivos que se dan en el universo. Y es que empiezan a surgir grietas en la partidocracia que amenazan con convertirla en una densa estrella de neutrones o en un agujero negro con trampas gravitacionales tales (dispendio y corrupción) que la luz no puede escapar de ella.

Locura nacional

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Estos últimos días nuestros dirigentes políticos se han precipitado a dar soluciones a todos los problemas económicos que ellos mismos han ido generando por obligarnos a vivir por encima de nuestras posibilidades y han querido plantear de forma atropellada la actualización de las normas laborales que provienen de otras épocas (hecho que conocían).   Las exigencias de nuestros acreedores internacionales y el miedo a que se desate el pánico financiero alteran su comportamiento y de forma histérica crean grupos de trabajo paralelos al margen de la estructura ministerial (un Gobierno dentro del Gobierno), piden informes a gabinetes privados de juristas, consejos a grupos de influencia (“los cien economistas”) y a viejas glorias del Partido; y envían informes puntuales a los “dueños de los euros”.   La situación se hace cada vez más tensa, la prensa internacional, sobre todo la alemana, pone en entredicho la solvencia, el desgobierno y la inseguridad financiera de España; y airea la posible intervención de la Comisión Europea y del Fondo Monetario Internacional. Para que esto no suceda, piden ayuda a la Banca privada para salvar a las Cajas de Ahorros y comprar la deuda que están emitiendo constantemente, porque la “Caja Estatal” esta vacía. No les importa dejar sin crédito a los demás agentes económicos (efecto crowding out), incluso invierten una buena parte del Fondo de Reserva de la Seguridad Social en Deuda del Estado (se conceden préstamos a si mismos).   Para enredar aun más la madeja institucional convocan a la carrera sendas reuniones del Consejo de Política Fiscal y Financiera (Estado y Comunidades Autónomas) y de la Subcomisión de Régimen Económico, Financiero y Fiscal, de la Comisión Nacional de Administración Local (Estado y Entidades Locales) para transmitirles los recortes presupuestarios que van a realizar. Todo para presumir ante los dirigentes europeos en la próxima reunión que tienen la situación bajo control.   Y los ciudadanos que integran la sociedad civil, asfixiados por tantos mandarines (europeos, estatales, regionales, provinciales, comarcales, municipales) que los tratan como a un conjunto de inválidos morales o siervos de la gleba, observan con indiferencia el miedo escénico de estos títeres del Estado de Partidos, que nos pueden llevar a la ruina económica y social.

Las máscaras del poder

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Máscaras en Nueva Orleans (foto: exfordy) Las máscaras del poder Desde que los griegos comenzaron a separar la opinión de la ciencia, la civilización no ha cesado de identificarse con el esfuerzo de convertir las ideas ordinariamente confusas en ideas distinguidas. Para Descartes, las ideas podían ser, como las personas, vulgares o distintas. La alta distinción puede llegar a ser criterio de veracidad. Entre dos hipótesis científicas plausibles, suele elegirse, por su sencillez y armonía, la más elegante.   Sin embargo, existen individuos e ideas que llegan a destacarse por un desmedido afán de distinción o por una obsesión de artificial originalidad. Cuando el esnobismo intelectual y la indocta pretensión se unen, surge una locuela que no se ajusta a las reglas generalmente aceptadas de los significados. Este modo de hablar, propio del lenguaje político de una transición basada en la confusión popular de la democracia con una oligarquía de partidos, ha alcanzado con la carismática figura de Felipe González la cumbre de la estolidez.   Pues bien, el atribulado Jefe del Ejecutivo se ha sentido reconfortado con el apoyo y los consejos del “sabio” González, que anuncia una “economía social de mercado y sostenible” donde “a lo mejor, es progresista decirle a la gente que hay que trabajar más”. De Zapatero no emana una caudalosa elocuencia para convencer a sus seguidores de que hay que torcer el rumbo, pero sí está henchido   de   la   palabrería   necesaria   para sustituir su anterior discurso demagógico -del que se ha quedado huérfano con la crisis y los mandatos externos- por el que le exige la nueva situación: los ajustes son necesarios para “perfeccionar el Estado del Bienestar”.   El juicio es preeminentemente una forma teatral: la primera documentación acerca de un juicio procede de la última obra de “La Orestíada”, de Esquilo: Las Euménides. La demagogia política nace de la retórica forense en los dramas judiciales donde se utilizaban distintas tretas (presentación de niños llorosos, túnicas ensangrentadas y rasgadas, desnudamientos, etc.) para conmover a los jurados populares. Viviendo en un mundo de representación separado de la realidad civil, los políticos actuales, como los magistrados y los actores mediocres, siempre están actuando en la escena mediática. La conciencia le viene al político desde el exterior. Es la persona-imagen que la opinión ajena le permite ser. Necesita el reconocimiento de los medios y de su audiencia, para sentir su personalidad pública.   Zapatero ha de cambiar de máscara saturnal: de la paz social a los sacrificios de los trabajadores, de la orgía del gasto a la mesura de los recortes. Si a González, en este reino del oportunismo y de la ficción política, le resultó fácil mudar de piel poco después de llegar al poder, a Zapatero no le será difícil cambiar el blando y sonriente rostro que exhibía por la dura faz del pragmatismo.

Escarnio judicial

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“La portavoz del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) Dña. Gabriela Bravo, criticó a los medios de comunicación por someter en ocasiones a “escarnio público” a los jueces cuando éstos no cumplen sus expectativas, lamentando que sean señalados con el dedo por supuestas filias políticas o de “amistad”. El principio constitucional de la publicidad de actuaciones y el derecho a la información, según Bravo, “no pueden llevar nunca a que la justicia emane de los medios de comunicación”. Según expuso en un curso celebrado en Valencia sobre la relación entre la prensa y la Justicia, Dña. Gabriela refirió que cuando la información judicial afecta a cargos públicos despierta “mucho interés” y la justicia debe responder a esa demanda social, si bien los medios de comunicación deben informar “con veracidad, responsabilidad y reglas de autocontrol”.   “A Dña. Gabriela le gustaría que esta columna no se escribiera, sino que tan sólo se conociera la mentira e impostura de los partidos que la elevaron a ella al comisariado de control político que públicamente representa. So capa de la presión de corrientes de opinión sobre los jueces, parece postular el monopolio del control de la crítica judicial limitado a quienes los eligen, promocionan y retribuyen en función de su docilidad y adscripción ideológica. Y es que, según la vocal del CGPJ el ejercicio “indebido” del derecho a la información “quiebra el principio de imparcialidad” con “críticas desmedidas determinadas por la necesidad de influir en los jueces. Incluso se les advierte de lo que deben hacer” con lo que, asevera, “su trabajo se ahoga en la crítica pública y el prestigio de la justicia española queda en compromiso”.   “Hay que tener mucha cara dura para dar lecciones de independencia desde el órgano supremo de dominio de la Justicia, elegido por la clase política entre los adeptos de una y otra facción por los solos méritos de afinidad a la bandería de turno. Pero aún es más grave el reconocimiento tácito que las declaraciones de la Sra. Bravo traslucen sobre las frágiles bases en que descansa la independencia de la función jurisdiccional en España, encomendándola a la virtud personal del juez y su capacidad para resistirse a esas “presiones” en lugar de fundamentarse firmemente en un sistema institucional que garantice la independencia de la autoridad judicial respecto del Parlamento y el Gobierno con su separación en origen tanto funcional como organizativa y económica.

La muerte no existe

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Spain or not Spain, that is the question (foto: movimente)   La muerte no existe   A Fernando Claramunt   Existe la lucha y el arte. El torero, torero torero, y el toro, toro bravo (quiero decir, el hombre y la vida). Y tal como se tiraba “Frascuelo” en la suerte final así nos vivimos los españoles cabales: elegantes, cual Rafael Moreno “Lagartijo”, en la permanente agonía impolítica que, sin embargo, no destruye totalmente la fe en la libertad política; filosóficos, cual Séneca, en la propia latina lengua castellana y en la literatura universal cervantina; conquistadores y amantes (románticos antes del “romanticismo”) como El Gran Capitán; espontáneos, eternamente jóvenes siempre lanzándonos al ruedo de la generosidad y la libertad; comunitarios y festivos como Juan Jacobo, ya que solamente cederemos nuestros derechos a nuestra comunidad hispana, permaneciendo tan libres como antes, -por eso también las corridas de toros son la fiesta nacional. “Fiesta” porque somos una comunidad, “nacional” porque somos hombres cabales, que tenemos presentes a nuestros progenitores y lo que hicieron por nuestra España. Así, con Miguel Hernández decimos a la nación: “Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate. Levanta, toro: truena, toro, abalánzate. Atorbellínate, toro: revuélvete. Sálvate, denso toro de emoción y de España”.

