Cuando la verdad, entendida como contraria a la mentira, está proscrita por el sistema de poder, es tan fuerte la necesidad de sobrevivir con ella que, en virtud del principio universal del mínimo esfuerzo, se anida oculta en el reino de las conciencias. Y en virtud de otro principio universal, el de la adaptación al medio, las conciencias deciden vivir enajenadas como si la mentira fuera la verdad, hasta que el hábito suprime el como si y lo sustituye por el es. La tranquilidad espiritual y social hace de la mentira verdad, y funda el reino de la falsedad. Donde la coacción brutal de la dictadura se sustituye con la servidumbre voluntaria a un consenso político de dominación de partidos estatales, sin control ni separación del poder.

La liberación de las conciencias ya no puede venir del interior de ellas mismas. Necesitan que otras conciencias, liberadas de la servidumbre voluntaria por su propia entereza, las liberen. Pero liberar a espíritus dóciles a la obediencia encuentra obstáculos formidables. Y ninguno de los importantes es de orden intelectual. ¡Tan fácil resulta desenmascarar las mentiras! La cuestión que debe afrontar y resolver la conciencia de la verdad es de otro orden, perteneciente al reino de la credibilidad.

La mayoría de los gobernados no cree que sea posible sustituir la partitocracia estatal por la democracia política. Aunque estén desengañados de la Monarquía de Partidos, no están desesperados. Solo se desespera quien espera. Y no esperan nada mejor de lo que tienen. Contra el despertar de una nueva esperanza republicana, se levanta el espectro de la II y de la guerra civil, que tan hondo metió la dictadura en el alma española. Será costoso, pero no difícil, desvanecer los espectros que se agitan para salvaguardar la Monarquía de Partidos, contra lo que no pretende restaurar el pasado, sino innovar el futuro con la inédita libertad política que garantice una República Constitucional.

La mayoría gobernada tampoco cree, después de tantas desilusiones, en la sinceridad de cualquier movimiento que se proponga conquistar, decentemente, la libertad y la democracia, sin estar imbuido de la misma ambición de poder que los partidos. Si se argumenta que esa ambición no es propia de una agrupación ciudadana que promete disolverse cuando se celebre el referéndum constituyente de la libertad, creen que miente ahora o defraudará mañana. Tal escepticismo de sí mismo nos recuerda el chiste judío que comentó Bertrand Russell. Dos polacos amigos se encuentran en una estación de ferrocarril. ¿Dónde vas? A Cracovia. Eso dices para que yo crea que vas a Varsovia. Pero no me engañas. Tú vas a Cracovia. ¿Por qué no has dicho la verdad diciéndome que vas a Varsovia?

En el reino de la falsedad el maquiavelismo consiste en decir públicamente la verdad. Del mismo modo que en lógica se conoce la paradoja del mentiroso (Epiménides es cretense y afirma que todos los cretenses mienten), llamada paradoja metalógica por estar basada en el uso de metalenguajes de metalenguajes, la negación de la posibilidad de verdad, en el reino de la falsedad, produce la paradoja, tan metasocial como metamoral, de aniquilar la conciencia negativa del incrédulo de sí mismo.

Quien proclame la imposibilidad de que la decencia, la inteligencia, la valentía y la lealtad se organicen para imponer la verdad en la vida pública, y puesto que tal proeza nunca se ha intentado antes, está confesando su voluntad de vivir con indecencia, ignorancia, cobardía y deslealtad. Solo el dominado por estos vicios puede considerar imposible la organización de las virtudes contrarias. Tendrá que añadir, enseguida, que no lo dice por él, sino porque la humanidad es así.

En tal caso, entrará en la paradoja de negar a la humanidad social, lo que concede a la humanidad científica, tecnológica y artística, esto es, que las innovaciones están excluidas de la esfera política y, sin embargo, hay progreso de las libertades y de la moralidad pública, en el paso de las dictaduras a las partitocracias. Otro metalenguaje para ocultar que no hay libertad política, ni progreso moral, sino corrupción sistemática, en los Estados de Partido. Solo nos queda el recurso de enseñarle el billete de viaje a Cracovia. Lo que hará con placer la Asamblea fundadora del Movimiento Ciudadano por la República Constitucional.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí