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viernes 2 enero 2026
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Engaños

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Hay gente que anda mohína porque es San Valentín y “la regeneración” no llega al gobierno de Andalucía. Impuestos, Canal Sur, Memoria Histórica… Ese andancio se llama “Estado de Partidos”, un invento alemán de la República de Weimar.
Sobre la cultura del engaño en la República de Weimar escribió Thomas Mann sus “Confesiones del aventurero Félix Krull”, inspiradas en las memorias (dos tomos) de George Manolescu, “joven y elegante rumano que con sus estafas cortó la respiración de Europa”. Manolescu era caballero de tal coquetería que legó su cráneo a Lombroso, quien lo rechazó, tajante, con una postal:
–Quédese con su cráneo.
Lombroso tenía la mala experiencia de un compañero de tertulia que un día le preguntó qué carácter podía deducirse del aspecto de su cráneo. Lombroso lo tactó y se atrevió a afirmar que era un hombre violento. “¿Violento? ¿Qué quiere usted decir?” “La protuberancia del crimen está en usted muy desarrollada.” “Eso no se lo consiento. A mí no me llama usted criminal”. Y para probar que no lo era cogió un cuchillo y salió corriendo detrás de Lombroso.
No sé el crimen, pero el engaño se ha democratizado mucho. En lo que llevamos de año ya me han engañado con una obra (el contratista se fue con el dinero), con un jamón (me vendieron por pata negra una bacalada en salmuera) y con un ordenador (se bloquea cada diez minutos y el vendedor viene a decirme que las reclamaciones… a Bill Gates, que ahora anda, el hombre, procesando el programa económico de la congresista neoyorquina Ocasio-Cortez).
Ruano, que “reporteó”, por afición, muchas estafas, observó que un cierto sentido social hace perdonar antes la estafa al mañoso que al fuerte, y ponía por ejemplo al “Chichito”, que en muchos timos se hacía pasar… por periodista.
–¿No recuerda usted cuando tomó el nombre de Miguel España? Era muy divertido. Sus amigos nuevos de pensión, su amiguita, leían en “El Heraldo” los artículos de España y creían autor de ellos a “Chichito”, y él les pedía dinero.

La Soberanía es de la Nación, pero la violencia es del Estado

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La adquisición de una propiedad inmobiliaria acaba siendo una ruina, por que la coerción del Estado –mediante sus mecanismos de opresión, miedo y fuerza- alcanza un límite insufrible por el comprador.
Pensar en ahorrar para la vejez, (jubilarse es otro concepto hoy impracticable, porque pocos llegan al júbilo), es inaccesible por la rapiña del Estado.
El asunto es como sigue. Se hipoteca una propiedad para adquirir un apartamento y tras abonar las tasas y gabelas más el interés bancario, se entrega el dinero (menos de lo solicitado) al vendedor y se vuelven a pagar nuevos impuestos y cargas; bueno, al menos ya tenemos el uso y disfrute del apartamento.
Ahora viene lo peor. El Estado crea un modelo 720, de declaración de bienes en el extranjero; el apartamento está en Portugal. Bruselas dice, que no existe obligación de declarar –y menos de sancionar con multa- las compras en otros estados de la Unión y declara ilegal tal exigencia. Sin embargo el Gobierno no corrige y sanciona mediante incautación, cualquier descuido o incumplimiento de lo ilegalizado por el TSJUE.
Si no se acude a lo exigido por el Gobierno, la Agencia Tributaria envía notificación de liquidación, para declarar lo que no hay obligación. Ante la indefensión, se acude a la oficina pública y se explica el proceso de compra, como ahorro al acabar los ingresos por salario.
La propiedad tiene una renta presunta, aunque no se alquile, ni se revalorice el inmueble. Cuánto, lo que diga la Agencia Tributaria, aunque sea falso por imposible. Bien, ¿y los gastos bancarios por el préstamo hipotecario? No se contemplan en la declaración. ¿Y los gastos propios del apartamento? NO son deducibles. ¿Y los impuestos de Portugal? No son aplicables.
Entonces, si se me cobra durante la vida del inmueble, ¿es un IVA? NO, no es un IVA. Y cuando vaya a venderlo por necesidad o por mejora de la pensión pública, ¿puedo desgravarme de las cantidades abonadas todos esos años? No, no podrá.
Y si ha bajado el precio inicial y es mucho más bajo que el de hace doce años, ¿corrige la Agencia Tributaria la base de cálculo y baja la renta presunta?; de oficio, NO. Entonces, ¡esto es un ROBO!; sonrisas del funcionario.
Tras comprobar la violencia del Estado, mediante la Agencia Tributaria, los TEAR, la justicia, la policía y el BOE, no queda más remedio que allanarse y tolerar lo injusto. Quién dijo que España era un Estado de Derecho… Ahora sufrimos la violencia del Estado, que penaliza el ahorro y esquilma las rentas para compensar, la grave reducción de pensiones que se prevé.

