Decoración navideña (foto: capitrueno) La Navidad me ha horrorizado desde pequeñito. Como no soy cristiano, no debiera afectarme. No más que los festejos de Ramadán o Kippur, o que la ignota práctica de ritos de paso en tribus africanas. Una mínima racionalidad aconseja dejar gozos o penas al buen uso de aquellos que son por su específica creencia concernidos. Y seguir por el camino propio. La Navidad me sigue incomodando. Puede que no con la misma violencia de cuando era joven; pero eso es el destino irremisible de lo humano: el tiempo acaba por pulir todas las pasiones, las eufóricas como las malhumoradas. Lo que el tiempo no cura es la delectación de los humanos ante lo más hortera. Con los años he ido consolidando la certeza de que es eso lo que me ofende, cada vez de un modo más intenso. La Navidad no es una fiesta religiosa. No, al menos, prioritariamente. La Navidad es la apoteosis indescriptible del mal gusto, aniquilando aun el último rescoldo de belleza en nuestras ciudades. Mi vida, en la memoria, está hecha de las ciudades que amé: unas cuantas. De las que detesté, también. Porque entre amar y detestar, la frontera es muy tenue e indistinguible la huella.   Cada ciudad tiene su luz, su hora, ese instante en el cual se entrega a quien sabe mirar su siempre elíptica carga de absoluto. Son sagradas, las ciudades. Aun en su desorden, habita, intemporal, el espíritu de cuantos las habitaron. Pensé que el bofetón de mal gusto que me hería cada año en casi cualquier ciudad al llegar mediados de diciembre, era una conspiración feísta específicamente cristiana. Tenía fragilidades mi hipótesis. En nada parecían herirme, durante el resto del año, los hallazgos iconográficos de la muy cristiana arquitectura barroca. Paseo por la Roma jesuita y soy feliz, mientras recorro el matemático “via crucis” desde el Gesú hasta el Vaticano. No hay escenografía urbana más litúrgicamente regulada que ésa. En la cual todo me es grato. Y me pone de los nervios el cúmulo azucarado de anuales estampitas navideñas con luces de colores.   Al muy ilustre alcalde madrileño debo la suerte de haber salido de mi malentendido: lo hortera no es hortera por ser cristiano; es hortera por ser hortera. A falta, en efecto, de factor de contraste, juzgué precipitadamente que lo horrible eran las estrellitas, los belenes, los dichosos reyes magos, y Santa Claus, su pedófilo epígono. Ahora que el señor Ruiz Gallardón los ha sustituido por platillos volantes de vivos colorines, no hay ya lugar a duda. Da igual que fuera Ramadán, o Kippur, o vete saber qué tribal festejo de ritos africanos de paso. Un alcalde es un alcalde. Un hortera.

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