Movilización (foto: UGT-Madrid) Asalariados Unir dos o tres palabras puede tener un efecto más luminoso que el de muchas obras completas. Cuando Descartes alude en su “Discurso del Método” a una moral provisional (“morale par provisión”) está creando un concepto inédito de moral, sustituyendo los mandamientos divinos, sociales y tradicionales por reglas o valores que una persona es capaz de elegir y seguir. Se abría paso una religión de corte racionalista que empezaba por imponer la explotación de la naturaleza para acabar en la del hombre a través de la producción organizada como fin en sí mismo.   Este credo, que no exige la obediencia a ningún dogma ni doctrina férrea, sí somete cotidianamente al individuo mediante un nuevo pecado original: el trabajo. Un principio racional como la organización de los medios de producción se asienta en el trono de la divinidad. Al trabajar, cruzamos el umbral de los nuevos templos, sin espadañas ni reclinatorios, pero con chimeneas y mesas de oficina. No es de extrañar pues, que el antiburgués, el bohemio, el que no quiere trabajar, adore a Satanás.   En Inglaterra, las huelgas dieron lugar a la invención y aplicación de nuevas máquinas, que eran las armas que empleaban los capitalistas para doblegar a los trabajadores reivindicativos. Pero estos tiempos en los que la lucha de clases ha desaparecido, santificándose la paz social, se requiere, superando los hábitos salariales existentes y el actual modo de vida de los asalariados, la creación    de    algo   nuevo,    de una   cultura asalariada donde no sea el poder político quien defienda a la parte capitalista en el contrato de trabajo, sino la ciencia económica, la cultura salarial, que los eruditos pueden entender como restauración de la antigua costumbre de pagar la soldada (sueldo) con dinero para comprar sal (salario).   El Gobierno cumple su deber progresista al promover los valores culturales: entre ellos el de rebajar el salario real. Por su parte, los sindicatos deben sacrificar el egoísmo de los trabajadores en el altar de la cultura, para aplacar la voracidad de la inflación (que significa “acción y efecto de soplar dentro de algo” o “hinchazón”: los ingleses aplicaron el término al campo económico) sobre los lucros empresariales, o bien para mejorar la competitividad en ciclos “deshinchados”.   La causa de las huelgas ha de buscarse en la falta de cultura salarial, de la misma manera que las denuncias de corrupción en la prensa se explican por su carencia de cultura política: ¿acaso no es inherente la corrupción a un régimen sin separación de poderes? Esta situación tiene visos de arreglarse por completo con la invitación general, cursada por el poder, a los intelectuales, periodistas y sindicalistas, de convertirse en mercancía disponible a cambio de retribución (mercedis), a que se pongan a merced del Gobierno de turno, a que se hagan mercedarios. Sólo una cultura mercenaria (salarial), empapando de subvenciones el campo sindical y mediático, hará comprender a los sindicatos y a la prensa la inutilidad y anacronismo de sus funciones, en interés de la cultura posmoderna de la partidocracia.

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