El mito que atraviesa toda la época moderna nace sobre los escombros del amor cortés, la relativización del honor y una pureza de sangre que se va diluyendo, y a salvo, todavía, del avasallador puritanismo calvinista, ése que ve en el deseo erótico el dispendio por antonomasia de las fuerzas del trabajo y la virtud. El Burlador no se preocupa del castigo eterno de sus pecados, “largo me lo fiáis”; quiere tiempo para “gozar de las cosas hermosas del mundo. Luego ya veremos”. No pretende desafiar a Dios, pero éste le resulta molesto para sus empresas y por eso no duda en desligarse de Él porque no concibe que su deseo absoluto, que es lo único en que cree, tenga que someterse a presión alguna. Molière nos presenta un Don Juan calculador y desafiante, anticipando el sadismo de esa libertad soberana que ya no es una cuestión de placer sino de poder, de imposición del deseo propio, y por eso mismo absolutamente terrorífico, sobre los demás. Baudelaire diría que la voluptuosidad única y suprema del amor reside en la certeza de hacer el mal, en transgredir, en saborear el pecado. Sganarelle obtiene la explicación de la conducta de su amo “Este es un asunto entre el cielo y yo”. Don Juan entabla una lucha permanente contra Dios, dirimida en sus encuentros con unas mujeres a las que no ama o con ermitaños a los que ofrece luises de oro si blasfeman. No habría orden social sin la represión del instinto, pero el ser humano no puede eliminar la nostalgia de un placer irrealizable. Don Juan proclama y ejerce el derecho a vivir como le venga en gana, a sabiendas de que se arriesga a morir y a perder la vida eterna. El deseo, tal como señalaba Bataille, incluye una fascinación por la muerte y la destrucción del orden y la regularidad de la vida social, una disolución que se vincula con la actividad erótica. El romanticismo le ofrecerá la posibilidad de redimirse a través del amor buscado desesperadamente por el que se comporta como burlador a su pesar, puesto que si va de mujer en mujer es por que no puede saciar en ninguna su sed de pasión. Lo cierto es que entre Don Juan y Werther hay un abismo. En el siglo XX, el mito sería revestido con los rasgos de la soledad, el ascetismo y la melancolía. Llega la liberación de la mujer y ya no se puede decir impunemente de ésta que es “fácil” por tener la moral sexual de un hombre. Algunos creen que un intelectual es un individuo capaz de pensar por más de dos horas en algo que no sea sexo: la verdad es que hay que ser sutilmente donjuanesco para usar el ardid de aquel pensador que decía preferir a las mujeres hermosas (de las que siempre estaba rodeado) porque son más inteligentes, ya que han tenido que luchar y pensar más para escaparse de las zarpas de los hombres.
La paradoja de la libertad
Para la libertad (foto M. Vasquez) La paradoja de la libertad Así como la libertad de cada persona es una realidad experimentable y operativa que pertenece a la vida humana y forma parte del tiempo presente, situada dentro de la más estricta actualidad de cada instante, el orden social es fruto y expresión de la libertad individual, pero emplazada en el pasado. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que a la libertad subjetiva que emana directamente del ser humano se contrapone la libertad objetivada como producto social; que tal antagonismo asienta previamente en la conciencia de cada individuo, donde pugnan ambas fuerzas contrapuestas, el orden reclamando obediencia y el yo libre afirmando su voluntad frente a tal impulso; que tal contradicción parece provenir de la propia realidad de la vida humana; que, más aún, aparenta surgir de las profundidades de la sustancia orgánica más arcaica de los primeros organismos, en oposición a la extensión infinita de la materia inerte que predomina en el universo físico. El orden contra la libertad, la sociedad frente al individuo, y viceversa. La libertad organizada en el seno de la sociedad y la libertad individual subvertida contra tal orden impuesto. El delicado ser del