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viernes 2 enero 2026
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Actualidad de Manuel Chaves Nogales

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Señala Andrés Trapiello en su prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí (libro que corresponde a un género híbrido como él mismo indica, presuntas memorias verídicas, conmovedoras y magníficas en todo caso, de una bailarín flamenco que quedó atrapado en Rusia durante la Revolución y la subsiguiente Guerra Civil, -prefiguración de la nuestra- alucinado testigo de las atrocidades de unos y otros -el furor asesino chequista, y la barbarie antisemita de los blancos-, y de la espantosa hambruna del pueblo bajo el paso rapiñador de ambos bandos, y de la burocracia soviética corrupta e inoperante) que Chaves Nogales “es un escritor relativamente nuevo en nuestra literatura […] uno más de los escritores que quedaron sepultados por la guerra y el exilio”. Fue, ciertamente, el propio Trapiello quien en Las armas y las letras (1994) dio a conocer el A sangre y fuego (1937) de Chaves, y llamó la atención sobre su prólogo: “Ese prólogo es, en mi opinión, -afirma Trapiello, a su vez, en su introducción a El maestro Juan Martínez…– de lo más importante que se escribió de la guerra durante la guerra […] El mérito de Chaves fue decir lo que dijo cuando lo dijo […] Su autor que se declaraba en ellas [sus palabras] un demócrata y un republicano convencido, permaneció en Madrid, al lado de la República, hasta el momento en que vio que ni las autoridades republicanas permanecían en sus puestos […] ni en España se luchaba por la democracia, la primera víctima de aquella guerra a manos de ideologías comunistas y fascistas […] Muchos lectores asombrados hubieron de llegar a la conclusión […] de que justamente había sido la clarividencia de Chaves la que le había condenado al ostracismo. De nuevo los más beligerantes de uno y otro bando se ponían de acuerdo en quitar de en medio a los pocos que les acusaban de haber cometido crímenes atroces” (pp. XV-XVI).

Bajo la partidocracia actual, y su juego de máscaras socialdemócrata, la situación subsiste; en verdad, frente a las veleidades maniqueas de la llamada Memoria Histórica de unos, y los neofranquistas afanes revisionistas de otros, Chaves supone una luz de racionalidad incompatible. Un ejemplo reciente resulta de lo más clarificador al respecto: Hace unos años, en el parlamento catalán, el consejero de hacienda, en respuesta a un diputado que había citado a Chaves Nogales, vino a responder que no sabía quién era ese periodista, pero que le sonaba de derechas. Curiosa afirmación, en primer lugar, en el representante de un partido pequeño burgués nacionalista, y, por tanto, de derechas; en el nacionalismo, que surge históricamente de la pequeña burguesía, está, por otra parte, el germen del fascismo. En segundo lugar, delata la ignorancia y mediocridad crónica de los políticos de nuestra partidocracia, hija del franquismo, pero que tiene que renegar constantemente de sí misma aventando el espantajo de la “derecha”, aunque ella sea su más prístina esencia, por haberse constituido en una falsa democracia, sin auténtica representación de los ciudadanos, sin separación de poderes, con unos partidos políticos que no nacen de la sociedad civil ni la representan, sino que son parte del Estado, y que velan férreamente por sus intereses en cuanto casta privilegiada político-sindical, y por los de la élite oligopólico-financiera que es su aliada, mentora y sostén, a costa de esquilmar y empobrecer a los ciudadanos.

Siguen siendo, pues, malos tiempos para Chaves, y para la libertad política colectiva (no las migajas de libertades públicas que ha concedido graciosamente el régimen, y que, como no han estado basadas en una libertad constituyente previa, puede quitárnoslas cuando se le antoje), lo que no deja de engrandecer la figura del escritor sevillano ante los verdaderos demócratas.

El “Estao”

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Estamos donde estábamos: bicicletas y culto al “Estao”. Cada día más clementino (de Clemente Domínguez) y palmariano (de Palmar de Troya), pero culto, al fin.
–Desengáñese, Ridruejo: lo que los obreros necesitan es bicicletas, no sindicatos –contestó el General al poeta de “La Ballena Alegre” que le pedía eso, sindicatos.
Lo visto este fin de semana no era amor a un muerto de “Estao”, sino culto al “Estao” mismo. Somos liberales porque nos lo manda el “Estao”. Un obispo católico (¡la competencia!) quiere que el “Estao” pida perdón a Eta, “por propasarse”, y el “Estao” lo hará en cuanto tenga un ratito.
Al actor James Woods lo han echado de Twitter porque su fundador, Jack Dorsey, que debe de tener las mismas luces que caracteres su invento, le censuró una cita… ¡de Emerson!, el fino bostoniano que intuyó la magia del tuit al decir que los grandes pensamientos y los grandes libros deben leerse como los gorriones beben agua: beben un poco y levantan la cabeza, beben otro poco…
–Leer una frase y, hasta no entenderla, no pasar a la siguiente –como hemos leído estos días las elegías al hombre de “Estao”, esa pasión gótica, alemana, de nuestro periodismo de “Estao”. “Tyrannum licet occidere!” Pues no es fácil escribir contra el que puede proscribir.
–Non est enim facile in eum scribere qui potest proscribere.
Woods proscrito por citar a Emerson, mientras aquí gente que te llama “fascista” en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco se pasa el fin de semana citando tan ricamente (¡sin saberlo!) a Gentile, a Di Mordano, a Ledesma… y a Ortega, en cuyo estatismo ferino, traído de Alemania, abrevó Primo de Rivera, aunque en el periódico global señalen, ay, a Mussolini.
–Conste, pues –avisa Ortega–: una democracia que no sepa colocar la seriedad y la inexorabilidad del Estado por encima de cualesquiera insolencias particulares, será arrollada por la juventud. Se trata de instaurar un Estado de todos, y ‘porque’ de todos, formidable.
Y luego que si la abuela fuma.

