«Saturno devorando a su hijo» (Francisco de Goya, 1823).

En los Estados de partidos europeos, cuya mecánica y fundamento es el reparto del poder mediante cuotas, la omnipresencia del poder del Estado y su tendencia al totalitarismo —«todo Estado tiende a ser totalitario y todo Gobierno a ser oligárquico», nos advierte Dalmacio Negro— divide y subdivide a la sociedad con el objetivo de integrar en él a las masas, a través de esas facciones estatales que conocemos como partidos políticos.

La industria partitocrática estatal extiende sus tentáculos hasta los confines más alejados del territorio nacional con el fin de encadenar a su yugo al mayor número posible de ciudadanos afines a sus facciones, hasta convertirlos en delatores del rebelde, del políticamente incorrecto, o del no adscrito.

Antonio García-Trevijano define esta tendencia invasiva del Estado como estatalismo. Una perversión de esta forma política que excede su ámbito natural para introducirse en cuestiones que no serían de su competencia. Las costumbres y tradiciones sociales, las relaciones interpersonales, la instrucción pública, los valores éticos, las manifestaciones artísticas de la cultura o la propia lengua han sido arrancados a la nación, convirtiéndolos en razón o materia de Estado. Un ejemplo de esto lo tenemos en la expresión «educar en valores». Pero ¿qué valores? La respuesta es bien sencilla: los valores del Estado. Educar significa en este caso adoctrinar y no instrucción pública. Decía Elvira Roca Barea que «analfabetos ha habido siempre, pero ahora salen de la universidad». Pudiera parecer exagerado, pero en absoluto lo es. Según el último informe del Academic Ranking of World Universities (ARWU) 2020, la universidad española mejor situada es la Autónoma de Barcelona, ocupando el puesto 151 del mundo. No ha de extrañarnos, por tanto, que miles de jóvenes se enfrenten a la policía por un azumbre de mollate.

También existe una cultura de Estado, regada con decenas de millones y cuyo valor cultural es nulo, relegando al ostracismo propuestas independientes. Lo que se ha venido en llamar radiotelevisión pública no es otra cosa que radiotelevisión estatal. Los programas de debate para la confrontación de ideas, la presencia de personalidades de prestigio en todas las áreas del conocimiento, los programas musicales especializados o la literatura han desaparecido de la parrilla de su programación. La cultura y sus manifestaciones artísticas han sido reemplazas por el entretenimiento.

Nietzsche, en uno de sus grandes aforismos, nos alerta de la gran mentira del Estado: «Yo, el Estado, soy el pueblo».

El totalitarismo posmoderno detenta su tiranía de manera cada vez más evidente ante una sociedad inerme y distraída.  Una de las armas de las que se sirve el Estado para la homogeneización social  —y esto ocurre a escala mundial— es el lenguaje digital.

La perversión, reducción y empobrecimiento del lenguaje, el uso de absurdas abreviaturas, iconos, palabras talismán y mensajes breves nos permiten detectar los estilemas concretos de cada facción. Estas nuevas formas de control social a través del lenguaje son materia de estudio en las ramas de la antropología lingüística. Lo virtual desplaza lo real, consiguiendo un eficaz método subliminal de eliminación del pensamiento complejo y, por lo tanto, crítico.

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