orden vital contra el no ser del vasto e inhospitalario mundo inorgánico circundante. He ahí la paradoja, el contrasentido, de la libertad, alojada en el seno de la «vida», y que anida en la conciencia humana; he aquí, a la vez, el modo histórico en que se resuelve dicha antítesis. «El proceso histórico -dice Francisco Ayala- no consiste en la absoluta fluidez de la libertad, sino en el despliegue de una realidad cultural constituida, cuyas formas rígidas son sacadas del estancamiento a que propenden por efecto de la libertad.» (Hoy ya es ayer). En los grupos tribales y en las sociedades primitivas o antiguas, de escasas dimensiones, tanto por el tamaño del territorio como por el número de sus individuos, la vida comunitaria engloba la vida individual y prevalece sobre ella. El individuo participa así, directamente de la vida común y se identifica prácticamente con la tribu o con la comunidad. Su conciencia se asemeja a la del grupo a que pertenece. Psicológica y socialmente, el individuo es casi lo mismo que la sociedad en la que vive y su margen de libertad es muy pequeño. La vida casi en completa libertad natural de estas sociedades pretéritas, poco organizadas y enfrentadas en lucha con otros grupos y con la naturaleza, comparada con la vida de las actuales sociedades, resulta para nosotros sumamente elemental y limitada, y también se nos aparece expuesta a los abusos y caprichos personales de un tirano, en cuanto entra en contacto con un poder organizado. Predomina en ella la vida común, la vida pública carente de intimidad. Y esto es así, incluso en la vida de sociedades relativamente avanzadas, como la democrática Grecia antigua y de los romanos de tiempos de la República, donde el centro de la vida era la plaza pública y no el hogar. La libertad del antiguo griego o romano es predominantemente política, al estar sumergida por entero en la comunidad, y a la luz del moderno concepto de libertad individual, es importante subrayarlo, nos parece además de precaria, insuficiente, siempre en peligro de ser asfixiada por el poder establecido. La singularidad del concepto de libertad que es peculiar de nuestra cultura occidental, tiene su origen en las intuiciones religiosas del pensamiento cristiano en el ambiente político-social del Estado romano -un imperio universal y una pax romana -, cuyas consecuencias políticas comienzan a realizarse, diciéndolo resumidamente, a partir del Renacimiento, merced a la Reforma y a las sucesivas revoluciones liberales. La clave de la nueva idea de la libertad, su rasgo decisivo, es la existencia de una esfera individual de libertad personal frente al poder público. Responde a una valoración del individuo basada en el reconocimiento del valor substancial de la persona, la dignidad absoluta de la condición humana, el derecho incondicional a la libertad, la esencial dignidad de las almas. Esta forma de libertad, que sólo ha sido plasmada política e institucionalmente, hasta la fecha, en el Estado liberal, lleva en su seno una gran paradoja y un destino también contradictorio. La tendencia esencial del liberalismo que, para ampliar los límites de la libertad individual siempre amenazada, aspira, también tendencialmente, a destruir cualquier orden político que se le oponga, allí donde se encuentre relativamente realizado, es, precisamente, resistirse a la realización plena de su propia idea, que, en ausencia de dicha fuerza inhibitoria, conduciría a una disolución del propio Estado que no podría entonces ser llamado liberal sino estado de anarquía, entendido como un orden social sin orden político, es decir, sin Estado. La libertad, esa fuerza insita en las profundidades de la vida biológica en general, que opera en la vida histórica de la humanidad, y resulta imprescindible para entender ambas, en su lucha contra la materia y el orden social establecido, encuentra en la fuerza inhibidora esencial de su impulso anárquico, en su originaria autocontención, el más misterioso y eficaz remedio contra sus propios excesos.