Policía

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La Policía hizo un tuit que me ha tenido toda la gripe delirando:
–¿No le gusta que te vayas con tus amigas? ¿No le gusta tu ropa? ¿No le gusta que te maquilles? ¡Denuncia!
Así supe que nunca se resolverá lo mío, va ya para años: robo con fuerza en garaje videovigilado, coche destrozado, “levantá” de guitarra con factura de seis mil euros (el valor sentimental, incalculable)… ¡y copia de video! (video ¿para qué?).
De dar crédito al tuit, la Policía de Marlasca que asesora el “Lenin” (libertad ¿para qué?) no está ni a rólex ni a setas, sino al menudeo de costumbres, mezcla de la Urss del 37 que narra Dombrovski (una pesadilla reducida a broma por la contemporaneidad) y la Cuba de los 80 que filma Néstor Almendros sobre la represión de los homosexuales, con asambleas universitarias de depuración: “cuando yo le di la mano se quedó con ella más tiempo del necesario”, “me miró con una mirada sospechosa”… ¿Qué San Valentines son estos? ¡El imperecedero discurso de febrero del 94 de Robespierre!
–La Virtud, sin la cual el Terror es funesto. Y el Terror, sin el cual la Virtud es impotente.
Robespierre venía de decretar en verano la pena de muerte para los hombres vestidos de mujer, y en septiembre, a fin de poner en marcha el Terror, sacaba la Ley de Sospechosos que colocaba a cada ciudadano a disposición de… la simpatía de sus vecinos, lo que constituye el mayor legado “democrático” de la Revolución, si tenemos en cuenta el número de sus imitadores, que con la excusa de las “circunstancias extraordinarias” acostumbran situar el “delito de intención” por delante del “acto criminal”.
–No es una persecución de contenido –se explica en “Conducta impropia“–. Es una persecución formal. Lo más fácil. Lo que mantiene a la gente entretenida. No hace falta ninguna ideología, ninguna elaboración mental.
Muchos no aguantaban y se iban. Pero los que no se iban, se suicidaban. La sospecha, avisó Paine, revolucionario de verdad, es la perdición de toda buena sociedad.

La nación

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Primero es la Nación, y luego viene el Estado, que personifica a la Nación (tiene personalidad jurídica, y la Nación no), titular de la soberanía. De acuerdo, todo esto es literatura, pero no la ha escrito uno: lo hicieron los revolucionarios de 1789, a los que ni un solo político “macronaire” ha leído, enredados en “la ética kantiana de Platón“, ese hallazgo (me entero por Rosa Belmonte) de Verónica Fumanal, la Pigmaliona de Rivera, un kantiano sin calcetines, y Sánchez, un Benito Cereno en manos de sus “negros”.
–La soberanía es una, indivisible, inalienable e imprescriptible –decretó aquella buena gente–. La soberanía pertenece a la Nación.
La Nación es el peso de nuestros muertos (“la nación está formada más de muertos que de vivos”, dirá León Duguit), pero los viajantes del macronismo andan por ahí diciendo que el peso que importa es el de los covachuelistas del Estado. ¡Son los nuevos germanófilos! Germanófilos de coche y lavadora, claro. Pero germanófilos. Otra vez. Como los falangistas, cuya germanofilia mental les vino de frecuentar a Ortega, su maestro. Y como el españolejo de toda la vida, germanófilo, decía Pemán, “por machismo y chulería”.
–Der Staat ist Macht –dijo Heinrich von Treitschke, un politólogo, como la Fumanal.
–Der Staat ist Macht –repiten ahora los Rivera, los Conthe y los Valls, deslumbrados por las ínclitas razas ubérrimas (“der Staat!”) de frau Merkel.
Otros juristas (Jellineck, Laband) hicieron el resto: fuera la Nación, la soberanía pertenece al Estado. Y se fueron a “la guerra fresca y alegre” ordenada por el Estado-Poder alemán. Porque la del 14 no fue una guerra de las Naciones; fue la guerra a los Estados-Nación de los Estados-Poder, que, gracias a los anglosajones (nacionalistas, pero antiestatistas), resultaron derrotados. Todo el mundo daba estos hechos por sentados, hasta que la Fumanal explicó el juicio al golpismo catalán con “la ética kantiana de Platón”, que tantas puertas abre. Incluso a Junqueras.

