Un día leí en Proverbios 23:7, Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. Me di cuenta de algo que todo el mundo conoce y a menudo pasa sin pena ni gloria por nuestra vida, y es que el hombre es literalmente lo que piensa, ya que su carácter es la suma total de todos sus pensamientos. El pensamiento es en definitiva otro nombre del destino. No sólo se convierte la persona en lo que piensa, sino que frecuentemente toma esa apariencia. Los pensamientos se acumulan, dan forma a nuestro carácter y éste se relaciona directamente con nuestro pensamiento. ¿Cómo será posible que una persona llegue a ser lo que no está pensando, lo que de ninguna manera está pensando? No hay probablemente pensamiento alguno, cuando en él se persiste, que sea demasiado pequeño para surtir su efecto. Lo que da forma a nuestros propósitos ciertamente se halla en nosotros. Mi tía Rita —una gran sabia— el otro día me dijo —ella es jueza— que un hombre no llega al hospicio o a la cárcel por motivo de la tiranía del destino o las circunstancias, sino por el sendero de pensamientos serviles y deseos bajos. ¡Anda! ¿no? –le dije. Ni tampoco un hombre de mente pura desciende repentinamente al crimen debido a la presión o a una mera fuerza externa; el pensamiento criminal se había abrigado secretamente en el corazón por mucho tiempo, y en la hora oportuna manifestó su fuerza acumulada. Las circunstancias no hacen al hombre; lo revelan a él mismo. No pueden haber condiciones tales como caer en el vicio y sus sufrimientos consiguientes, aisladas de la inclinación al vicio; o el ascenso a la virtud y su felicidad pura, sin el cultivo continuo de aspiraciones virtuosas. Por consecuencia, el hombre, como señor y amo de sus pensamientos, es el hacedor de sí mismo, el formador y autor del ambiente. Altere el hombre sus pensamientos radicalmente, y lo sorprenderá la rápida transformación que esto efectuará en las condiciones materiales de su vida.

Los hombres se imaginan que el pensamiento puede conservarse encubierto, pero no se puede; no se puede, siempre sale; rápidamente se cristaliza en un hábito, y el hábito se solidifica en circunstancias. De modo que no solo los actos, sino también las actitudes se basan en los pensamientos con que alimentamos nuestra mente. Nadie tiene el derecho de arbitrariamente dar forma a los pensamientos de otros, mas no con esto se quiere decir que los pensamientos de uno son enteramente asunto propio. Cada uno de nosotros inevitablemente afectamos a otros por medio del carácter que nuestros pensamientos y actos han producido. Cada uno de nosotros somos parte del género humano, e impartimos a los demás a la vez que recibimos de ellos. Esto parece que es sociedad, o convivencia. En las manos de todo individuo se coloca un poder maravilloso para obrar, a saber, la influencia silenciosa, inconsciente e invisible de su vida. Esta es sencillamente la constante irradiación y absorción inquebrantable de lo que el hombre realmente es, no lo que finge ser… Sobre el ser y parecer he hablado ya en otro lugar.

La vida es un estado de transmisión y filtración que persiste; existir es irradiar; existir es ser el recipiente de la irradiación. Y el hombre, no puede ni por un momento escapar de esta irradiación de su carácter, esta constante debilitación o fortalecimiento de otros. No puede esquivar la responsabilidad diciendo que se trata de una influencia inconsciente. Él puede seleccionar las cualidades que permitirá que de él irradien. Las intenciones de nuestro corazón, aun nuestro pensamiento será, es, lo que nos condenará, es lo que nos condena en vida, de ahí el sufrimiento de la mente que cada día cobra mayor importancia, incluso le ponen nombre de stress, o depresión, sin embargo no nos llevan al médico de las palabras, al de las ideas que se ciñen en nuestra percepción, en nuestro sentido, produciendo sentimientos. Nuestras palabras, las ideas y los conceptos que rellenan nuestro cacumen nos condenarán y todas nuestras obras y pensamientos sobre todo, también lo harán. ¿Y quién custodia eso?

Rosa Amor del Olmo

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