Tenemos un problema
La prensa ha sacado a relucir un documento de la Oficina de Asuntos Europeos del Departamento de Estado para confirmar lo que se sabía hasta en el fondo del océano: “la presión desde la Unión Europea, el FMI y desde Estado Unidos llevaron a Zapatero a introducir medidas de austeridad que redujeron los salarios de los funcionarios, congelaron las pensiones y suspendieron proyectos de obra pública”. Estos centros de control de daños económicos rescataron a ZP de sus extravíos, haciéndole regresar a la Tierra y supervisando el cumplimiento de las medidas indicadas y la marcha por la senda correcta. Eso sí, del ajuste reclamado al Jefe del Ejecutivo español se quedarían fueran las industrias farmacéutica y solar, en las que los americanos han realizado fuertes inversiones, que para algo son el Imperio. Don José Luis, lejos ya de sus dispendiosas “políticas sociales”, está tan imbuido de su nuevo papel de gestor responsable que, se permite, en medio de la rechifla general durante el desfile militar del 12 de octubre, recriminar al alcalde de Madrid su insostenible derroche. Lo cierto, es que el PP y el PSOE deberían pactar un intercambio de rehenes: Zapatero estaría ahora más cómodo en el partido de la derecha estatal y Ruiz Gallardón se instalaría por fin en la socialdemocracia: Rajoy, mientras tanto, permanecería en el centro. Las recetas keynesianas no son apropiadas para sanear las cuentas públicas. Aquel plan extraordinario de infraestructuras que había prometido Zapatero para relanzar la economía, se ha volatilizado, y lo que realmente se ha presentado desde el Ministerio de Fomento ha sido un plan de ajuste extraordinario, cancelando y retrasando obras públicas, con el fin de recortar el déficit 6.400 millones entre este año y 2011. Lo que ya resulta evidente es el impacto de esa cirugía de hierro en muchas empresas que se han quedado colgadas de la obra, sin poder cobrar y teniendo que despedir a miles de trabajadores. Mucha más peliaguda es la tarea de adelgazar el conjunto de los sueldos públicos. La masa salarial de los funcionarios es un agujero negro que crece cada vez más, a medida que los trienios del empleo vitalicio se acumulan, y nuevos jubilados van engrosando las filas de pensionistas.
El Golpe
Zapatero y Rajoy (foto: amapola1) El Golpe Lamentablemente, no voy a referirme a ese clima tan nostálgico y evocador, tan al estilo Scott Fitzgerald, que dibujaba la película de George Roy Hill con dos de las mejores paletas de Hollywood, Paul Newman y Robert Redford, y que siempre he tenido archivada en la biblioteca de alguno de los hemisferios cerebrales junto a El Gran Gatsby, también con Redford, pero ante el megáfono de Jack Clayton. Mi viaje lleva mucho más lejos. Voy incluso a traspasar las amoralidades de la novela y el cine de serie negra para ir aún más allá. Hasta las mismísimas tripas infectas de una oligarquía que ha superado su definición tradicional para convertirse en tal despropósito que el único adjetivo que le queda cerca es el establecido por Valle Inclán. Una esperpéntica oligarquía. Nunca me gustó ni el dinero ni hablar de dinero. No por poseer un altruismo sobrenatural o una santidad monacal, sino porque nací como mi madre me echó al mundo. Así que, a pesar de Vespasiano, siempre me pareció de mal gusto hacer referencia a los brillos y el tiempo me colocó de la mano de Machado por los campos de Soria, aunque mi geografía es un valle que se llama D'Arán y una macaronesia volcánica que se dice Canarias. Sin embargo, al dar con Heráclito en una esquina y aprehender que el tiempo no se detiene, abandonado a ese tiempo llegué al convencimiento de que el dinero público, aquel con el que una sociedad construye su futuro en diversas y múltiples coordenadas, está más cerca de la ética, la moral, la honestidad, que del metal, el mercado o el trueque. De igual manera, nunca fui especialmente dado a volar hasta los principios para elaborar argumentos, hasta que me di cuenta que, cuando se trata de sociedades, el sistema de convivencia, entendido en su acepción más amplia, es fundamental porque es madre que ha de alumbrar toda una descendencia trascendental para que los valores nobles de los seres humanos sean posibles y realizables. Así, una oligarquía, un sistema corrupto de partidos, basado en la eliminación de la conciencia, la