El juicio

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La pereza de levantarse en víspera de Carnaval es comprobar que en el 19 estamos como en el 35, con un juicio a catalanes reos de golpismo. A Junqueras, por proclamar la “República catalana”, y a Companys, por proclamar el “Estado catalán”.
–¡Catalans, a les armes, a les armes!
Lo peligroso nunca fue el nacionalismo, como tratan de vendernos los buhoneros globalistas y su prensa de consenso separatista, sino el estatismo, y los catalanes, como todos los españoles y todos los europeos (ingleses aparte), son estatistas.
Ese personaje absurdo como un zapato impar que es Manuel Valls (para los franceses es catalán y para los catalanes es francés) viene a Madrid, con su cara de estar oliendo a bosta, a manifestarse “por la separación de poderes” (?), cosa que no entendió ni Montesquieu y señal, por tanto, de que no sabe de qué habla, y luego propone un pacto estatal de partido único, que es lo que, como buen europeo, le pide el cuerpo. Otro abate Sieyes comprado en los chinos:
–La confianza debe venir de abajo, y la autoridad debe venir de arriba.
Pero el estatismo no es exclusivismo catalán. El madrileño Conthe es economista del Estado (¡la empresa!), y en contestación a Rivera, que había llamado a defender la nación española (se ve que es lo que toca en domingo), escribió: “Debemos olvidarnos del innecesario concepto de ‘nación’ (española, catalana, vasca…). El concepto jurídico relevante es ‘Estado’ (=España), formado por ciudadanos iguales regidos por Constitución democrática”. Al oír tales palabras, las estrellas apagan su luz. ¡Tantas vueltas y terminar llegando a Giovanni Gentile y Ramiro Ledesma!
–Pues la civilidad, la convivencia civil, es algo que el Estado, y sólo él, hace posible. ¡Nada, pues, sobre el Estado!
Es la pavorosa incultura política de nuestras “elites extractivas” y sus órganos de propaganda lo que convierte el juicio de los golpistas catalanes en una parodia del juicio de la Sota en “Alicia en el País de las Maravillas”.

¡El Estado de partidos debe ser destruido!

