Los Karamázov

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Karamázov
Fiodor Dostoyevski

Los hombres, nos dice Dostoyevski, son como niños que se han amotinado en clase y han echado al maestro.

Hay tres fuerzas en la tierra, únicamente tres fuerzas, que pueden vencer y cautivar por los siglos de los siglos la conciencia de estos canijos rebeldes: el milagro, el misterio y la autoridad.
Nos lo dice en el Gran Inquisidor (“Tu Inquisidor no cree en Dios, ¡ése es el secreto suyo!”), a quien pinta en Sevilla: para el hombre y la sociedad humana no existe ni ha existido nunca nada más insoportable que la libertad. “¿Sabes tú que pasarán los siglos y que la humanidad, con su sabiduría y su ciencia, proclamará que el crimen no existe y que, por tanto, no existe tampoco el pecado, sino que existen sólo seres hambrientos?”
Para el hombre no hay preocupación más constante y atormentadora que la de buscar cuanto antes, siendo libres, ante quién inclinarse. Pero lo que el hombre busca es inclinarse ante algo que sea indiscutible, tanto, que todos los hombres lo acepten de golpe y unánimemente. Esta necesidad de “comunión” en el acatamiento constituye el tormento principal de cada individuo.
Freud ve en el poema de Iván Karamázov una cumbre de la literatura universal. “Literatura, no Historia”, advierte Elvira Roca. Iván presume de una fuerza que todo lo resiste. ¿Qué fuerza? “La de los Karamázov… la fuerza de la ruindad karamazoviana”. “O sea, hundirse en el vicio, ahogar el alma en la depravación, ¿no es eso?”, dice su hermano Aliosha. “Quizá también es eso… sólo hasta los treinta años, quizá lo evite, y luego…” “¿Cómo quieres evitarlo?” “Una vez más, a lo Karamázov.” “¿En el sentido de que ‘todo está permitido’? Todo está permitido, ¿no es así?”
Dispuesto a marchar, hermano, pensaba que por lo menos te tengo a ti en el mundo –dijo de pronto Iván, con inesperada emoción–, mas ahora veo que tampoco en tu corazón, mi querido ermitaño, hay sitio para mí. De la fórmula “todo está permitido” no renegaré; pero tú sí renegarás de mí por eso, ¿verdad?, ¿verdad?