(foto: teenwordd20xx) En 1954, tras el horror colectivo del nazismo, la ruina posbélica y el desgarramiento nacional, los alemanes hallaron en un triunfo deportivo, un motivo de orgullo y de renovada confianza en sus posibilidades. Pero, a pesar de no obtener el trofeo, los buenos aficionados al fútbol recuerdan el deslumbramiento que produjo la Hungría de Boscik, Hidekguti, Czibor, Kocsis y Puskas.   En el Mundial de Suecia de 1958, más allá de la irrupción de Garrincha y de O rei, lo trascendente es que la escuela brasileña comienza a impartir sus bellas e inolvidables lecciones, culminadas en 1970, con la gloriosa demostración de la que está considerada la mejor selección de la historia, tanto por la categoría excepcional de sus miembros (Carlos Alberto, Tostao, Rivelinho, Pelé, Jairzinho) como por la exquisita inteligencia de su juego de equipo. Los herederos de aquella legendaria Brasil, los Junior, Sócrates, Falcao y Zico, fueron derrotados en 1982 por los competitivos italianos y los goles de Paolo Rossi, pero ganaron el agradecimiento del “hincha universal” por el placer estético que regalaron.   Son igualmente memorables el “fútbol total” de la “Naranja Mecánica”, puesto en marcha en 1974 por Cruyff y los Krol, Haan, Neeskens, Van Hanegem y Rensenbrink; la elegancia desplegada en un terreno de juego por la Francia de Platini y Giresse; y la reciente sinfonía española con Xavi como director de orquesta.   El minucioso ejercicio de pases con el que el Barcelona desarboló al Real Madrid el pasado sábado, ha confirmado –dejando a un lado la intransigencia del “forofo”- que una generosa interpretación del juego, llena de armonía y de precisión, es muy superior a la mera voluntad de ganar, por muy férrea que sea, o a la renuncia a jugar en todo el campo, encerrándose atrás y confiando en aprovechar, en el área contraria, algún destello de las “estrellas”.   Los dioses tutelares de los colosos del fútbol español son Di Stéfano y Cruyff. Con el primero, el Real Madrid creó y consolidó su fama mundial de equipo ganador por excelencia. El holandés simboliza para los barcelonistas la deseable unión del triunfo y la belleza en el “deporte rey”. El equipo de Guardiola tiene trazas de superar la obra de aquél.

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