Las aguas bajan revueltas en democracias que hasta hace muy poco creíamos las más estables del mundo, las más consolidadas. En efecto, a primera vista, países tradicionalmente sensatos parecen verse arrastrados por corrientes regresivas, que reaccionan quizá a destiempo contra la apertura de fronteras, el flujo de personas y la deslocalización de empresas. Aquí y allí, en Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Austria, Alemania… surgen movimientos reactivos que parecen responder a los mismos patrones. En algunos casos, ya han dado lugar a desplazamientos del balance político que podrían estar adelantando un cambio de paradigma.

Todas estas reacciones, dicen, constituyen respuestas irracionales a un fenómeno, la globalización, que se ha convertido, junto con el manido populismo y la revolución tecnológica, en falsas hipérboles de nuestro tiempo. Términos grandilocuentes  que en sí mismos no explican nada pero que, sin embargo, sirven para generar infinidad de teorías, modelos de laboratorio planteados siempre conforme a reglas innegociables. De hecho, sin que nos hayamos dado cuenta, hoy no hay propuesta teórica, económica o política, que no termine sujeta a la nueva unidad universal de medida: la igualdad. Hasta los liberales más radicales parecen empeñados en demostrar que sus teorías nos regalarían a la postre la mejor de las igualdades posibles. Quizá sea por esta razón que las élites estén empeñadas en presentarnos la globalización como un inaplazable dilema, un súbito juicio final ante el que no nos quedaría más remedio que arrepentirnos de nuestros pecados, es decir, de esa concepción del mundo donde querer tener más que el prójimo era legítimo.

Ocurre, sin embargo, que la globalización no es un proceso que empezara ayer. En realidad es casi tan viejo como la primera carabela o, más aún, el invento de la rueda. Algo parecido cabe decir de la revolución tecnológica. Incluso, si se alude en exclusiva a las llamadas “nuevas tecnologías”, tendríamos que remontarnos atrás en el tiempo, hasta la popularización de los ordenadores personales y, si acaso, más recientemente, a la aparición y generalización de Internet. Estos “nuevos” medios para la interacción, el conocimiento, el intercambio llevan bastante tiempo entre nosotros y, en todo caso, con la aparición de dispositivos móviles, han seguido evolucionando.

La “gran” globalización y el “nuevo” cambio tecnológico no empezaron hace dos días sino que llevan condicionando nuestra vida lustros, de forma gradual, progresiva; nunca súbitamente. Dicho de otra manera, estas “revoluciones” llevan ya bastantes años generando ganadores y perdedores, reasignando tareas, recursos y aptitudes, sin que las sociedades occidentales vislumbraran el fin del mundo. Por lo tanto, quizá, en vez de dar por buenas las falsas hipérboles, cabría preguntarse si el problema son estas transformaciones, siempre graduales, o más bien lo son los estamentos, instituciones formales e informales, que se han empeñado en ser los intérpretes, los administradores interesados de los cambios. Porque, en no pocas ocasiones, han convertido las nuevas oportunidades en obstáculos; y a los ciudadanos, en víctimas de sus requiebros legislativos. Como si a cada nueva posibilidad, a cada nuevo avance, los políticos, burócratas y los grupos de intereses reaccionaran generando anticuerpos, barreras de acceso, confundiendo el imperio de la ley con la arbitrariedad administrativa.

Con todo, lo peor es el nuevo afán de los burócratas occidentales: aplicar reglas idénticas en todos los países, impidiendo así que nadie se salga de su norma, no sea que alguna aldea irreductible pueda demostrar que se equivocan, que su empeño por la igualdad al final se traduce en una equivalencia forzada hacia abajo o que hay vida más allá de los impuestos.

John Müller, que suele acuñar metáforas interesantes, sugería que estábamos ante una interesante paradoja: la digitalización del mundo ha desencadenado una fuerte reacción analógica. Lo que, según entendí, vendría a decir que la sofisticación tecnológica y la permeabilización de las fronteras lo que han hecho es alentar el regreso de viejas políticas proteccionistas. Y a primera vista así parece. Pero si miramos más en profundidad, quizá lo que ocurre es que, pese a tanto alarde tecnológico, el mundo lo constituyen en última instancia las personas. Y éstas, aunque dispongan de los dispositivos más sofisticados, aunque tengan en la mano las herramientas tecnológicas más poderosas, son y serán siempre analógicas.

Puede que esas personas, aunque acudan regularmente a los herbolarios, para afrontar una grave enfermedad prefieran el mejor cirujano; o que para recorrer grandes distancias, por más que sean supersticiosas, en vez de en calesa prefieran subir a un avión, una máquina voladora que pesa bastante más que el aire; o que aun siendo católicos y devotos del milagro de la Virgen, no les parezca mala idea la fecundación in vitro. Sin embargo, cuando se trata del futuro a largo plazo, es decir, cuando se trata de la política, no tienen esa fe ciega en la ciencia, menos aún en un cientificismo moralizante, cuyas estadísticas agregadas dibujan un panorama en el que no se reconocen.

Y es que, aunque muchos, en efecto, son afortunados porque tienen x ingresos, sin embargo contemplan el futuro cada vez con mayor incertidumbre. Y, por alguna inexplicable razón, han dejado de confiar en las élites. Puede que estén equivocados, que su juicio se haya nublado, que en realidad estén siendo víctimas de la ignorancia, de bulos y mentiras o, incluso, de algún hechizo. Reconozco que debe ser duro haber encontrado la forma de hacer a la gente feliz y que te dejen de lado. Pero la democracia es así. De vez en cuando el común se deja guiar por su intuición, especialmente cuando descubre cómo las gastan los burócratas y se entera, por ejemplo, que en un sólo organismo, como el Pentágono, se pierden cada año, en burocracia, 125.000 millones de dólares. Que los propios auditores, ante la imposibilidad de recabar datos, envuelvan el misterio dentro de lo que califican como “materia oscura” no ayuda mucho, desde luego.

Y mientras EEUU y Europa pasan su gripe, España sigue impasible, ensimismada, con un Parlamento que, ante los grandes retos que se vislumbran, se dedica a dirimir si se deben regular los deberes, suscribir un pacto de Estado contra la “violencia de género”, subir impuestos y averiguar a cuánto está el kilo de “hechos diferenciales”. Quién nos iba a decir que, cuando todos parecen perder la cabeza, nosotros la mantendríamos en su sitio, como China, Rusia o Irán, esas grandes naciones con las que, según parece, tenemos más en común que con estas democracias locas. Estamos de suerte.

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