desigualdad de los ciudadanos en el voto, la inexistencia de una clara y sólida división de poderes y la estructuración administrativa fundamentada en el tráfico de influencias, el pesebrismo, el nepotismo y la amoralidad, llegada cualquier tipo de crisis, planteado cualquier problema de fondo, sólo puede establecer medidas mediatizadas por la conservación del statu quo, por encima del bienestar de los ciudadanos que, de hecho, ni siquiera lo son. De alguna manera, o mejor, de todas las maneras, el avance de una oligarquía sólo puede estar en el fortalecimiento de si misma. El sistema, mordido en su epicentro por las bacterias saprófitas, camina irremediablemente y coordinadamente hacia una mayor putrefacción. Los leucocitos, si alguna vez los hubo, han sido asimilados y convertidos en fuerzas colaboradoras. El ejemplo de los sindicatos 'de clase' es más que evidente. Y en esto llegó la crisis y la economía de libre y cruel mercado, ausente casi del arbitrio del Estado, la misma que de manera tenebrista ha sostenido con inyecciones de capital a los partidos, que devolvían los favores manteniendo el campo arado y abonado para la especulación, la usura y el enriquecimiento ilícito, lanzó el grito fatídico: “¡Sálvese el que pueda. O sea, nosotros”. Y fue entonces cuando el demencial conjunto de políticos y burócratas que controlan instituciones que en la mayoría de las ocasiones no son más que componendas en sobre lacrado, metió las manos en el bolsillo para apercibirse de que la situación era caótica. De quiebra. Siniestro total. El Gobierno, sin Norte ni punto cardinal alguno, privado del mecenazgo interesado de la Banca, acogotado por la deuda y los intereses, con unos costes brutales en desempleo y pensiones, recibe un par de llamadas telefónicas del exterior y ordena meter bajo la alfombra de inmediato las siglas de uno de los grupos que se repartieron el chocolate tras la caída de la dictadura franquista. Y allí, bajo los raídos nudos persas, quedaron la S de socialista y la O de obrero que, aunque no servían ya para nada, por lo menos decoraban sonrisas y permitían alardear de talantes. La cosa estaba más que clara: el ciudadano de base tendría que correr con los costes del guateque. Para ello, el Presidente miraría para la Estrella Polar en las conferencias de prensa, los medios manipularían las mentes ya manipuladas, se recortaría el alimento intelectual a la población (¡Que inventen ellos!), la sanidad pasaría a un segundo término – al cabo, un muerto es un muerto – los sindicatos subvencionados se maquillarían con una huelga general y la inversión pública haría mutis por el foro, porque de donde no hay no se puede sacar. Dentro de poco, habrá quién abandone el mundo precipitándose al abismo por el bache de una carretera. Todo ese caudal tan imaginativo debería estar orientado a un vocablo: recaudación. El exprimidor, a tope de revoluciones. El lenguaje jamás permanece ajeno a las cosas de la polis y, si me permiten el chiste fácil, ni de la 'poli'. Así que elementos coercitivos creados para asegurar el bienestar ciudadano, como las multas de tráfico, pasan a convertirse en guillotinas. En esta España nuestra, el Gobierno ha sido capaz de enfrentar a las Fuerzas del Orden con los ciudadanos ordenados, con tal de embolsarse de manera escandalosa y miserable un buen puñado de doblones. La Guardia Civil, las Policías Locales y hasta los serenos, pasan a convertirse en cobradores de disparatados y alucinantes diezmos y, en caso de que no lo hicieren en la medida requerida, sus nóminas serán pasadas a cuchillo. En un país con un Salario Mínimo Interprofesional fijado en 673,92 euros brutos al mes (22,16 euros por trabajar 8 horas diarias), un desempleo bastante superior al 20% y que dobla la media de los países de la OCDE y un rumbo al menos para los próximos años que tanto el FMI como los EEUU y Alemania han calificado como “para ponerse a rezar”, el poder político organiza una inaudita operación de acoso fratricida que sólo puede haber derivado de una mente esquizoide. El golpe, por burdo y chabacano, no puede competir con aquella pícara y encantadora balada de Newman y Redford, pero sí da para preguntar y preguntarse, sin necesidad de recurrir a la ciencia política ni a ninguna otra, ¿cómo diablos todavía hay zoquetes que a esto le llaman democracia?
