Francia y Holanda viven bajo la presión mediática de la Constitución europea. Todos hablan y nadie dice de qué Europa se trata. Pero, sin necesidad de entrar en los hontanares espirituales y materiales que hicieron divergir a otro lado del Atlántico las ideas y costumbres importadas de Europa, todavía se pueden rastrear profundos veneros de la cultura y carácter que nos distinguen de EEUU.  Y en ellos reside la necesidad de independencia de una Europa unida. Sin perjuicio de analizarlos en otros artículos, basta con indicar ahora que uno de ellos, la seguridad social, queda sujeto a la regla de la unanimidad, es decir, fuera de la unión europea. Mi reproche a la década (1947-1957) donde se dilucidó el porvenir de Europa, se dirige contra la obsesión de buscar el principio de la unidad europea en algún elemento singular de su contradictorio pasado. En aquellos debates (“Rencontres”) participaron figuras indiscutibles del pensamiento y del arte, pero ningún hombre de Estado. Y Churchill en 1946, con su propuesta de federar los Estados Unidos de Europa, lo era.

Los pueblos no se unen por la identidad del factor histórico que los separó, ni para eliminar las rivalidades que agostaron sus posibilidades nacionales. Sin un peligro común que las amenace de inmediato, las naciones semejantes en desarrollo solo pueden unirse para superar la dependencia, impotencia o incertidumbre en que el presente las sitúa, ante un futuro de dominación globalizada. Si no es para hacer algo distinto en el mundo, bien está que las naciones europeas se constituyan en una unidad dominada. Así, la potencia americana no tendrá que desperdigar y coordinar su acción dominadora sobre 25 naciones. El Presidente Bush ha dicho que EEUU procuró dividir a Europa en el pasado, pero no ha confesado las falsedades que proclamó, a propósito de Iraq, para mantenerla dividida en el futuro. La Constitución europea, apoyada por EEUU, garantiza esa división.

*Publicado en el diario madrileño Ahora en mayo de 2005.  

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