Orgullo puro

Hombre herido, autorretrato de Courbet Orgullo puro “Se me acusa de vanidad. Soy el hombre más libre y el más orgulloso de la tierra”. El pintor Courbet, que participó en la revolución socialista de 1848 y en la anarquista de la Comuna de Paris de 1871, sintió la pasión de orgullo causada por su entrega de amor al ideal del anarquismo y a la idea realista de la pintura, de la que fue iniciador. Pasión tan noble que, incluso herida, confundida con la soberbia, la vanidad o el engreimiento de la persona, no pierde la serenidad de un dulce sueño. El hombre herido simboliza al artista que sabe de lo que habla cuando se cree el más orgulloso de la tierra. Los filósofos de las pasiones del alma no comprendieron el orgullo. Los teólogos lo identificaron con la pasión de Lucifer. Hobbes lo descartó del terreno de la igualdad natural. Amiel lo respetaba si se aceptaba como culminación de la persona, sin percibir que eso sería forma sublime de la soberbia. Fue Paul Valery quien lo situó en el exclusivo terreno espiritual: “el orgullo es a las vanidades lo que la fe a las supersticiones”. García-Trevijano lo aclara en Pasiones de servidumbre. “Si la pasión de orgullo pudiera hablar sin la ironía defensiva o el pudor que casi siempre la acompañan, se expresaría con esta sinceridad: no me siento superior a ti porque mi ideal sea superior al tuyo, ni porque sea el mío, sino tan sólo porque no me pertenece y sé que le pertenezco. Este orgullo del espíritu se sitúa por encima de la injuria, de la calumnia, de la injusticia, del dolor, del reconocimiento social, de la fama y de la burla. Se hace invulnerable si incluso llega a soportar la compasión”. No hay orgullo intrínseco a la persona, sería soberbia. No hay orgullo en las acciones, sería vanidad. No hay orgullo en las motivaciones, seria presunción. No hay orgullo en las intenciones finales, sería ambición. No hay orgullo en las obras, seria satisfacción narcisista. Orgullo puro no es orgullo de la pureza. Solo es digno el orgullo de experiencias personales conscientes de su modestia ante la grandeza de algún ideal trascendente al que dedican sus existencias. Orgullo de amor puro aparte, entre los ideales humanos ninguno supera al de la Libertad de pensamiento y de acción.

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