Metamorfosis y mutaciones del marxismo: De la dictadura del proletariado a la dictadura del victimismo

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Los ideólogos marxistas del siglo XX se dieron cuenta que sólo era posible implantar una nueva cultura si previamente se destruía la cultura cuyo lugar se pretende ocupar.
Antonio Gramsci consideró que el obstáculo que en los años veinte del siglo pasado anestesiaba e impedía el levantamiento revolucionario espontaneo de las masas de trabajadores en Europa, era la impregnación mental de los obreros con los valores y principios de la cultura cristiano-occidental hegemónica: creían en Dios y que su religión era la única verdadera; creían en la superioridad moral, intelectual, científica y técnica de la cultura occidental; estaban orgullosos de la historia europea, especialmente de la conquista y colonización de otros continentes; convencidos del hetero-sexualismo como referencia y patrón de comportamiento para los hombres y las mujeres; situaban a la institución familiar y a la moral cristiana como base de la organización social; etc.
Gramsci llega a la conclusión de que “la infiltración en todas la instituciones existentes, universidades, escuelas, iglesias, medios de comunicación, etc., de una anti-cultura que debilite las convicciones y cimientos de la cultura cristiano-occidental, era el camino para lograr el triunfo de los ideales marxistas, en aquel momento rechazados de forma natural, y exigía la previa destrucción y aniquilación de la cultura cristiano-occidental”. Una estrategia próxima a lo que posteriormente Schumpeter conceptuó como “destrucción creativa”.
La estrategia gramsciana descrita será desarrollada y puesta en práctica por un grupo de profesores reunidos en torno al Instituto de Investigación Social vinculado a la Universidad de Frankfurt, fundado en 1932: E. Fromm, W. Benjamín, M. Horkheimer, T. Adorno, H. Marcuse, etc.
Estos profesores agrupados intelectualmente bajo el paraguas de lo que se conoce como Escuela de Frankfurt, cuyos planteamientos son conocidos como “Teoría crítica de la sociedad” o simplemente “Teoría crítica”, se propuso un doble objetivo:
Uno, enmendar los evidentes errores de la construcción teórica de Marx, supuestamente científica e histórica, que había considerado “la lucha de clases sociales como motor de la historia”; vaticinado “el colapso de las estructuras capitalistas”, y “el empobrecimiento progresivo de la clase trabajadora”.
Y dos, superar la frustración generada por la no expansión espontanea en Europa de la Revolución Bolchevique consolidada en Rusia desde 1917 y, en su lugar, el triunfo del fascismo.
Frustración que se incrementará en 1956 con la salida a la luz de los crímenes del stalinismo, denunciados mediante el conocido como “Informe secreto” del entonces Secretario General del PCUS Nikita Jrushchov, durante el XX congreso de dicho partido; frustración rematada en 1973 con la publicación de la obra de Solzhenitsin “Archipiélago Gulag”.
La teoría crítica de los profesores de Frankfurt que dará lugar a lo que se conoce como marxismo cultural o neo-marxismo, alcanzará gran repercusión con la incorporación de varios de ellos a las principales universidades de los EEUU: Columbia, Berkeley, Harvard, etc. desde las que sembrarán la semilla que les conducirá a la hegemonía político-académica en las propias universidades americanas. Y en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, a tener gran influencia en todos los movimientos contra-cultura de la segunda mitad del siglo XX; tanto en el movimiento hippy, como en El Mayo francés de 1968 y en el movimiento ecologista; este último integrado dentro del marxismo cultural por la obra de Adorno y Horkheimer “Dialéctica de la ilustración-1944”. El Mayo francés con el objetivo declarado de poner fin al principio de autoridad y a la moral represora; el famoso lema “Prohibido prohibir” de Marcuse; se inició el proceso corrosivo de los valores europeos, que continúa hoy bajo ropajes más sutiles. En algunas pancartas se leía durante aquellos días “Marx, Mao y Marcuse”.
Para el marxismo clásico o económico el motor de la historia es la inevitable lucha de clases por los medios de producción de bienes y recursos siempre escasos, y la clase obrera o proletaria explotada la fuerza desestabilizadora y revolucionaria protagonista que cambiará las estructuras económicas; y por derivación las sociales.
Para el neo-marxismo cultural el motor de la historia no es la lucha por los medios de producción, sino la lucha por el poder entre los “grupos mayoritarios” definidos por su raza, sexo, y religión –blancos, hombres, cristianos, heterosexuales, etc.-, y los “grupos de víctimas” cuyo nexo aglutinador es la real o potencial represión y sometimiento de estos últimos -mujeres, gais, negros, hispanos, musulmanes, inmigrantes, discapacitados, etc.-, a la escala de valores morales y sociales de aquellos grupos mayoritarios. La premisa de la explotación de la clase proletaria es sustituida por la premisa de la represión y sometimiento de los grupos de víctimas, identificados en términos de raza, sexo, religión, etc., convertidos ahora en la “nueva fuerza revolucionaria y desestabilizadora” que cambiará las estructuras sociales.
El neo-marxismo cultural prescinde de la clase proletaria como protagonista y motor de la revolución, cada vez más reducida y aburguesada con más baja conciencia de clase por la elevación de sus condiciones materiales de vida y de su nivel cultural -Marx predijo el empobrecimiento progresivo de la clase trabajadora-, y en su lugar sitúa como nueva fuerza desestabilizadora y revolucionaria, a los grupos de victimas que identifica previa apreciación de vulnerabilidad y necesidad de protección, no ya desde los planteamientos economicistas del marxismo clásico sino desde nuevos parámetros culturales y morales.
Georg Luckacs, primer director de la Escuela de Frankfurt, retóricamente preguntaba ¿Quién nos salvará de la cultura occidental? y sostenía que “el volteamiento de los valores no puede ocurrir sin la aniquilación de los antiguos valores y la creación de otros nuevos por los revolucionarios”. Horkheimer, segundo director de la citada escuela y líder de la “Teoría crítica”, defendía como medio para superar la civilización occidental “la destrucción del matrimonio y de la familia con hijos, así como el ataque sistemático a todos los valores asociados a la civilización occidental”; afirmando, por ejemplo, que “el matrimonio puede ser cualquier tipo de unión en la que intervenga la atracción sexual sin ningún fin concreto”.
La familia es el primero de los caballos de batalla de estos pensadores, por considerar a la familia tradicional cristiana la célula madre de la cultura occidental; Adorno en “La personalidad autoritaria-1950” sostiene que la familia es la principal escuela de autoritarismo y represión, pilar crucial para sostener el funcionamiento de la sociedad occidental.
