Guardián de una tumba vacía
Costus, “Caudillo”

Mediados los años 80 del siglo XX, los pintores Costus, Juan Carrero y Enrique Naya, realizaron su serie “El Valle de los Caídos” consistente en 19 tablas al acrílico, en las que, con un calculado animus provocandi, inmortalizaron a compañeros de la llamada “Movida Madrileña”, movimiento cultural pop que fue posteriormente manipulado y subido a los altares por el poder socialista como símbolo de la renuncia a la inquietud política en el sector artístico de la sociedad civil, frente al manto de silencio que cayó sobre artistas comprometidos como Chicho Sánchez Ferlosio.

Recientemente, el presidente de la Generalidad de Cataluña, al saber que el operativo para detener el referéndum independentista del 1 de octubre, se llama “Operación Anubis” (del nombre del dios egipcio funerario, señor de las necrópolis y protector de los embalsamadores) ha acusado al presidente del gobierno español de ser el guardián de la tumba de Franco en el Valle de los Caídos.

Inútil trabajo, diremos, el de guardar una sepultura que no contiene un cadáver inanimado, ya que Franco continúa condicionando la vida política española 42 años después de su fallecimiento. Así, el descendiente de aquella alta burguesía catalana que aplaudió entusiásticamente a Franco a su entrada en Barcelona al final de la Guerra Civil, por salvarles la fabriqueta y la vida en manos de aquella extrema izquierda, con cuyos descendientes ideológicos se alía ahora en su proyecto independentista, reprocha al descendiente de los próceres franquistas como Manuel Fraga ser todos ellos lo que han sido.

La inexistencia de una ruptura democrática con el régimen franquista, preconizada por su mayor opositor, D. Antonio García-Trevijano (víctima posterior de la inquina del susodicho Fraga y del Isidoro parafranquista, Felipe González) y la consumación de una reforma superficial de dicho régimen, con la instauración de una Monarquía de partidos, sin separación de poderes ni derecho de los ciudadanos a elegir libremente un representante político que no sea el que les viene ya impuesto por los jefes de los partidos estatales (características de una verdadera democracia) ha llevado a la esperpéntica situación actual.

Esta postergada necesidad freudiana de la muerte del padre lleva a los partidos del Estado a desarrollar actitudes neuróticas; los unos, queriendo ocultar su anterior y beneficiosa connivencia en términos económicos con el dictador potenciando su etnicismo protototalitario, y los otros, no deseando aplicar la ley y defender la nación por mala conciencia de su origen franquista. Pues la clave de la tragedia de la presente coyuntura histórica radica en que el actual Estado de partidos, al no proceder éstos de la sociedad política que actuara de intermediaria entre la sociedad civil y el Estado (como ocurriría en una verdadera democracia) ha consentido, con el felón sucesor de Franco a la cabeza, en el proceso de desnacionalización de España fomentado por los llamados partidos nacionalistas periféricos, que no son tales, sino estatalistas, pues sus ambiciones no son nacionales, sino de edificación de un Estado propio, a la medida de su amasada corrupción, en el que puedan ejercer un poder aún más omnímodo y sin control.

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