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El Señor de los Anillos es la tercera obra literaria más vendida de todos los tiempos, tan sólo por detrás de El Quijote y de Historia de dos ciudades.
Aquellos que, como yo, hayan releído año tras año la obra maestra del profesor Tolkien, habrán percibido que entre sus páginas flota auténtico amor a la naturaleza original del mundo. Tolkien amaba la espontánea sencillez que hay en la vida tradicional ligada a la tierra, la nobleza de un corazón bondadoso sin deseos de Poder, y la conmovedora belleza del orden natural en los bosques, las estrellas y los mares
Toda belleza necesita del drama para brillar. En la lírica tolkieniana, la devoción a la Naturaleza cobra magnitudes épicas cuando se contrapone a los poderes de la Oscuridad. La historia cobra sentido con las sombras fantasmales y tenebrosas de un Mal derrotado hace mucho tiempo que iban cerniéndose sobre la Tierra Media… unas sombras transformadoras, basadas en el Dominio a la naturaleza: el progreso técnico y el orden férreo bajo el Poder ilimitado del Anillo Único. Estas fuerzas oscuras son representadas por las superpotencias industriales de las dos torres: Barad-dûr en Mordor, y Orthanc en Isengard.
Se ha escrito mucho sobre el simbolismo geopolítico que Tolkien —consciente o inconscientemente—, plasmó en su obra. Bajo esta perspectiva, los mencionados poderes oscuros que se yerguen en el este de la Tierra Media son un claro reflejo de los totalitarismos de derechas (nazi) y de izquierdas (soviético)1. que se alzaban en el este de Europa cuando Tolkien escribió el libro. Los dos bloques antagónicos de la Guerra Fría, este y oeste (oriental-totalitario y occidental-capitalista), guardan nítido paralelismo en la épica tolkieniana con el Señor Oscuro de Mordor (el enemigo del este), que pretende esclavizar a los Pueblos Libres del oeste (los elfos, los enanos, los humanos que no están bajo el yugo de Sauron, y por supuesto, los hobbits, la raza favorita de este autor)2. .
Llegados a este punto, no es difícil imaginar que el Anillo Único es una metáfora de Tolkien para representar el poder desmedido y sin límites del Estado. Un poder seductor que corrompe a todo aquel que lo manipula.
En la novela, los sabios se niegan a usar el Anillo Único. Son conscientes de que si derrocan a Sauron usando sus mismas artes, en su lugar se instalaría otro Señor Oscuro. El mago Gandalf, guiado por la sabiduría de milenios, se niega siquiera a tocar el Anillo:
—¡No, no! —exclamó Gandalf, incorporándose—. Mi poder sería entonces demasiado grande y terrible. Conmigo el Anillo adquiriría un poder todavía mayor y más mortal. —Los ojos de Gandalf relampaguearon y la cara se le iluminó como con un fuego interior. —¡No me tientes! Pues no quiero convertirme en algo semejante al Señor Oscuro.
En el Concilio de Elrond, el heroico Boromir sugiere utilizar el Anillo en la guerra a favor de Gondor, pero el Señor de Rivendel se lo prohíbe y también se niega a tocarlo siquiera:
—Ay, no —dijo Elrond—. No podemos utilizar el Anillo Soberano. Esto lo sabemos ahora demasiado bien. Le pertenece a Sauron, pues él lo hizo solo y es completamente maléfico. La fuerza del Anillo, Boromir, es demasiado grande para que alguien lo maneje a voluntad […] Si cualquiera de los Sabios derrocara con la ayuda del Anillo al Señor de Mordor, empleando las mismas artes que él, terminaría instalándose en el trono de Sauron y un nuevo Señor Oscuro aparecería en la tierra. Y esta es otra razón por la que el Anillo tiene que ser destruido; en tanto esté en el mundo será un peligro aun para los Sabios. Pues nada es malo en un principio. Ni siquiera Sauron lo era. Temo tocar el Anillo para esconderlo. No tomaré el Anillo para utilizarlo.
La Dama Galadriel, la hechicera elfa más antigua de la Tierra Media, es tentada también por tal desmedido Poder:
—¡Me darás libremente el Anillo! En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche! ¡Hermosa como el Mar y el Sol y la Nieve en la Montaña!¡Terrible como la Tempestad y el Relámpago! Más fuerte que los cimientos de la tierra. ¡Todos me amarán y desesperarán!
Estos pasajes reflejan que no se puede derrocar el poder del Anillo utilizando el Anillo, pues todo aquel que haga uso de él acaba corrompido. De modo semejante, todo aquel que pretenda un verdadero cambio en España, instalándose en el actual Estado de partidos, acabará corrompido por su irresistible poder seductor.
El poder del Estado de partidos es demasiado grande, carece de equilibrio: las cúpulas de los partidos (que al final son unas cuantas personas) obtienen excesivas prerrogativas al no estar legalmente vinculados a sus votantes y al no existir la separación de los poderes.
El poder sin medida del actual Estado de partidos —carente de separación de poderes y de control por el votante mediante diputados de distrito— hace que todo partido que se instale en él, por muy buenas intenciones de cambio que tenga, al final acabe aferrado a su desmedida posición de dominio y termine haciendo lo que todos los partidos hacen. Si recordáis, todos los nuevos partidos que entran con aspiraciones de cambio acaban convertidos en aquello que juraron destruir: ¡en organizaciones de poder que viven del régimen y se aferran a él como lapas!
Hasta el bondadoso protagonista de la novela, Frodo Bolsón, sucumbe finalmente ante el poder corruptor del Anillo, y es salvado por su amigo Sam en el último momento. ¡Así de irresistible es el Estado de partidos incluso para la más noble y bienintencionada de las personas! Todo el que pretenda cambiar el Estado de partidos desde dentro del Estado de partidos acabará inexorablemente absorbido por él, como una pieza más del régimen.