El sexo, la moral sexual cristiana, la liberación sexual, es otro de los caballos de batalla de esta escuela. E. Fromn en “El miedo a la libertad 1941” sostenía que “la masculinidad y la feminidad no eran reflejo de diferencias biológicas, sino una imposición de los heterosexuales y de la educación heterosexual”; la represión y la de tipo sexual especialmente, es la clave de todo orden. La liberación sexual es una de las llaves para quebrar ese orden.
La obra de H. Marcuse “Eros y la civilización-1955” se convirtió en el catecismo del hippismo y de la liberación sexual, ofreciendo justificación intelectual para tener mucho sexo, con mucha gente y todo el tiempo; Marcuse es el autor del lema “haz el amor y no la guerra”; sostenía que las personas están neurotizadas por la represión sexual que impone el orden moral cristiano heterosexual, del que deben desprenderse mediante la liberación del “eros no reproductivo y placentero”.
La razón como motor de los avances científicos y técnicos de la cultura occidental desde la Ilustración es otra de las críticas corrosivas de la Escuela de Frankfurt. Horkheimer y Adorno en su ensayo conjunto “Dialéctica instrumental-1947”, concluyen que los avances técnicos y científicos no sólo eran los causantes directos de los fascismos y las guerras, sino que abrían la posibilidad a la aniquilación de la humanidad en una guerra nuclear; según estos autores la Ilustración había convertido la racionalidad en irracionalidad, proporcionando medios para conseguir fines sin cuestionar estos últimos; proporcionando medios para dominar y destruir la naturaleza.
La lucha de clases como concepto es sustituido por la lucha entre identidades culturales previamente delimitadas y definidas. Para este marxismo la cultura es la que determina las identidades y las relaciones; por ejemplo, un obrero blanco es un opresor; y un deportista africano de élite un oprimido.
La dialéctica marxista clásica es adoptada por las ideologías pos-marxistas que nacen en el seno del propio marxismo, como desviación o no del mismo: ecologismo, feminismo, sexismo, sexualismo, homosexualismo, de género, animalista, entre otros carteles bajo los que se presenta el marxismo, que sustituyen el concepto de lucha de clases por el concepto de lucha entre sexos, entre generaciones, entre héteros y homos, etc., en definitiva lucha entre identidades; lucha de identidades basada en el victimismo y la victimización; es la nueva “ideología del victimismo”.
Los planteamientos que más han influido en la construcción de la “ideología del victimismo”, identificada peyorativamente como “ideología progre”, ha sido la crítica de la Escuela de Frankfurt al capitalismo por la despreocupación del mismo por la suerte de los débiles y por el sufrimiento humano. Los ensayos ”El hombre unidimensional-1964” y “La tolerancia represiva-1965”, ambos de Marcuse, fueron la semilla de lo que se conoce como “lo políticamente correcto”, que condena con el rechazo, la exclusión, el ostracismo, la guillotina civil, incluso la cárcel, a todo aquél que se atreva a cuestionar los nuevos dogmas. Sostenía Marcuse que “la realización del objetivo de la tolerancia exige intolerancia con “los herejes que se atrevan a defender planteamientos al margen o contrarios a los sostenidos –pensamiento único neo-marxista-“. Marcuse llama “tolerancia liberadora” a la intolerancia de los planteamientos disidentes; este es el fundamento teórico de la “dictadura del pensamiento único”. Es un planteamiento que tiene profundas raíces en el dualismo y dicotomía amigo-enemigo e identidad homogénea y excluyente de Carl Schmitt.
El relativismo unidireccional de la escuela de Frankfurt, particularmente de Marcuse, lleva a desautorizar cualquier postura o planteamiento del disidente y a justificar o minimizar cualquier actuación censurable de los ideológicamente afines; su obra, sin embargo, es considerada el catecismo de la libertad y de la tolerancia. Además de sectario y confundir constantemente los conceptos de “tolerancia y respeto”, los planteamientos de Marcuse son una receta infalible para justificar la represión social y política.
La ideología del victimismo, identificable políticamente con el “progresismo”, y con la “corrección política” como principal herramienta de intervención social y lucha por el poder, se construye sobre dos pilares:
Uno, “victimización de determinados grupos sociales” a los que se identifica en torno a una identidad (mujer, gay, inmigrante, negro, musulmán, etc.), bandera de la izquierda progre que la derecha acomplejada ha interiorizado y asumido.
Y dos, “demonización” de todo lo unido a la raza blanca y a la cultura cristiano-occidental.
La piedra angular de esta ideología es el victimismo y la victimización. Y su principio activo la defensa y justificación en todo caso del presentado como más débil en términos económicos, culturales, raciales, físicos, etc., al margen de su responsabilidad personal, que lleva a considerar que los débiles sufren siempre porque existen fuertes que los oprimen.
La “nueva estrategia” se articula victimizando a colectivos identificables –homosexuales, mujeres, inmigrantes, animales, etc.-, que pueden ser utilizados como herramientas para conseguir y mantenerse en el poder; y a la vez demonizando a los opresores reales o potenciales de aquellos –hombres, varones blancos, heterosexuales, seres humanos, etc.
La dialéctica dicotómica del marxismo económico de “capitalista malo” y “proletario explotado bueno”, es sustituida por la dicotomía del marxismo cultural de “blanco occidental malo” y “nueva clase oprimida buena”; constituida esta última por los individuos de etnias no occidentales o que rechazan los principios cristianos: razas no blancas, homosexuales, inmigrantes del tercer mundo, feministas, musulmanes, etc.
El vacío dejado por la desaparición de la Unión Soviética y el Muro de Berlín, y la reducción a la irrelevancia de los partidos comunistas, salvo el chino, está siendo llenado y cubierto por el “celo progre de la corrección política” que ha ido ampliado su campo de acción originario desde la discriminación racial y sexista, hasta llegar a todas partes: la energía nuclear; el calentamiento del planeta, la polución y el cambio climático; alimentos transgénicos; cuentos infantiles; eutanasia; relaciones con los animales; el texto de las obras literarias clásicas y la letra de las canciones modernas; víctimas de errores médicos; habitantes de los países pobres explotados por los países capitalistas; aborígenes sometidos por los países occidentales colonialistas; minorías en los países occidentales como los musulmanes o los discapacitados; industrialización de los países pobres; investigación biológica; relaciones padres e hijos; etc.
