Posautonomías

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Posautonomías
Adolfo Suárez González

El 78 fue el diálogo entre el pánico de los que estaban y la codicia de los que venían, sin lo cual no se explica el arreglo de lo que ahora termina.

Pánico y codicia unidos no podían esperar a una Constitución, y forzaron a Suárez, erigido en poder constitucionario (según Sieyes, el poder constituido que se las echa de poder constituyente) a crear un unicornio jurídico: las Preautonomías. La primera, en septiembre del 77, para los catalanes, y la segunda, en enero del 78, para los vascos. Después, y para colocar, a petición socialista, a la “famélica legión”, el simpático centrista Clavero inventó la Teoría de la Tabla de Quesos, popularmente resumida en “café para todos”.
Igual que Cánovas había estimulado los nacionalismos vasco y catalán para arrancarle pelos al lobo del carlismo rampante, Clavero creía que la achicoria para todos rebajaría el café vasco-catalán (¡el mito nacionalista del “despertar”!).

El derecho de autonomía (?) –explicaba aquel buen hombre– tiene tres aspectos: autoconfigurarse, autorregularse y autogobernarse.
Desde la famosa “garantía institucional” schmittiana no se había visto cosa igual, pero hacía falta “poner negro sobre blanco”, a lo Ónega, el nuevo derecho, y para eso estaba Manuel García Pelayo, que no tiene la disculpa de la ignorancia, como los constitucionalistas de hoy, pues era, además de lector, amigo de Carl Schmitt, quien le regaló en su casa de Berlín un libro sobre el general prusiano Scharnhorst, y por dedicatoria, este aforismo de Jünger: “Nadie muere antes de cumplir su misión, pero hay quien la sobrevive”.

García Pelayo sobrevivió (mal) a la Constitución, pero no a las Autonomías que él definió cortando con la radial conceptual de Errejón la famosa logorrea forense de Groucho (“la parte contratante de la primera parte…”):
–Las partes se constituyen como entidades jurídico-políticas a partir de la unidad y no la unidad a partir de las partes.
Y a partir de ahí, las Posautonomías.