A pesar de ello, la opinión generalizada hoy sigue siendo que es posible cambiar las cosas desde dentro, creando un nuevo partido que lo cambie todo. ¡Insensatos! ¡Es inútil entrar en el Estado de partidos para derrocar su maléfico poder! ¿No veis que no ha cambiado nada en estos últimos cuarenta años y que vamos a peor? ¡Las tinieblas del Enemigo se extienden cada vez más! ¿Es que estáis ciegos? La ceguera ideológica hace que hoy todos en España sigan ambicionando el Anillo como lo más precioso; todos se hallan embaucados con su vil centelleo.
La experiencia nos dice que quien emplee el Anillo Único (el Estado de partidos sin separación de poderes ni mandato jurídico de representación con la sociedad civil) al final se transforma en alguien semejante al Señor Oscuro, o en un repugnante engendro infrahumano como Gollum. El PP y el PSOE —con una prolongada exposición al influjo del Anillo—, son ya organizaciones con muchísima corrupción, con el corazón tan negro y maligno como el del Señor de Mordor. Y por su lado, Podemos y Ciudadanos son ya partidos-gollum: organizaciones reptantes, consumidas, con doble personalidad y sin principios, que ya no persiguen otra cosa que el Anillo a cualquier precio, mientras engañan al votante con promesas, continuas contradicciones y discursos falsos.
La misma decrepitud veremos pronto en Vox, otro partido-gollum que dice querer acabar con «la casta» y con las CC.AA, ¡y ya se ha instalado en el Estado cobrando de ellas! ¿Qué ingenuo caído de un guindo se cree que morderán la mano que les da de comer? Al final todo se quedará en interminables cantinelas mientras se llevan nuestro dinero, como hacen todos, y como ha venido pasando desde hace cuarenta años.
Así pues, si todo aquel que se apropia del desorbitante poder del Estado de partidos acaba corrompido, sólo existe una solución: el Estado de partidos debe ser destruido. Debe ser arrojado, con sosiego y honestidad, a las inextinguibles llamas de la Libertad Constituyente del pueblo.
Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Dónde hallaremos el coraje para una gesta de tal grandor? ¿Dónde está, pues, la esperanza de nuestro pueblo? ¿Cómo podremos librarnos de los Señores Oscuros y los Gollums que nos destruyen como nación libre, y que nos están precipitando a la quiebra económica y moral? La respuesta se halla allí donde nadie lo espera.
—¿Dónde encontraré coraje? —preguntó Frodo—. Es lo que más necesito.
—El coraje se encuentra en sitios insólitos —dijo Gildor—.
La narración de Tolkien adquiere proporciones épicas porque en la Guerra del Anillo nadie se esperaba que unos insignificantes y sencillos hobbits, como Frodo y Sam, pudiesen cambiar radicalmente el curso de los acontecimientos. Los arrogantes hombres de la Tierra Media lo veían como algo imposible. De manera semejante, nadie espera hoy que la sociedad civil pueda derrocar al gargantuesco Estado de partidos sin meterse en el Estado de partidos. Es para todos una cosa que parece imposible.
Pero así como Frodo y Sam hicieron caer el inconmensurable poder de Sauron con recta sencillez, sin ir nunca en contra de sus principios, y diciendo siempre la verdad, del mismo modo la sociedad civil podrá hacer caer al Estado de partidos si, con firme determinación, le da la espalda de una vez por todas a este régimen y deja de ser partícipe en la mentira mediante la abstención consciente.
Las torres oscuras del régimen se tambalearán cuando la mayoría de la sociedad civil, organizada en pequeñas asociaciones y plataformas, no vote a ningún partido más y comience a perseguir, al unísono, una sencilla causa sin ideología alguna: un periodo de Libertad Constituyente. Al igual que Frodo y Sam, un pueblo movido por un sencillo y honesto fin se convierte en una ola imparable de potencia épica, cuya victoria final nadie se esperaba.
Y así como el todopoderoso Anillo Único pereció en la cárcava ardiente del Monte del Destino, arrojado por unas manos honestas sin ambiciones, el todopoderoso Estado de partidos será incinerado con el resplandor fulgurante de una verdadera Constitución, que garantice la separación de los poderes y la representación real del elector.
***
1 Ambos poderes totalitarios, de hecho, son ilustrados por Tolkien con apariencia distinta, pero iguales en esencia. La mano blanca de Saruman y el ojo sin párpado de Sauron son distintas manifestaciones de lo mismo: los dos son espíritus maiar (dioses menores) igualmente codiciosos, ávidos de Poder y dominio total.
2 Sin ir más lejos, la Comarca y sus bonachones hobbits constituyen una evidente idealización de la cultura campestre anglosajona donde creció Tolkien. En la Comarca prácticamente no existe el Estado: es una especie de utopía anarquista con el aspecto de la Inglaterra rural, donde todos los hobbits conviven apaciblemente sin necesidad de gobierno, y en armonía con sus viejas tradiciones agrarias. Al igual que la Inglaterra de su tiempo, la ínsula despreocupada de sencillez y libertad que Tolkien imaginó en la Comarca se ve amenazada e indefensa frente a los nuevos y colosales poderes surgidos del este: los terribles Estados totales que vienen a alterar la naturaleza y a regular cada aspecto de la vida en pos de un llamado «progreso». Así le habló Saruman a Gandalf sobre ello, en los lúgubres salones de Orthanc: Un nuevo Poder está apareciendo. Ya no podemos poner nuestras esperanzas en los elfos o el moribundo Númenor. Contra ese poder no nos servirán los aliados y métodos de antes. Hay una sola posibilidad para ti, para nosotros. Tenemos que unirnos a ese Poder. Es el camino de la prudencia, Gandalf. (…) podemos esconder nuestros designios, deplorando los males que se cometan al pasar, pero aprobando las metas elevadas y últimas: Conocimiento, Dominio, Orden, todo lo que hasta ahora hemos tratado en vano de alcanzar…