Para esta ideología la protección de los débiles comienza por la utilización intencional del lenguaje, con el objetivo de evitar o minimizar la posible ofensa de los grupos o colectivos étnicos, culturales o religiosos, minoritarios: palabras prohibidas, obligatorias, neologismos, circunloquios, eufemismos, palabras con significado diferente o alterado, etc.
Para la escuela de Frankfurt el lenguaje es la herramienta adecuada y más efectiva para construir estructuras y esquemas mentales nuevos, diferentes de los interiorizados hasta un momento dado. Lenguaje transformador y creador de realidades y no sólo como herramienta descriptiva y de comunicación.
El lenguaje de la corrección política es un lenguaje edulcorado que si bien no aspira a influir en las creencias sí a cambiar las conductas y las estructuras sociales, confunde constantemente “respeto y tolerancia”; el respeto tiene lugar en un mismo plano y nivel, y es recíproco; el tolerante y el tolerado sin embargo se sitúan en planos diferentes, la tolerancia es una concesión del tolerante. El lenguaje de la corrección política es la pantalla de todo lo conocido actualmente como “progresía”; tanto de izquierdas como de derechas; esta última bajo fórmulas políticas imposibles hipócritamente presentadas como de centro.
La corrección política, con el pretexto de no ofender y proteger a los identificados previamente como víctimas, ha infestado el lenguaje de los medios de comunicación, de los políticos, de la administración, de los libros de historia, propone incluso censurar textos literarios y diccionarios clásicos; también imágenes de cuadros admirados desde hace siglos.
Durante los últimos sesenta años sufrimos y padecemos los efectos prácticos de la revolución cultural y social impuesta por los medios de comunicación y educación amordazados por la corrección política. La corrección política se ha convertido en la nueva alambrada de la libertad de expresión; es la cuchilla castrante del debate abierto con libre confrontación e intercambio de ideas.
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en “Hegemonía y estrategia socialista -1985”, y en “La razón populista-2005”, esta última sólo del primero de los dos autores, proponen como estrategia para transformar la sociedad, la captura y aglutinación previa de las reivindicaciones del mayor número posible de grupos de víctimas, situando a estas últimas como el ariete que permita derribar y ocupar el lugar del régimen o sistema político.
Estos planteamientos instrumentales y oportunistas son una degeneración del concepto de hegemonía cultural de Gramsci; identifican hegemonía cultural con hegemonía política y hegemonía electoral. En términos gramscianos la hegemonía cultural es el paso previo para conseguir legítimamente y por convicción el poder político. Según Laclau y la nueva izquierda la hegemonía electoral y política es un medio para tomar el Estado.
Los modernos pastores marxistas utilizan los grupos de víctimas identitarias como herramienta de lucha por el poder; lucha que definen como lucha por la conquista del Estado, cuya intervención coactiva es la que permitirá implantar una sociedad presidida por el valor superior de la igualdad material.
La metamorfosis constante del marxismo, desde la ideología marxista definida por Marx, hasta los pos-marxismos actuales, pasando por el socialismo, el comunismo, el marxismo cultural, el neo-marxismo, a pesar de esta camaleónica reinvención y mutación, no ha logrado pasar de axiomas y dogmas propios de religión laica que ofrece el paraíso terrenal de la igualdad material. Sus predicadores después de poco más cien años de historia y más de cien millones de muertos por su causa, continúan empeñados erre que erre en transformar y ajustar a sus postulados, no al revés, la realidad de los seres humanos y del funcionamiento social. Provisionalmente han tenido éxito durante algún tiempo, así ha ocurrido con la hoy desaparecida Unión Soviética, tocando a su fin también en China, Cuba o Venezuela.
Los marxistas de hoy han reducido la democracia, particularmente en Europa, a una lucha por el favor de la opinión pública como paso previo imprescindible para conquistar el Estado. Opinión pública que, tras la Revolución Francesa, se identifica con la opinión publicada. Destinada esta última a proporcionar a los ciudadanos acríticos e infantilizados los criterios que son incapaces de formar individualmente por sí mismos; ciudadanos que repiten como propios los criterios previamente cocinados y ofrecidos enlatados a través de los medios de comunicación, ese mismo día o a lo sumo el día anterior.
En las sociedades occidentales actuales los medios de comunicación de masas se han convertido en la herramienta práctica necesaria para alcanzar y ejercer el poder, y la “cultura progre de lo políticamente correcto” en el catecismo neo-marxista y pos-marxista de una democracia degenerada, o como dicen los propios “progres”, de baja calidad.
Por definición y convicción los modernos marxistas son estatalistas y estadócratras. El primer objetivo y más importante para la actual izquierda es el Estado; y la transformación de este último en una gran guardería cuya actuación ordenadora, reguladora y coactiva alcance todos los ámbitos de la vida privada, incluso íntima, de las personas, creando un ciudadano dependiente del Estado, cliente y cautivo del mismo, que ha perdido hasta casi desaparecer, la iniciativa y la capacidad de oponerse y resistir. El ciudadano dependiente y clientelar, en una situación próxima a la servidumbre voluntaria, es por naturaleza agradecido y borreguil, incapaz de desarrollar un criterio propio.
Los neo-marxistas obvian que la democracia como forma de gobierno es o no es; y como forma de gobierno “sólo es” para articular la participación y el control del poder político. No caben medias democracias como forma de gobierno, de la misma manera que no caben medias personas o corruptos a medias.
La democracia como religión laica o como ideología, que es la concepción del neo-marxismo y de la izquierda actual, si puede tener estos u otros contenidos según el momento y el lugar, sí puede tener más o menos contenidos, sí puede ser en sí misma más o menos; pero esto no tiene nada que ver con la democracia como forma de gobierno. Los políticos de esta religión laica parecen más predicadores que gestores; ofrecen el antinatural e imposible paraíso terrenal de la igualdad material, y de la misma manera que tiempo atrás utilizaron a los denominados por ellos mismos proletarios, ahora utilizan a las víctimas que previamente han identificado, como herramientas para acceder y consolidarse en el poder.
Sapere aude.

