RAÚL CEJUDO GONZÁLEZ

Toda mi vida he percibido el gran miedo en el que vive una gran parte de la población. Hay muchos tipos de miedo: miedo a la verdad (este miedo está conectado con la pasión de engañarse); a uno mismo; a hacer el ridículo; al qué dirán (quizá el más extendido y el más nefasto); a la libertad; al pensamiento original; a pensar por uno mismo y no a través de lo que la fabricada y televisada opinión pública diga en cada momento; miedo a decir las cosas sin eufemismos; miedo irracional a no se sabe muy bien qué, etcétera.

Toda la patulea que vive del sistema y medra a través de él, de este régimen vil que trajo la transición de la dictadura de uno a la dictadura de unos (siempre consensuada entre ellos) tiene un único y enorme miedo: que el pueblo que les sirve deje algún día de refrendar toda esta farsa circense por medio del voto, donde todo está ya elegido y decidido. Estos “dictadorzuelos” (despectivo porque no se atreven a actuar como lo que en realidad son) han sabido trasladar este pánico a la sociedad civil. El miedo a las urnas vacías es de tal magnitud que muchos ciudadanos lo sienten también y se imaginan un escenario catastrófico, casi apocalíptico, si llega el día en que la mayoría no acuda a votar. Quizá sea este miedo el que les conduzca a confundir derechos con deberes y digan que visitan los colegios electorales no por convicción, sino por su deber cívico como ciudadanos. Consideran este derecho como un deber. Un derecho es un derecho, es potestativo; es decir, se puede ejercer o no, a voluntad del ciudadano. Tenemos derecho a manifestarnos, pero muchísima gente no lo ha ejercido jamás, y eso no preocupa a nadie lo más mínimo. Un deber sí obliga a hacer, como el “deber de socorro”. La omisión de este deber es castigada por nuestro ordenamiento jurídico. No ayudar a una persona que se halle en peligro manifiesto o grave es omitir el deber que tenemos todos de ayudarlo. Es incluso un deber moral, que hacemos sin pensarlo demasiado, por simple humanidad. Pero que estos casos no nos lleven a confundir el derecho con el deber. Lo repito y lo repetiré mil veces: votar es un derecho, no un deber. Que el no ejercer ese derecho sea un peligro grave y manifiesto para los corruptos partitócratas españoles, no convierte ese derecho en un deber. En algunos países, menos hipócritas que el nuestro, ya es un deber votar. Si algún día trastrocan en España este derecho en deber, se podrá decir que se acude a las urnas para cumplir con nuestro deber. Hasta entonces, que no nos dé miedo no ejercer lo que es un simple derecho potestativo. ¿Cómo no van a tener miedo de que algún día el pueblo se hastíe de tanta mentira y tanto engaño? Es fácil ver el porqué de tanta encuesta que llevan a cabo cada pocas semanas. Necesitan tomar el pulso a la opinión pública, pero no para saber quién va a ser el ganador de las elecciones, que también, sino para tranquilizarse sabiendo que más de la mitad de los mayores de 18 años irá voluntariamente a introducir papeletas.

Este miedo que padecemos en España, y en toda Europa, es curioso y me llama la atención. Se tiene miedo a algo que no nos afecta; se siente como propio un miedo que es ajeno, un miedo que debería ser la garantía de nuestra libertad y de nuestro poder. Se tiene miedo a dejar a los corruptos sin pastel que repartir. Se tiene miedo a que tengan que empezar a buscar trabajo como los demás, a acudir a entrevistas de trabajo, a que las pasen canutas para llegar a fin de mes; se tiene miedo a que no tengan su vida resuelta de por vida, a que no consigan sus pingües pensiones por unos pocos años “trabajados”. Se tiene miedo a que se les diluya la chulería. Que ellos sientan ese miedo es lógico y normal. Pero que lo sintamos nosotros por algún extraño síndrome de Estocolmo político ni es lógico, ni es normal ni es decente.

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