Se puede denunciar a un malhechor con una gracia popular y que aparezca cualquier ladronzuelo picacasas de los alrededores en una de esas noches de brasero y lumbre, de mesa camilla y cartas, en el robo de gallinas de un chiste. ¿Por qué en la brisca sirve más el pueblo colectivo que la sota, caballo y rey? Porque el poder se levanta desde abajo.

El humor, como gran garganta, procede del mismo tajo que del quejío, como un espejo de la esperanza o como duende gemelo, es un ¡ay!, pero de esperanza, duende de alentador crujío y espontáneo brote. El genial humorista catalán, Eusebio, llegó a decir que «el humor no tiene nada que ver con estar contento. El humor verdadero sale de las penas, es una válvula de escape para evadirse de la realidad. El humor sale de los momentos trágicos».

La dura y asfixiante posguerra dejó su testimonio en la comedía española. Por ejemplo, en la película La Quiniela (1959) un vagabundo da dinero a un transeúnte, o en La vida alrededor, el realismo duro aparece cuando el padre le dice al hijo, apenas un crío, «hijo mío, voy a decirte la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad: no eres tan feo como tu padre porque eres pequeño todavía, no eres tan pobre como tu padre porque eres pequeño todavía y no eres tan alto como tu padre porque eres pequeño todavía. Pero crecerás, te afeitarás, te casarás, trabajarás, trabajarás, trabajarás, y llegará un día que serás tan feo, tan pobre y tan alto como tu padre».

La España de hoy, más pícara y sinvergüenza que nunca, está condenada en nombre de unos pocos energúmenos, soplagaitas con berlinas blindadas, esta tierra con abanicos de colores heredados, mueve que mueve la ignorancia. España es un país con medio millón de astillas, peces elocuentes que rodean nuestra península, anfibios adiestrados en el arte de lo resbaladizo, y aunque por un instante los toques en un paseíllo de saludos no alcanzan las manos a sujetar sus palabras escamosas. Confunden con su cola huidiza y embustera, y nos dicen «Estado de derecho», como si no tuvieran también el suyo la dictaduras de Hitler, Mussolini, Stalin o la de Franquito, un hombre de miedo que invoca la razón de la risa cuando habla, y nos dicen Transición, cuando el hombre de hierro forjó una transacción de poder con las nubes oscuras de su voz de pito, dando lugar a una Constitución secreta de pito y sin vergüenza, fruto del árbol negro de la mala conciencia de unos, que por haber pisoteado limones en el cemento tenían miedo a la revancha, y del otro, el amargado zumo de la derrota con la ambición y ganas de revancha renovadas, deseosos de suplantarlos, para repartirse el tronco de poder de la dictadura por las ramas de distinta oscuridad que de nuevo se abrían.

Se abre el telón, aparecen el feo, el malo y el tonto, ¿cómo se llama la película? «Café para todos». Es decir, comunidades autónomas, o diputaciones o triplicidades, o tentáculos y arañas corruptas que se financian por el mismo Estado, colmo de la causa que nos mueve. Decidme si este Estado se merece la mayúscula, si este es el hijo del rey que intentó abrir otro paréntesis el 23F, y que acabó con el chiste del tricornio de Tejero; decidme si hay un solo medio de comunicación —algunos zorros abren su guarida y algunos pájaros ya vuelan libres por canales y redes— que no dedique su labranza a cubrir el velo de la apariencia de la realidad, a tratar las noticias y los sucesos sin quitarnos nunca la escarcha de los ojos, como si no fuera una broma que la política, que es cosa seria, funcione con colores inflados por un helio de sentimientos y se traicionen al instante, justo en la palabra siguiente, cuando pactan con el celoso del vecino que repulsan. Decidme si no es la base de un chiste que la dupla de Santiago Carrillo y Fraga representen la verdad de esta España.

La barbarie está debajo de las ideologías, bajo la rosa que dura porque es de plástico, entre las aves de la doble mentira, porque son inmóviles y porque son subterráneas; en los círculos blancos sobre el falso morado, en la viñeta soleada o en la voz de una centrifugadora gris rancia gris gris rancia; la barbarie está en el circo del Gran Hermano del Congreso, el los perros, perras y viceversa, en el pitorreo de grillos, en la radio y en los cocodrilos, en berlinas relucientes que miran con las luces largas a los ojos, deslumbrando el pensamiento y desafiando con ilusión ingenua a su utopía de igualdad. Pero no piensen que el motor está roto, ni caída la tradición quijotesca y bailaora, ni el arte que denuncia la verdad, ni la voluntad de los álamos, ni el ingenio natural, ni el carnaval de floridas máscaras denunciando. ¿Saben por qué es de risa esta amoto? Porque es del 78 y no tiene tres marchas; a nuestra Derbi Antorcha tricampeona del mundo le entra la ejecutiva, la primera, y hasta que no se gaste, para qué meter las otras. En sus serones llevan los aperos: guitas anchas y trenzadas como la cuerda canijuela o la rabo de gato, tenazas y martillo, o la navaja y cerecillas por si hay que guiñar al bobo.