Cuaresmillas

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Los matarifes andaluces, cuenta Pemán, llaman graciosamente las “cuaresmillas” a las depresiones del consumo de carne –el supremo lujo en la mesa– antes de Navidad y antes del Corpus, dos depresiones ascéticas y unánimes de abstinencia y vigilia obligadas por el ahorrar.
–Compró una zambomba en Navidad, comió pestiños en la Pascua, estrenó zapatos en Corpus, oyó misa de difuntos y cargó con el Nazareno el Jueves Santo –se leerá en la ficha celestial de “estos angélicos hijos del sol y del gazpacho”.
La Onu decreta ahora la Tercera Cuaresmilla Mundial en sacrificio al Huitzilopochtli (“Huichilobos” al oído español) del Calentamiento Global, religión laica abrazada por su secretario general, el socialista catolicón António Guterres, que hace suyo a San Pablo y entiende por “Carne” todo el compuesto humano (cuerpo y alma) en pecado, razón por la cual, y para “buendiosear” el calentamiento global, está recortando sus visitas a los asadores.
–Amaba los asadores, pero ahora sólo voy una vez cada tres meses, pues el ganado contribuye al calentamiento global –declara, sin reírse, Guterres, todavía con más carne que voz, al revés que los ruiseñores de Lope.
Por ese pecado trimestral de Guterres vemos que siente paulinamente dentro de sí dos leyes contradictorias, una en el alma, con la que ama la ley de Greta Thunberg, la Sor Lucía de los Progres, y otra en su cuerpo, que le incita a pecar.
–El espíritu en verdad está presto, mas la carne está enferma –dice el Señor a los tres discípulos que lo acompañan en el huerto.
Guterres, pues, sufre como católico, pero sueña como socialista con el socialismo prometido por Fourier bajo el cual todos los animales serán “colegas” del “hombre nuevo” (no sé yo si sería Guterres), una idea resumida por Trump en su réplica a Ocasio-Cortez, que le acusaba de odiar el socialismo:
–En América somos más de pasear a los perros que de comérnoslos.
Y se nos van los ojos a las tres comidas diarias de Errejón en Venezuela.

Los presos

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El lance fundamental de la política española ha sido siempre la larga (para los no taurinos: una “larga” es el “vuelva usted mañana” de Larra).
–Hasta 1900 la vida española se resume en dos largas: la de Cánovas y la de Lagartijo –editorializaba, allá por el 28, un “periódico almadrabero”, cuando los editoriales los escribían, ay, los Cuartero, los Ortega y los Maeztu.
Y añadía: “Desde 1900 a la fecha, la vida española no se puede resumir: es el salto de mata continuo, el capricho rastrero, la carencia de trayectoria nacional, la exaltación de los seres inferiores y el vejamen perpetuo de los superiores”.
¿Hablamos de Los Presos? Vayamos al evangelio de Juan: “Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: ‘Todo está consumado’, e inclinando la cabeza, entregó el espíritu”. Y también al discurso de Silvela a los conservadores contra “un gobierno que ni siquiera consigue hacer obligatorios los presidios a aquellos penados que disfrutan de recursos para tener abonos de tendido”. O escaños de diputado.
Tenemos Los Presos del 17 (comité de la primera huelga general revolucionaria en Europa), juzgados y condenados al penal de Cartagena, y elegidos diputados en febrero del 18, rápidamente indultados por una larga conservadora de Maura mientras don Juan March se ofrecía a costear la edificación de una Casa del Pueblo.
Tenemos Los Presos del 30 (miembros del Gobierno provisional golpista de la República), bendecidos por la larga conservadora (¡y “constitucionalista”!) de Sánchez Guerra, que los visita en la Modelo para ofrecerles, sin éxito, carteras ministeriales.
Y tenemos Los Presos del Prusés, elegidos diputados del Consenso y tal y tal y tal, cuyo destino entre flores, fandanguillos y alegrías es, larga conservadora (conservar el Consenso) de Sánchez mediante, pastorear esta grey española y lanar “que a las cuestiones de derecho y, en general, públicas, presenta una epidermis córnea”.
Iceta sólo es el homenaje berlanguiano que el vicio rinde a la virtud.

