Quedan lejos los tiempos de los pósitos locales como uno de los antecedentes de las Cajas de Ahorro, la Real Orden de 1835 por la que se animaba a los Gobernadores Civiles a seguir los pasos dados por algunos países europeos y por el Conde de Villacreces para fundar la Caja de Ahorros de Jerez de la Frontera y el celo del Gobernador Civil de Valencia por establecer una de ellas en su provincia , la Real Orden de 1839 en la que se regulaba la creación de una o más Cajas de Ahorro en cada provincia y los motivos de su creación: la lucha contra la usura que sufrían los agricultores en meses de mala cosecha y la canalización del ahorro de las clases trabajadoras.   Se fueron especializando en la captación del ahorro de pequeños impositores hasta llegar al 59% de los depósitos de ahorro en el año 2007, en la concesión de créditos a hogares, a pequeñas empresas y a la concesión de hipotecas para la adquisición de viviendas (53%, 43% y 57% del mercado financiero respectivo en 2007). Pero poco a poco fueron ampliando los servicios ofrecidos a sus clientes y compitieron con la banca comercial y de inversiones hasta llegar a poseer paquetes de acciones de las grandes empresas industriales, de préstamos a constructores y promotores inmobiliarios y de toda clase de títulos ofrecidos en el mercado financiero internacional. Aprendieron a crear sus propios derivados (cédulas hipotecarias y otros) para captar más dinero a corto plazo y así ampliar sus negocios. Se olvidaron de sus orígenes.   Pero lo que verdaderamente está causando su debacle es la forma de gestión y la dimensión adecuada. Sus órganos directivos se han llenado de personajes venidos de los partidos políticos, de los sindicatos, de los ayuntamientos, de las instituciones autonómicas escogidos con los moldes de la partitocracia, es decir “comisarios políticos” o delegados designados bajo cuotas de poder proporcional. Esta cohorte de directivos, unas veces por su baja cualificación económico-financiera, otras por los consejos de tecnócratas sin escrúpulos, han aprobado la financiación de proyectos ideados por políticos con delirios de grandeza, de poca rentabilidad económica y nula visión de futuro (Caja de Castilla la Mancha). En muchos casos las Cajas de Ahorro se han convertido en meros servicios financieros de los Gobiernos autonómicos y locales y por eso la lucha por su control es despiadada y en muchos casos barriobajera (Caja de Madrid). La cacareada fusión de algunas Cajas como forma de sobrevivir a la actual tragedia de los mercados financieros es un mito con pocos argumentos favorables ya que siguiendo este razonamiento podríamos deducir que lo más conveniente sería tener una sola Caja de Ahorros nacional. Pero en realidad es una argucia para crear una sola caja por Comunidad Autónoma para simular la posesión de un Banco a las órdenes del grupo dirigente de ese territorio, como pretendió el Gobierno Vasco en su momento y como parecen desear muchos otros dirigentes regionales.

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