Imperiofobia: Un paseo por el lado oscuro de la Ilustración

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Moxos

Con el título “Imperiofobia y Leyenda Negra: Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Español” (Editorial Siruela) sale a la venta el que con justicia podríamos considerar como el libro de ensayo más importante que se ha publicado en España en lo que va de siglo XXI. Su autora, la malagueña Elvira Roca Barea, es profesora de Literatura Española. Ha trabajado para el CSIC y dado clases en la Universidad de Harvard. No es este el lugar para hacer sobre el contenido del libro resúmenes ni recensiones, porque las hay en abundancia en Internet. Después de haberlo leído, o de haber escuchado a la autora en las entrevistas radiofónicas disponibles en la red, lo único que procede decir es que si alguien desea una experiencia intelectual disruptiva, tan solo tiene que vencer su propensión a la pereza estival, dar un paseo hasta la librería más cercana y hacerse con un ejemplar de este hispánico blockbuster que ya va camino de su novena edición.

Una advertencia: si ustedes estiman lo que han asimilado en la Universidad y en el atento seguimiento de los medios de masas y los suplementos dominicales de los periódicos durante los últimos treinta años, mejor no lo lean. Imperiofobia ejercerá un efecto devaluador sobre todo lo aprendido en el sistema educativo español, en las películas de Hollywood y otros canales clave para la formación del español dizque culto de nuestros días. Después de pasar por sus páginas, nada vuelve a ser igual. Si pensaban que España es el eterno hombre enfermo de Europa, que la Reforma Protestante fue el arranque de una nueva era de tolerancia y progreso en Europa, o que Carlos III es el mejor gobernante que ha tenido este país, ya pueden irse preparando para una decepción… o para la mayor sorpresa de sus vidas. Porque sin quedarse en términos medios, acabarán convirtiéndose en apasionados seguidores o enemigos acérrimos de la autora, haciendo real el efecto que ella misma prevé en el último capítulo de su libro.

Al margen de acuerdos o desacuerdos con esto, aquello o lo de más allá, siempre en el sentido más visceral -el partisanismo representa un rasgo bastante despreciable de la personalidad de nuestro pueblo-, el simple planteamiento de los conceptos supone una revolución copernicana. La obra de Roca Barea quedaría en un alegato, no muy diferente a la propaganda que ella misma denuncia, si no fuera porque se ve respaldado por una evidencia masiva en todos los órdenes: literario (que es su especialidad), archivístico, documental e incluso arqueológico. En un país como este, en el cual existe la tendencia a adorar de forma acrítica a las vacas sagradas -o a sacrificarlas a degüello, que en el fondo viene a ser lo mismo- no es frecuente encontrarse con alguien como la profesora Roca Barea, que con razones plausibles, y apuntaladas por una minuciosa labor crítica sobre volúmenes de documentación apabullantes, logran bajar los pantalones a unos cuantos mascarones de proa intelectuales de ayer y de hoy. Al descubierto quedan por ejemplo los errores de Ortega y Gasset, la inanidad intelectual de Arturo Pérez Reverte o el carácter inadaptado y rastrero de César Vidal.

Solo por leer cómo Elvira Roca da su mano de cal a todos estos personajes ya merece la pena leer el libro. Pero no nos quedemos en lo anecdótico. Todos damos por supuesto que la Ilustración dieciochesca es uno de los grandes hitos de la Humanidad. Imperiofobia dedica a esto su esfuerzo central de análisis para demostrar que bien pudo ser así, pero no solo para lo bueno, sino también para lo malo. El enciclopedismo dieciochesco francés, pese al oropel de sus salones y su carácter dinamizador de los tiempos, no pasó de ser un exitoso fenómeno propagandístico, presidido por un Voltaire al que todo el mundo homenajea como uno de los intelectuales más grandes de la historia, pero que jamás escribió una obra de mérito, tras haber hecho su fortuna económica en el tráfico de armas y en el comercio con la misma América Hispana a la que denostaba en sus panfletos. Finalmente la Ilustración, y esto es algo que a menudo se olvida, fue centrifugadora de leyendas negras -principalmente contra España, Rusia o la entonces naciente América- y madre de abortos históricos como el racismo científico, la frenopatía, el comunismo soviético y el nacionalsocialismo. Una ducha fría que viene bien para curarnos de nuestra ingenuidad liberal y de nuestro provincianismo eurocentrista.

Las conclusiones de todo el argumentario expuesto por Doña Elvira tienen validez general. España no es el único país que construyó un imperio, frustrando con ello las ambiciones nacionales de otros pueblos en aquella época menos adelantados. Los mismos artificios propagandísticos, el mismo somatén de intelectuales al servicio del líder milenarista de turno o de algún caciquillo de provincias codicioso y con ínfulas de poder, se movilizan una y otra vez a lo largo de la historia: contra el poderío de Roma en la Antigüedad, contra la Rusia Zarista o contra los Estados Unidos en nuestros días.

Aunque no se advierta de manera explícita, “Imperiofobia” tiene su relevancia en el terreno práctico, como inyección de autoestima -comparable al gol de Iniesta en los Mundiales del 2010- para un pueblo que ya no sabe lo que hacer para ganarse la respetabilidad de otras naciones del entorno europeo más avanzadas, a las que se esfuerza por imitar sin que ello le aproveche lo más mínimo. Ahora el lector ya sabe por qué todos sus empeños por integrarse en eso que llaman la “Europa de la Primera Velocidad” están condenados al fracaso. Primero, porque es un camelo. Y segundo, porque no nos dejarán asomar cabeza. La evolución de las primas de riesgo durante los años de la crisis y la diferencia de trato que supone la generosa condonación de deudas a Alemania tras la Segunda Guerra Mundial y el torrente de descalificaciones vertido contra la Grecia de Tsipras en 2015 son hechos harto elocuentes por sí mismos.

Obviamente resulta imposible reconstruir un imperio muerto. Pero cabe imaginar la posibilidad de que las naciones que hayan sido o estén siendo víctimas de una ofensiva intelectual basada en los tics imperiofóbicos del pasado -y de ellas, aparte de España, hay unas cuantas: Rusia, Austria, China, Turquía o los propios Estados Unidos- lleguen algún día a coincidir en un foro con el propósito de compartir experiencias y coordinar una especie de ofensiva cultural que contrarreste la insidia de los mediocres y sirva al menos para salvar la cara o el prestigio nacional respectivo. Y si de paso conseguimos que nos bajen la prima de riesgo en un par de cientos de puntos básicos, mejor.

Debo explicar que yo también me formé en un selecto ambiente intelectual definido por la brillantez de Ortega y Gasset, por las reglas de juego establecidas por el marxismo banal de los años 70 que invitaban a una crítica amable y razonada, por las visiones benevolentes de nuestro pasado historiadas por figuras como Geoffrey Parker, John Elliott y Henry Kamen, y también por las frustradas pretensiones de modernización de aquel grupo de ilusos y soñadores que pusieron en marcha la Institución Libre de Enseñanza. Ahora ya sabemos por qué fracasaron de un modo tan miserable en su empeño de modernizar España. En fín, todo era demasiado. Lógico que a medida que avanzaba en las páginas de Imperiofobia, mi reacción inicial fuese de escepticismo.

Pero de pronto, Elvira Roca pone delante de nuestros ojos el elemento de evidencia definitivo. ¡Cómo! ¿Música barroca en Bolivia, en la tierra de Evo Morales y los cocaleros? ¿Introducida por los jesuitas en el siglo XVIII, en una época muy anterior a las guerras de Independencia y la fundación de la República? Pues es cierto: en Internet hay cientos de páginas web y youtubes sobre los indios Moxos, que después de tres siglos siguen conservando su tradición musical, sus violines y las partituras de sus óperas, compuestas al mejor estilo de la Europa culta de su tiempo y de un Imperio Español en América que entonces se hallaba en su apogeo. Si esto no era civilización, ¿qué otra cosa podía ser?

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