Movimiento de ajedrez denominado "apertura española"
Movimiento de ajedrez denominado “apertura española”

Como muy bien explica el señor García-Trevijano, la democracia, para ser tal, necesita unas reglas claras, como el ajedrez. Para jugar al ajedrez necesitamos un tablero con 64 casillas, 16 piezas por jugador y con los movimientos de cada una de estas piezas delimitados. No estaríamos jugando al ajedrez si movemos un peón hacia atrás o hacemos saltar a un alfil como si fuera un caballo. Si lo hiciéramos, estaríamos jugando a otra cosa, a un juego inventado, pero jamás al ajedrez.

Después, con las reglas claras y delimitadas, los jugadores tienen millones de posibles jugadas que podrán realizar, eso es asunto suyo, el cómo muevan las piezas para conseguir el objetivo final, que no es otro que dar jaque mate al rey contrario.

No podemos jugar al ajedrez democrático en España porque esto a lo que se juega es un sucedáneo, una farsa, una mentira.

El ajedrez democrático es sencillo. Para poder jugar en él solo es necesaria la separación de los poderes en origen, con elecciones separadas del poder legislativo (diputados de distrito) y del poder ejecutivo (presidente elegido en otra elección distinta en tiempo y forma, que formará su gobierno). Para jugar a este juego, el ajedrez democrático, es necesario que haya verdaderos representantes de la nación. Los electores tienen que mandar hacer a ese representante y este debe cumplir lo prometido a sus, y solo a sus, representados (solo a los de su respectivo distrito electoral de unos 100.000 habitantes).

Después, las jugadas que puedan hacer ambos poderes constituirá la batalla política. Si se producen pactos entre ellos para enriquecerse, para corromperse o para medrar en la sociedad, no están jugando al ajedrez democrático, sino a un nuevo juego que, como niños caprichosos que no quieren aceptar las reglas de un juego, van improvisando reglas y van jugando a un nuevo juego. En España al jueguecito lo llaman democracia, pero no lo es porque ni hay separación en origen de los poderes, ni los votantes (que no electores) están representados por nadie, pues los diputados de lista representan nada más al jefe de su partido.

Siguiendo con el símil del ajedrez, los políticos españoles juegan con piezas de ambos colores a la vez, cuatro peones negros y cuatro blancos, mueven el caballo en diagonal y hasta lo enrocan con un alfil si hace falta. Los peones pueden dirigirse a la casilla que deseen, pudiendo coronar en la fila que les parezca más bonita.

Lo peor de todo es que han descubierto la forma de darnos jaque continuo, sin ser nunca mate. En ajedrez, a veces, ocurre que una pieza puede ir dando jaque al rey de manera continua sin que las piezas de ese rey puedan acudir en su ayuda, y sin que llegue nunca el mate final. Pero en el ajedrez, como hay reglas precisas y lógicas, si ese mismo movimiento se repite tres veces consecutivas, la partida acaba en tablas (empate). Nuestros Grandes Maestros llevan ya cuarenta años dando jaque continuo a un rey, la sociedad civil, la nación, que aguanta impasible este abuso intolerable. No pueden dar mate porque se acabaría la partida, pero nos tienen con la amenaza de ese jaque, con el miedo metido en el cuerpo, cuando ni siquiera saben jugar. Es que no saben ni a qué juegan porque ignoran hasta las nuevas reglas que se dan cada día. Mientras tanto, los árbitros (jueces) miran para otro lado. Y el público (medios de comunicación) jalea cada jugada, aplaude cada nueva ocurrencia, cada nuevo cambio de regla.

El tablero es España y el pueblo juega contra el poder solo con dos piezas: un rey y un peón situado lejos de él, para que no pueda defenderlo. ¡Juguemos de una vez al ajedrez de verdad! Digámosles a estos jugadores tramposos que solo podrán jugar en una democracia auténtica, con reglas precisas para todos, que no podrán saltarse porque perderían la partida.

Este absurdo juego cansa, agota y está destruyendo al país, sumiéndolo en la desesperanza, la desidia y la locura.

En el tablero español, uno de los jugadores, la clase política, junto con la oligarquía económica, hace y deshace a su antojo ante un rival, el resto de la sociedad, que no da un manotazo en la mesa para decir que las trampas se han acabado. Necesitamos nuestras 16 piezas, colocadas en su lugar. La libertad consistirá en elegir las jugadas que nosotros queramos. La democracia serán las reglas del juego que acataremos todos, y que serán iguales para todos. Ahora no jugamos, evitamos el jaque continuo que nos dan muchísimas piezas al mismo tiempo, piezas que no pueden ser movidas de esa manera pero, pese a ello, las mueven. Y nosotros aceptamos el jaque y cambiamos de casilla. Así solo tendremos, en el siguiente movimiento del poder, un nuevo jaque. Muchos españoles, en estos días, aún piensan a qué casilla ir, huyendo del jaque. La única casilla que nos dejan libre es, obviamente, una: una casilla con forma de urna y con papeletas donde todo está ya decidido y elegido.

A mí no me parece un juego divertido, no sé a ustedes.

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