El bouleutorión.

DOS CONCEPTOS CON MALA PRENSA: representación y democracia.

El principio de representación, el hacer presente al ausente, al que no puede estar presente y quiere participar, era una noción inconcebible para un ciudadano romano.

Será en la Baja Edad Media cuando Marsilio de Padua afirme que el poder de hacer las leyes pertenece al pueblo, y éste por medio de la mayoría cuantitativa ha de determinar la voluntad popular.

Los doctos —dice Marsilio de Padua— pueden mejor conformar las leyes que los indoctos, pero no pueden hacerlo necesariamente de forma más sabia que la universalidad de los ciudadanos entre los que están incluidos. Por tanto, admitirá que los legisladores formulen, pero solo formulen, la ley, puesto que siempre seguirá perteneciendo a la nación el derecho de aprobarlas o rechazarlas.

Cosa que se hará mediante su aportación de la representación política. Los ciudadanos elegirán a su experto, el cual ejercerá el mandato de personificar, hacer presente, actuar en lugar de, y exponer necesidades, quejas, intereses, de sus mandantes representados así ante una cámara legislativa que trata de reproducir la sociedad civil.

Así, Marsilio de Padua, además de este principio de representación política, aportará el de soberanía popular y el de sistema mayoritario, que son hoy los fundamentos del moderno constitucionalismo.

Será Marsilio el primero en hacer filosofía política con la representación al desarrollar su justificación filosófica. La figura del representante en el ámbito jurídico ya existía por medio del apoderamiento del procurador, representante ante los tribunales.

También el término democracia tuvo muy mala imagen después de la experiencia ateniense. El concepto de democracia aludiendo a un sistema político tuvo nula validez durante muchos siglos. La experiencia de la democracia ateniense nos hablaba de un sistema no representativo que nunca tuvo más de treinta mil personas con derecho a ejercer su participación y que en la práctica nunca participó de más de cinco o seis mil atenienses.

Al ser un sistema sin representación, el que por edad o salud no podían subir a donde la Boulé, o por no poder dedicarse plenamente a la cuestión pública, quedaba excluido de la participación política, quedando ésta en manos de los ociosos o de aquellos que se jugaban intereses personales.

La primera vez que aparecerá la expresión «democracia representativa» se deberá a Jeremy Bentham, por un lado, y, por otro, a Alexander Hamilton. Éste, ante la resistencia a llamar democracia a lo que en el proceso constituyente de los EEUU estaban elaborando, será el primero en hacerlo, añadiendo pronto, «pero representativa».

La democracia es o no es. No se puede, por tanto, ser democracia avanzada, desarrollada, poca democracia, ni ser más democracia. Como la preñez, se está o no se está.

Y la democracia en su sentido formal, que alude a las reglas de juego, sólo lo es si cumple estos dos requisitos: el principio representativo y la separación de poderes.

Representación. Cada distrito elige de forma uninominal y por mayoría absoluta a su representante; a doble vuelta, si fuera necesario. Uno gana, pierden todos los demás. El representante elegido representa a su distrito, quien le paga y quien por incumplimiento del compromiso adquirido con su distrito puede revocarle el mandato. Como un particular a su procurador.

Todos los distritos, mediante sus representantes, constituyen la Asamblea Legislativa. Es potestad de la nación el hacer las leyes.

El ejecutivo, el gobierno, el timonel del Estado, lo preside quien en elecciones separadas de las legislativas y en distrito único de toda la nación, a doble vuelta, es elegido. Así, por mayoría absoluta, uno gana y los demás pierden.

Y, por tanto, tenemos un doble control de contrapesos. Por una parte, quien es elegido, gana, y el que pierde pasa a la oposición a vigilar al gobernante o al representante elegido. Pero no participa del poder. Por eso sabemos que va a vigilar, porque no se lleva una cuota de poder proporcional a sus resultados con la que pactar y, al no participar del reparto, queda fuera de la posibilidad de corrupción, desconfiando del que sí tiene la posibilidad. La democracia siempre es la ley de mayorías y minorías.

Por otra parte, Estado y nación se contrarrestan sus ansias de expansión. El poder siempre tiende a crecer y abarcarlo todo. Sólo lo puede frenar otro poder con el mismo afán.  Así, por el sistema de pesos y contrapesos, gobierno y legislativo se harán de contención y vigilancia mutua.

La democracia no se basa en la confianza. Por el contrario, la desconfianza es lo que hace que las sociedades se doten de mecanismos de control que impidan que la débil naturaleza humana se pueda corromper de forma sistemática y menos aún de forma sistémica.

4 Comentarios

  1. La desconfianza. Que paradoja. Elegimos a alguien del que no podemos fiarnos del todo.
    La democracia que pudo ser (I) no la encuentro . Saludos

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