Consenzazo

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El Estado de Partidos es la fórmula amable del Partido Único, que tan bien se da en España, cuyos hijos salen de la cadena de montaje bailando la sardana del consenso (“Casado pide a Rivera que apoye la investidura de Sánchez con la abstención”), fuera del cual sólo está (de momento) Vox, al que en las elecciones hicieron un Suárez’79, cuando, con las encuestas al revés, salió el Cánovas de Cebreros en TV con el truco o trato de que González y Guerra eran Brézhnev y Súslov y los españoles metieron las cabras en el corral, pues en España el miedo es el condimento de todas las salsas.
El consenso es apaño, reparto del botín; lo contrario, para entendernos, del “totorreísmo” (de “tot o res”, todo o nada), hallazgo conceptual de los carlistas catalanes del XIX que se apropiaron los catalanistas del XX y que Madariaga puso de moda en el lenguaje de la República. El consenso sería el moderantismo del liberal “ojalatero”, otro hallazgo carlista.
Cuesta entender la Transición sin conocer la Restauración, en cuyos estertores un periódico, “El Liberal”, publicó una encuesta sobre el futuro del liberalismo español (“liberales españoles, toreros americanos… ¡qué tontería!”). En la encuesta la mayoría de las personas consultadas opinaban que el nuevo liberalismo debía avanzar mano a mano… con el socialismo. ¿Y la incompatibilidad entre ambas concepciones políticas?
–Es una objeción escolástica –respondieron los intelectuales.
El consenso es radicalmente oligárquico, razón por la cual prohíbe en sus dominios la palabra “derecha” como en la trinchera se prohíbe fumar de noche para no ser descubiertos. Si no existe derecha es que no hay nada que conservar: ¡adiós a “la repristinada coalición conservadora”! En este consensazo todos somos liberales, profesionales de la reforma. En palabras de Ortega:
–Hay que hacer caminos relucientes por todas las glebas, hay que hacer que se afeiten los curas… Hay que ir a la reforma de España.
Y todo lo demás, escolástica.

Los Melquiades

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El diario gubernamental decide que “las urnas castigaron la crispación” (?) y el walpolismo de Sánchez encumbra a Rivera y Casado como los Melquiades de la Muy Leal Oposición, cosa que nos dejó el walpolismo verdadero, junto con los “burgos podridos” que citaba (mal) Azaña, que hoy serían, de creer a los medios, los que votan a Vox.
Los Melquiades son los hijillos políticos de don Melquiades Álvarez, quien, visto por el Caballero Audaz, no fue más que un orador, un gran artista de la palabra, un magnífico esteta del verbo que en la política sólo veía temas para su oratoria: ¡Ah, “el desorden de su braceo, ese encorvarse a lo tigre, ese ceño fruncido, el silencio para exasperar la curiosidad”!…
–El maestro de las ambigüedades políticas, que no hacen otra cosa que envilecer al pueblo.
No fue jefe de un partido que se hubiese llamado Reformista-liberal-monárquico, pero tampoco de un Partido Reformista-republicano, y de pronto don Melquiades se sacó de la chistera un conejo, la Accidentalidad de las Formas de Gobierno, que encandiló a la pléyade de escritores, catedráticos, clase media, gente miedosa y cauta que se balanceaba en la cuerda floja del oportunismo. La doctrina de la Accidentalidad, “sólo como táctica de las luchas políticas”, la puso el pedantón de Pérez de Ayala, paisano suyo, mezclando disparates con conceptos del “Diccionario de Alcubilla”, que era la biblioteca de don Melquiades.
–Un Rey constitucional –escribía Ayala, uno de los tres jinetes del Apocalipsis de Pitita que traerían la República– es en el cuerpo nacional lo que el ombligo en el cuerpo humano: una reliquia de la tradición, un arrevique decorativo.
A don Melquiades la guerra civil lo sorprendió en Madrid. Su República lo encerró en la Modelo y en agosto los milicianos lo asesinaron. “Indeciso ante la vida, pero firme ante la muerte”, que fue heroica.
Pobres Riveras y Casados, “melquiadeando” en la accidentalidad porque “las urnas castigaron la crispación”.

El fascismo como fundamento partidocrático

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“(…) Ni agrupaciones (partidos políticos, asociaciones, sindicatos), ni individuos fuera del Estado (…). El fascismo quiere un Estado fuerte, poderosamente organizado e incluso apoyado sobre una amplia base popular. El Estado fascista se atribuye también el dominio económico. Gracias a las instituciones corporativas, sociales, económicas, creadas por él, el influjo del Estado penetra hasta los más lejanos tentáculos, mientras que dentro del Estado circulan, encuadradas en sus organizaciones respectivas, todas las fuerzas políticas, económicas e intelectuales de la nación.”
 Benito Mussolini (La doctrina del fascismo, 1930)

En este fragmento de texto escrito por el duce italiano, está explicando y fundamentando exactamente lo que hoy existe en España, el corporativismo de los partidos estatales, concebidos como órganos del propio Estado. Es la evidencia de que es el logro histórico del fascismo, su triunfo en toda Europa, lo que hoy fundamenta los Estados partidocráticos, donde son corporaciones, personas jurídicas, quienes tienen el monopolio de la política; son los únicos agentes políticos autorizados y de ese modo desaparece el individuo, el ciudadano como agente político.
En España no hay democracia porque lo que hay es un Estado de partidos, una oligarquía de jefes de partidos en un régimen de poder totalitario y burocrático, donde órganos del propio Estado, del poder instituido, producen las ideologías para mantener una ficción constante, una burbuja de propaganda y de fantasía.

