Sólo la libertad

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No se puede entender como muchos que se manifiestan amantes de la libertad se oponen recalcitrantemente a organizar su llegada. Los repúblicos no hacemos causa de ninguna ideología partidista, únicamente llamamos a los españoles, como Vd. y yo, a tomar conciencia de nuestra relación personal con la política y lo político.   No nos interesa la política como sucesión de medidas de gobierno y administración pública mientras lo político impida la representación. Fijamos nuestra atención en lo político, en los instrumentos de organización de las instituciones del Estado, en la garantía de libertad de todos sin excepción.   Desde la derecha política se nos tilda de utópicos visionarios; desde la izquierda de burgueses reaccionarios; sin embargo en algo coinciden ambas: niegan la libertad política de los españoles, impiden el control del ejercicio del poder. La labor del pre-ciudadano, en términos políticos, la condensan en el acto de acudir a las urnas cada cuatro años y luego, volvernos a casa a contemplar como espectadores pasivos el espectáculo político servido por los medios de información subvencionados. La partidocracia elije lo que a los electores nos dan a votar.   Si algo hemos aprendido los pre-ciudadanos en estos últimos treinta años es que debemos vigilar y controlar a la clase política y a los partidos políticos. Si de algo nos hemos convencido todos es de que necesitamos los medios legales y políticos que nos permitan poner límites al ejercicio del poder, sin importar qué partido o coalición ocupe el gobierno, pues la experiencia de tres lustros nos enseña que no es la ideología ni la filiación partidista, sino el ejercicio incontrolado del poder lo que lleva a su uso despótico, desviado y corrupto. El problema, en definitiva, es constituyente, y para ello, para que el pre-ciudadano pueda decidir con plena conciencia, es requisito indispensable un periodo de Libertad Constituyente.   En ese periodo, que para nosotros ya ha empezado, nuestra obligación es desvelar las imposturas que se esconden tras la tupida red de apariencias sobre la que se sustenta la depravada relación de poder partidocrática. Llamar a las cosas por su nombre y hacer que resplandezca la verdad, cruda y desnuda, ante nuestros conciudadanos.   Es una tarea ardua, pues se trata de vencer a la insistente pero eficaz propaganda del régimen partidocrático; que despliega, para hacer prevalecer sus imposturas, todos los medios que el poder le proporciona. En este afán, además, hemos de enfrentarnos a la inercia de la historia, plagada de mendacidades     políticas,      que     ha     ido ahormando las confiadas mentes de generaciones sucesivas. No es fácil la pedagogía de la Libertad cuando se obstaculiza desde el poder y muestra severas formas de apatía e incomprensión en sus destinatarios naturales.   Son demasiadas las personas, y demasiado poderosas, las que se oponen a cualquier halito de libertad política, a cualquier propósito democratizador que ponga en riesgo su poder y los privilegios que les depara.   Solamente cuando los intereses, económicos y políticos, que animan y nutren su consenso, no satisfagan sus espurias y codiciosas ambiciones, se iniciará el resquebrajamiento de su aparato de poder. Y esto ya está pasando.   En la búsqueda de soluciones que les permitan mantenerse y no perder cota, la partidocracia nos desvelará su verdadera faz autoritaria, despótica, corrupta y represiva. El partido plural se reunificará, aunque sus familias sigan repartiéndose las prebendas, quizás lo llamen gobierno de unidad nacional o de salvación. Ya ni siquiera tendrán que contar con las apariencias de unas urnas en las que ellos, los partidos y la clase política, son los que elijen lo que al ciudadano le dan a votar.   Pero el fracaso de la partidocracia no es, necesariamente, el triunfo de la Libertad. Europa es un ejemplo constante, desde Napoleón a Hitler y Stalin, de cómo se resuelven las crisis de los parlamentarismos, de las llamadas “democracias parlamentarias” sin representación directa de los ciudadanos. España tampoco es ajena a la crisis de una “República Parlamentaria” que derivó en guerra civil, cuarenta años de dictadura y treinta de pluralismo partidista, que no democracia representativa de los ciudadanos.   Los movimientos sociales de protesta, entretenida su atención en bizantinas disquisiciones sobre el bipartidismo, el Estado del bienestar, las ejecuciones hipotecarias, etc. aún no han alcanzado la síntesis que aglutine sus esfuerzos en unívoca dirección hacia la Libertad política. La democracia sigue siendo la gran desconocida, o dicho de otra manera, a cualquier cosa le llaman democracia, aunque no lo sea.   Hoy la crisis económica y financiera que se abate sobre el mundo se nos muestra con especial virulencia en nuestra Patria. Quienes mudaron la dictadura por un reparto proporcional de cuotas de poder; para así satisfacer a quienes deseaban alejarse de las miserias de la clandestinidad a cambio de permitir que permanecieran incólumes los grandes intereses financieros e industriales que sustentó el franquismo, ya perciben que el tiempo de sus imposturas está pasando. Todo lo que quedó “atado y bien atado” en la Transición hoy se desdibuja y difumina. Y sobre todo las arcas públicas están vaciadas y viciadas. Solo la Libertad nos puede ayudar.  

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