Miscelánea crítica
Cuando insinué su parecido con Ahab, el viejo y culto capitán de la marina mercante no dejó de llamarme Ismael: “Qué gran blasfemia representa esa novela: Ahab odia con toda su alma a Dios y la ballena blanca es el pérfido símbolo del pretendido creador; estoy harto de oír esos impenitentes sermones, llenos de falsa trascendencia, que lanzan siniestros augurios sobre los horrores que nos esperan. Berman lo tenía claro, igual que Strindberg: Dios es profunda y directamente desagradable, rencoroso, mezquino y arbitrario, y no cabe duda de que el hombre está hecho a su imagen y semejanza. Pero Dios no puede dejar de ser una hipótesis necesaria; Dostoievski sabía que si la fe en la inmortalidad (sin ella acabaríamos por matarnos) resulta imprescindible para el ser humano es porque constituye el estado normal de la humanidad. No hay uno sólo de los personajes de sus novelas que no se sienta aguijoneado por la existencia o inexistencia de Dios”. Al conocer mi inclinación a la sociología, el capitán siguió con su arponeo: “por mucho que se les llene la boca de resultados estadísticamente significativos, la estadística puede ser manipulada para que dé el resultado que a uno le interese. Lo que importa conocer es si los llamados científicos sociales han tomado en cuenta todas las posibles variables que pueden conducir a un determinado fin. Los estudios de mercado sirven a ese populismo inspirado en las estrategias de comunicación de Wall Street: el mercado es la esencia de la democracia. Y dado que todos participamos en el juego comprando acciones o pasando por taquilla para ver una película u otra, el mercado encarnaría la elección del pueblo: nos da lo que pedimos y otorga todo el poder al consumidor; sin embargo, hay un fraude frecuente, basado en los endeudamientos disimulados y las contabilidades amañadas, cuya continuidad hace que sea imposible de detectar hasta que ya es demasiado tarde: la víspera del escándalo, Deutsche Bank había adquirido el 5´1 por ciento de Parmalat, y los analistas recomendaban fervorosamente la compra de títulos del grupo”. “Querido Ismael: el término “título” designaba el letrero que se izaba sobre un palo, y que llevaba inscritos los nombres de las ciudades conquistadas y el número de prisioneros. “Titulus” se llamaba también, en los funerales, a la inscripción que enumeraba los hechos esenciales de la vida del difunto. Los títulos superiores no garantizan mayor nivel de sabiduría; aparte de las lecciones de la experiencia, no hay nada que pueda sustituir una lectura cuidadosa”.
Alfonsearse
Mitin de Alfonso Guerra en Gijón (foto: Federación Socialista Asturiana) Alfonsearse Quizá el señor Guerra esté lamentando sus propias palabras: adolecieron de la necedad de lo innecesario. Otra cosa son sus celebradas invectivas contra los adversarios, ese gracejo con que siempre ha zaherido a los jefes de la derecha estatal. En tales ocasiones sí ha contado con la complicidad de unos correligionarios que reventaban de risa con aquello del “tahúr del Mississippi” o lo del “mariposón”. Sin embargo, su alusión a “la señorita Trini” no ha causado la menor gracia en el seno del PSOE, indignando a “las compañeras”, que han tildado de anacrónico el verbo florido de don Alfonso. En los sainetes de las corralas mitinescas es donde este frustrado actor maneja a su antojo los clichés y la simplificación intelectual propia de las comedias. En ese teatrillo de marionetas se explaya la vanidad de su atrevida ignorancia: “los tontos se meten corriendo en sitios en que los ángeles titubean antes de pisar” (Alexander Pope). En las campañas electorales, suele achacarse al señor Guerra la impertinencia de sus peroratas, pero pocos han reparado en la forzosa sinceridad consigo mismo, en la naturalidad de su forma reflexiva de hablar. Lo que en los demás requiere esfuerzo y meditación, en él resulta simple y espontánea manifestación de su mismidad. Como expresión literaria, su verbo sevillano supera a las mejores piezas de un género inventado en el siglo de oro por los estudiantes de la Universidad de Alcalá de Henares. En el Colegio Mayor de San Idelfonso se dispensó a los escolares de la necesidad de ser apadrinados por un doctor para exponer, en acto solemne, sus tesis. La inconsistencia de estas extravagantes disquisiciones creó una forma de retórica llamada “alfonsina”. El nuevo género se popularizó tanto que dio lugar a la invención del verbo reflexivo “alfonsearse”, con el mismo significado del actual “cachondearse”. Por su personalísima recuperación de esta escolar alfonsina, y para hacer justicia a la genuina autenticidad de su discurso permitiéndole alfonsearse de todo y de todos, sin temor a las reacciones de propios y extraños, el ex vicepresidente debería ocupar un sillón en la Real Academia, apadrinado por Cebrián, Pérez Reverte y Marías (entre otras relevantes figuras que han convertido el paisaje cultural español en una ciénaga), y así contribuir a dar lustre a la lengua viperina.
