La Constitución de EEUU.

La lucha por el derecho no solo se produce en el interior de las naciones, sino también entre sistemas jurídicos.

Con motivo de las elecciones presidenciales en la república constitucional de los Estados Unidos de América, hemos asistido a una recusación íntegra de aquel sistema desde los medios de comunicación con alegres afirmaciones como que “se trata de una democracia peculiar” y criticando su sistema electoral. Sin embargo, aquello es una democracia y esto no lo es.

Efectivamente el sistema electoral norteamericano es manifiestamente mejorable por sus arcaísmos, al haber nacido ya como democracia en una situación histórica y tecnológica muy distinta a la actual, siendo por ello ser muy celosa y conservadora de sus tradiciones procedimentales. Ejemplo de ello es el sistema colegial de representantes, justificado en las distancias y medios de transporte propios de la época colonial.

Esos arcaísmos tienen fácil solución técnica, de modo que no es casual que ahora, cuando se cuestiona en España y en toda Europa continental la falta de representación y separación de poderes, se aprovechen las consecuencias negativas de esos arcaísmos en el sistema norteamericano para intentar aparentar una superioridad institucional de las partidocracias frente a la democracia formal.

Pero, con todo, es un sistema representativo del elector, quien elige uninominalmente y de forma mayoritaria, siendo los partidos meros vehículos electorales de la sociedad civil, no estatales, sin poder entre elección y elección. Mientras, aquí, asistimos a un análisis tertuliano desde la perspectiva partidocrática de los sabelotodo de régimen.

Se dice que allí votaron los muertos. Aquí votan zombis creyendo que eligen algo cuando lo que hacen es ratificar listas de partido con la complacencia de los tertulianos del régimen que critican el sistema norteamericano. Infelices. Ya quisiéramos tener aquí la mitad de las garantías institucionales sobre la separación de poderes y el sistema representativo que allí disfrutan.

Paletos de ciudad, que son los peores, critican el sistema electoral de la república americana cuando mientras tanto aquí se publica en el BOE una ley para combatir la libertad de prensa con la excusa de evitar la “desinformación” —lo que no es sino la creación de un Ministerio de la Verdad orwelliano—, se expulsa el idioma español de las escuelas, se eliminan derechos individuales por decreto gubernativo con la excusa de una crisis sanitaria ratificando y dando carta blanca a una dictadura comisoria de al menos seis meses o se allana el camino para habilitar a la Inspección de Hacienda para entrar en domicilios sin orden judicial.

Porque allí, con sus imperfecciones, hay garantía institucional de la democracia, que es mejorable, e incluso, de degenerar, se podría regenerar, porque está presente. Sin embargo, aquí no. No se puede regenerar lo que nunca ha existido: la democracia. Hay que generarla primero.

Y con esto lo que se hace es ahondar más en la asimilación de la democracia con el voto, cuando este sólo es un instrumento de aquella. Votar sin separación de poderes ni representación no sirve más que para legitimar la tiranía.

Eso no significa que se pueda ni se deba trasplantar a España el sistema norteamericano, no. España obedece a otra realidad histórica, geográfica y política, y precisa de instituciones propias y particulares para establecer el sistema representativo, la separación de poderes y la independencia judicial.

El sistema institucional que García-Trevijano diseña para España en su Teoría Pura de la República mejora, sin duda alguna, el sistema norteamericano al estar desprovisto de arcaísmos y ser pensado para su realidad dada por la historia. Pero, desde luego, la democracia norteamericana se merece un respeto como la primera república constitucional de la historia que es.

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