Solo el fútbol es digno de la filosofía de las ideologías, no en los partidos de los políticos, sino en los partidos balompédicos y sus viejos coliseos de lucha. Ahí es donde debe resistir el color hasta (casi) la muerte, el infarto al sentimiento. Eran las cinco de la tarde y alguien descendería en un impoluto verde que te quiero verde. El agua de los aspersores vierte un reflejo de verdad, de vivir en noventa minutos unas reglas controladas por el árbitro. Porque esos héroes sí luchan en batallas por la fama y por la gloria y levantan coronas orejonas de laureles, pichichis, zarras y zamoras de vuelos y paradas imposibles; donde cabe el reproche y el aplauso, el regate y la ovación, y es digna, sí, lícita, la celebración en la cara del rival y alegrarse el día por la derrota ajena; no en el perenne duelo de octavos de final de la actualidad política, ni en los contraataques, ni en las posesiones que defienden acusando como el que juega con la estrategia del voleón y el puñal. ¿Saben por qué se pelean tanto? Porque su enfermedad es de una bronquitis crónica. Complicaciones derivadas del cordón umbilical franquista en el parto de la Constitución. ¿Saben ya por qué se tocan tanto el ombligo?

Hay quien centra al área a la búsqueda del contacto, a la pugna por poderes que no están divididos, pero yo centro con vosotros al área de la libertad, como quien sabe, que la mejor respuesta a esta barbarie encubierta, es el silencioso pase, la abstención consciente y masiva, porque la suya es una broma macabra y nuestra respuesta es la estirada a mano cambiada del arquero, la plástica maniobra sacudiendo un mano a mano, la defensa de la portería de la libertad contra los disparos envenenados del fraude. Hay que atacar con posesiones de razón, con descripciones de hechos y sucesos para desplegar por la meseta interior y por las costas como bandas, hasta que el silencio, ariete de testa rotunda, consiga el gol que nos dé la Copa de la Libertad Colectiva, un gol como una blanca carcajada.

El ridículo al que asistimos nos da vergüenza ajena, pero es nuestro este Congreso. José Bono, que lo conoce bien, afirmó hace poco entre planeos de sonrisas corruptas que la mejor manera para ser congresista es hacerse amigo del que hace las listas. Y lo reconoce, así, con esa ingenua simpatía, como el que naturaliza la corrupción, como si no fuera consciente del peor de los ridículos: el que se hace en público. Según Platón, genio y leyenda, «lo que provoca la risa es la presunción de ciertos individuos de ser más ricos de lo que son en realidad, de ser más bellos, o de tener más virtud de la que efectivamente tienen». De la definición de democracia de Trevijano Maverick deducimos que la suma de todas las libertades individuales no da lugar a la colectiva: la sinergia no se puede producir.

El individuo no tiene poder, y cuando quiere representarlo hace el ridículo, como nos ilustra el granadino en una anécdota acaecida en la Revolución francesa; cuando el pueblo de Francia, los individuos del pueblo estando en plena revolución y el ayuntamiento de París preocupados por el murmullo de los ejércitos que llegaban para asfixiar el proceso mandan una delegación a Versalles para reunirse con el Tercer Estado, el legislativo, con la intención de pedirles armas para defenderse, quedaron como aquel. ¿Saben de aquellos que hicieron al instante el ridículo? Que eso era problema del rey, del ejecutivo, contestó el presidente, que ellos no quieren saber ni de sables ni de pólvora, que ellos solo legislaban.

Lógicamente quedaron achantados, vamos, como el gili de la canción de Javier Krahe, «Marieta». Pero cómo no va a ser una broma que en vida no tengamos derecho a la muerte. De nuevo Platón, sabio olfato y balón de oro, nos dice sobre el humor: «Digo que las cosas humanas no son dignas de ser tomada en serio, y sin embargo es preciso ejercerlas con seriedad».  Por eso, contra esta indignidad dominada por una larga caravana de corbatas, el humor, contra el miedo, el humor, contra la mentira, el humor, frente al consenso,  humor, contra la confusión, humor, en Eurovisión, Rodolfo Chiquilicuatre. Humor como tesis, como bálsamo pacífico y certero para tambalear la gran farsa y cubrir de nieve la dignidad, con copos serenos y continuos de votos rotos, rajados,  porque esta democracia solo reside en carnavales, debemos ondear la verdad de la bandera blanca, la libertad colectiva constituyente.

El humor como camino para conseguir la libertad de pensamiento, porque cómo no nos vamos a reír si Marx, padre del comunismo, escribiera en 1843,  «la monarquía no tiene otro principio que el hombre deshumanizado y despreciable (…) Allí donde el principio monárquico se halla en mayoría, los hombres se encuentran en minoría (…) ¿El ridículo y los apuros? No hay más que un ridículo y un apuro: tener que descender del trono». Y ¿qué pasa en España? He aquí la gracia: el líder del Partido Comunista, Santiago Carrillo, pide el Nobel para el rey. ¡Tú sí que vales! La tontería puede llegar a tales cotas que, tras el consenso del arcoíris y el reparto, sea alcalde de la ciudad el menos votado. Y el colmo de los colmos es el único mensaje en el que coinciden: ¡participación masiva!, participación para refrendar un fraude. ¡Virgen santísima del Socorro!

Mariano leyendo. Pero cómo se puede echar de golpe así a un presidente.

Mariano, hombre, es el Marca del jueves.

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