Hecha la ley, hecha la trampa
La Comisión Constitucional del Congreso ha aprobado la modificación legal acordada por el PSOE y el PP para reducir el mandato de los Magistrados del Tribunal Constitucional que va a nombrar el Senado en noviembre tras el consenso alcanzado por ambos partidos. La reforma supone descontar de los nueve años de mandato el tiempo que los partidos han tardado en renovarles, en este caso tres años. Tras el acuerdo de las formaciones mayoritarias para desbloquear la renovación del TC en la cuota correspondiente al Senado, pendiente desde 2.007, ambos grupos han decidido que estos cuatro Magistrados tendrán un mandato más reducido por razones prácticas a la hora de solventar en un futuro las dificultades en la renovación de la institución por terceras partes. Para evitar que alguno de los nuevos Magistrados pudiera recurrir en amparo la reducción de su mandato se decidió acometer con urgencia la reforma legal, aprovechando para ello la proposición de Ley Orgánica de Reforma Electoral referida al diseño de la papeleta salmón destinada a escoger el menú de senadores ofrecidos por los partidos. Dicha proposición de ley reduce el tamaño de la “sábana” para el Senado, elimina la obligación de presentar los candidatos por orden alfabético, coloca a los partidos en orden de aparición según los votos de los últimos comicios y suprime la mención a los suplentes, dos por cada candidato en lugar de uno como hasta ahora. El PSOE y el PP han utilizado la puerta de atrás para este cambio legal sirviéndose para ello de la tramitación de la única enmienda registrada, presentada en su día por CiU para exigir un mínimo de firmas a los candidatos que aspiran a integrar la Cámara Alta. Una pretensión nacionalista ya alcanzada al ser asumida por la subcomisión del Congreso encargada de la reforma global de la Ley Electoral (LOREG). Tras su aprobación en la Comisión Constitucional, la proposición de ley que reforma la papeleta electoral del senado y la de la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, pasarán en un mismo paquete al Pleno para su remisión al Senado, entrando en vigor antes de los nombramientos de Magistrados por esta Cámara previstos para noviembre. Después se deberá acometer la renovación parcial del TC que corresponde al Congreso, que toca a final de año y que no debiera retrasarse ya que el PSOE y el PP la tienen apalabrada. Ahí se pretende encajar la pretensión de las formaciones catalanas de proponer un candidato, habida cuenta de que los nombres sugeridos al Senado por el Parlament han quedado fuera. Todo encaja.
Crisis institucionalizada
If the bank crisis past is (foto: f650biker) Crisis institucionalizada La memoria colectiva es flaca. Más si no se cultiva. O no puede hacerse sin comprometer el señuelo del pluralismo de partidos estatal diseñado por el posfranquismo. Desde entonces, toda retentiva pública es tan oficial como falaz. Por ello, no conviene recordar que el Régimen actual nació en un mundo ya acabado, concebido por y para la crisis. Una, la por todos conocida “del petróleo”. Otra, generalmente obviada: la de las divisas. Desde 1971, tras la inconvertibilidad del dólar y su primera devaluación, las monedas entraron en flotación. Los países de la CEE trataron de limitar el daño interno acordando mantener una leve banda de fluctuación entre sus divisas, y de todas respecto al dólar, en las llamadas “serpientes monetarias europeas”. La única moneda que resistió fue el marco alemán. El panorama no se aclararía hasta 1979, con la creación del Sistema Monetario Europeo. La inestabilidad de las divisas resultaba peligrosísima para España, pues el desarrollo industrial dependía de la importación de patentes y bienes de equipo. Así que para poder comprar sin demasiados riesgos era necesario mantener también elevadas las exportaciones cruzadas, cosa que se logró con el soporte de la política fiscal y arancelaria. El mayor volumen de intercambio recíproco era con la CEE, sobre todo tras el Acuerdo Comercial Preferencial (ACP) de 1970, ello a pesar de que la Política Agraria Común cerraba prácticamente las puertas a nuestro sector primario, el más competitivo. Desatada la crisis, a nuestros “amigos” europeos les empezaron a parecer mal los términos del ACP. La banca privada se hallaba atrapada por las restricciones que la Dictadura imponía al sistema financiero, que obligaba a mantener los niveles de inversión. La crisis lo golpearía. En 1974, se acabó con la separación entre bancos privados “comerciales” e “industriales”. El pacto entre los altos funcionarios del franquismo y la oposición, auspiciado por el juancarlismo para repartirse el Estado, necesitaba del poder financiero que habría de liberar, pues el camino del monetarismo europeo contemplaba tan férreo control de la inflación que no era posible acudir a la emisión de dinero público por el Banco Central, aun a costa del endeudamiento con entidades privadas. Recién inaugurado el Estado de partidos, el Banco de España creó el Fondo de Garantía de Depósitos, y permitió a las entidades bancarias, entre otras medidas propicias, aumentar a su favor el margen entre los tipos de interés debidos por depósito y cobrados por préstamo. Entre 1975 y 1986, el porcentaje de valores industriales en la cartera de los bancos españoles descendió del 33 al 12,8 por 100, aumentando su participación en títulos públicos. El desmantelamiento industrial de España que acarreó el ingreso en el Mercado Común no pareció pillarles por sorpresa. Por si a alguien le cupiera la más mínima duda al respecto, en la crisis actual, la Monarquía de partidos vuelve a calcar sustancialmente las actuaciones pasadas: inyecciones a los bancos, subida de impuestos y cotizaciones, y reforma laboral. Esta es la realpolitik del binomio partidos estatales-poder financiero. Ya en 1977, los Pactos de la Moncloa supusieron la imposición estatal de la reducción de los costes laborales en favor de las empresas y la subida de la presión fiscal. A los sindicatos de entonces se les exigió la necesaria adhesión a la unanimidad. Ahora, era obligado hacer una huelga general para continuar con la mascarada. Pero es absolutamente imposible que los intereses de los trabajadores asalariados sean siquiera tenidos en cuenta con un sistema político que se blinda en su irrepresentación. Y contra esto jamás se manifestarán unos sindicatos que son el engranaje “social” de la institucionalización de la crisis.
Inseparación presupuestaria
El Presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León (TSJCyL), D. José Luis Concepción, ha lamentado públicamente que la Administración de Justicia permanezca siempre pendiente de la asignación económica procedente de los Presupuestos Generales del Estado y ha reclamado que el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) sea quien administre el presupuesto. Concepción participaba en un acto institucional convocado por el Ayuntamiento del Real Sitio de San Ildefonso, inaugurando la nueva sede del Juzgado de Paz de la localidad acompañado por su Alcalde, el socialista D. José Luis Vázquez. En declaraciones a los periodistas durante dicho acto, el Magistrado señaló que con el presupuesto que asigna el Gobierno para la Justicia no puede estar satisfecho nunca, porque “más que un aumento, lo que debe haber es un gran consenso político para que ese presupuesto se administre por el Poder Judicial y no tenga que estar llamando a la puerta del Poder Ejecutivo, y que sea el CGPJ el que lo administre”, aseverando seguidamente que la Justicia “es la asignatura pendiente de la democracia”, intimando a las fuerzas políticas a que tomen conciencia de que hay que invertir en la Justicia, porque “es un servicio público que nos hace ganar crédito, tanto dentro como fuera de nuestro país”. El togado acierta al diagnosticar la enfermedad, pero yerra tanto en sus causas como en el remedio. Efectivamente el diseño constitucional de los poderes del estado en esta monarquía de partidos pone en situación de subordinación jerárquica, funcional y económica a la Justicia respecto del poder único e inseparado en manos de los partidos. Pero en lo que al factor presupuestario se refiere, la solución no es entregar las cuentas y administración de la potestad jurisdiccional a un CGPJ elegido por esos mismos partidos para que nada cambie, sino la sustitución de éste por un Consejo de Justicia –en la precisa conceptuación que realiza García-Trevijano en su “Teoría Pura de la República”- elegido por todos los operadores jurídicos, que no sólo administre, sino que elabore y ejecute su propio presupuesto. El control presupuestario del titular de la potestad judicial del estado encuentra su contrapunto institucional y equilibrio en la necesaria aprobación del presupuesto que confecciona por una comisión mixta formada por el mismo número de representantes del legislativo y del ejecutivo, que en caso de rechazarlo lo devolvería al Consejo de Justicia para su enmienda y nueva presentación a la aprobación.
