Estatua de Atlas en el palacio Linderhof (foto: Gustavo Trapp) Pasión de libertad Cuando nos deshacemos de la losa de las ideas políticamente correctas, estandarizadas por el Estado de partidos y predicadas por su agit-prop mediático, siquiera empezamos a vislumbrar los fundamentos de la libertad política; el excepcional y extraordinario descubrimiento de que la verdad política es la libertad colectiva invade nuestra existencia y nos previene moralmente contra la vacuidad de gobiernos y regímenes material y espiritualmente devastadores para la dignidad humana.   Limpios de esa corrupción intelectual –la de creer que esto es democracia- los repúblicos comenzamos una nueva vida. Es un renacer, nacer otra vez, pues ya no somos lo que fuimos, sino lo que ahora somos, distintos, otros, nuevos, repúblicos.   Enfebrecido nuestro ánimo por el descubrimiento de la libertad colectiva, la pasión se apodera de todo nuestro ser. O somos libres y lo somos todos, o no somos nada; nadie lo es. La pasión de libertad envuelve todos nuestros actos. No somos libres, lo sabemos, pero queremos serlo. Apostamos en ello toda la energía que somos capaces de imaginar; todo lo demás queda en un plano secundario respecto a la lucha por la libertad de todos. La libertad se vuelve necesidad perentoria, aliento necesario, sentimiento nacido de la razón. Sin libertad vivir es solamente una rutina, una repetitiva liturgia con la que disimulamos nuestra inexistencia moral ante nosotros mismos.   El presentador de un programa televisivo matinal conversa con tres profesores de filosofía en diversas facultades. Dialogan afablemente sobre la partidocracia,  que  dicen abominar, por ello estiman que “nuestra democracia” debe introducir reformas legales para que los partidos no sigan monopolizando la acción política. Lo confirmo, la Universidad ha dejado de existir. La ignorancia del profesorado universitario de los más elementales conceptos de cultura política asegura que sus alumnos permanezcan ignorantes o confundidos.   La partidocracia no es una deriva de la democracia hacia el abuso y acumulación de poder de los partidos políticos como consecuencia del desinterés de los ciudadanos por la cosa pública. La partidocracia no es una deformación de la democracia, el resultado de una mala praxis democrática, como transmitían los televisivos profesores de filosofía, algo que podía ser corregido.   Los inefables filósofos televisivos, indoctos profesores universitarios, deberían saber que la única manera de “corregir” la partidocracia es domesticando la naturaleza oligárquica del poder estatal inseparado. La única estrategia válida será aquella que pueda conquistar la libertad mediante la apertura de un periodo de libertad constituyente. Porque cualquier proceso constituyente sin libertad es incapaz de modificar un ápice la naturaleza del poder previamente constituido.   Día tras día, hora a hora, la televisión, la radio, los periódicos y revistas desinforman y confunden a los ciudadanos. Nuestra pasión de libertad se muestra denunciando tales prácticas y exponiendo las afrentas a la razón, la verdad y la libertad que desde los medios de comunicación constantemente se perpetran. Son delitos de lesa libertad en el código penal de nuestra conciencia de repúblicos apasionados.

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