Qué exigencia en boca del señor Rajoy. Pide -¡al Gobierno!- la imparcialidad de la Justicia porque los buenos españoles la desean.   La Verdad es un absoluto. Lo es porque mantiene anclado el pensamiento al sustrato que lo vio nacer, la Naturaleza. Asoma ya en la conciencia de la fe animal, es un axioma del sentido común y un anhelo estético; por eso fue antes intuida, instituida y representada que buscada. Es la fotografía que observamos del tiempo, mientras este se aleja. Era absolutamente indispensable para nuestra mente mucho antes de devenir material de la Metafísica y hogar de la Razón, vigor de la Ciencia. Para negar la Verdad hay que contradecirse, callar, o matar. Y las tres son formas verdaderamente sucias de decir no a la Verdad. Frente a la Verdad, la incomprensible existencia es sólo relativa, se afirma a sí misma mientras prospera. La Justicia de Rajoy no es veraz pues, engastada en el poder ejecutivo, no permite a la mente del ciudadano referirse a una instancia distinta dentro del Estado y pierde su valor absoluto. Entonces, como la existencia metafísica, la Justicia se hace relativa y su inherente imparcialidad pasa a ser simple atributo negativo de la justicia partidocrática. Es decir, nuestros políticos nos han condenado a la no imparcialidad, a la parcialidad que prospera, como lo hace el mismo Régimen, irracionalmente afirmada en su propio acontecer.   La Imparcialidad de Rajoy sólo demagógicamente puede ser anhelo ciudadano si es acuerdo entre partidos. Las pasiones de igualdad se incluyen en un circuito político cerrado; las de libertad, aunque actualizándose en estructuras institucionales a cada paso, siguen una trayectoria irreversible. Del Estado no regresa libertad a la sociedad civil, sino su represión o, con suerte, la organización forzada de su energía. Pero la libertad colectiva, la cosa en movimiento, la república natural, sigue haciendo más allá del Estado, que no deja de ser una criatura suya. En cambio, la Justicia sólo puede concretarse en ese Estado para después volver a la sociedad civil. Políticamente, la Libertad es autónoma; la Justicia, heterónoma. La Justicia sólo es civilizada -si puede serlo en absoluto- cuando regresa limpia a la población desde la administración estatal. Y para permanecer limpia tiene que formar un circuito distinto y distinguido, sin interruptor partidario, desde la pasión de igualdad hasta la compensación real del abuso, pasando por el Estado. Como le ocurre a la Verdad que es absoluta aunque hija de la Naturaleza, la Justicia, a pesar de ser heterónoma en su legitimación y débil con respecto a los otros poderes del Estado, sólo es verídica si es independiente.   Mariano Rajoy en Pontevedra (foto: Partido Popular)

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