PEN Club

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España írrita.

El acontecimiento cultural de la semana fue la carta de dimisión del Nobel Vargas al Pen Club, especie de masonería de cafetín alineada, al parecer, con el consenso separatista, que es el cultivo intensivo de España.

Lo que en su carta el académico llama “una arbitraria e inconsulta secesión” (en venezolano, “írrita”) es lo que el director de la Academia, jurisperito administrativista, llamaría “federalismo alemán”.

–La base de todas las constituciones es el derecho a decidir, pero entre todos –remacha el filósofo máximo de la nación, a quien todos teníamos por laico y que, sin embargo, pretende tapar la salida al toro con un comodín… del derecho canónico (“Quod omnes tangit ab omnibus approbari debet”, es decir, lo que a todos toca, todos deben aprobarlo).

Hasta la carta del Nobel Vargas, todo cuanto había que saber del Pen Club nos lo resumió en el 91 aquel fox terrier de pelo duro que fue Thomas Bernhard en su libro de conversaciones con Kurt Hofmann.

–Pen Club. ¿Qué quiere decir eso? Son una pandilla de bobos. Tipos que están en todas las salsas y, dos veces al año, se pasan una semana en algún lugar bonito, totalmente para nada. Y, a costa del Estado, consiguen su camita de cinco estrellas. Todo espantoso. No me encontrarán nunca, porque carece de sentido y me importa un pepino que esa gente se emborrache y se forre a comer. Son personas horribles que no saben qué hacer consigo mismas. ¡Así que lo invitan a uno! Actualmente (estamos en el 91) está de moda. Siempre dicen antes que nada: “Y Umberto Eco ha aceptado ya”. ¿A quién más tienen ustedes? A Norman Mailer. No hay quien lo aguante, no es posible ir, ¿qué haría uno?

Quizá despedirse por carta (estamos en el 19), como ha hecho el Nobel Vargas, y renunciar a sus honores, pues los honores son de todas formas una idiotez, y con esto volvemos al 91 con Thomas Bernhard, para quien los honores sólo tienen sentido cuando no se tiene dinero o se es joven.

–O se es viejo y no se tiene dinero.

Carmena, azote de la oligarquía

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Desde hace tiempo, ha aumentado la obsesión por encumbrar en las listas electorales a personas independientes, procedentes de la sociedad civil o de la sociedad privilegiada, dando a entender que los políticos profesionales son un problema que se resuelve no eliminando los ingresos de los partidos sino acercándose a personajes populares cuya virtud convertirá a los dueños del estado en virtuosos por simpatía.
Las plataformas de listas como Ahora Madrid se fundan sobre tal obsesión y con el objetivo de librarse de la inevitable «ley de hierro». Tanto es así que renuncian a usar la palabra partido y, haciendo constantes llamadas a la sociedad civil o a la «gente corriente», se agrupan en complejas etiquetas que disimulan la atracción por el poder. Manuela Carmena es una estrella dentro de estos movimientos políticos y ha quedado claro que pretende huir de todo lo que signifique someterse a una organización mayor, pero es esta misma resistencia la que deja de manifiesto que Ahora Madrid, Ganemos, Barcelona en común y otros partidos son conscientes de su posición gregaria.
El alejamiento de Podemos de Íñigo Errejón para acercarse a estas estructuras evidencia que la vida orgánica de los partidos del estado consiste, básicamente, en la lucha por hacerse con su control. Los dominios sobre los que operan los partidos políticos no son las circunscripciones sino sus listas y sería una ingenuidad pensar que podrían contradecir la naturaleza oligárquica de toda agrupación que ingresa ingentes cantidades de dinero. Lo que Errejón persigue no es otra cosa que obtener el dominio sobre una lista al que habría tenido que renunciar dentro de su partido y, favorecido por su popularidad, el estatus más modesto de Más Madrid le garantiza su encumbramiento y todo ello realizando la proeza de no perder su halo de personaje independiente o, al menos, indomable.
El favor que nos hace Manuela Carmena con su hostilidad a Podemos es popularizar el rechazo a la disciplina de las oligarquías. Si bien esta postura insumisa es más un modo de defensa que una declaración de principios, es de esperar que los enfrentamientos por las listas pongan en el centro de atención la perversidad del sistema proporcional. Los partidos satélites están presentes en toda España y siempre mantendrán una relación de atracción y rechazo con los partidos que acompañan, por tanto, las polémicas en torno a las listas no van a dejar de producirse. La disgregación dificulta la ley del silencio y favorece la amplificación de los conflictos. Otra brecha en el consenso.

B.C.