Formas

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El mismo tipo que hizo un “Zelig” en un besamanos en el Palacio Real se salta las formas al llevarse a La Moncloa a los jefes del Consenso, obligados a ajustar sus ideales políticos al sanchezpancismo general.
–Las formas son las divinidades tutelares de las asociaciones humanas –dijo un liberal francés que hubiera querido nacer inglés.
España es un pueblo creador de formas porque es un pueblo de artistas, pero las formas de este gobierno no son formas y, dicho por Tom Paine, que contestaba al reaccionario Burke, cuando quiera que las formas de un gobierno son malas, es un indicio cierto de que también los principios son malos. En el caso de Sánchez, no son peores que los de sus convidados, y al final la Historia se pierde en estos detalles.
La Monarquía constitucional (el rey gobierna) inglesa dejó de serlo (constitucional, no inglesa) por los tejemanejes de la “Old Corruption” de Robert Walpole, quien, a su estilo, supo resolverle a Jorge I, que no hablaba inglés ni a su edad se iba a poner a estudiarlo siendo rey, el latazo de hacer un gobierno y gobernar. De la mezcla de los dedos de esparraguero de Walpole con la tradición surgió el parlamentarismo de gabinete, que eso es hoy Inglaterra, huyendo de lo cual los americanos crearon la democracia representativa.
La pereza de Jorge I era elegir un primer ministro cuando ningún candidato contaba con mayoría parlamentaria, asunto que resolvió Walpole comprando diputados (“spoils system”) incluso con cosas que no eran suyas (¡el caso es que nos suena!). Lo hizo una vez, y funcionó. A la segunda que lo hizo, se convirtió en tradición, cuyo bien principal es lo que Burke llama “prejuicio”, una clase de estado mental que según Roger Scruton sirve como barrera contra la ilusión de que podemos reinventarlo todo de nuevo, ateniéndonos a un plan trazado por alguna ideología racional.
Entran Rivera y Casado de Romanones y Dato a La Moncloa (¡no a La Zarzuela!) y salen, tan pichis, de Azaña y don Niceto.