Necropsia constitucional

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“Vayamos por partes”, decía Jack “el destripador” a sus víctimas antes de asesinarlas y descuartizarlas. El Tribunal Constitucional (TC), y particularmente la última ponente de la controvertida sentencia sobre el estatuto de autonomía catalán, su Presidente Dña. María Emilia Casas Baamonde, considera favorablemente la petición escrita formulada por la Generalidad de Cataluña para que el texto sea analizado y votado por bloques, estudiándose por partes para favorecer así el avance analítico a través de consensos parciales.   Que el Tribunal valore, incluso que tan siquiera acepte a trámite, solicitudes sobre la forma de conformar su opinión judicial cursadas por un ejecutivo regional deja ya claro la vacuidad jurisdiccional del TC y su papel de membrana de permeabilidad política en el proceso de legalidad. Por su parte, el gobierno catalán no disimula en su escrito la intencionalidad de la propuesta. En el mismo, expresamente manifiesta que tal posibilidad permitiría la intervención del Magistrado recusado Sr. Pérez Tremps en las votaciones referidas a aquellos bloques o partes que no eran analizados en el informe sobre la legalidad del estatuto que previamente a su nombramiento como miembro del TC elaboró y cobró por encargo de la propia Generalidad y que es motivo de su recusación. La vuelta de Pérez Tremps posibilitaría una clara mayoría favorable a la constitucionalidad del estatuto, ya que su voto se sumaría a los de la primera ponente de la sentencia, Dña. Elisa Pérez Vara, a los de los Magistrados D. Pascual Sala, D. Eugenio Gay, D. Manuel Aragón y al de la propia Sra. Casas.   En su empeño porque sea el actual TC el que resuelva el asunto, su Presidente está decidida a que se vote su ponencia analizándola capítulo a capítulo o artículo por artículo. Es ahí donde se enmarca la petición de la Generalidad, que ha visto en este sistema una puerta abierta a la reincorporación de Pérez Tremps a los debates.   Tan aberrante técnica, nunca vista en nuestra historia judicial, tendría como inevitable resultado una evidente falta de coherencia interna de la sentencia, alumbrando un texto asistemático y contradictorio con capítulos aprobados separadamente por las distintas posturas irreconciliables reflejadas en la composición del TC. Unos y otros plantearían numerosos votos particulares sobre los preceptos en que sus tesis salieran derrotadas añadiendo un apéndice de disconformidades con recíprocos reproches más extenso que la propia sentencia.

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Podrás ejercitar tus derechos en cualquier momento y sin coste alguno, indicando qué derecho quieres ejercitar, tus datos y aportando copia de tu Documento de Identidad para que podamos identificarte, a través de las siguientes vías:
  1. Dirigiendo un correo electrónico a nuestra dirección: [email protected]
  2. Dirigiendo una solicitud escrita por correo ordinario a la dirección Calle Alondra 1, Prado de Somosaguas, Pozuelo de Alarcón, 28223, Madrid.
  3. Además, cuando recibas cualquier comunicación nuestra, clicando en la sección de baja que contendrá esa comunicación, podrás darte de baja de todos envíos de comunicaciones del MCRC previamente aceptados.
  4. Cuando te hayas suscrito a la recepción de mensajes informativos a través de Whatsapp podrás cancelar la suscripción desde el formulario del Diario donde te diste de alta, indicando que deseas darte de baja.
Si consideras que hemos cometido una infracción de la legislación en materia de protección de datos respecto al tratamiento de tus datos personales, consideras que el tratamiento no ha sido adecuado a la normativa o no has visto satisfecho el ejercicio de tus derechos, podrás presentar una reclamación ante la Agencia Española de Protección de Datos, sin perjuicio de cualquier otro recurso administrativo o acción judicial que proceda en su caso.

¿Están seguros tus datos?

La protección de tu privacidad es muy importante para nosotros. Por ello, para garantizarte la seguridad de tu información, hacemos nuestros mejores esfuerzos para impedir que se utilice de forma inadecuada, prevenir accesos no autorizados y/o la revelación no autorizada de datos personales. Asimismo, nos comprometemos a cumplir con el deber de secreto y confidencialidad respecto de los datos personales de acuerdo con la legislación aplicable, así como a conferirles un tratamiento seguro en las cesiones y transferencias internacionales de datos que, en su caso, puedan producirse.

¿Cómo actualizamos nuestra Política de Privacidad?

La Política de Privacidad vigente es la que aparece en el Diario en el momento en que accedas al mismo. Nos reservamos el derecho a revisarla en el momento que consideremos oportuno. No obstante, si hacemos cambios, estos serán identificables de forma clara y específica, conforme se permite en la relación que hemos establecido contigo (por ejemplo: te podemos comunicar los cambios por email).

Resumen de Información de nuestra Política de Privacidad.

Responsable del tratamiento MOVIMIENTO DE CIUDADANOS HACIA LA REPÚBLICA CONSTITUCIONAL (MCRC) Calle Alondra 1, Prado de Somosaguas, 28223, Pozuelo de Alarcón, Madrid. NIF: G-86279259
Finalidades de tratamiento de tus datos personales - Atender tus solicitudes de información, comentarios, peticiones y/o consultas en el marco de tu relación con el MCRC. - Atender las solicitudes para el ejercicio de tus derechos. - Enviarte todas las comunicaciones a las que te hubieras suscrito, incluido el boletín (si te hubieras suscrito) y comunicaciones por Whatsapp. - Enviar cualquier compra realizada en la Tienda del MCRC.
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