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Lo tenemos: B. C. Benito Cereno. El resistente Pedro Sánchez es el Benito Cereno de Herman Melville, que sería Irene Lozano.
Venimos de las 21 condiciones de Torra Pla y nos vamos a las 95 tesis de Martín Lutero.
–¡Dios hubiese querido que ese gran emperador Carlos V, que tantos otros golpes de Estado había llevado a la práctica, no se quedara tan corto en el que se debía haber realizado contra la persona de Lutero en el momento de comparecer en la dieta de Augsburgo!
Eso dice graciosamente Gabriel Naudé en sus “Consideraciones políticas sobre los golpes de Estado”, para dejar sentado que “a Lutero se le debía haber ganado con alguna suculenta prebenda o beneficio, como se ha hecho después con los más autorizados y doctos ministros”.
¿Quién es más listo, Pedro Sánchez, que se sirve de las condiciones de Torra Pla para dividir España y mandar él en el trozo que le toque, o Carlos V, que se sirvió de las tesis de Lutero para dividir Alemania e imponer su monarquía universal?
Iván Redondo, que es el Lex Luthor del sanchismo (lo que no sabemos es en qué lluvia de meteoritos se quedó calvo), vive de decirle a Pedro Sánchez que es más grande que el césar Carlos, aunque de momento el truhán de La Moncloa deba conformarse con jugar a Benito Cereno, capitán de un galeón español de esclavos negros en América. Un día los esclavos, liderados por Babo, se amotinan y ponen ruta a África. Se cruzan con un barco americano al mando del capitán Delano, que aborda al galeón. Babo ordena a Cereno simular que sigue al mando. Cereno obedece, pero en su actuación mezcla frases enigmáticas y gestos extraños, que entienden todos los presentes menos Delano (en cuya ceguera perceptiva sitúa Melville la clave del relato), con lo que al capitán español no le queda otro modo de liberación que arrojarse al agua. El cuento tiene su intríngulis, y para explicarlo al Relator sanchista están Irene Lozano, jefa de “Marca España”, y Borja Cobeaga, guionista de “Centauros del desierto”.