Zapatero, peor Presidente del Régimen del 78

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Antes de empezar, aclaremos que no fue por sus ideología, ni por su pésima oratoria, y mucho menos por falta de coherencia –esto, en un hombre de estado, es pecata minuta, pues tarde o temprano se verá obligado a dar un golpe de timón que le permita sobrevivir a un cambio de viento-. Toda crítica que se le pueda hacer viene dada por lo que un presidente de gobierno, bajo cualquier régimen político, ha de tener para que la historia lo juzgue sobre una base de mínimos: competencia, sentido de estado, adaptabilidad, realismo y valor para tomar las decisiones correctas en el momento que haga falta. Aunque ello vaya en contra de sus principios ideológicos. Y aunque amenace, incluso, la propia subsistencia en el poder. Eso que llaman Zapaterismo, y cuyos protagonistas en un principio preferían denominar con el pomposo término de “Nueva Vía”, se gestó en casa de Trinidad Jiménez (que hoy se gana la vida como estratega de relaciones públicas de Telefónica) como un intento de respuesta, improvisado, de base y sin demasiado rigor doctrinario, ante la profunda crisis en que había dejado al socialismo la derrota de Joaquín Almunia en las Elecciones Generales del 2000. En aquellas reuniones tomaban parte algunos políticos jóvenes como Jesús Caldera y Pepiño Blanco, e incluso particulares sin carnet del PSOE como Miguel Sebastián. Sobre la marcha se decidió contrarrestar el panorama de aburrimiento y desmovilización dejado por los largos años del Felipismo a base de incorporar las inquietudes sociales y las tendencias neomarxistas que desde tiempo gozaban de popularidad en los medios: feminismo, memoria histórica, reivindicaciones LGTB, ecologismo e incluso fenómenos de moda como los góticos. En otras palabras: venta de humo.
En fin, sucedió que, contra todo pronóstico, por las razones que conocemos y no hace falta mencionar, de la noche a la mañana aquel pequeño y bien intencionado contubernio de diletantes progres terminó convirtiéndose en el puente de mando de toda la maquinaria del Estado, en uno de los períodos más movedizos de la historia. En 2004, con los comienzos del Euro, guerras en Oriente Medio y una burbuja inmobiliaria que se hinchaba a velocidad de vértigo, José Luis Rodríguez Zapatero accede al gobierno de la Nación del mismo modo que un modesto revisor de RENFE a la cabina de un maquinista que hubiera sufrido un infarto, sin tener ni idea de cómo se ha de conducir un tren ni cómo funcionan todos los sistemas que lo mantienen en marcha. Con una locomotora que va lanzada, cualquiera se sentiría abrumado por la tarea. Zapatero no. El se sienta alegremente en el puesto del conductor y se deja llevar, confiando en que su buena racha y el favor de los dioses, eso que él mismo llama “baraka”, llevarán al AVE sano y salvo a la estación. Saliéndonos de la metáfora, las cosas sucedieron de la manera más prosaica: cuando la economía iba bien, Zapatero, ignorante en estos temas, no sabía por qué. Simplemente se dedicaba a sus postureos presidencialistas y su demagogia sin preocuparse por nada más. Del mismo modo, cuando reventó el ladrillo y la coyuntura empezó a hundirse, Zapatero tampoco tenía la menor idea de por qué estaban sucediendo aquellas cosas tan terribles. Pensaba que se trataba de una corrección pasajera. No prestaba atención a los indicios de empeoramiento que se iban acumulando por todas partes. Tampoco escuchaba a sus asesores. Y como es de esperar en aquellos hombres que no han sido bendecidos con el don de la sensatez, ni siquiera se dio cuenta de que su buena racha se había terminado.
Igual que existen negacionistas del cambio climático, Zapatero era en 2008 negacionista de la crisis económica, pese a la evidencia masiva y telúrica de los fenómenos contractivos. Al presidente del gobierno español se le podría haber disculpado que mantuviese la ficción de bonanza hasta el mes de marzo para ganar las elecciones, o incluso hasta finales de año, cuando ya era más que patente lo que el colapso de los dos grandes bancos de inversión Bear Sterns y Lehman Brothers representaba para el sistema financiero mundial. Sin embargo, la negativa a tomar las medidas adecuadas que hicieran posible un ajuste de la economía española a las circunstancias de la crisis supuso no ya una mera pérdida de oportunidad; si la persona competente en la toma de tales decisiones no hubiese sido un completo irresponsable –como luego lo demostró mediante sus coqueteos con Podemos y el régimen bolivariano de Venezuela-, casi se podría hablar de un auténtico crimen de estado. Se entiende que Zapatero no quisiera decepcionar a su electorado, ni mostrarse incoherente con sus planteamientos izquierdistas. Pero a los presidentes de gobierno no se les elige para eso, sino para tomar decisiones impopulares cuando hace falta.
En esa tesitura estuvo Zapatero no un año, ni dos, sino cuatro, negándose a contemplar a la cara la mayor crisis económica desde el crack de 1929 y mareando la perdiz hispánica por un criadero artificial de brotes verdes. A su alrededor, el mundo entero se hundía. En vano las autoridades europeas instaban a la austeridad y el ajuste. Christine Lagarde le cortaba el paso durante las cumbres económicas, para decirle cosas que no quería oir. Los grandes fondos de inversión de Frankfurt y Wall Street, temiendo por sus abultadas carteras de deuda pública española, lanzaban cortos contra las empresas del IBEX con la esperanza de que la élite económica del país, viendo como se desplomaban las cotizaciones de Telefónica, Iberdrola y el BBVA, presionaran al presidente del gobierno para que hiciese lo que tenía que hacer. Zapatero, sin embargo, seguía pensando que España jugaba en la “champions league” y tenía el sistema financiero más sólido del mundo. Para ganar tiempo puso en marcha el famoso Plan-E, que costó a las arcas públicas bastante más que años después el rescate de Bankia. Una cosa buena tuvo aquella época. Y fue que por primera vez, al enterarse del trastorno de alcance mundial que nuestra quiebra del Estado podía llegar a tener, los ciudadanos de este país se dieron cuenta de que España era una nación más importante de lo que pensaban.
Ironías aparte, en aquellos tiempos estuvimos literalmente al borde de la quiebra y el abandono del Euro. La culpa no la tuvieron los mercados ni el sistema, sino el presidente del gobierno, por su indecisión y su reluctancia a asumir unas decisiones que, tarde o temprano, no había otro remedio que tomar. Finalmente, en la noche del 11 de mayo de 2011, tras una llamada personal de Obama, Zapatero se avino a razones. Al día siguiente, a través de su ministra de Economía Elena Salgado, anunció el brutal programa de medidas de ajuste necesario para restablecer la confianza de los inversores y evitar la salida del Euro: reducción del 5% del sueldo de los funcionarios, congelación de pensiones y un drástico recorte del gasto público. Con ello, Zapatero se suicidó políticamente, clausurando la “Nueva Vía” y dejando paso a una nueva era mediante un adelanto de las Elecciones Generales.
¿A cuento de qué vienen estas reflexiones sobre nuestra historia reciente? Ahora tenemos un nuevo presidente del gobierno. Hay un cambio generacional en marcha. El populismo y la demagogia gallean en todos los foros. Los pasillos del Congreso se han llenado de políticos y políticas jóvenes que están encantadas y encantados de haberse conocido y que en su inmensa mayoría no son más que una bola de analfabetos funcionales. Con este panorama, los problemas de la economía y la política internacional siguen siendo tan complejos como los de entonces, si no más. En sus épocas respectivas, Suárez, González, Aznar y Rajoy tuvieron sus cosillas y no fueron precisamente santos de la devoción de muchos –en ningún caso de la nuestra como militantes de un movimiento que niega vehementemente el sistema al cual sirvieron-. Cometieron sus errores. Fueron personajes corruptos. A todos les entró el mal de altura, y todos fueron nefastos para el país, aunque no más que el propio Régimen del 78.
Así las cosas, sin poder elegir un mundo ideal en que podamos instalarnos ideológicamente a nuestro gusto, hemos de decidir, y en esto hablo por los políticos electos que de aquí al verano hayan de encargarse de dirigir los asuntos públicos de la Nación española, cuál ha de ser el patrón de medida que conviene aplicar: la de los grandes mascarones de proa del Régimen, que se consumieron fáusticamente en el poder y tomaron decisiones capaces de mantener a flote el buque del Holandés Errante, aun a riesgo de quedar mal ante su decepcionada tripulación de espectros adictos a la votación compulsiva; o la de un maleta inculto y pretencioso como José Luis Rodríguez Zapatero, que no servía para gobernar, no dio el callo y ahora se dedica a hacer bolos en cafés teatro de extrema izquierda, cobrando un generoso sueldo como miembro vitalicio del Consejo de Estado. De modo que Pedro Sánchez ya puede ir tomando nota. Y con él sus extraños compañeros de cama, sean cuales resulten ser.

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