My fair lady
My fair lady (foto: Moviefan1014) My fair lady Sólo los cobardes que siempre temen que alguien viole a sus hijas, robe sus caudales o mate a su perro consideran verdaderamente criminales a los pícaros de las calles. Los adolescentes desarrapados sin vergüenza, los chiquillos que siempre sufren las consecuencias de todo y, sin embargo, viven en la ilusión de creerse astutos porque de vez en cuando consiguen hacerse con algunas migajas. Esos perros callejeros somos nosotros, las Galateas del poder. Recuerden la última secuencia de la película de Cukor. Ella, quien fue malhablada y de la calle, cruza el umbral y avanza lentamente. Él, su educador y mentor, permanece expectante desde que sintiera la presencia en casa de la joven mujer que adora. Cuando la puerta del salón se abre con suavidad y tras la hoja aparece el rostro de la chica, el profesor enamorado da un respingo, exclama “mis zapatillas”, y se cubre el rostro con el periódico. Fin. Sí, todo esto es metáfora. Pero se puede esperar que la metáfora continua no exprese panfletarismo gazmoño o impotencia, sino inteligencia del sentimiento que se lame la opresión manteniéndose creativamente vigilante. Sea como sea nuestra hermenéutica política, aplicada a la obra de Shaw, arroja una moraleja no apta para demagogos. Aunque es cierto que todos los intachables ciudadanos son golfillas políticas en el Estado de partidos, esto sólo es una desventura menor. Las rameras vivirán siempre más o menos felices en el arroyo, sepan o no que hay una vida mejor. Cuando reciban educación política, les incomodará violentamente ser arrojadas a un estado moral que choca de frente contra su voluntad más profunda pero, de vez en cuando, su juventud estimulada por la intuición de un porvenir mejor, se rebelará contra las barreras sociales. En la angustia de esos momentos las chicas barriobajeras casi desearán envejecer para librarse de la desazón de desconocer si finalmente podrán hacerlo con seguridad, si podrán ajarse como todo el mundo. De nada servirá el consuelo de aprender que todos los grados del ser son armonizables, que la seguridad y la libertad están fatalmente entrelazadas y que acaso la política se ocupa de encontrarles el habitáculo más apropiado para la convivencia en concubinato. Pero el caso es que la joven alumna ha vuelto. Deja atrás el nicho social en el que se desenvolvía con cierta soltura y deja atrás al amante juvenil que siempre la esperaba on the street where you live, el lugar donde todo ocurre. Contemplada con los nuevos ojos de la cultura, la vida anterior le resulta insoportable a la muchacha y quizá esa voluntad profunda que la sostuvo en medio del duro asfalto ya sólo encuentre sosiego en el progreso moral. La florista callejera quiere gastar su vida y su sexo con un viejo elegante para vivir siempre en calidad de dama. Sin embargo, el drama verdadero está tras ese “mis zapatillas”. Los espectadores esperaban un reencuentro romántico, pero a veces ni siquiera los maduros caballeros pueden soportar impasiblemente el vivir para someter la vida a rígidos esquemas. La fatalidad no se encuentra en los siervos de la propaganda oficial, vendidos a cualquier amo, sino en el revolucionario siempre obligado a ser un gentleman en el sentido más amplio. Está preso de las maneras que inhieren la propaganda que difunde y, si es cabal, muchas tardes de domingo el hastío y acaso la desesperación le harán debatirse entre la ilusión y el cinismo. Incluso puede permitirse la frivolidad de apostar con un amigo a que en un plazo muy pequeño de tiempo podrá convertir en ciudadano al más recalcitrante de los siervos. Pero si al fin ella, sea la libertad o cualquiera de las mujeres que la encarnan -y son tantas-, aparece en casa, después de haber renunciado a la sinceridad de los enamorados que le prometían una vida convencional, después de haberse debatido entre las cosas tal como vienen y el magisterio sereno y quizá decrépito de quien le enseñó a aspirar a lo que sólo el espíritu puede tener, el caballero, acartonado de idealismo, tendrá que ocultar la emoción incontrolable con el periódico que fingía leer. Estará abrumado y comprenderá que la vida muy pocas veces se detiene a mirar por la ventana de uno y que cuando lo hace es un grito de impotencia y alegría, de sorpresa y victoria, exigirle un paso más: “Mis zapatillas”. Entonces, si todo transcurre como en el cine, si ha llegado el momento, la libertad le pondrá las zapatillas mientras nada de lo que solía contemplarse tras la ventana vuelve a ser lo mismo para él.

