Plaza de la Concordia (París).

La concordia es la excusa para Sánchez y a la vez el óbice para Lesmes en orden a conceder el indulto a los condenados por sedición. Ni el presidente del Gobierno ni el del Tribunal Supremo, que lo es a la vez del Consejo General del Poder Judicial, son conscientes de la profundidad de sus palabras y de cómo desenmascaran las miserias del régimen partidocrático.

Como señala García-Trevijano con mayor precisión que Ortega y Gasset, quien ya lo adelantara, la concordia es el banderín de enganche para el reparto del botín del Estado. En Francia, tras la muerte de Robespierre a manos de quienes temían ser víctimas de éste, se inauguró la plaza de la Concordia como símbolo de la paz del cementerio, en la que antiguos enemigos se abrazaban. En la España del consenso de los partidos los enemigos políticos también se abrazan juntos en el reparto del Estado.

La propia etimología de la palabra expresa un concepto religioso, un pulso del corazón latiendo al unísono que tiene una traducción política: la oligarquía —en este caso, de los partidos estatales—.

Es ridículo apelar a la concordia cuanto lo que pretende el Gobierno no es un indulto, sino una amnistía encubierta ya que, generalizándolo a todos los autores de la misma conducta criminal, se persigue satisfacer a sus socios separatistas no tanto perdonando la pena, sino despenalizando el delito. Las paralelas intenciones legislativas de reforma del Código Penal lo avalan.

Si optan por indulto y no por la amnistía no solo es por las dificultades jurídicas de esta última opción (que a mi juicio, y con Gimbernat, son auténtica imposibilidad dentro del marco legislativo vigente), sino por sus efectos electorales negativos.

Sin embargo, en términos de política criminal el indulto es todavía más agresivo con la legalidad ordinaria que la amnistía, y denota miseria de carácter.

En efecto, y como ya apreciara Bacon, el indulto premia una conducta delictiva e invita a cometerla a futuro a otros, incentivando el ilícito. Es peor que el delito. ¿Cómo no van a incurrir nuevamente en delito de sedición los separatistas, si cuentan con la perspectiva de que saldrá gratis?

Eso sin contar con la desautorización de la ya de por si sumisa Justicia, dejando sin efecto sus resoluciones. Porque eso significan el indulto y amnistía. Medidas de gracia excepcionantes del monopolio de la función jurisdiccional de juzgar y hacer cumplir lo juzgado. Mientras la amnistía perdona el delito, el indulto condona la pena.

El indulto rompe el monopolio jurisdiccional de la Justicia de hacer cumplir lo juzgado en firme, sustrayendo y excepcionando esa facultad, que entrega al ejecutivo. Y la gracia sólo la puede dar quien tiene el poder para otorgarla por su posición de superioridad. Por eso, su reconocimiento constitucional supone asumir la preponderancia del ejecutivo sobre el judicial y el sometimiento de éste como instancia instrumental de la política.

La amnistía supondría ese mismo excepcionamiento por vía de ley, negando el monopolio de la facultad jurisdiccional en favor del legislativo, que es en este caso quien concede la gracia. Pero sin representantes verdaderos sujetos al mandato imperativo de sus electores, cualquier ley de amnistía, de ser posible, tan solo sería otra farsa.

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