23-2-1981 La gran farsa Nada como las celebraciones de aniversarios para desvelar los mitos en los que se basa el régimen de poder que los conmemora. La Bastilla francesa para celebrar que nunca se produjo una verdadera revolución política, y mantenernos siervos en la ficción de que así fue. El 23-F para que no olvidemos nunca que el rey Juan Carlos fue el héroe salvador de la patria y defensor máximo de la democracia, y que los golpistas operaron en contra de sus deseos (como todo el mundo sabe, faltaría más). La prensa, unánime, lanza vítores al aire, y, tal como sucedió al día siguiente del golpe, todos pueden ya volver felizmente a sus ocupaciones.   La Bastilla solemnizada en Nuestra Señora de París; el discurso televisivo del rey (tardío, ay pillín, que no sabías qué hacer) dando órdenes de detener a los culpables. A pesar de lo extraordinario del montaje, de lo absolutamente inverosímil del mito, de lo claramente que apuntan todos los datos a una implicación directa del rey en el golpe, nadie parece sacar las conclusiones precisas. Todos callan. Adoran el mito. Y todo sería una feliz celebración colectiva de solemnes vaciedades si no fuese porque lo celebrado es palmariamente falso; si no fuese porque la celebración oculta que el golpista fue él, y que, aunque el golpe salió mal en lo inmediato, la jugada llevó a resultados con los que ni siquiera había soñado: quitarse de en medio a la derecha y al ejército. Quedaba, pues, el camino expedito para hacer suculentos negocios petrolíferos, dejar a Felipe González la demagogia de masas sin tener que mover un dedo, y a correr. El problema de la bochornosa prensa española, todavía hoy, es que todavía no ha comprendido el sentido de la Transición de Franco a Juan Carlos, pasando olímpicamente por encima de Don Juan. No ha comprendido el sentido del pacto corruptor entre bambalinas, y que, por eso, el golpe seguía perfectamente la ruta trazada del continuismo Franco-JC. Elementos desintegradores aparte (paro, ETA), que hicieron de coartada y justificación, el rey pensó que podría gobernar con un “gobierno de concentración” entre civiles (sobre todo el PSOE) y militares. Después, Tejero salió rana, y Armada, que iba a ser Presidente, cargó con el muerto. Pero al fin y al cabo todo le salió demasiado bien, mucho mejor de lo que había planeado. Tal vez al principio le abrumó el fracaso, y el miedo se apoderó de él. Mas al poco se impuso la astucia del roedor: él no sabe nada de nada, y fueron otros los que operaban a sus espaldas y sin su consentimiento. Es posible que en un primer momento sintiese decepción por que el golpe no saliera bien, pero con el tiempo sin duda ha comprendido que así fue mejor: él no tiene protagonismo, y puede corromperse sin que nadie le moleste; es más, con la seguridad de que muchos le idolatran como demócrata.   Naturalmente, mientras se asuma acríticamente que hubo una “transición democrática” estaremos incapacitados para ver el verdadero juego de poder. Pero siempre fue más fácil creer en el mito. Qué cómoda y lucrativa la charca de la farsa.

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