Tormenta en la costa noruega. Andreas Achenbach. 1837. Städel Museum, Frankfurt.

Existe la tendencia de apellidar la palabra democracia, adjetivándola, como si ésta, que hoy goza de un prestigio que no siempre tuvo, necesitase de esos adjetivos a modo de argucia para legitimar aquellos regímenes de poder que manifiestamente no son democráticos.

Además, el adjetivo que se le añadía a la palabra democracia pretendía, amén de dar gato por liebre, mejorarla. Otras veces sería la simple pretensión de perfeccionar el sistema partitocrático, que ellos nominan, en su ignorancia o fruto de aviesas intenciones, democracia.

Así, conocemos democracias populares, directas, asamblearias, plurales, deliberativas, orgánicas, reales, proletarias, naturales… Conocemos, quiero decir, las expresiones, ya que cualquiera de estas denominaciones deviene necesariamente en oxímoron.

Claude Lévi-Strauss lamentaba que mediante el voto su opinión valiese tanto como la de su portera. Y ya Platón, tan crítico con la democracia griega, señaló en el Protágoras la paradoja de que cuando la ciudad necesitaba un barco acudía a un armador, si un puente a un arquitecto, pero para la cosa pública valiese cualquiera. Y John Stuart Mill, en su horror a la tiranía de las mayorías, propuso acabar con la máxima de «un hombre un voto» y establece un sistema de voto plural, según el cual la calidad del votante se tradujera en un mayor poder decisorio. De modo tal que el universitario habría de tener más voto que el obrero, el maestro que el discípulo, el lector que el analfabeto…

Pero los tres autores mencionados parten de un mismo error de perspectiva. Veamos en qué consiste ese error original.

Pensar que, con la democracia, y por mediación de los votos, se alumbran las decisiones más sabias, más eficientes o más justas, es desconocer lo que es la democracia. Y también es desconocer cuál es la naturaleza de la política.

La política no es sino la lucha por el poder. Y como nos enseñaba Julien Freund, el medio propio de la política no es el derecho, sino la fuerza: «Imaginar un mundo político sin enemigo y sin guerra es lo mismo que representarse una moral sin presencia del mal, una estética desprovista de todo concepto de fealdad, o incluso, rechazar el valor epistemológico del error».

Lo político refiere a la esencia. La política al cómo se realiza. Por eso siempre existe lo político, pero sin libertad política colectiva no hay política.

Es de mucha importancia desmitificar tanto el concepto de la política como el de la democracia. No podemos seguir reiterándonos en el error de hacer definiciones utópicas y «bienpensantes» de lo que deberían ser. La realidad se nos impone y las cosas son lo que realmente son, no lo que creemos que deberían ser.

El resultado de las urnas no nos dice, por tanto, qué es lo justo, ni lo mejor, ni los más eficaz. El resultado de las urnas nos habla de la fuerza.

En la lucha por el poder evitamos el conflicto bélico permanente renunciando al ejercicio de la violencia y con el acuerdo previo de aceptar aquella decisión que tenga más respaldo, más fuerza. Si nosotros estamos en minoría no es que tengamos menos razón, lo que tenemos es la convicción de que siendo menos, teniendo menos fuerza, perderemos la lucha. Al tener menos fuerza dejamos que gobierne quien tiene más respaldo social. Mientras, lucharemos por conquistar esa hegemonía política que, una vez conseguida, el enemigo político respetará al saberse con menos fuerza.

Es decir, hay un acuerdo tácito y previo en aceptar aquellos resultados que tengan mayor respaldo social, evitando todos así el uso de esa fuerza en su aplicación violenta.

Y en la búsqueda de una forma que arbitre los mecanismos que garanticen una lucha justa por conseguir el poder, surgirá la democracia. Porque allí donde se evite la lucha por la consecución del poder, mediante consensos y previas componendas, habrá acuerdo y repartija —que es siempre la argamasa del acuerdo—, pero no habrá política. Donde hay consensos hay repartos proporcionales del poder. Pero allí donde las reglas de juego garantizan la lucha por el poder hay libertad política.

Sólo nos salva de la tiranía el que el gobierno que ejercen unos hombres sobre otros esté legitimado con el consentimiento de los gobernados. Y ese se deduce de unas reglas justas en la contienda política de una nación.

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