Donald Trump: la diplomacia del feriante

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Europa no siempre ha tenido buen ojo juzgando al personaje del momento. A finales de 1938, por ejemplo, los medios se deshacían en elogios al canciller de Alemania Adolf Hitler, poniéndole como artífice de una paz duradera, merced a los tratados de Munich, y reconociendo que, de todos modos, no le faltaba razón en algunas de sus reivindicaciones fronterizas. Sin embargo, y por debajo de este elegante y cínico postureo, el mundo ya estaba en camino hacia la guerra. Tras las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016, la actitud bascularía hacia el lado opuesto. La prensa europea no deja escapar ocasión de ultrajar con saña al nuevo titular del Despacho Oval –y decimos nuevo, aunque va para su tercer año en el cargo, porque muchos no se han acostumbrado aun a su presencia-, poniéndolo como el paradigma de la vesanía, la falta de maneras diplomáticas y el riesgo en política exterior. Hay medios liberales de izquierda, como el semanario alemán “Der Spiegel”, que sostienen, sin ir más lejos, que un hombre tan irresponsable como Donald Trump ni siquiera está psicológicamente capacitado para gobernar. Y toda la línea editorial marcha por este cauce. En ocasiones partiendo de los sucesos más banales, como malas miradas de Melania o el último enfrentamiento entre un grupo de colegiales católicos y un falso chamán indio en presencia de (¡agárrense!) una manifa de afroamericanos convertidos al judaísmo. Si esto saliese en una película de Quentin Tarantino, hasta el suplemento de cultura de El País recomendaría cambiar de canal.
Donald Trump nos podrá parecer bien o mal, dependiendo de nuestras preferencias ideológicas. Pero es obligado reconocer que Europa no se ha portado bien con el Presidente de Estados Unidos, sobre todo a la vista de los resultados. Con la mitad de su mandato cumplido la economía norteamericana florece, los mercados financieros evolucionan al alza, la situación en el Oriente Medio parece estabilizada, hay perspectivas de llegar a un acuerdo con Beijing y hasta el dictador de Corea del Norte se ha sentado en una mesa de negociaciones. Esto es bastante más de lo que Barack Obama pudo alcanzar en sus ocho años de presidencia. Pero, claro, en ningún periódico o semanal de la vieja Europa van a encontrar ustedes una valoración objetiva de los hechos. Lo único que hallarán son esperpentos psicoanalíticos. Lástima que Don Antonio García-Trevijano, fundador de esta tribuna y único político europeo que supo captar la esencia de los nuevos tiempos, no esté hoy entre nosotros. Me habría gustado que fuese él quien escribiese estas líneas en lugar de tener que hacerlo un servidor.
Yo soy de los que piensan que para Estados Unidos ha sido una suerte que Donald Trump, y no Hillary Clinton, fuese el vencedor en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre de 2016. ¿No nos acordamos ya de la Primavera Arabe y del caos provocado por la administración de Barack Obama –precisamente con Hillary Clinton como Secretaria de Estado- en Libia, Irak y, sobre todo, Siria? ¿O de las injerencias de la OTAN en Ucrania y otros territorios pertenecientes al patrio trasero de Rusia? Todo esto no fue obra de Trump, sino de políticos de salón y finas maneras. De ahí vinieron muchos males: un recrudecimiento de la ofensiva terrorista internacional, las avalanchas de refugiados hacia Alemania, la intensificación de los populismos que desde entonces desestabilizan la Unión Europea y la oleada de ataques cibernéticos orquestados desde el Kremlin para alterar procesos electorales en Alemania, España y, como detalle insuperable de justicia poética, incluso en los propios Estados Unidos, propiciando la victoria electoral de Trump y con ello unos escenarios políticos muy distintos a los que se perseguían desde la administración Obama.
Un triunfo de Hillary Clinton habría supuesto la continuación de tales tendencias, bajo el amparo de la ideología liberal elitista y hegemónica ligada a los intereses políticos heredados de la Guerra Fría que caracteriza a los círculos políticos del Establishment, ya sean demócratas o republicanos. Antes de que Donald Trump llegase al poder, quienes hacían la política era los profesionales de un aristocrático gremio en el que la imaginación histórica y el prestigio nacional pesaban más que las consideraciones prácticas. Desde hacía años, Estados Unidos ya no tenía intereses, sino objetivos abstractos: misiones que cumplir, compromisos con sus aliados europeos, una imagen de poder a la que dar lustre y el prurito de mantener el tipo en unos escenarios mundiales que han cambiado mucho desde que se hundió el bloque comunista, y por lo tanto ya no tienen el mismo significado estratégico y geopolítico que en otros tiempos.
¿Cómo explicar esto a un político de la vieja escuela, de esos a los que les gusta probar suerte con el nudo gordiano para después, al estilo de Kerenski o Von Papen, socializar responsabilidades escribiendo unas memorias acreditativas del fracaso de toda una generación? Quizás lo que se necesita es que venga alguien de afuera, con una perspectiva diferente, y haga las cosas a su manera.
Si hay un secreto para el éxito relativo de Donald Trump, posiblemente deberíamos buscarlo ahí: el presidente no es un funcionario, ni se ha educado en los elitistas círculos ni en los think tanks de los partidos republicano y demócrata. Es un empresario, un hombre de acción, un negociador puro. Un feriante, como aquellos que viajaban en carromato vendiendo remedios milagrosos por el salvaje Oeste. Carece de imaginación histórica. Jamás ha leido a Churchill ni a Carlyle, ni a Clausewitz, ni una biografía de Bismarck, mucho menos a Zbigniew Brzezinsky o Paul Kennedy. No le interesan las cuestiones de prestigio. Lo único que le interesa es aquello de lo que verdaderamente entiende, los negocios. Y para que salgan adelante los negocios (hoteles, inmobiliarias, las franquicias de bisutería de Ivanka), es necesaria la paz. Ver las cosas desde esta perspectiva es algo que jamás habría preocupado a Obama o a Hillary Clinton. Y a ningún político europeo. Todos ellos tienen sus pensiones de jubilación, los derechos editoriales por sus memorias, sus puertas giratorias y lo que les pagan por las conferencias.
El gran escenario se halla en el Pacífico. El ascenso de China como nueva potencia económica y militar hace necesario un reordenamiento de posiciones que condicionará el futuro de la geopolítica mundial. ¿Cómo se habrían enfrentado Barack Obama o Hillary Clinton al desafío chino? Teniendo en cuenta la inoperancia de todas aquellas trapacerías de manual con las que se propusieron doblegar figuras de segunda como Vladimir Putin, los mullahs de Irán o el tiranuelo de Corea del Norte, es fácil aventurar escenarios que forzarían a los chinos a graduar sus estrategias en la misma línea. Con Donald Trump, el curso de los acontecimientos resulta al menos predecible. Las negociaciones resultarán duras y mal vistas desde Europa. El presidente de Estados Unidos verá la relación entre Washington y Beijing como lo que realmente es: no una cruzada por la Democracia, sino un negocio entre dos partes contratantes del orden mundial multipolar posterior a la Guerra Fría. Al final, después de unos cuantos tira y afloja –y las convenientes manipulaciones y avisos catastrofistas en The Washington Post y Der Spiegel– se llegará a algún acuerdo. Porque ese es el procedimiento habitual entre empresarios y comerciantes. No la guerra como persecución de la política por otros medios, sino el póker: buenas manos, amagos, faroles, incluso trampas y, por supuesto, un vocabulario barriobajero y florido. Habría que comenzar a acostumbrarse a esto.
De modo que cuando ustedes, amables y comprensivos lectores del Diario RC, lean el próximo cronicón del Establecimiento poniendo a Donald Trump como una especie de caricatura del Anticristo, lo primero que tienen que hacer es quitarle hierro al asunto. No es tan fiero el león como lo pintan. Y tampoco tan gilipollas como en las películas de Walt Disney. Tan solo se limita a ir a lo suyo. Y con ello, le hace un favor al medio ambiente.

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